Que sea ley. La interrupción voluntaria del embarazo, una lectura histórica.

De casi todo puede hacerse una lectura histórica. Las cosas no nacen de un repollo y a los bebés no los trae la cigüeña. El debate de la interrupción voluntaria del embarazo reedita el que tuvo lugar en 2018 y se vislumbran tal vez mayores probabilidades de éxito. La votación en el Senado definirá la cuestión, como todos sabemos. Daniel Filmus ya dijo en 2018 que sólo se estaba discutiendo el cuándo se aprobaría la ley, que se terminaría imponiendo en ese momento o más adelante decantando tras el sentir de los nuevos valores sociales. ¿Será en 2020? Está por verse, sería una forma de terminar el año cristalizando un derecho importante en un devenir tomado por la tragedia del coronavirus y la recesión económica.
2020 no hubiera existido sin 2018. El politólogo Andrés Malamud apuntó que Macri calentó la pava y Alberto Fernández se terminará sirviendo el mate. En 2018, el gobierno habilitó la discusión pero no fogoneó la aprobación del proyecto. La gestión actual acompañó más, con presencia de ministros incluso en la Cámara de Diputados. Con una actitud receptiva, limando el proyecto para lograr adhesiones, incorporando cuestiones clave como la objeción de conciencia. Evitando en general actitudes de apropiación del proyecto y favoreciendo la transversalidad del voto. Si bien la mayoría, cercana al 80 por ciento, del bloque de Juntos por el Cambio se opuso a la iniciativa, la jornada legislativa regaló la curiosa situación del inefable Fernando Iglesias votando lo mismo que Máximo Kirchner. La transversalidad de la que hablaba Néstor Kirchner en sus tiempos inaugurales permitió sumar los necesarios apoyos.
Retomando el recorrido histórico, en 2015 tuvieron lugar las primeras manifestaciones del colectivo Ni una menos, que exteriorizó el problema de la violencia de género no sólo a nivel familiar, microsocial sino discutiendo, interpelando la desigualdad que tenía postergada a las mujeres en numerosos ámbitos de la vida social.
Remontándonos un poco más en el tiempo, la sanción del matrimonio igualitario en 2010. Las sociedades evolucionan, cambian los paradigmas, los valores que configuran el sentido común y la cultura. Hoy casi nadie pone en discusión aquélla ley, lo que evidencia que interpretó los valores de la sociedad, con una disposición inclusiva de las distintas formas de diversidad sexual y tomando cuenta de la complejización de las organizaciones familiares.
Podemos recordar también en 1987, la ley de divorcio vincular durante el gobierno de Alfonsín. El hombre podía separar lo que Dios había unido en matrimonio. En 1947, el voto femenino acaudillado por Eva Perón. Radicalismo, peronismo, la ampliación e incorporación de nuevos derechos que reflejan los cambios sociales e incorporan nuevos valores hacia una sociedad más inclusiva y democrática. El periodista Mario Wainfeld se ocupa a veces de rescatar que incluso en el menemismo, tuvo lugar la buena nueva del fin del servicio militar obligatorio.
Lo central es que, en los sucesos reseñados y en el actual debate de la interrupción voluntaria del embarazo, la sociedad empujó, movilizó a la política a hacerse cargo de esa agenda. Un proyecto que nació de abajo hacia arriba, con la movilización social ampliada, con la marea verde y que encontró tal vez en el actual peronismo el ariete que lo empuje a la concreción. Pero la conquista es social, no hay que perderlo de vista.
Una demostración de esto es que, históricamente, la reivindicación del aborto fue casi exclusiva propiedad de partidos de izquierda acompañados en general de sectores menores de la población. Bregaron por ese derecho de la mujer desde hace muchísimos años, y justo es reconocerlo cuando alcanzó la propuesta aceptación en sectores mucho más vastos de la población. Predicaron en el desierto, y con la evolución de la sociedad, el páramo seco se volvió verde. Los partidos mayoritarios, con posibilidades concretas de gestionar el Estado o encarar la principal oposición, tomaron tradicionalmente posiciones conservadoras o directamente evitaron pronunciarse sobre el tema ante una sociedad en que los valores conservadores del catolicismo seguían constituyendo una parte importante de la cultura o del sentido común. Encarnaron una actitud parecida a la de Cornelio Saavedra respecto al jacobino Mariano Moreno antes de los sucesos del 25 de mayo de 1810. El jefe de los Patricios decía que había que dejar “que las brevas maduren” para la revolución, sin apurarse. En el caso de nuestra coyuntura, esperar que la sociedad estuviera preparada para dar la discusión.
En 2018, se animaron a mandarlo al Congreso, y en 2020 ya la situación se encuentra más madura. Resta la votación en el Senado, no está dicha la última palabra. Queda pendiente la sanción del derecho normativo, la batalla cultural se insinúa mayormente inclinada del lado verde. Verde que te quiero verde. Pero no es una disputa con los celestes, porque para superar el conflicto hay que apostar a una idea de convivencia, tolerancia, transversalidad. En ese sentido, es importante la figura de la objeción de conciencia de parte del médico, para que nadie se encuentre obligado a hacer lo que no quiera respetando sus creencias y principios. Pero resguardando el derecho de la mujer gestante de decidir sobre su cuerpo y su deseo de maternidad en forma segura, dejando atrás la situación de extrema vulnerabilidad subjetiva y sanitaria a que la condenaba una sociedad hipócrita. Una cuestión de ampliación de derechos y de salud pública que ensancha la democracia y la secularización de la sociedad y el Estado, en un país donde hasta los nacimientos y defunciones los anotaba la Iglesia en los tiempos fundacionales. Donde había una plaza y, en su derredor, la casa de gobierno y la Iglesia en cada pueblo. Una secularización progresiva para que aceptemos que las creencias son un derecho completamente respetable pero no deben imponerse como dogma, obligación, sometimiento a todos los otros y otras. Avanzando hacia una sociedad más democrática, con ampliación de derechos y cuidado del otro. Y que sea ley.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

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