Está Cristina. Una crónica en el Instituto Patria

-¿Está la jefa?

Damián es el fotógrafo de la revista Marfil. Ni bien llegó a la puerta del edificio de la calle Rodríguez Peña 80 donde funciona el Instituto Patria, a media cuadra de la Plaza del Congreso, se anunció.

-Soy el fotógrafo de una revista, vamos a entrevistar a Claudio Morresi y quedamos en encontrarnos acá.

El custodio de la puerta le dice que todavía no llegó, pero que tiene que estar por aparecer en cualquier momento. Entonces Damián tira su pregunta, la que abre esta crónica, esa que venía pensando desde que supo de la entrevista.

-Sí, ahora tiene que estar por bajar.

Cuando llegan dos de los redactores de la revista, Damián los recibe con la noticia.

-Compañeros, está Cristina y va a bajar ahora.

El Instituto Patria es un edificio de tres pisos que el kirchnerismo transformó en una especie de bunker. En el instituto se dan cursos y se organizan charlas o eventos, entre otras cosas. Pero sin lugar a dudas, es el espacio desde el cual la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner hace política. Es común que la vereda de Rodríguez Peña esté colmada de movileros haciendo guardia. Pero este jueves ocho de noviembre nada parece indicar que en pocos minutos va a salir a la calle la primera mujer que gobernó la Argentina elegida por el voto popular.

Pero todavía falta para ese momento. Ahora, mientras los tres jóvenes esperan, se abre la puerta y sale el diputado nacional y referente del radicalismo no alineado con el gobierno de Macri, Leopoldo Moreau. ¿Habría que hacer el contacto para poder entrevistarlo en algún momento? Mientras los integrantes de la revista Marfil se hacen esa pregunta, Moreau se aleja. Juan José se decide y lo corre hasta llegar a cortarle el paso. Consigue sacarle el número de teléfono para una próxima entrevista.

-¿Van a ser ustedes tres solos? -pregunta el hombre que cuida el ingreso al instituto. No tiene aspecto de guardaespalda. No es musculoso, no usa traje sino una camisa gris y unos pantalones de jean, tiene una estatura media y se maneja con cierta amabilidad. Sin embargo, impone una cuota de rigor.

-Falta uno. Vamos a ser cuatro.

-No los quiero acá en la puerta. Decile a tu amigo que corra. ¿Cómo se llama?

Mientras ingresan al instituto y los acomodan detrás de una soga que va desde la puerta hasta una larga escalera de madera que lleva al primer piso y por la que bajará ella, Sebastián le manda un mensaje a Patricio, que salió del trabajo y se metió rápido en el subte para llegar cuanto antes a la entrevista. El audio de Whatsapp dice: “Metele pata que está Cristina. Le dimos tu nombre al tipo de la puerta para que puedas entrar”.

Patricio no toma muy en serio el mensaje. No cree que puedan ver a Cristina. En consecuencia, baja del subte y no corre.

Antes que Patricio, llega Claudio Morresi, ex jugador de futbol, director técnico y Secretario de Deportes entre el año 2004 y el 2014, con quien habían coordinado una entrevista.

Claudio Morresi jugaba en River cuando ya iba a dar clases de futbol al club Arturo Jauretche, cercano a la villa miseria 21-24, de Parque Patricios. Damián, el fotógrafo de la revista, se crió en el barrio de monoblock Comandante Tomás Espora, cercano al club. Era solo un chico cuando Claudio lo entrenaba en el humilde club en honor al dirigente fundador de FORJA.

Los dos, Damián y Claudio, buscan un lugar con la luz adecuada para hacer las fotos. Llega Patricio, sorprendido porque cae en la cuenta de que efectivamente Cristina está en el Instituto Patria y hay gente que espera verla.

Hechas las fotos, nos sentamos en una de las oficinas del lugar, dispuestos a hacer la entrevista. Las paredes están cubiertas de cuadros con fotos o pinturas: Nestor y Cristina, Perón y Evita, Lula y algunos otros personajes políticos latinoamericanos. En el centro del salón, un busto de Nestor Carlos Kirchner tallado en madera.

La entrevista comienza muy trabada, interrumpida. Morresi nos avisa que “está ella” y que en cualquier momento va a bajar, por si quieren ir a verla.

Primero entra el periodista Javier “El Profe” Romero. Saluda a Morresi. Busca su mochila. Cuenta que en la semana le tocó oficiar de presentador en una conferencia del filósofo José Pablo Feinmann. Durante la charla, cuenta Romero, alguien vació su mochila, puso todo lo que había dentro en una mochila más barata y vieja, y se llevó vacía la suya, más nueva y cara. Al parecer, explica, hay gente que le gusta ir a conferencias a cometer este tipo de hechos delictivos.

La entrevista vuelve a empezar, pero ni bien se formula la primera pregunta lo llaman por teléfono. Morresi atiende. Hasta la oficina llega un murmullo desde la puerta del instituto.

-Vayan, vayan -dice el ex futbolista.

En todo el edificio se escucha el golpeteo de los tacos de la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner contra los escalones de madera de la escalera. Una señora atropella a todos queriendo llegar primera a tomar la mano de Cristina, decirle unas palabras y sacarse una foto. Camina, saluda a todos y cada uno de los que la esperaban, se toma algunas fotos y sale de edificio casi sin custodia, con un saco blanco y marrón, una cartera y el pelo suelto.

La entrevista sale mejor de lo que esperaban. Morresi es un tipo cálido, de hablar calmado, claro y pausado.

Salen del instituto y van a festejar con unas cervezas de por medio en el bar de la esquina.

Cerca de las nueve de la noche se despiden.

Podrá preguntarse el lector qué motivó a los integrantes de la revista a abandonar la entrevista que estaban haciendo e ir en búsqueda de conocer y sacarse una foto con una ex presidenta.

En tiempos de una nueva oleada de despolitización de la política, un grupo de pibes que ronda los treinta años, que terminó el colegio secundario durante la crisis de principio del siglo, cuando parecía que no había futuro para nadie, cuando parecía que todo estaba definitivamente destruido, perdido, todavía busca una respuesta en la política.

Muchos de los que se hicieron adultos durante el periodo kirchnerista todavía creen que es posible algo mejor.

Sebastian Pujol

Noviembre 2018

Las olas, el viento y el frío de la temporada.

Una temporada a media máquina si hay suerte la del verano 2021. Con el 30 o 40 por ciento de los alquileres ocupados, de acuerdo a datos que se compartieron. Las distintas playas de la costa atlántica sobreviven al invierno para esperar el verano salvador, que funciona casi como un aguinaldo de tres meses, el tiempo de la cosecha luego de las estaciones del frío, la hibernación y la nada.

Necochea es una de las playas del sur, un poco más allá: Monte Hermoso, Reta, las Grutas.
No hay mucho más. Playas amplísimas. De un lado los médanos y del otro el gigantesco mar sin horizonte. Varios balnearios, carpas, sombrillas, poca gente. La playa espaciosa, desierto húmedo, vuelven innecesarias las indicaciones de la distancia social, que se da por añadidura. Algunos ponen la sombrilla y dibujan un círculo simulando una burbuja de arena. No acercarse, la consigna tácita. El barbijo se baja, se guarda en el bolso porque la distancia sobra y hay playa para todos y no se acerca al otro el que no quiere. Jóvenes de casacas blancas que dicen “Ministerio de Salud” caminan la playa pero son mayormente innecesarias sus recomendaciones, que se cumplen por decantación. No se observan juntadas de jóvenes, esas que son más de Gesell o Pinamar. Necochea es casi la capital de lo familiar, con pocas discotecas en épocas normales y espectáculos callejeros en la 83 para todo público. No escuché nunca un reggaetón ni nada parecido. No es que no exista alguno con un parlante portátil, pero en general nadie les hace eco. Los abuelos, los hijos y los nietos. Playa, mar y médanos. Viento fresco de a ratos, como fría está la temporada. Dos caminatas posibles: hacia la escollera que linda con el río Quequén o hacia los restos de lo que fue un muelle de pescadores. Más allá de la escollera, un descanso de lobos marinos y un emprendimiento de hace un par de años: Puerto Gardella, un pequeño paseo que incluye puestos gastronómicos al aire libre y alguna recreación para chicos. Muy moderno el lugar en comparación con Necochea misma, queriendo ser un enclave de cierto capitalismo que quiere progresar y ser estético como una bicisenda de la Ciudad de Buenos Aires. Poca gente cuando hay mucho viento, aunque el abrigo de suculentos médanos le brinden reparo. Necochea también es el otro extremo de la posible caminata: las ruinas del muelle de pescadores. Es dejar que el mar haga su trabajo inexorable sobre esa estructura de hormigón desde hace añares. Un punto de partida y de llegada. En el medio, el Casino cayéndose abajo tal vez porque tampoco representa la idiosincrasia de una ciudad antimoderna, ajena por completo a vicios de magnates o de gente que se cree más de lo
que es. Lo que supo ser un lindo edificio casi emblema de la ciudad ve agrietada su
estructura cada verano e incluso sufriendo un incendio en agosto.
Tiempo y espacio en este 2021 de excepción Que había lugar en la playa, pero a veces ir a
bañarse a el mar a la tarde implicaba sortear cierta carrera de obstáculos. En el 2021 de
continuidad de la pandemia no. Porque cundió el miedo, la poca plata, o las dos cosas al
mismo tiempo. Precaución y bolsillos vacíos o menguantes. Con mi mujer Mariana se nos
ocurrió designar como termómetro de la actividad económica la situación de una galería de la villa balnearia, que une la avenida 83 con la 81. En el 2001, vimos que estaba desierta, con los locales cerrados o alguno agonizando sobre el extremo más concurrido que daba a la peatonal. En los años siguientes, la vimos resurgir a la galería de locales en esa especie de sustitución de importaciones que significó la devaluación brusca. Se llenó de locales, con una parrillita en el medio y todo. Después del 2011, comenzó a decrecer hasta quedar ocupados la mitad de los locales y así quedó más o menos. Medio muerta la galería, y guardo la anécdota del verano 2020 cuando la quisimos atravesar con mi familia para cortar camino un mediodía y nos sorprendió la puerta cerrada en la 81. Volvimos hacia la 83 y vimos a una señora que estaba echando llave y de casualidad nos vio, que si no nos quedábamos encerrados hasta quién sabe qué hora. En este 2021, sigue languideciendo con más locales cerrados que abiertos. En los que sobreviven, no circula casi gente. Hasta en días frescos, uno piensa que la gente se fue para la 83 pero hay poco tránsito por la peatonal hermosamente pintado su suelo. La cantidad de gente repunta un poco los fines de semana, cuando se acercan a mirar el mar los vecinos de Tres Arroyos.
¿Dónde está la gente? Muchos no se atrevieron a venir o se fueron a caminar al parque
Miguel Lillo, dulce remanso para cubrirse del viento helado. Un día, vimos en TN a un
funcionario del municipio decir que había 13 camas de terapia intensiva y la mitad
ocupadas. Un baby shower puso en su momento a la ciudad en el ojo de la tormenta,
ahora se mantiene con número de contagios relativamente altos, tal vez demasiado para
la escualidez evidenciada en la cifra citada del sistema sanitario. Un paseo del parque
culmina en cámpings y el lago de los cisnes, un pequeñito émulo del de Palermo con agua
estancada. Un pequeño zoológico y una tirolesa que se inauguró este año, para intentar
pasar a la pandemia colgados de un cable, por arriba. En el mismo sentido, los dibujos
coloridos en el suelo de la peatonal 83. Dibujar, pintar para resistir, como la feria de
artesanos en la plaza. Resistir y seguir siendo esencialmente lo mismo: lo familiar, lo
artístico, lo anti moderno y el mar. Montañas de arena en el medio de un balneario que
nadie palea, los baches que se reproducen en la ciudad y el mar comiéndose el muelle.
Pero la tranquilidad de que nada de eso importa.
Lejos de las playas colmadas de Mar del Plata que se cierran y derivan a jóvenes a otros
lugares y del amontonamiento en la localidad serrana de Santa Rosa de Calamuchita,
sobra espacio para los pocos valientes que se acercaron. Un parque inmenso, una
sucesión eterna de médanos y el mar inconmensurable. El clima de la temporada aparece
en general frío a mitad de enero, recreo del infierno caluroso de Buenos Aires.
Las olas, el viento y el frío de la temporada.

Por Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

Documentos…¿por favor?

¿Tiene una moneda para cargar la SUBE? – me preguntó un muchacho vestido con una campera de un equipo de fútbol europeo. Mintiendo le respondí que no, “nada”. Me encontraba sentado junto a una mesa sobre la vereda de una pizzería en la zona de Virreyes. Eran las doce del mediodía de un lunes. Ya le había dado cinco pesos a un nene y le había comprado tres pares de medias a otro flaco.

El receptor de mi respuesta caminó quince metros hacia la calle. Cuando parecía que se disponía a cruzar, un dúo de patrulleros interceptó su paso. Los dos policías con mejor físico bajaron corriendo y le pidieron documentos. Se los dio sin chistar. “¿Dónde vas?”, le preguntó uno. “A mi casa”, contestó. “¿Dónde queda?”  “acá nomás, sobre Garibaldi”. Acto seguido, el poli que llevaba la voz cantante le señaló una de las patrullas y lo invitó a subir, “cordialmente” le darían un aventón.

El muchacho, sin sus documentos, se subió

Mi cara no llegó a dibujar un gesto de asombro. “Se está poniendo feo”, le dije a mi compañero de almuerzo, un tipo al que poco suelen importarle las cosas que suceden más allá de su nariz.

– Me pasó el sábado. – Me respondió mientras su piel adquiría un tono pálido. En su cabeza empezaban a sobrevolar recuerdos que preferiría olvidar. Que preferiría no haber vivido.

Conducía su moto rumbo a su casa. Regresaba de trabajar. El sábado hacemos media jornada, serían las dos de la tarde. Una moto con dos policías se le puso al lado, el que no conducía le apuntó con una escopeta a la cabeza y le exigió que frenase. Cuando lo hizo, le ordenaron que se tirara al piso. “Qué pasa, qué pasa”, decía él mientras lo hacía lentamente por incredulidad más que por desobediencia. “Al piso o te vuelo la cabeza con casco y todo pendejo”. Una vez en el piso lo palparon de forma brusca y le sacaron la billetera. Miraron sus documentos, le repitieron su nombre a modo de pregunta y él afirmó. Se sacó el casco, o se lo sacaron, no recuerda; pero se lo tiraron a unos metros de distancia. Lo hicieron parar, lo apuntaba todo el tiempo el policía más apartado de la escena. Mientras, llegaban refuerzos; en total, dos motos y dos patrulleros. No estaban pintados de forma normal, eran parte de alguna brigada especial. Le hicieron el mismo cuestionario que al pibe que le negué una moneda, pero antes de proponerle que los acompañara le hicieron una tercera pregunta:

– ¿No tenés nada?

– No, nada.

– ¿Seguro? Me parece que te estás haciendo el salame.

– No tengo nada. – llegó a decir antes de que lo subieran al patrullero. Su moto se la llevó conduciendo aquél que conoció detrás de una escopeta.

Tenía un porro en la billetera.

En la comisaría lo tuvieron demorado aproximadamente cinco horas. Incomunicado. Sin permitirle llamada alguna.

Mi compañero tiene 19 años. Es un pibe. Como nos pasó a todos a esa edad, está muy despierto para algunas cosas pero no sabe desenvolverse en muchas otras. No conoce nada sobre sus derechos. En su nerviosismo pensaba en la moto. No quería que fuera confiscada. Entonces obedecía. Su moto es una Twister. Hasta donde mi ignorancia me permite, un modelo muy de moda entre los fanáticos de las motos. Buscada y admirada por los chorros. Su forma de vestir tiene el estilo de un reguetonero. Habla siempre de “perro” “nieri” “amigo”. Labura nueve horas de lunes a viernes y seis los sábados. Su sueldo le permite elegir su ropa y su moto. Fuma porro. Quizás en exceso.

Vos escondés algo, le repetía insistente un cana. Dónde ibas, acotaba otro. No te hagas el boludo, advertían ambos. El interrogatorio se daba en un cuarto de la comisaría. Él intentaba complacerlos, quería irse con su moto.

Lo hicieron desnudar. Revolvieron su ropa. No encontraron nada. Les llamó la atención que no tuviera celular. Unos días atrás se le había roto. No contentos con las respuestas y con la trunca búsqueda seguían insistiendo en que debía ser un tranza. Un pichi, pero tranza. Creían que había tirado el celular en algún momento, que lo había descartado. ¿Cuándo? ¿Antes o después de que su casco separara a su cabeza de una escopeta? Le exigieron que se agachara y se abriera de piernas, y que hiciera fuerza: “como si fueras a cagar, no te hagas el boludo eh”. Lo hizo. No cagó. No pasó nada.

Suelo retarlo cuando me entero que hace boludeces. Lo reté. No podía concebir la situación. Estaba entre indignado y enojado. Le expliqué a grandes rasgos cuáles eran sus derechos. “Lo que más sentí fue vergüenza”, me confesó. Jamás lo había escuchado ni siquiera usar esa palabra. Calcula que fueron cuatro o cinco horas. Después de cambiarse lo dejaron sentar en el salón de entrada de la comisaría. Durante una hora y media nadie le habló. En un acto de cierta valentía preguntó:

– ¿Qué pasa conmigo?

– Ah, seguís acá. Firmá esto y andate. – Le respondió el encargado de la entrada.

– ¿Mi moto?

– Afuera. Tomá las llaves.

Le dieron la copia de un acta que no dice nada sobre desnudez, sobre escopetas apuntado a la cabeza, sobre policías en motos ajenas.

Firmó. Se fue.  

La charla se consumió junto con la pizza. El sabor de la grande de muzza se pareció al de otros tiempos, hasta hace poco, lejanos.

Buenos Aires, 2019. Si estamos en democracia, es hora de poner un límite.

Rene Ruiz.

Nuestra República Cromañón

El viernes 31 de diciembre 2004, todos nos preguntábamos en el laburo: ¿saben algo de Maxi? Había hinchado las pelotas toda  la semana; “Me voy de gira” decía. Maximiliano era un pibe de San Martín, laburaba, estudiaba, amaba a Chacharita Juniors y por sobre todo al Rock.

El Rock fue ese refugio que encontramos los jóvenes, hijos de la fiesta menemista, era el lugar de encuentro, identificación y por sobre todo en dónde decían las cosas que sentíamos. La política nos era ajena, la imposibilidad de cambio nos aprisionaba. En la música y en las bandas barriales teníamos voz, los tipos nos representaban. Con mayor o menor belleza el Rock Nacional fue nuevamente nuestro bunker, nuestro refugio para destilar rabias y sentirnos vivos.

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2001: Odisea a la Argentina

Al llegar a media cuadra del obelisco no pudo contener el llanto. Un mes atrás era un tipo más bien duro, sin sentimentalismos. En menos de treinta días se encontraba llorando por tercera vez. Por emoción. Por algo cercano a la alegría. No se había puesto a pensar en ese momento, quizás para no quemarlo, pero claramente lo hubiera imaginado muy distinto. Más aun luego del segundo episodio de llanto. Vamos a ponernos en contexto: Sergio tiene 19 años, salió del secundario hace uno; busca trabajo de forma incesante sin siquiera soñar con el futuro, es Diciembre del 2001; ah también es hincha de Racing.
Desde hacía unos meses que la cosa pintaba para terminar como terminó. Aunque está claro que por más avisos que puedan dar, cuando el tornado llega todo vuela por el aire. De alguna forma todo explota. Los canales de televisión anunciaban cada día el nuevo número ascendente del riesgo país. Clarín lo ponía siempre en su portada. Cavallo era el ministro de economía. Contaba con súper poderes y como bien le dijo el tío del hombre araña a su sobrino, eso conlleva una gran responsabilidad. Hay que estar preparado. Mingo lo estaba. Lamentablemente, sus intereses eran distintos a los tuyos, a los míos o a los de Sergio. Este último buscaba trabajo todos los días. Cada tanto aparecía algo y lo explotaban unos meses, unas semanas. El fin de semana se dedicaba a ir a la cancha. Llevaba un año y pico sin pagar la cuota porque el club había dejado de mandar al cobrador por su zona. En la entrada se hacían los boludos y no le pedían el comprobante de pago. Solidaridad de boleteros, decía él. Parecía que Racing iba a pelear el descenso, había zafado el torneo anterior en las últimas fechas. Los refuerzos arribaron para eso pero rápidamente el equipo encontró en su ritmo arrollador un espíritu ganador implacable. El promedio quedó atrás, se escapó en la punta de la tabla y el objetivo paso a paso fue cambiando. Su líder, el futuro prócer Mostaza Merlo, tenía sobre sus hombros una gran responsabilidad: sobre él recayeron los 35 años sin títulos de la Academia. El tío del hombre araña podría haber repetido el discurso. Esta vez sí, los intereses del súper héroe coincidían con los del pueblo.
2 de Diciembre. Empieza a aplicarse una medida de restricción de depósitos anunciada por el ministro de Economía la noche anterior, será conocida vulgarmente como Corralito. En el cilindro de Avellaneda, el puntero recibe a su perseguidor River. Las personas sólo podrán extraer 250 pesos por semana. La diferencia es de cinco puntos y al terminar el encuentro quedarán tres fechas. La jubilación mínima era menor a ese importe y los trabajos a los que un muchacho como Sergio podía aspirar también. El equipo de Avellaneda no podía contar con Chatruc, una de sus figuras; el de Nuñez venía arrasando a sus rivales y alineaba a todas sus estrellas. La excusa era que sólo las personas a partir de la clase media alta se verían afectadas. En el primer tiempo el juego fue parejo, Chanchi Estevez reventó el travesaño del millonario y Cuchu Cambiazzo mandó adentro la que tuvo. El problema, entre otros, fue que la mitad de los trabajadores tenían trabajos informales, de esos trabajos los más precarios eran los dados justamente por las clases más altas que ahora sólo podían acceder a una parte de su dinero. 0 a 1. En apenas un instante, muchas personas vieron esfumarse sus ingresos. En el segundo tiempo, Racing fue claramente superior. Eso se sumó a una desocupación que superaba el 20%. Buscó el gol por todos lados sin lograr encontrarlo. Encima, aquellos que pocas veces se ven afectados temían por el destino de sus depósitos. A falta de cuatro minutos, Comizzo dejó corto un rebote y el colombiano Bedoya le rompió el arco. Como pocas veces, la crisis afectaba a todos y cada uno de los sectores. 1 a 1. A punto de explotar. A punto de explotar.
Aquél día, Sergio lloraría por primera vez. Temprano se había enterado del Corralito. No le había tocado vivir nada similar pero entendió pronto que la changa de cortar el pasto había llegado a su fin. La carga emocional era grande. Igual se fue al cilindro. Llegó faltando media hora y las entradas ya se encontraban abarrotadas. Entonces se metió por la puerta que sobre la hora del partido usaría la barra brava. Al entrar, desde el túnel pudo ver todo el espectáculo. El ambiente era espectacular. Presagiaba algo jamás vivido. Miró al lado suyo y vio una escena que nunca olvidaría. Simple. Hermosa. Un señor de cerca de setenta años, alto, con anteojos, fumaba mientras en silencio observaba. El griterío era impresionante. No se podía hablar con una persona a un metro. Si hubiera intentado hablarle, ese señor jamás lo hubiera escuchado. En ese contexto, el señor fumaba y permanecía totalmente en silencio. Parecía ajeno. Era el más presente. Por sus mejillas caían lágrimas sin ninguna intención de ser contenidas. Ya habían sido contenidas largos años. Sergio alternó la mirada entre el señor y el espectáculo de la gente. Lloró. En silencio, también lloró. El señor notó su presencia. Rieron. Con mezcla de angustia y alegría, con complicidad. Esa angustia que desea irse pero no encuentra el camino y esa alegría que pide permiso para llegar en un momento difícil, esa complicidad que sólo el fútbol sabe regalar. Se acercaron y se fundieron en un abrazo. Ambos sintieron el palpitar del pecho del otro. Aún hoy, Sergio recuerda ese momento con lágrimas en los ojos y, vaya paradoja, piel de gallina. Nunca más se vieron.
Entre ese día del llanto número uno y el día del llanto número tres pasaron 25 días. Normalmente 25 días no son suficientes para alterar la existencia de nadie. En el 2001 nadie vio inalterable su existencia.
En ese comienzo de semana, los bancos se vieron abarrotados de ahorristas que buscaban sacar su dinero. Las ilusiones de los mismos chocaban contra trabajadores que se acercaban a buscar sus sueldos de los cajeros. A pesar de ser 250 pesos los disponibles, los cajeros no contaban con el efectivo para cubrir las demandas. Entre las personas que buscaban su dinero estaban los jubilados que ya habían recibido una reducción del 13 % a sus haberes. Los bancos culpaban de la situación al gobierno, el gobierno culpaba a los bancos. El día 6, el Club Banfield informa que será local frente a Racing por la antepenúltima fecha en el estadio de Huracán. La cancha del sur no tenía la capacidad necesaria para recibir el aluvión de visitantes del candidato al título. En club GEBA se produce el asesinato de una maestra. El caso parece que ocupará todas las páginas de los matutinos hasta resolverse. No será así y pasará al olvido de todos. Salvo de sus familiares. Supongo. El Fondo Monetario Internacional anuncia que no desembolsará los 1260 millones con que se comprometió para esa fecha. El gobierno de De la Rúa había seguido el ajuste del fondo a rajatabla pero desde Washington le soltaban definitivamente la mano.
El 9 de Diciembre, Racing y Banfield empatan cero a cero en el Tomás Adolfo Duco. Un golpe para los hinchas que planeaban dar la vuelta esa tarde. También un golpe para los contras que denunciaban favorecimiento arbitral para el club de Avellaneda: ese día Estevez marcó dos goles lícitos que fueron anulados. Mostaza Merlo tampoco salió inmune. Luego de patentar durante meses la famosa frase paso a paso para eludir la candidatura al título, se decidió y ante un sorprendido Titi Fernandez dijo: Vamos a salir campeones, me enojé, vamos a salir campeones.
El 10 de Diciembre asume la presidencia del senado el Justicialista Ramón Puerta. A su vez, también prestan declaración los diputados y senadores que habían sido elegidos en las elecciones legislativas celebradas el 14 de Octubre. El partido Justicialista se convierte de esta forma en mayoría en ambas cámaras. De haber tenido representantes, el voto bronca habría sido la segunda fuerza: el 25 % del electorado se decidió por él, ya sea votando en blanco o impugnando el voto. Ramón Puerta ya se había reunido la semana anterior con el presidente de la nación. La idea era buscar conjuntamente una salida para la crisis. De la Rúa decidió aislarse aún más. Su voz se escuchaba solamente a través de su asesor Baylak o su jefe de gabinete Colombo. Quien gobernaba desde Marzo, fecha de su asunción en economía, era el súper Mingo.
El 13 de Diciembre, la CGT realiza un paro general que tiene adhesiones hasta ese momento insólitas. Todos los gremios se suman al mismo. Comerciantes y trabajadores independientes también lo hacen. La realidad es insostenible. Ese día comienzan los saqueos que se volverán incontrolables durante toda la semana. El pueblo contra el pueblo. Muertos de ambos lados, muertos de uno solo.
El día 16, en un Cilindro de Avellaneda colmado, Racing juega uno de sus mejores partidos y se impone a Lanús. River Plate hace lo propio con su rival y, por lo tanto, la vuelta olímpica deberá esperar una semana más. Las ilusiones se mudarán al estadio de Vélez Sarsfield. La diferencia de tres puntos marca que La Academia necesita simplemente empatar. El día 18 se venden en Avellaneda las entradas. Desde el día anterior, cerca de diez mil personas acampan por un boleto. A los diez minutos de abrirse las boleterías se corre la bola de que las entradas están agotadas. Físicamente eso es imposible. Dentro de una etapa de enamoramiento entre el hincha de Racing y la empresa gerenciadora del fútbol Blanquiceleste, se produce el primer cortocircuito. Los resultados harán que sean olvidados momentáneamente. Al otro día, aparecen la mayoría de los tickets por distintos puntos de reventa. Al día siguiente explotó todo.
La noche del 19 de Diciembre, debido a las crecientes e incontrolables manifestaciones y saqueos, el presidente de la nación anuncia el estado de sitio. Automáticamente, millones de personas hicieron oídos sordos y salieron a las calles. Con cacerolas, con lo que tuvieran a mano para golpear. Las principales plazas del país se colmaron de personas indignadas bajo el slogan “que se vayan todos”. Es el día fundacional del piquetes y cacerolas la lucha es una sola. Años después los intereses los separarán. En ese Diciembre convergieron fuerzas de todas las clases sociales. Las calles se coparon. La policía se puso del lado de un estado que para ese entonces sólo sabía cumplir su rol represor. Y lo aplicó al máximo. La cuenta oficial marca 39 personas muertas a lo largo del país. En la madrugada del 20, el presidente acepta la renuncia de Domingo Felipe Cavallo. “Qué boludos, qué boludos, el estado de sitio, se lo meten en el culo”.
Sergio escuchó el rumor de la renuncia del ministro de Economía mientras hacía palmas cantando junto a los manifestantes frente a la quinta de Olivos. Confirmó el dato arriba del auto de un amigo que se encontró allí y con el que se trasladó hacia la zona del centro de la capital. Dieron unas vueltas. La cosa olía feo. De haber sabido que Martín Vitali, el incansable lateral volante derecho del equipo de Mostaza se encontraba por el centro entre los manifestantes quizás se hubiera quedado para encontrarlo. Volvió a su casa. En el trayecto observó la desconcentración de los manifestantes en distintos puntos, la gente se saludaba vitoreando la conquista de haber hecho irse al nefasto ministro. En ese viaje, Sergio lloró por segunda vez. Fueron lágrimas impertinentes de las que su amigo, el conductor del auto, hizo de cuenta no existieron. En la mañana del 20 observó por televisión la brutal represión de la policía con la culpa de no estar en ese lugar recibiendo algún palo solidario para que no lo reciba algún hermano. En esos días de tremenda crisis, los compatriotas eran hermanos.
La renuncia de Cavallo, lejos de calmar los ánimos exasperó a una muchedumbre que ahora exigía la cabeza del presidente. Un De La Rúa hasta último momento inoperante renunció cerca de las 19 hs, luego de anunciar a las 16 que no lo haría jamás. Su gabinete había ido presentándole la renuncia a lo largo del día. Cuenta Miguel Bonasso en el Palacio y la Calle (el mejor libro sobre los sucesos de 2001) que antes de retirarse se cercioró con su secretaria estarse llevando todas sus pertenencias, incluso las del baño. Con ellas se fue en un helicóptero que lo recogió por la azotea de la Casa de Gobierno manteniéndose a centímetros de la misma porque no estaba listo el techo para que allí aterrizara. La Rosada no tenía escape aéreo para el gobierno radical.
La presidencia fue asumida como marca la constitución por el presidente del senado, dado que el vicepresidente de la Alianza Chacho Álvarez había renunciado hacía más de un año. Ramón Puerta se enteró de la renuncia del presidente cuando su avión aterrizó en Merlo, San Luis, donde se llevaría a cabo una reunión del partido justicialista en la cual le había asegurado al presidente se garantizaría la gobernabilidad del gobierno. Cito ese momento del libro mencionado de Bonasso: Saldría de Aeroparque como Presidente provisional del Senado y llegaría a Merlo, a las ocho de la noche, como sucesor del presidente de la República. “¿Cómo?. ¡No! ¡Qué boludo!”, exclamó al pisar la pista de Merlo y enterarse de que De la Rúa había renunciado sin esperar el resultado del cónclave justicialista. El misionero gobernará hasta el 23 de Diciembre, día que asumirá elegido por asamblea legislativa Adolfo Rodriguez Saá. Puerta tendrá tres importantes decisiones en su historia como presidente: convocar asamblea para elegir presidente, calmar la situación de la calle y, por último, hacer jugar los partidos decisivos de la última fecha del Apertura 2001.
El sábado 22 de Diciembre se llevó a cabo dicha asamblea. Al otro día debía jugarse la fecha que quizás consagraría a Racing después de tantos ingratos años. La fecha estaba suspendida. Por contrato con Futbolistas Argentinos Agremiados, el día lunes todos los jugadores debían estar de vacaciones. El secretario de esa organización, Sergio Marchi, públicamente había dicho que no se negociaban las vacaciones pero de forma privada había dado el visto bueno para que los planteles de Racing, River y sus rivales Vélez y Rosario Central extendieran sus días laborales y jugaran entre Navidad y Año nuevo. En una oficina de la Casa Rosada se llevó a cabo una reunión extraordinaria, que bien podría ser parte de una ficción pero no, es parte de la historia de Racing. Allí se reunieron Fernando Marín (gerenciador del Club), Julio Grondona (presidente de AFA), Ramón Puerta (Presidente de la Nación), Miguel Angel Toma (Ministro del interior esos tres días) y Rubén Santos (Jefe de la Policía Federal, luego condenado por los sucesos de ese Diciembre) decidieron que los partidos de los clubes que mencioné se disputarían el 27 de Diciembre. Un personaje importante que no participa de la reunión es el autor intelectual de la misma, el por entonces presidente de Boca y amigo personal de Fernando Marín, Mauricio Macri. Sobre aquella decisión, Puerta declararía años después al periodista Alejandro Wall para su libro Academia Carajo: Ahí viene el acto que me pareció muy importante: que la gente hable de fútbol y se tranquilice la calle. Mi decisión fue política. La televisión estaba meta mostrar cosas feas, incendios, saqueos, aunque si bien en los dos días míos se tranquilizó porque se fue De la Rúa, se fue Cavallo y la gente dijo “Esto va a mejorar”. La jugada fuerte mía fue que cargué todos los cajeros con plata. La gente iba y ahí se tranquilizaba todo. Para eso tuve que poner el estado de sitio porque los camiones de caudales no se querían mover si vos no le ponías la Gendarmería. Por eso, cuando me tira la idea Mauricio, me pareció muy bueno que la televisión de todo el país mostrara el partido por el campeonato y la gente saliera a festejar. (…) A mí como hincha de fútbol me parecía una injusticia que no pudiera jugar Racing, pero inmediatamente lo agarré para el lado político, que era volver a un país normal.
El 27 de Diciembre de 2001 quedará por siempre en la historia del fútbol argentino: Racing Club empató en Liniers con Vélez Sarsfield 1 a 1 y se consagró luego de 35 años. En el medio ganó una copa Libertadores, una Intercontinental y una Supercopa que ya estaban totalmente lejanas. En el medio descendió para jugar dos años en la categoría inferior y también quebró para quedar al borde de la desaparición. Desaparición que fue anunciada por su síndico Liliana Ripoll para obtener sus cinco minutos de fama y que fue resistida por la gloriosa hinchada del equipo de Avellaneda. Esos hinchas coparon el estadio José Amalfitani y quienes no lograron entrar allí se hicieron presentes en el Juan Domingo Perón que lució repleto porque trasmitió el partido con una pantalla gigante. Entre los presentes en cancha de Velez, está Sergio, el personaje de este relato.
A pesar de no haber conseguido entradas por la desastrosa des-organización organizada del día de la venta, Sergio pudo entrar. Al finalizar el partido se subió a un micro desconocido que se dirigía al obelisco. Los cantos y los festejos eran incontrolables. Se compró regateando con lo único que tenía en el bolsillo una camiseta réplica totalmente trucha porque había ido a la cancha sin la suya. Ya no tenía plata para volver a su casa pero poco le importaba, de alguna forma lo haría. Necesitaba esa identificación racinguista. Innecesaria porque su rostro todo lo delataba. Al llegar al obelisco lo vio colmado de celeste y blanco. Una bandera flameaba en la ventana del mismo, allá arriba de todo. El centro era de Racing. En ese instante, recordó su última visita a ese lugar y todas las sensaciones lo arrumbaron de golpe. Las lágrimas esta vez, las terceras del mes, fueron un llanto imparable que duró un buen rato. Fue suspendido por el abrazo de un racinguista desconocido que pasaba y lo acompañó a dar la vuelta olímpica al obelisco.
En la mañana de ese día, con una cara larga llena de nervios, Sergio se encontraba dando una mano en el negocio de sus padres. No sabía desde dónde miraría el partido, suponía que desde el cilindro. En un momento crucial apareció Beto. Como un milagro apareció Beto, un amigo de su padre, que se hizo presente en el negocio: “¿Cómo que no vas a la cancha?”. Beto no lo podía creer. Era un tipo de la calle, del fútbol, de la cancha, de la vida. Vivía de pensión en pensión, casi de prestado. Hacía favores, inmensos favores y de eso vivía. Viajaba siempre en colectivo hablando con los choferes, era amigo de todos ellos y por eso viajaba. Era amigo del papá de Sergio y de ahí obtenía alguna verdura y carne para la cacerola, era amigo del tipo de la casa empanadas, del tipo del almacén, de todos los tipos de los que algo podía obtener. A esos tipos les daba cierta amistad incondicional. Era hincha de River. Quería que River fuera campeón pero también quería que sus amigos de Racing pudieran verlo en la cancha. Más aún esos que no se habían perdido casi ni un partido. Que habían ido a Rosario, Santa Fe, Córdoba. Agarró a Sergio y al hijo del vecino de la casa de empanadas y partieron a Liniers. Sergio y ese otro habían ido juntos casi todo el campeonato. A las once de la mañana, por obra de Beto que era amigo del jefe de los molinetes de Velez, Sergio y el hijo del vecino de la casa de empanadas se encontraban escondidos en las gradas del José Amalfitani . Así estarían hasta que empezó a entrar la gente. A la tarde noche comenzó el partido. En el medio hubo sol, lluvia, anocheció. En definitiva, en el medio hubo Racing, en el medio hubo Argentina.
El pasado 3 de Diciembre, un personaje crucial de esta historia vivió su suceso definitivo. Beto Cabrera murió. Fue calle, fue pobreza, fue amistad, fue Racing, fue River, fue Argentina, fue 2001. Sergio y el hijo del vecino de la casa de empanadas se vieron una o dos veces más luego de aquél día mágico en Liniers. Si se volvieran a ver, estarían de acuerdo en que la muerte se equivocó: Beto pasó a la inmortalidad.

 

Sergio Delbreil

Atenas

 “Si estas cosas consigues cantar

seré testimonio entre todos los hombres

de que un dios complaciente te ha dado los dones del canto”.

 Homero, Odisea

 

Cae la tarde. Son los últimos rayos de luz. Nos juntamos con el Tripero en la playa de estacionamiento de los monoblocks. El cordón de la vereda es la base de operaciones donde nos atornillamos todas las tardes. Cada uno está en la suya. Una gata gris sentada en el marco de una ventana del quinto piso al lado de varias masetas parece controlar todo con la mirada. Se prende la iluminación sobre la plazoleta. Los edificios a rayas horizontales entre la penumbra y las luces recién encendidas de los que llegan. En lo alto todavía quedan las huellas de la resistencia de la casa de Griselda. Una balacera de los setenta que el tiempo no logra borrar. El cielo se oscurece de estorninos que van y vienen como un enjambre. Desde donde estamos se ve perfecto el mural de Pichino en el paredón de la cochera de la curvita. Un perro ladra desde un lavadero y se escucha el ruido estruendoso de un lavarropas automático. Una persiana entreabierta deja salir el sonido de un 20 pulgadas a todo volumen.

Como un gran camping donde nada es secreto, acá todo se sabe, siempre hay alguien despierto. Somos historias amontonadas y las paredes parecen biombos. El barrio es un Pentágono de edificios que lejos de albergar una administración burocrática, alberga en su interior la marcha de los movimientos pendulares de la economía argentina. Viajando en el tren en sentido contrario parecen módulos inconexos semiautónomos que se proyectan uniformemente sobre un rectángulo reemplazando los techos de chapa, lozas, tanques de agua y pequeños frentes, alterando la tranquilidad barrial y moral obrera arraigada por la historia fabril de la zona que modela la vida cotidiana. Todos conocemos a alguien que trabajó en Ofa, esos galpones enormes que abandonados a la textura áspera del óxido parecen fósiles del fordismo o vestigios monumentales de una antigua Roma de hierro y chimeneas. Si con el nacimiento de la economía industrial fueron sacrificados simbólicamente campesinos y siervos de la gleba, los sacrificados de nuestra época son los obreros industriales. La sirena de la fábrica que era como una campana de la Edad Media junto a la imagen de trabajadores huyendo de ella como la peste dejo de ser familiar a principios de la década.

En la canchita, al lado de las vías, todavía patean unos pibes. Sus voces se mezclan con el sonido de teros, el mugido de vacas, la campana del paso nivel y el ruido de una zorrita. Mazzucco corta camino por la canchita y pide la pelota para patear un penal. Apoya el tetrabrik, acomoda la pelota, patea y erra. Desde que su sobrino la clavó de volea en un ángulo frente a Vélez en el clausura ‘96, los pibes del barrio corean su apellido cada vez que aparece. Los terrenos ferroviarios son un pedazo de llanura entre los monoblocks y las vías del ferrocarril Roca. Desde la ventana del Tripero se ve más claro. Pero es desde la terraza de la Torre, a la cual pudimos subir gracias al descuido del portero que varias veces olvidó la puerta sin candado, donde se pueden ver con claridad todos aquellos lugares de referencia que recorremos y nos dan sentido: la garita del señalero, el caminito paralelo sobre el terraplén, los durmientes de quebracho y los rieles amontonados del otro lado de las vías, el molino de la estación, la antena y la casilla de chapa de la vieja que vende lombrices.

Más allá, el basural y los coches quemados de la vía muerta, las vacas de Camacho que a la distancia parecen estar pintadas, quietas e inmóviles siempre en el mismo lugar, el campo de Godoy donde vamos a pescar taruchas, el camino a Punta Lara más sinuoso de lo que parece cuando se lo recorre, el pajonal que defiende su territorio a base de espinas, el verde frondoso de la selva marginal y el canal recto hasta su desembocadura en esa vasta planicie acuática llamada Río de la Plata donde desde que apareció un ex capitán de corbeta varias veces en televisión muchos dicen que los militares tiraron gente en aviones. Del otro lado, la copa del eucalipto centenario de la plaza, el tanque de agua que es igual al cosito que traen las pizzas de Lilo, el techo del caserón del doctor Larrea y por supuesto, Ofa.

Pablo Tara camina descalzo con una caja y una bolsa de nylon, alguien le dio unas sobras, la barba ya casi le llega al ombligo, mea en un árbol, luego se sienta contra un paredón, se escarba un rato las uñas de los pies y se acurruca sobre un cartón. Algunos dicen que era maestro, otros afirman que era doctor. También se dice que hizo una pequeña fortuna que se apuró a perder por el vicio. En la vereda de la Torre 3, Lucho fuma su habitual pipa, observa el barrio o quizás recuerda su Corrientes natal mientras espera a Isabel que fue hasta el autoservicio del flaco Reyes. Se escucha cada vez más cerca el galope de un caballo sobre el asfalto. El Tucu se detiene detrás de nosotros, busca restos de comida para los chanchos. Dos perros con la lengua afuera lo acompañan debajo del carro repleto de bolsas y trastos. Uno de ellos tiene las patas enfangadas y colas de zorro como abrojos en el pelaje. La última parte de su trayecto cotidiano son los canastos de basura del FOECYT. Alza las riendas y con un sonido, su caballo sale de la modorra bufando y sigue con el andar cansino hasta desaparecer en la curvita de la esquina que va para la barrera.

Durante nuestra infancia fue la imagen cotidiana del “hombre de la bolsa” con la que nos atormentaban cuando nos mandábamos alguna. Nadie sabe nada de él, el único dato conocido es que tiene un chiquero en el Parque Pereyra. Unos molestos golpes de pared se detienen. Suena el clack del portero eléctrico y la dupla Nino-Bacelar sale de la Torre. Llevan dos baldes con maza, cortafierros, varias llaves francesas y una pico de loro. Cada vez que se los ve entrando o saliendo de alguna Torre es porque una cocina o un baño quedó o va a quedar en las peores condiciones estéticas. La administración los llama cuando se rompe un caño o hay pérdidas. El resultado: caños expuestos y nuevas pérdidas.

Sentados en el cordón con el Tripero, esperamos a Rober y Clara. Los dos venimos cascoteados pero eso no nos preocupa. Lo importante es no pasarla tan mal dice una canción del cuarteto de Piedrabuena y Celina. El Topo va y viene con herramientas. Trata de arrancar la pan lactal roja que con los pibes usamos de paraje nocturno. Ayer a la tarde dijo que esta vez arranca seguro porque ya le encontró la vuelta, pero parece que hoy tampoco será. Mientras tanto, Chucho pasa con el Fitito azul que arregla hace una eternidad. Siempre anda en fititos, son su fetiche. Los tuvo de todos los colores. Aparece por la curvita y como sobrando, después de cruzar despacio el lomo de burro, lo deja toser un poco, aprieta el acelerador y sale arando frente a la Torre. El Topo deja la lata de dulce de batata llena de tornillos donde tiene metida la mano, nos mira y nos hace montoncito. El conductor de un flete que llega nos pregunta cuál es la Torre 1. La señalamos y arrima la caja bien cerca de la rampa. Inmediatamente, una pareja con pinta de profesionales comienzan a descargar un montón de muebles, cuadros e incluso una biblioteca y muchas cajas con libros. Parecen una de esas parejas que compran vajilla y juegos de dormitorio desde que se conocieron. La clase media cae por un tobogán pero todavía sigue aferrada a su tótem. Mientras estoy colgado en algo, peleando otra vez con esa voz que me habla de adentro, el Tripero me vuelve a prometer como de costumbre, que después me alcanza el primer disco de las Viejas que tiene hace 6 meses. Lo debe haber gastado (pienso por dentro). Gira todo el día adentro de ese Panasonic que tiene en el comedor sobre el mueble donde guarda los paquetes de galletitas Traviata y exhibe los trofeos de DIVE junto a una foto haciendo las inferiores en Estudiantes. Lo sé porque vivimos en la misma ala del edificio y lo escucho casi todos los días a la tarde. Después es fija que por alguna razón anímica baja las escaleras como una tromba y me pasa a buscar para hacer alguna por el barrio. Desde que compré ese CD el año pasado, pasa de mano en mano y no vuelve. Estoy seguro que a los de PolyGram les encantaría encontrar la forma de cortar con las grabaciones de TDK. Todo empezó cuando iba a Quilmes en el Roca. Por la ventanilla del tren, pasando la estación de Hudson veía una pintada con aerosol del nombre de la banda. Un día, en lugar de ir a casa Libra a comprar cuerdas para la Stratocaster Peavey, pasé por Musimundo y con los pesos justos compré el CD. Fue el punto de inicio de un camino sin retorno.

El Rockero Macnamara (zurdo que le enseño a tocar “Nena, me gustas así” a medio Villa Elisa) pasa apurado en bicicleta con la criolla colgada en la espalda y saluda. Mientras esperamos llegan el Geto y Pablito Jara. Vienen del pool de la esquina y convidan un trago de cerveza. La botella pasa de mano en mano hasta que Geto vacía lo que queda en el fondo (con ganas de hacerla slide y estirar las horas). Me dice que vaya a buscar la criolla que me quiere mostrar algo que saco con su nueva Fender California Stratocaster mirando un video de Vaughan. Geto es el mejor violero de blues de Villa Elisa. Puede cortar varias cuerdas y seguir tocando sin problemas. Le digo que Viejas Locas toca en Atenas y ya nos vamos. Presentan el último disco en Atenas acota Pablito. Hermanos de sangre lo compré este año, pero ese me encargo de gastarlo yo: desde el temprano Nesquik y potente riff de Dámelo hasta los amigos en la esquina hablando de bueyes perdidos en Buey (¿Qué mierda es?). El disco es una realidad más cruda que su antecesor, un retrato descarnado de los tiempos que corren. La primera vez que lo escuché fue en el resumen de goles esperando los del equipo de Ramón. El flaco Garza vuelve de ensayar con Malas Intenciones. Saluda al Tripero a la pasada y sigue de largo con el bajo sin funda. El punk rock está en Piria. El rock and roll en un garaje de Barrio Jardín. El flaco no sabe, pero Javi, hermano mayor del Tripero, junto al Virolo, hermano menor del flaco, cada vez que se juntan en la casa de este último pasando la calle 50, de querusa le sacan algo de música al Garza que después se multiplica en grabaciones secretas. Gracias a esa operación clandestina escuchamos Nunca nos fuimos y Exceso de Flema, y casi toda la discografía de Ramones. Vemos que un repartidor entra al playón en una motito Zanella y con ansiedad toca bocina mirando los departamentos de arriba. Es Harry que está haciendo delivery y trae una de muzzarella. Cruzamos unas palabras y vuela porque dice que la gente “se parece cada vez más a las tortugas ninjas”. Entre la arboleda vemos que se acercan Rober y Clara. Él se toca un huevo y ella la teta izquierda. Nos dicen que hagamos lo mismo porque vieron entrar en el otro playón al yeta. El Tripero y yo también hacemos lo mismo.

Esta noche no hay quintas y séptimas con yeites robados al Chiqui de Viejo Bar acompañados por una armónica Lee Oskar hasta entrada la madrugada. Todo un mundo referencial que tiene su Comité Ejecutivo en Villa Lugano se reúne para una noche con los mejores intérpretes de lo que pasa en el mundo de los de abajo. El Pity al pintar su aldea pinta la de todos. El pulso de la calle y las esquinas lo maneja como ninguno. Vino para agitar lo que la época calla desde el subsuelo donde la lengua se rehace. Desobedece el esquema normativo de la lengua. Hecho maldito del Rock burgués, es el índice de nuestro fin de siglo. En marzo telonearon a los Stones en River en una serie de inolvidables y monumentales noches en las que Dylan vino a recordarnos quién es el autor de Like a Rolling Stone. Fuimos con Nata, Dani y el pájaro en la Trafic blanca repleta de pibes. Hasta que nos fuimos, Patita y Lumbri nos hicieron el aguante con sus respectivos perros: Jagger y Richards. Esa tarde a Meredith Brooks le llovieron botellas y una silbatina ensordecedora que la hizo abandonar antes de lo previsto. Tocar con la camiseta de la selección argentina no aplacó tanta ansiedad. Las Viejas Locas se codearon con el rock grande pero no quedó registro fotográfico. Lo único que queda de aquellas jornadas es una foto de mala calidad con la pantalla ovalada de fondo. Chiche Gelblung aún no los acusa de terroristas. Pity todavía no es el Principity. Eso va a ser en el ’99 cuando aparezca en varios recitales y suplementos con una remera del personaje del libro de Antoine de Saint-Exupéry con el cual aprendimos a leer. El flaco Spinetta todavía no le pidió un autógrafo. Faltan más de dos años para que toquen en la Universidad de la Matanza, esa diáspora sin anuncio del año 2000. Todavía Madona no me encaró en la entrada del Colegio Belgrano de 9 y 38 para decirme: “Ey, Chalina, te enteraste que se separó Viejas Locas”. Todavía “el rock no es un escarabajo que carga cien veces su peso”. Pity todavía no escribió “el desenlace” de su cuento. Todavía el mate no se lavó, el café no se enfrió y el gusano se puede transformar. Pero todo eso es otra historia.

Caminamos por 43. En el paredón de Tavieres, el plomero del barrio, hay una pintada bien grande que dice: “Alianza para el trabajo, la justicia y la educación”. En el Bambi bar vemos estacionada la Daihatsu Wide celeste llena de bidones de cloro y detergente. Rober repite lo mismo de siempre: “mi viejo es Homero”. Llegamos a San Marcos, cruzamos a la parada del Beldent para tomar el 273 hasta La Plata. Nos dicen que acaba de pasar uno. En las paredes de la salita hay afiches con la cara de Ruckauf sonriente. A lo lejos vemos venir el pequeño cartel de la D blanca. Tomamos el 273. Arriba del bondi está Manolo, el emblema rolinga de Villa Elisa. Viene con una piba que tiene pelos de una perra sobre el chaleco de corderoy marrón. El olor a pachuli –que se consigue fácil los domingos en la feria de plaza Italia o en la de Villa Dominico—  es tremendo. En el bar de Damián que está metido en la galería de Arana bien al fondo, cuando a la tarde detrás de la barra está Jorgelina y deja correr las canciones de Still Life de los Stones, Manolo que siempre va con Pichi a jugar al pool o unos fichines, flashea baile como Jagger en la gira de Tattoo You ’81-’82. Hace unos días atrás le hicieron un escrache a Damián. Aparecieron unos afiches pegados con cinta en la persiana metálica de la entrada a la galería que decían: “Damián se cagó” firma Calavera No Chilla. Los Calavera son una banda nueva de la plaza, su frontman es Lucho. Andan todos arriba de un Ford Fairlaine negro recorriendo el barrio todas las tardes con la música al palo y meten más miedo que la lancha de la gorra que se cae a pedazos. Parecen una especie de Estado paralelo y Damián no quiere que la cosa se desborde. Todos los fines de semana hay gresca. Cuando el bar se pone picante los problemas del barrio parecen resolverse siempre ahí.

Cuando el colectivo cruza Centenario y Arana, lo vemos a Toro. Había dicho que no venia. El Tripero saca la cabeza por la ventanilla y le grita. Toro le deja la Dax a un primo y empieza a correr. Hace poco se la quisieron afanar cuando salía del locutorio. Le tiraron dos tiros pero ninguno le dio. Le decimos al chofer que aguante, que viene un amigo corriendo. Le pagamos el bondi pero no hay un mango para la entrada. Toro lleva una lengua colgada como un crucifijo, un pañuelo rotoso anudado al cuello y el pelo estilo Leono de los Thundercats. Es un verdadero Stone. Estamos los tres compinches en cuanta salida a Cemento o cualquier tapera que toque una banda. Con complicidad encaramos juntos la pertenencia e intemperie. Arriba del bondi hay varias lenguas estampadas en la ropa y una en el bolsillo trasero de un jean. Hay algunos flequillos tipo He-Man. “Mi vieja y los Stones son lo más grande que hay”, dice un pibe. Patria no hay una sola en la fractura temporal de los noventa. Es una verdadera conversión de los paganos. En el grotesco de la era de la boludez la historia está tapiada.

Cuando el colectivo para en City Bell la cosa se tensiona. Suben dos pibes todo mal con Villa Elisa con el ojo en el pecho. Para nosotros no son chabones. Son pibes de chomba y casa quinta que reniegan del jolgorio menemista de sus viejos. Ninguna incorrección los puede sacar de ese papel de pibes bien hijos de la clase media acomodada que inician el camino de la percepción sin límites hasta terminar en los lugares comunes de su clase. Son un bemol. Toro también es de City Bell, pero como vive en el límite y está cerca del barrio Santana lo aceptamos al toque. Quizás su barrio en lugar de límite sea una extensión de Villa Elisa. Una señora que viaja sentada nos observa como Victoria Ocampo observa la vuelta del malón de Santoro. Tiene en la punta de la lengua las palabras “tribu urbana” y “subcultura” pero no las dice. Las leyó por ahí. Las morales espantosas que se manejan entre la épica o la adecuación repelen más de lo que interpelan. Cumplen un patético papel social. Por la ventanilla se ve la Catedral y Plaza Moreno. Todo está donde se supone que debe estar: banco, Iglesia, municipio y canteros prolijos. Como en cualquier pueblo de la llanura pero a mayor escala. Un estado de ánimo, eso es la ciudad pienso mientras la habitual aldea temática con gente que parece actuar de extra en una película se desvanece. Por eso hoy La Plata se va a transformar en algo parecido al ying y el yang. El Tripero dice que quiere decir que en lo bueno hay algo malo y en lo malo algo bueno. Atenas puede ser esa antigua polis donde el cuidado de si era posible solo si se practicaba en relación con los otros. Estamos llegando.

La noche potencia y perturba. Llegamos sobre el pucho. Hay restos de fiesta, restos de los congresos de esquinas que suelen armarse en cada recital. El operativo anti pibes de siempre no puede imponer clima de que no vuele una mosca. La contracara es la disposición afectiva y festiva. En el perímetro del toldo del kiosco y en la rambla quedan los descartes de una tarde a pura risa y festejo. Todo parece un repliegue local ante lo global. Sobre calle 13 no queda un alma excepto un flaco que patea solo y nos pide un peso para la birra. Cuando llegamos se escuchan los habituales tres tiros mezclados con un insistente “que salga el Pity y todo el año carnaval”. De golpe empieza a llegar más gente. Son los que vienen en el Roca desde ese anillo fronterizo llamado conurbano. Una peregrinación de horas. Ahora somos muchos los que nos juntamos sobre la vereda de enfrente. La cosa pinta mal y hay mucha adrenalina. Entramos todos o no entra nadie se escucha. Se acerca un chabón, rompe una baldosa, nos da a cada uno un pedazo y nos dice: “cuando yo les digo vamos y tiramos que entramos todos gratis, a estos giles que organizan no les pagamos nada”. Todos se arman con lo que tienen a mano. Llega la orden. Al grito de “Vaaamo Viejas Looo” empiezan a llover piedras contra el vallado. Enardecidos como bombas pequeñitas nos lanzamos. Perdemos de vista a Rober y Clara. Por arriba de las vallas vuela de todo. Llueven botellas, palos, bolsas de basura, cartones de vino sin terminar. La seguridad no puede contener la presión, cae parte del vallado y se abre un hueco a pocos metros de la ventanilla de venta de entradas. Del otro lado, los de seguridad esperan amenazando con palos. El desborde es total y nos mandamos. En la corrida por el pasillo abierto el Tripero liga un buen palazo que lo deja doblado. Entramos atropellándonos y nos camuflamos saltando entre cientos de pibes iguales a nosotros. Ese tren a destiempo llegó como un Caballo de Troya. Los tres nos miramos sonrientes. Siempre juntos en el show.

Apenas entramos se prenden las luces del escenario y el gran ojo vidrioso intoxicado con la persiana media baja se deja ver. En los laterales, el tapizado de los trapos con los nombres de los barrios y las infinitas esquinas que dicen presente: Morón, Lugano, Ituzaingó, Mataderos, Laferrere, Wilde, Solano, Florencio Varela, Quilmes, Berazategui. El aire está viciado. Sale la banda en medio de un humo espeso y pesado. Respirar se convierte en un verdadero suplicio. Pity hace sonar los primeros acordes de Hermanos de sangre. La letra es nuestro padrenuestro. Fachi sostiene los graves del bajo y el Hi-hat abierto de Abel refuerza el riff de la guitarra hasta que el Pollo, con su SG y pisando el Wha-Wha entra en acción reventando oídos. Entre empuje y salto nos sumergimos en ese manifiesto generacional llamado Hermanos de sangre. Suenan ajustados. La banda atraviesa su punto más alto. Springfield es el laboratorio donde se pule el rock de los desangelados. Desde la Adrenalina de todos los días pasando por La Simpática Demonia hasta la lisergia inicial de Psicodélica mujer que después entra en una remontada que toma lentamente la velocidad de Midnight Rambler, tocan un puñado de canciones para enloquecer. Botella es acelerada hasta ser una canción modelo ’77 y el Buey de los potreros de Villa Lugano esta noche es un Minotauro suburbano. Promediando el show baja la intensidad con Aunque a nadie ya le importe y Caminando con las piedras. La banda hace un corte y nos vamos todos hechos sopa para los baños. Hay que esperar y hacer cola. Hay chicas osadas tiradas y enrolladas. Remeras que son literalmente un trapo. Una instantánea me dice que nadie pasaría un test de orina. Hay mandíbulas que rompen muelas. Cuando entramos intentamos que las Topper no chupen como una esponja la materia opaca mezcla de barro y pis que amasan. Hacemos la vista gorda a un nauseabundo inodoro y rajamos antes que un ¡plop! definitivo desparrame el caldo por todo el piso. Vuelven a escena con Chico de la Oculta, dedicatoria para el barrio que recibió su nombre por el muro que levantó el brigadier Cacciatore en 1978. Sube la temperatura con Sacátelo y la rabia con la contaminada Puente la Noria que tiene al gran cachalote de Melville en las aguas residuales del riachuelo. Luego, Pity dice: “Nos vamos, todo terminó”. Tironeados por las calles de la patria chica, el desamor y la vuelta al pago con los amigos tocan: la vida enloquecedora de Todo terminó e Intoxicado con el inconfundible riff de “Hell Ain’t a Bad Place to Be” de los hermanos Young como intro. Atenas es una fiesta. El rocanrol se acabó y nadie se quiere ir a dormir.

Y vos, ¿Todavía estás ahí?

Juan Manuel Costa

Un sueño politico

Hace más de diez años Luis D Elía me daba una entrevista. Estudiaba periodismo y debía hacer una crónica de un personaje como trabajo practico. La crónica como foto de un momento, puede tal vez profundizar un poco sobre las personas y los temas de la realidad, hacer las cosas un poco más complejas y con matices. Nadie es bueno o malo, no puede decirse que alguien es “Polémico” porque su discurso se aleja del Star System mediático. 

El periodismo se ha convertido en una maquinaría de etiquetas, nulo argumento, Shows televisivo y  sólo afianza creencias preexistentes. D Elía será para siempre un violento, un ultra K… se atrevió a ponerse de la vereda de en frente de los grandes medios. Eso no se perdona. Ni a él ni a nadie. Lo metieron preso. Sigue con una domiciliaria. Esta semana lo “mataron” en Twitter, la miserabilidad no tiene límites y creo que el macrismo no sólo destruyó la economía, sino que habilitó discursos de odio por los cuales hay que estar alertas. 

En ese momento me fue muy difícil llegar a él.  Lo esperé en la puerta de la radio en dónde hacía su programa, pero se iba rápido, nunca podía. “Disculpá pibe” me decía.  Era joven yo, él también. Diez años es mucho. Para un país y para una persona. Pero si algo se mantiene consistente, es el sistema de medios, que ha ganado y es más grande a pesar de todo. Macri lo hizo. Con la ley de medios derogada, seguimos intentando ocupar espacios que den una visión alternativa de la política, la cultura y el periodismo.

Luis D Elía se quedó dormido. Luego de diecisiete minutos de entrevista, el dirigente social duerme en unos de los asientos de la parte de atrás de su combi blanca, modelo Sprinter, estacionada en la avenida Cerrito 242, a dos cuadras del obelisco.

Media hora atrás terminaba su programa “Siete Punto Cero” en Radio Cooperativa AM 770, junto a Leonardo Cofré y conversaba entusiasmado por la cantidad de mensajes que llegaron durante el programa: 170 oyentes enviaron sus opiniones.

Mientras el “Siete Punto Cero” estaba en sus minutos finales, una viejita entra a la recepción de la radio y pide hablar con Luis, le dicen que todavía no terminó el programa, que ya sale y que tome asiento. La señora con una bolsita de supermercado y un ejemplar del diario Tiempo Argentino en la mano, se sienta y dice en voz alta “Pero qué barbaridad lo que están haciendo con el presupuesto” e inmediatamente se dirige a mí “¿Vos trabajas en la radio?”. Le respondo que no, que estoy buscando a D´Elía para hacerle una nota, le preguntó si ella lo conoce y contesta “Tengo el gran gusto de conocerlo, vos tenés que conocerlo no es como lo pinta Clarín y La Nación”. ¿Cómo reflejan los diarios de mayor circulación a éste político de 53 años, padre de cinco hijos, casado con la diputada provincial Alicia Sánchez, maestro de grado, presidente de la Federación Tierra, Vivienda y Hábitat, que adhiere al gobierno de Cristina Kirchner y fue funcionario del ex presidente Néstor Kirchner? A veces como personaje o con preocupación por sus acciones, para los medios es alguien necesario, porque de él siempre tendrán declaraciones para el título, la polémica y por qué no para que los editorialistas puedan decir que representa lo malo, lo feo y lo sucio de la política argentina. Para muestra bastan algunos titulares: “D´Elía insiste con sus insultos a la oligarquía” (Clarín 27 de marzo de 2008) ; “Luis D´Elía el profesor que no da clases desde hace 20 años” ( La Nación 28 de abril de 2008); “El piquetero Luis D´Elía ahora es funcionario” ( La Nación 22 de febrero de 2006).

Cuando se habla del dirigente piquetero y su relación con los medios hay que pasar inevitablemente por su enfrentamiento al aire con el actor y conductor radial fallecido Fernando Peña, en el cual manifestó en una de sus partes “Odio a las clases altas argentinas que han hecho tanto daño, que han matado tanta gente, en nombre de una sola bandera que es la bandera de su propia ganancia”. Peña, que hacía por las mañanas el programa “El parquímetro” por radio Metro, se había comunicado con Pablo el hijo mayor de Luis D´Elía para que opinara acerca de la trompada que su padre le había pegado a un hombre llamado Alejandro Grahan, el día anterior durante el paro agropecuario, el 25 de marzo de 2008, en el que manifestantes salieron a las calles para reclamar contra el Gobierno Nacional por la famosa resolución 125. D´Elía realizó una contramarcha (“Para recuperar la Plaza de Mayo” dijo en ese entonces) y golpeó a Grahan, un productor agropecuario que también actuó como dirigente de la UceDé. Una trompada que fue amplificada por todos los medios televisivos y de la cual D´Elía se justificaba diciendo que el hombre al que agredió lo había insultado durante el trayecto de varias cuadras. Pablo D´Elía al darse cuenta que estaba saliendo en vivo por la radio, no quiso opinar y solamente dijo que su padre era un buen tipo. El conductor radial concluyó diciendo: “El nivel intelectual del hijo de D’Elía es una cosa lacrimógena; menos mal que no es puto”. Al día siguiente Peña entrevistó a D´Elía y presentó la nota de la siguiente manera “Tenemos una nota de color, de color negro porque está Luis D’Elía del otro lado de la línea” y el dirigente contestó con todo su arsenal: “¿Cómo le va sorete?…Odio a la puta oligarquía, odio a los blancos… (…) Tengo un odio visceral contra ustedes, el norte de la ciudad… sépanlo de mi boca. (…)Te odio Peña, odio tu plata, odio tu casa, tus coches, tu historia, odio a la gente como vos que defiende un país injusto e inequitativo. ¿Sabes con quien estás hablando?: Laferrere, asentamiento Tambo, manzana uno, lote tres (…)”

Tiempo después el periodista Jorge Lanata los puso frente a frente en su programa televisivo “Después de todo”, y se dio como era de esperar un show de agresiones de las dos partes. El mismo Lanata decía que no pensaba que iba a terminar así. Que no era su objetivo. La mayoría de las personas asocian a Luis D´Elía con éste hecho, además con la ayuda de la televisión, que todo lo simplifica, se lo redujo a una frase: “Te odio”. Un actor caracterizado como D´Elía repetía hasta el cansancio esa frase en el programa de Marcelo Tinelli, para el sketch humorístico de “Gran Cuñado”, la parodia del reality show Gran Hermano, que en éste caso estaba conformado por imitadores de políticos argentinos. En 2009 D´Elía se la iba a cobrar. Cuando Tinelli habló acerca de lo preocupado que estaba por la inseguridad en la Argentina, el dirigente dijo en su programa radial: “Susana, Legrand y Tinelli tendrían que ser claros y decir que apoyan a la cavernícola derecha argentina, porque lo que ‘sienten’ es que vuelvan los militares, que vuelva otro Videla, y otro Massera”.Al otro día el conductor le contestó en su programa: “Luisito querido, volcaste. Sos patético. Has hecho de la violencia un culto”. Varios de estos cruces mediáticos lo pusieron en el centro de todos los medios de comunicación argentinos y dividiendo la opinión pública, si es que eso existe: Organizó una contramarcha contra Juan Carlos Blumberg porque argumentaba que estaba organizada por la derecha para “desestabilizar al gobierno”. Esas acciones le valieron la enemistad de Adolfo Pérez Esquivel, que lo trató de oportunista y con el cual había militado en su juventud. Tomó en el año 2004 la comisaría de la Boca por la muerte del militante “el oso” Martín Cisneros y denunció que el asesino de Cisneros tenía protección policial. En noviembre de 2006 tuvo que renunciar a su cargo de funcionario público, a pedido de Néstor Kirchner, por su posición crítica respecto de la política oficial en la causa contra el atentado a la AMIA .

Luis D´Elía parece no tener puntos medios, porque cuando habla no da lugar a dudas, cuando dice, afirma, lanza su pedagogía, hace docencia: “La oposición está involucionando, no tienen nada que ofrecerle al país, todo el tiempo están en operativos basura que no tienen el menor fundamento. Además el que pone la estrategia, el jefe de bloque, es Magnetto. Esta chica Cynthia Hotton que es una evangélica del movimiento de los focolares es patética, es penosa… ella sabe que está mintiendo.”

Le pregunto si está cansado, tiene los ojos irritados y me dice que no, que es por los terigios en los ojos y no tiene tiempo para hacerse la operación. El terigio es una enfermedad muy común según los oftalmólogos, y genera un enrojecimiento en la parte nasal del ojo y ardor. Para eso son las gotas que le pondrá Javier su asistente y chofer.

Luis D´Elía habla por celular en la recepción de la radio: mocasines marrones visiblemente gastados, pantalón de grafa color azul y camisa al tono. Corta el teléfono, que no es de los últimos modelos. Acaba de terminar su programa de radio. La recepcionista lo llama y le da unos papeles, la viejita con la bolsa de supermercado y el diario Tiempo Argentino se acerca y lo saluda con un beso y dialogan:

-Luis, no me contestaron…
-A qué número llamaste, pediste por mí.
La señora saca un papel arrugado, y se lo da.
-Sí, sí, pero no me atendieron.

– Dejá que llamo yo, llamo yo mañana, ¿vos estás bien?La señora le dice que sí con la cabeza. Luis D´Elía le da un beso en la frente.

Me va a dar a la entrevista, que espere un “cachito”. Entra nuevamente al estudio, saluda a los productores y va saliendo de la radio con paso cansado, lo sigo por el pasillo que da a la convulsionada avenida Cerrito a las nueve y media de la mañana en un día laboral. Pienso que tal vez vayamos a un bar cercano para charlar, voy tras él y una vez que estamos en la calle me confirma el lugar de la entrevista: “Vamos a la camioneta a tomar unos mates”. En esa camioneta viaja todos los días desde el barrio “El tambo” en Isidro Casanova, donde vive junto con su esposa y sus cinco hijos, hasta Radio Cooperativa. Por dentro el vehículo cuenta con seis asientos en la parte de atrás, cortinas azules en las ventanas, una mesita incrustada donde está apoyado el mate y los diarios Clarín, La Nación, Página 12. D´Elía los tiene que leer todo los días para cumplir con su función dentro del programa como columnista especial. Pero su rol excede al del columnista porque él habla todo el tiempo, propone temas, le contesta a los oyentes, sobre todo a los que no están de acuerdo con lo que piensa y dice “Yo siempre estoy haciendo docencia, para mí la radio es hacer docencia, yo ahí bajo línea”. Hace casi dos años que realiza el programa, fue una propuesta de Leonardo Cofré y el dueño de la radio Adrián Amodio ,“Me fueron a ver, me pareció una buena idea y creo que permitió que mucha gente me conociera realmente desde otro lugar, no como intentan presentarme otros medios”. Además cuenta que la radio está aumentando la cantidad de oyentes, en lo que va del año alcanzaron 125 mil oyentes en Capital Federal y Gran Buenos Aires. En “Siete punto cero” no tienen filtros ni edición para los mensajes de los oyentes que salen al aire, hay quienes llaman para adherir a la posición política del programa y otros que acusan al dirigente de violento, cínico, que está a sueldo del gobierno. Él los utiliza para contestar. Siempre tiene una respuesta, una cualidad que para un político de relevancia nacional es necesaria, aunque no todos la tengan. D´Elía bosteza. Dice que no está cansado, pero bosteza. Abre la puerta de la camioneta. “Perá un poquito” me dice y grita “¡Javi ! , vamos a tomar unos mates y prendé el aire que me están haciendo una nota”, cierra la puerta, y me habla de su preocupación. “Lo que me preocupa es qué va a pasar después de Cristina, porque si todos estos van a ser los herederos; Scioli o Reutemann, esos tipos son la embajada americana, el poder económico, todo lo que combatimos en los 90”. Además pronostica “Yo no tengo dudas de que Cristina será reelecta en primera vuelta y va a hacer un gran gobierno, ella puede ganar sola con un grupo de amigos, no necesita la estructura del PJ bonaerense, eso te tira para atrás”. Estas palabras no son de un opositor al gobierno, D´Elía apoya al gobierno, pero no tiene reparos en hablar de esa forma de Daniel Scioli, gobernador oficialista de la Provincia de Buenos Aires, ni de los barones del conurbano bonaerense, y menos tendrá reparos en hablar de un opositor como Carlos Reutemann, una de las figuras del peronismo federal, que días después iba a anunciar su desvinculación de ese espacio político conformado por Eduardo Duhalde, Francisco de Narváez, Mario Das Neves y Felipe Solá. Entre bostezos soltó esa frase con la que perdió aliados importantes que cualquier político quisiera tener.

Javier, su asistente, le da una mate. D´Elía pregunta: “Che, Javierzote a qué hora llegamos más o menos acá”, Javier contesta que seis y media. D´Elía bosteza una vez más y van tres.

Le pregunto si piensa que el resurgimiento político de la juventud le da esperanzas, después del supuesto segundo mandato de Cristina Fernández, que él da por hecho y contesta “Es poco tiempo, no creo que se forme una figura como para presidente, el sábado pasado vinieron cien personas que querían militar conmigo y estuvimos charlando con los chicos…”. No termina la respuesta y ordena: “Javi, vení poneme las gotas”. Reclina su asiento. Javier pasa a la parte de atrás de la camioneta y con sumo cuidado le pone una, dos, tres gotas en cada ojo. Ahora D´Elía parece que está llorando. Hace poco se lo escuchó llorar desconsolado, el 27 de octubre, el día que murió Néstor Kirchner. Lo llamaron de Canal 26 minutos después de conocida la noticia y con un hilo de voz dijo “Se nos va un grande, un tipo que sacó a la Argentina de la más grande noche que le ha tocado vivir, se va un hermano, un compañero inigualable”. Pero la relación con Néstor Kirchner tuvo idas y vueltas. Fue funcionario en 2003 de la Subsecretaría de Tierras para el Hábitat Social, luego tuvo que renunciar a pedido del mismo Kirchner porque D´Elía denunció que la justicia argentina, que en ese momento había acusado a funcionarios iraníes en la causa del ataque terrorista a la AMIA en 1994, seguían una pista falsa porque se los estaba acusando con informes que proveyeron los servicios secretos de Estado Unidos e Israel. Otro enfrentamiento fue en febrero de 2009 cuando acusó al Ejecutivo nacional de maltratar a los movimientos sociales y por último una dura declaración: “Kirchner es un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. Luego se rectificó de esas declaraciones y afirmó “Cuando uno ve el escenario político argentino va a ver que hay muchos nulos en la política que ponen todo el conocimiento en banderas que no tienen nada que ver con los intereses nacionales y populares. Yo creo que Kirchner pone todo ese caudal al servicio del pueblo, por eso digo que es nuestro hijo de puta. Es un duro, pero es nuestro”. Cuando le pregunto cómo es su relación actual con el gobierno, se acomoda en el asiento, le dice a Javier que no quiere más mate y sostiene; “Tengo una relación muy buena con el gobierno, varios integrantes de mi organización son funcionarios, mi esposa es diputada provincial. Ahora firmé un convenio para hacer 500 nuevas viviendas en todo el país”. En política el enfrentamiento de posiciones ideológicas es inevitable, y se dice que también es política hacer conciliaciones y acercar posturas irreconciliables. Si ésta idea fuera parámetro para evaluar a Luis D´Elia, se podría decir que no hace política. Pero para él la política es otra cosa y consiste en “Provocar, me gusta provocar, en política hay que hacer mucha docencia y si uno no provoca y no hace docencia estamos fregados”. Es una forma de hacer política, no es la más común por cierto, porque D´Elía ataca, provoca y esa es su forma de marcar territorio. ¿Cómo empezó a transitar este camino? Cuenta en medio de la marcha en repudio por el asesinato del militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra; “De muy pibe, en la militancia social a los quince años y de a poquito me fui acercando a la política, ya hace mucho tiempo. Mi abuelo José era anarquista, mi viejo peronista y delegado del sindicato de Luz y fuerza. Teníamos en la zona una sociedad de fomento en el barrio donde nací”. En la marcha. Saluda, habla con todos los medios, incluso a los que califica como “hegemónicos”, da besos a bebés y nenes que le acerca la gente, va al frente de la columna y sigue caminando, y sigue contando: “Enrique Lapadula era un cura amigo, fue mi formador. Me llevó a trabajar a un barrio muy pobre que se llama Manzanares, iba todo los fines de semana y organizaba campeonatos de fútbol”. Esos fueron lo primeros pasos en la militancia social cristiana influenciado por la teoría de liberación, luego actuó en el sindicato de maestros de Buenos Aires (SUTEBA), después participó durante la última dictadura militar en Argentina en el Servicio de Paz y Justicia conducido por el premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel, y en ese período comenzó a organizar cooperativas para los trabajadores de La Matanza. Pero si un hecho determinó su total entrega a la política fue la muerte de la Negra Thatcher. En el año 1985 Luis D’Elía era maestro de escuela, tenía 27 años, vivía en una villa de la Matanza y colaboraba con miles de pobladores que ocuparon tierras fiscales en El Tambo para exigir al gobierno que se las vendieran. Se levantaron carpas y se realizaron ollas populares. Sin embargo la organización era un caos, las peleas eran frecuentes en las asambleas y no alcanzaba la comida. La desilusión se apoderó del joven y decidió irse del movimiento. El periodista Luis Bruschtein relata en una nota de Página 12: “El joven D´Elía no quería ser dirigente y se sentía desmoralizado. Levantó la carpa y se fue a su rancho con su mujer. Esa noche golpearon a su puerta. Era la Negra Thatcher, una mulata retacona, madre de 12 hijos, la líder de la toma. La mujer le dio una cachetada y lo regañó: “Pendejo cagón, vos sos el único que puede conducir esto. Yo soy una negra bruta, te necesitamos allá”. D’Elía regresó a El Tambo y allí está todavía. La “Negra Thatcher” murió al otro día de un balazo durante la represión. D’Elía organizó la cooperativa “Unidad, Solidaridad y Organización”, que con el trabajo y el aporte de los vecinos transformó el asentamiento en barrio y así fueron organizando otros asentamientos en La Matanza”. Todavía en la marcha, donde la consiga es “Justicia por Mariano”, D´Elía recuerda entre el ruido de los bombos y las banderas que flamean “Era inmanejable esa experiencia, yo me desanimé mucho…tenía 27 o 28 años… y después volví… a la negra la mató la cana, fue muy terrible…. tuve pérdidas muy importantes”.

En la camioneta en la que estamos sentados, viaja por todo el país. Justamente el sábado se va a San Pedro a acompañar a la presidenta Cristina Fernández para conmemorar el nuevo feriado nacional, “El día de la soberanía” en referencia a la Batalla de la Vuelta de Obligado que en 1845 enfrentó a la Confederación Argentina al mando de Juan Manuel de Rosas y a la marina de Inglaterra y Francia que venían a componer una zona de libre comercio para sus productos, según afirman varios historiadores. Rosas fue vencedor de la contienda.

Dice D´Elía que admira a Rosas y comenta que siempre tiene la agenda completa. Le pregunto entonces cómo hace para equilibrar la política con su vida cotidiana, qué es lo que le gusta hacer, qué hace D´Elía cuando nadie lo ve. “Yo soy muy defensor del fin de semana, tengo pibes grandes, no son pibitos. Me gusta caminar, escuchar música y leer. Escucho de todo: tango, folklore, Los Redondos. Cuando era joven seguí a muchas bandas como Alma y Vida, Manal, el rock nacional en general”. Y amplía con sus preferencias literarias. “Soy muy lector de los hermanos Boff, del padre Gutiérrez que son los máximos teólogos de la teoría de la liberación, Pablo Freire, Sánchez Hidalgo, de mucha gente… Después lo que es más la ficción el realismo mágico de Gabriel García Márquez. El Gabo me parece maravilloso, después la poesía de Neruda y la obra literaria de Sarmiento, Echeverría, José Hernández…”. Siendo muy joven organizaba campeonatos de fútbol en las villas. Hoy dice que ese deporte “Me gustaba mucho, jugué hasta los 45 años” y se declara hincha de River Plate. Volviendo a su recorrido político, es importante hablar de su actuación en la década del ´90. Si bien en 1992 obtuvo un cargo como maestro titular en la escuela Nº 188 de la Matanza, Luis ya estaba muy involucrado en el peronismo de base, repitió las experiencias de urbanización de villas y organización de los pobladores. Nunca más ejerció la docencia. Aunque diga que lo hace en radio y en política. A mediados de la década fue convocado por Carlos “Chacho” Álvarez para formar parte del FREPASO una nueva fuerza política que en conjunto con el radicalismo formarían “La Alianza” que iba a consagrar a Fernando de la Rua como presidente en 1999. D´Elía formó parte de ese triunfo. Las promesas de cambio que representaba el nuevo gobierno respecto a las políticas económicas neoliberales llevadas a cabo durante los mandatos de Carlos Menem, se evaporaron rápidamente en los primeros años. No se modificó el rumbo y la situación socioeconómica iba camino a la eclosión del 2001. D´Elía abandonó el FREPASO. Se convertiría en el opositor más acérrimo de un gobierno del que él había sido parte. Profundizó su trabajo en la Federación de Tierra, Vivienda y Hábitat. Esa organización de desocupados junto con otras de izquierda fueron las precursoras del movimiento denominado “piquetero” cortando calles para hacer visibles sus reclamos. Cuando el gobierno de Fernando de la Rua cayó en diciembre de 2001 en medio de manifestaciones, Luis D´Elía estaba en el lugar correcto, gritando en la plaza como miles de argentinos la consiga popular “Que se vayan todos”. Pero él no se iba a ir. Eso también es política.

Seguimos en la camioneta, Luis Ángel D´Elía cierra los ojos. Los abre por un bocinazo de un taxi, para luego entrecerrarlos. Tengo que hacerle una pregunta que lo despierte, en la cual tenga que poner todo de sí para contestarla, en la que pueda explayarse. Le pregunto, haciendo referencia al poema del militante asesinado en la dictadura y que Kirchner leyó en un acto de campaña “Quisiera que me recuerden”: – ¿Cómo quisieras que la historia te recuerde?, D´Elía resopla y murmura: “No sé… no sé… tal vez… quiero que me recuerden como un luchador… como un luchador”.Y se duerme. Me quedó algunos segundos con la esperanza de que despierte. Pero sigue dormido. Saludo a Javier que me despide diciendo: “Está muy cansado, se levanta muy temprano y a esta hora le agarra sueño”.

Abro la puerta corrediza de la combi y cuando me dispongo a cerrar, el dirigente social me dice todavía con los ojos cerrados: “Chau querido, suerte”.

 

Carlo Magno ( Diciembre 2010)

Pisando las calles nuevamente

Una Crónica desde Chile.

La noche de viernes en Santiago de Chile había terminado antes de lo previsto: el bar cerraba a las doce en vez de a las tres. A un par de cuadras, los choques entre manifestantes y policías no paraban. Puertas adentro ya nos picaba un poco la nariz con tanta lacrimógena. Por Instagram, Whatsapp y Twitter llegaban videos de incendios en el centro.

 

Un Uber con tarifa 4x me llevó a donde me alojo. En el camino, la radio transmitía un discurso de Sebastián Piñera: se decretaba estado de emergencia en la Región Metropolitana, donde se ubica la capital. Los milicos tienen piedra libre para salir a la calle.

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A principios de la semana pasada el gobierno chileno anunció que el pasaje del Metro de Santiago aumentaba de 800 a 830 pesos chilenos, alrededor de 0,16 USD más. Según Fundación Sol, en Chile el 69,7% de las personas recibe un sueldo considerado bajo, por lo que una suba en un medio de transporte clave para la ciudadanía representa menos plata para el pan, el alquiler, las deudas… 

Tras el anuncio, estudiantes de secundarios y universidades se organizaron para realizar evasiones masivas en las estaciones de metro más concurridas de la ciudad. Luego de dos días de estas manifestaciones autoconvocadas, videos en redes sociales mostraban a carabineros a los golpes y empujones. 

El viernes ya se registraron destrozos en distintos puntos de la ciudad, además de barricadas en las intersecciones e incendios. Tras el anuncio de Piñera en la madrugada del sábado, Santiago amaneció con unidades militares en las calles.

Los reclamos van más allá del precio de los pasajes: Chile es un país donde todos los días se sienten las garras opresivas de la dictadura. Una constitución firmada durante esos años, un sistema educativo y de pensiones ineficiente, salarios de miseria, condiciones laborales precarias, distintos casos de corrupción dentro de esferas del poder en los que la gente confiaba, colusiones entre empresas para aumentar precios, la privatización del agua, los sueldos millonarios de los políticos, las deudas con el pueblo mapuche, con las mujeres… La lista sigue. 

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El sábado empecé mi caminata en el Barrio Italia, una suerte de Palermo Soho y San Telmo todo en uno, el límite entre la elegante comuna de Providencia y el centro. Aquí, los restaurantes estaban abiertos, las tiendas de antigüedades con sus muebles en la vereda y las ferias americanas funcionaban como siempre. Solo se escuchaban cacerolazos a lo lejos.

Hacia Vicuña Mackenna, la avenida que da a Plaza Italia, centro neurálgico de la ciudad y lugar de encuentro de toda marcha o festejo, la situación era distinta. Barricadas en las intersecciones bloqueaban el paso del tráfico, pero más allá de eso las manifestaciones eran tranquilas. Grupos de decenas de vecines en las esquinas, cantando, gritando, haciendo ruido, subidos a las paradas de bondi…

En Plaza Italia lo mismo. La gente se reunía alrededor de focos de incendio. Había sobre todo jóvenes, y las banderas eran diversas: encapuchados de negro, pañuelos aborteros, banderas mapuche, cultrunes… Y entre barricada y barricada, las veredas llenas de gente. En las ventanas de los edificios y las casas, el ruido de cacerolas. Desde los autos que encontraban la forma de circular, bocinazos, las melodías de Víctor Jara, la voz de Salvador Allende. Y las paredes hablan: “Evade”, “Que arda”, “Piñera renuncia”. En cada cuadra encontraba un mensaje.

Crucé el río Mapocho por un puente peatonal y en la otra orilla no había concentraciones. Sí había un camión de carabineros lanzando agua para izquierda y derecha sin razón alguna. Corrí. Me metí en el Barrio Bellavista, eje central de la noche santiaguina. A la luz del día las calles estaban desiertas. Solo me crucé a personas que guardaban las bicicletas naranjas (que acá sí se pagan) en camionetas o recolectaban los monopatines verdes.

Caminé de vuelta hacia el río Mapocho, a la avenida Santa María que lo bordea sobre su orilla norte. En la esquina de la calle Loreto ya se concentraba más gente. Y a pocos metros, decenas de personas saqueaban a las apuradas un supermercado Líder, representante local de Walmart. En la cuadra de enfrente, vecines con celular en mano registraban la situación. Alguien grita: “¡Saque comida para los perritos!”. 

Cruzo el río de vuelta, me acerco a la zona de Bellas Artes, quizás la más hipster del centro. El viernes a la noche fue foco de destrozos. Frente al Museo de Bellas Artes se encuentra el esqueleto de un colectivo quemado. Más tarde, en redes sociales, alguien subirá una foto donde se constata que esa unidad no estaba en circulación. Es difícil chequearlo, hay tanta información por todos lados. Alrededor de este micro se concentran distintas personas, quieren tirar abajo los postes, los carteles de las calles. Alguien me intenta vender un vino a mil pesos chilenos, algo así como 1,37 USD. La gente corre, “¡Vienen los pacos!”, todo el día me picó la nariz por el gas lacrimógeno, corro. 

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Hoy martes la situación no es tan distinta. Llevamos tres jornadas de toque de queda. No todes lo respetan. Hay quienes bancan los trapos hasta tarde en las plazas, en los barrios. Un amigo me contó que se quedó hasta las cuatro de la mañana al cuidado de su casa, parece que había gente que aprovechaba para entrar a robar. El celular explota de noticias, de videos, de audios, de fotos. Instagram me pregunta si estoy segura de querer verlas. Sí.

Volvió a abrir el metro, solo una línea, y hay cada vez más colectivos en funcionamiento. Todo el día se escuchan cacerolazos. Los supermercados abren poco y en zonas selectas, las chetas, obvio, en los barrios fueron saqueados. La gente confía como siempre en los almacenes y las ferias libres, la conciencia de la gente no fue por ese lado. Hay marchas pacíficas y algunos focos de violencia más fuertes. 

Ahora, lo importante: hay una lista de muertos que crece. Piñera dice que estamos en guerra. Videos de milicos y policías disparando desde tanques, frente a frente, pegándole a niñes, tomando merca, saqueando televisores. Ya pasaron una ley en el congreso que da marcha atrás con el aumento del subte, pero ese no es el problema. Mientras haya militares en las calles el diálogo es imposible. Mientras no haya una agenda política clara para tratar la desigualdad que corroe a esta sociedad, tampoco. Por ahora, la gente sigue en la calle.

Paula Bonnet

 

Ahora que no somos felices

Un balde de pintura, dos rodillos, un Thinner porque seguro algo se mancha feo, dos lijas, un enduido. Materiales para pintar en épocas de pintores flacos.

Subo al auto en el estacionamiento de Easy. Desde ahí hasta mi casa me espera media hora de viaje. Primero opto por sintonizar radio Metro. No comulgo con ella salvo a las seis de la tarde cuando está Wainraich y me roba alguna sonrisa. Justo engancho la tanda publicitaria. Me fumo al gobierno diciendo que lograron comprendan un texto ocho de cada diez niños. Luego una canción de colchones muy pegadiza, al terminar otra del gobierno que en este caso informa sobre la revolución lograda con los trenes. No soporto más, cambio. Ni siquiera transcurrieron diez minutos.  Paso el dial a AM. A esa hora la audición de fútbol de La Red suele tener la mejor información. Encima en la edición vespertina no está Vilouta que al mediodía se destaca en cada intervención por resaltar “la mierda de país” en que vivimos. Es verdad, no elijo bien. Prometo mejorar para Octubre. Otra vez tanda publicitaria. Se ponen de acuerdo. Escucho sobre una semilla transgénica milagrosa para “mi campo”. Luego, el gobierno. Esta vez el de la ciudad, cuenta cómo la mantienen limpia. Se me mezclan en la cabeza “haciendo lo que hay que hacer”, “sigamos cambiando juntos”, “Vamos Buenos Aires”. Bajo del auto prendido fuego.

Pongo la televisión y al ratito comienza un partido de la Copa América. La pintura se pospone para el día siguiente. Despejo la cabeza durante cuarenta y cinco minutos. En el entretiempo, como Tomahawks norteaméricanos sobre Afganistán me ametralla nuevamente la publicidad oficial. Ahora anuncian cómo mejoró la calidad de vida de los jubilados en  los últimos tres años. El cinismo me desborada, tiro el control remoto contra el sillón. Desquiciado pero precavido. Salgo a la vereda en busca de oxígeno.

El kirchnerismo fue criticado con dureza por todo lo que hizo. También por lo que dejó de hacer. Por todo. Muchas personas arman un combo con esa totalidad y hasta olvidan el bienestar que supieron gozar. La publicidad fue uno de los bastiones de ataque. ¿En qué trinchera se esconderá el cuerpo de infantería atacante mientras duran las publicidades actuales?

Ahora bien, aquellas publicidades rescataban logros gubernamentales ciertos. En ocasiones, parecían pequeños. La inauguración de puentes o rutas en lugares recónditos solían irritar a gorilas y troskos. Pero eran logros ciertos. Con el macrismo volvió lo peor de los noventa. No sólo las políticas neoliberales, también la mentira como forma de hacer política. Muchos lo intuimos durante el debate presidencial de 2015. Lamentablemente el 51 % se comió, o se quiso comer, el verso.

La pauta publicitaria actual es refutada por los hechos. Mejoras en ramales de zona norte que sólo mejoran el tránsito para la clase media bien posicionada (y hasta ahí nomás), cierre de trazados a lo largo de todo el país y viaje cotidiano como ganado con puertas abiertas para los más dichosos. Sinfín de escuelas rurales y no tan rurales cerradas, otras abiertas con goteras o explotando por los aires y punto final para el plan Fines. Medicamentos para jubilados antes gratuitos ahora atravesados por la inflación imparable con descuentos irrisorios, clínicas cerradas y un Pami devastado. La ironía de la limpia ciudad con sus contenedores de basura inteligentes anti indigentes, con reformas en la parte céntrica y con los lugares olvidados de siempre.

En la vereda durante el entretiempo, repasaba ensimismado estas ideas mientras mi vecino de enfrente rodillo en mano daba un color horriblemente indescifrable a su casa. ¿Es marrón o dorado?, me interrumpió un amigo que llegaba dispuesto a ayudarme a pintar mi casa y a devolverme el muy buen libro de Alejandro Wall, “Ahora que somos felices”. Le pregunté: ¿Lograremos nosotros el celeste academia que quiere tu ahijado en la habitación?. Ni en pedo, me respondió contundente y realista.

Mi vecino escuchó, o nos vio, o supuso, no sé. Se bajó de la escalera, cruzó la calle y habló mientras miraba hacia su casa:

– Va quedar para el culo pero mejor que la del tipo de al lado, se mandó unas cagadas divinas. Somos todos pintores caseros en el barrio, hay que rebuscárselas. Nadie contrata a gente que sepa. Al menos en esta zona tenemos para la pintura.

Luego miró mi casa. Dispuesto a entablar una charla se dirigió a mí.

– Vi que compraste pintura. Es cierto, le falta una manito al frente.

– Sí, pero queda así. Vamos a pintar adentro.

– Ah… y éste es tu ayudante. No les veo uña de guitarrero.

– Y la verdad que no. Por eso me puse a ver el partido. Sólo el fútbol puede traer felicidad en estos tiempos.

– Hay que meterle huevos igual, viejo. ¿Quién juega?

– Perú contra Bolivia.

– Lindo partido. ¿Cómo van?

– Uno a uno terminó el primer tiempo, estuvo parejo. Está por arrancar el segundo.

– Ponete unos mates y vamos a verlo… que quede como sea.

Sergio Delbreil

Crónica de una ciudad que necesita aprender a votar mejor.

Ayer a la noche, mientras desconcentraban las casi 25mil personas que se acercaron a la Ciudad Universitaria de la Ciudad de Córdoba a ver gratis a Les Luthier, uno de los integrantes de la revista Marfil planteó una pregunta: “¿No sería bueno que toda esta gente aprenda a votar?”

Después de dos días en esta hermosa ciudad parece mentira que sus habitantes hayan votado en un porcentaje tan alto por Cambiemos en el último ballotage de la elección presidencial.

Córdoba capital, o por lo menos su zona céntrica, aparenta estar llena de vida. La primera noche en la ciudad, después de lograr uno de los objetivos que se habían propuesto en el marco del Congreso Internacional de la Lengua Española, los integrantes de la revista decidieron abandonar la sala de prensa y buscar un lugar donde festejar con una pizza y una cerveza. Poco hay mejor que esa combinación para hacerlos felices. Era miércoles y las plazas, a pesar de que eran casi las diez de la noche, rebalsaban de jóvenes que tomaban mate y tocaban la guitarra, de parejas acurrucadas, de señoras paseando perros.

En uno de los puntos que se dispusieron como sede del Congreso, una joven nacida en el sur del país, pero que se mudó a Córdoba para estudiar el traductorado de inglés, les cuenta que cualquier día de la semana los bares están abiertos y las plazas están llenas. “Es una ciudad hermosa para vivir mientras estudiás”, confiesa.

Las universidades que los dos marfileños tienen el gusto de recorrer son muchas y son un lujo. Modernas y equipadas.

Los parques abundan y están llenos de juegos. El futbol se respira en las calles y los dos futboleros enviados especiales de Marfil se entretienen contando qué equipos tienen más pintadas en las paredes y cuál es la camiseta más utilizada en la vía pública. Hasta el momento, se vieron casacas y grafitis de Belgrano, Talleres, Instituto y Racing de Córdoba. Esperando que nadie se ofenda, hay que decir que el ganador es, por afano, la “T”, Club Atlético Talleres.

El segundo día decidieron tomarse la mañana e ir a conocer el estadio mundialista Mario Alberto Kempes. En el camino se cruzaron con la cancha de Belgrano, más grande de lo que esperaban.

A pesar de que en dos días Talleres recibirá a River en el estadio mundialista, éste no tiene todo el cuidado que hubieran esperado. De todos modos, visitaron el museo y pudieron entrar al campo de juego, dónde ante la imponencia de la construcción prometieron no volver a quejarse por un pase errado: estaba vacío y les temblaban las piernas.

Volvieron al centro bordeando un río. De un lado se alineaban countrys y mansiones. Los carteles de las calles eran nuevos y el pavimento estaba en perfectas condiciones. Del otro lado del río, donde estaba la cancha de Belgrano, se agrupaban casillas de un barrio humilde y basurales donde jugaba un grupo de chicos. De una costa a otra, la visión casi no lograba traspasar los grandes arbustos dispuestos para no ver aquello que no se desea. Más o menos como en todas partes del país.

A esta ciudad, donde hace más de un siglo se lograba una reforma universitaria revolucionaria, le queda una materia pendiente: aprender a votar mejor.