Ruidazos: Cuando el fuego crezca.

La Quinta de Olivos está ubicada en un barrio acomodado de la Zona Norte del Gran Buenos Aires. Es viernes, son las ocho de la noche y, aunque estamos a principio de febrero, ya es noche cerrada. Estaciono en una calle empedrada a una cuadra y media de la Avenida Maipú. Adentro del auto, con las ventanas bajas, todo es silencio. Sin embargo, cuando abro la puerta me llega un sonido que no concuerda con el lugar. Un ruido desparejo, disonante, en el que se mezcla el metal contra el metal junto a las cornetas y las bocinas de autos y colectivos.

Frente al ingreso a la quinta presidencial hay cerca de cien personas que ocupan la vereda y una parte de la avenida. La cantidad de patrulleros que los rodean es totalmente desproporcionada para la ocasión. De cerca se puede ver que la mayoría de los protestantes son gente mayor. Parecen no tener otra intención que hacerse oír y lograr que los conductores que pasan por la avenida los acompañen con la bocina.

Es la segunda vez que participo de los ruidazos de los viernes. La primera vez había llovido y los participantes no pasaban de los cincuenta. La poca concurrencia tiene lógica si pensamos que se trata, en su mayoría, de gente mayor. Hoy llego a contar ochenta. Mientras hago el conteo de los asistentes, alguien me pide una foto con su celular y aprovecho para preguntar si la cantidad de gente fue en aumento con el correr de los viernes.

-Algunos días somos más, otros días somos menos, pero va creciendo de a poco. – Una señora se acerca y me ofrece agregarme a un grupo de Whatsapp.

-Todos los sábados estamos poniendo una mesa en el barrio para hablar con los vecinos contra el tarifazo.

Me preguntan si es la primera vez que participo. Les cuento mi situación y los advierto de que soy el hijo del hombre que toca una corneta y agita una bandera argentina y de la señora que anda dando vueltas y haciendo ruido con una pizzera oxidada que encontró en la calle y un palo que usaron alguna vez para revolver pintura.

-Por suerte, falta poco para que se vaya- dice la señora. Yo la miro, poco convencido de que se cumpla su deseo, que también es el mío.

-¡Sí, se va a ir!

Un señor que observa con las dos manos juntas detrás de la espalda, me dice con tono pesimista:

-Esto no funciona, hay que buscar otro método. Somos dos gatos locos.

-Dejate de joder – le grita un hombre canoso,- cada vez somos más.

*

El primer ruidazo durante el gobierno de Mauricio Macri fue en julio de 2016, pocos meses después de su asunción. La gente salió a la calle y se reunió en las cercanías del obelisco, en la Quinta de Olivos y en otras ciudades importantes como Rosario, Córdoba o Mar del Plata.

A pesar de la lluvia y el partido de Boca contra Independiente del Valle esa misma noche por la Copa Libertadores, los argentinos salieron de sus casas a protestar, principalmente contra el tarifazo.

Los cacerolazos, que simbolizaron el comienzo de los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001, durante el gobierno de Cristina Fernández quedaron asociados a la reacción de la clase media y alta contra el kirchnerismo. Después de cada cacerolazo que se realizaba, los medios afines al gobierno kirchnerista se apuraban a mostrar fotos y videos de gente rabiosa, algo desconectada de la realidad, insultando y agraviando. Por ese motivo, con el tiempo se popularizó el término “ruidazo” para denominar estas mismas protestas en tiempos de Macri. La intención era diferenciarse.

Los ruidazos se organizan por las redes sociales. Alguien tira la primera piedra desde Twitter y crea una ola imparable. Los ruidazos se viralizan bajo el formato que se instaló después del atentado a las Torres gemelas de Nueva York: se difunden en redes como #12M, #4F, #20N o #17D.

Sin embargo, desde el último viernes de 2018 los ruidazos empezaron a organizarse todos los viernes.

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*

-Ustedes mucho blabla, pero no hacen nada, -le dice mi viejo a mis amigos que lo chicaneaban diciéndole que es un cacerolero de clase media. Yo recién salgo de bañarme. Mis viejos pasaron por casa a saludar a su nieta. Están de paso. – Hay que moverse, hay que salir a la calle, sino se queda todo en la queja y nada más. Se la dan mucho de peronistas, pero se la pasan todo el tiempo con la computadora.

-Eso, cagalos a pedos, che, -digo cuando entro al comedor.

-Son una familia cacerolera, -se burla uno de mis amigos.

-Escuchame, eso es lo que realmente les jode. Les jode tener quilombo en Olivos. Que salga gente de clase media a protestar. Para ellos eso es terrible. Que se yo, no es la revolución, pero al menos es algo.

El viernes siguiente llueve a cántaros y, mientras yo estoy en casa, mis padres mandan fotos por Whatsapp del ruidazo bajo de la lluvia. Pocos días después le pregunto a mi viejo cuantos eran.

-Pocos, pero la mayoría de los que van son viejos, así que era lógico.

-¿Se quedaron hasta las nueve?

-Claro, ¡eso es militancia carajo! Esta vez fue un tipo que estuvo en Malvinas. En un momento se puso a gritar: “Macri hijo de puta, estás vendiendo todo. Yo di todo por la patria y vos estás entregando todo”.

*

El primero de marzo Mauricio Macri abre las sesiones ordinarias del Congreso. El centro de la Ciudad de Buenos Aires amanece vallado y repleto de gendarmes y policías. Calles cortadas y subtes que no llegan a la terminal. Nada inusual en la Ciudad, pero en este caso debido a que el presidente tendrá que transportarse en auto desde la Casa Rosada hasta el Congreso para dar un discurso que saldrá por cadena nacional, como manda la ley. Durante cuarenta y cinco minutos brinda un discurso que debería hacer hervir la sangre de cualquier argentino laburante.

Es viernes y esa noche habrá un nuevo ruidazo. En esta ocasión llega a la Plaza de Mayo.

Ámbito Financiero, dice:

La Plaza de Mayo fue el escenario principal de un nuevo “ruidazo”, en el que cientos de manifestantes se congregaron para cuestionar al Gobierno por los aumentos de tarifas de servicios públicos y por la dura situación económica.

La protesta se dio horas después de que el presidente Mauricio Macri inaugurara las sesiones ordinarias del Congreso, ocasión en la que subrayó: “Estamos mejor que en 2015”.”

Crónica, con un estilo más directo y descontracturado, relata:

“La protesta se realizó horas después de que el presidente Mauricio Macri inaugurara las sesiones ordinarias del Congreso (ver páginas 2, 3 y 4). Tal como se viene haciendo todos los viernes en distintas esquinas y espacios verdes de la ciudad de Buenos Aires, el conurbano y el interior del país, la Plaza de Mayo se vio colmada de manifestantes que se acercaron para quejarse airadamente contra los “tarifazos” en los servicios públicos, así como también por el aumento de la pobreza y el desempleo.
Este tipo de manifestaciones ya se viene realizando desde el último viernes de 2018 en distintos barrios porteños y de varias ciudades y localidades de toda la Argentina, aunque para ayer diversos espacios habían convocado a llevar adelante la movilización a la histórica plaza. “

TN, tratando de bajarle al precio a la protesta, informa:

“Decenas de personas salieron a marchar en las calles de la Ciudad y de gran parte del conurbano bonaerense ante los aumentos de tarifas que dispuso el Gobierno para este año. Es el décimo viernes consecutivo en el que varios manifestantes se reúnen para protestar contra las medidas económicas anunciadas por el equipo de trabajo que conduce Mauricio Macri.”

En la vereda contraria, Página 12 escribe:

“Una multitud se movilizó ayer a Plaza de Mayo como cierre de un nuevo “ruidazo nacional” contra las políticas económicas del gobierno de Cambiemos. La protesta se replicó en diferentes barrios porteños y ciudades del país, y tomó la forma de una respuesta al discurso del presidente Mauricio Macri ante el Congreso durante la apertura de las sesiones ordinarias.”

*

Vivimos en una etapa en la que creemos que nuestra opinión importa demasiado. Nos apresuramos a decir nuestra verdad. Pareciera que el parecer de un tipo formado e informado vale lo mismo que el de cualquier otro.

Discutimos en persona y por internet sobre aspectos de la política que nos son ajenos y lejanos, lo cual no está mal. Pero no hay que olvidar lo que tiene de real, de cercano, salir a la calle.

Eso, entiendo, es lo que encontró la gente que sale a protestar haciendo ruido todos los viernes. Una manera de hacer algo en el mundo real. Algo que está a su alcance. Romper el letargo.

 

Sebastián Pujol

Crónicas de mi Exilio

PRIMERA PARTE: https://revistamarfil.com/2018/12/02/cronicas-de-mi-exilio/

Las siguientes crónicas fueron halladas en una mesa del Café Tortoni, al atardecer del 20 de Diciembre de 2001, en medio del gran estallido social, cultural y económico que vivió la Argentina. Estos papeles fueron hallados en el orden en que fueron escritos; algunas papeletas tenían el desgaste de los años y todos sin excepción están fechados desde Mayo de 1976 hasta Diciembre de 2001. Estos documentos se encontraban en la caja fuerte del gerente, hasta hoy.

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Crónicas de mi Exilio

PRIMERA PARTE

“Las promesas son lo único sagrado en esta vida”

I. Germán Medina, contador.  23 de Mayo de 1976

Empiezo estas lineas sin saber qué escribir, intentando no dejar ningún detalle en el olvido. Quiero dejar constatado cómo me han despojado de mi vida, de mis recuerdos, de mis padres y de ella, sobre todo. Tal vez escribo esto, para nunca olvidarme de quien soy o quien fui. O para nunca olvidarme de la promesa que hice. Me recibí en el año 1974, de contador público en la Universidad de Buenos Aires. Siempre fui peronista, algo raro en medio de tanto gorilaje capitalista. Yo era de los que defendían al General hasta el hartazgo o el griterío, y quedé marcado en todos los ámbitos como el “zurdito de Económicas”. Así y todo, logré recibirme con honores en la facultad, e inmediatamente me propusieron ser profesor de una de las materias que se dictaban en la carrera en cual me había terminado de recibir. En ese último tiempo, pude concretar irme a vivir solo a una piecita de Constitución y todos los meses les pasaba una mensualidad a mis viejos que vivían en Isidro Casanova. El año 1974 fue especial porque fue el fin de la vida de Perón, el fin del peronismo militante autentico, y el fin de mi militancia juvenil, pero el comienzo de una suerte de libertinaje represivo, camuflado de democracia, disfrazado de peronismo: la triple A. Vivía con la incertidumbre de no saber si mis compañeros o yo mismo podríamos ser el próximo blanco de esta banda de asesinos. Un día, fui a dar clases en el retorno de la cursada, luego del receso invernal. Me asomé por la puerta de madera del aula y la vi, con su rostro apoyado en sus manos, abatida  tal vez, por algún sufrimiento de algún amor pasado o por el desencuentro que hay entre nuestras esperanzas y nuestras vidas. Cuando la vi, me olvidé de Perón, de Evita, de la justicia social, y de todo aquello que me había parecido importante hasta ese momento en mi vida.

II Camila Fussaro, el ángel. 1° de Junio de 1976

Me detuve en ese instante de eternidad en la puerta del aula y sin pensarlo ni siquiera por un instante fuí hacia ella, me acerqué hacia su vida, y le dije, llevándola a lo profundo de mi corazón:

-Discúlpeme señorita, le hago una pregunta… ¿usted es un ángel o qué?

Ella elevó su mirada. Y cuando hacía eso, el universo entero se detenía a mirar sus pupilas color verde esmeralda. Cuando ella te miraba, un fulgor te encandilaba por completo, no se percibía el menor rastro de maldad en su rostro. Cuando ella te miraba era la alegría inconmovible, en cambio cuando bajaba sus ojos eran la tristeza toda de un abismo maltrecho y oscuro. No había nada más maravilloso que verla contenta, y nada más doloroso que verla en la tristeza.

Cuando le dije eso, me eché para atrás, dejé mi maletín en el escritorio y grité a viva voz para toda la multitud que iba a presenciar mi clase:

-Buenos días a todos. Soy el Profesor Medina, y en esta materia discutiremos sobre el rol que cumple el Estado en los distintos modelos económicos. Espero que sean buenos parlamentarios, porque a mí me gusta discutir.

Ella se sorprendió a darse cuenta del lugar que yo ocupaba en el aula. Acababa de recibir un piropo, una señal de amor de su profesor. Era complicado estar en esa situación. Esa clase fue interrumpida constantemente, por mí. A mi larguísimo discurso en que Perón, la tercera posición, la clase obrera y el estado de bienestar se  hacían presentes, había que sumarle la cantidad de veces que ella sonreía ó se cruzaban nuestras miradas. Cuando tomé lista pude averiguar su nombre: FUSSARO, CAMILA. Me dijo presente sonriendo, y nuevamente me perdí en el listado. Pude corroborar por su número de documento que más o menos le llevaba algo así como cuatro años. No me importó. Cuando terminó la clase, me dirigí a ella, y ella me esperaba.

Debo decir que con las mujeres tengo una cosa especial. Yo las considero a cada una como un tesoro, algo invalorable, cada una con un brillo único y auténtico. Por eso, hacía de cada encuentro con una dama, algo especial; las hacía reír, buscaba siempre que tengan una buena imagen de mí, más allá de mis preferencias. Y si había alguien que me volaba la peluca, iba al choque sin dudarlo, con la caballerosidad de un duque, casi siempre recibiendo una negativa, pero con cortesía por parte de la rechasante.

-No ha respondido mi pregunta, señorita Fussaro.

-A veces sí, pero también a veces soy la hija del Comisario Fussaro, de la 28, de Parque Patricios, así que no se haga el loco. Pero, ¿usted quien es Profesor Medina?

Ella tenía algo que ningún ser humano, o ser viviente en esta galaxia tenía: ella hacía todo con el corazón. Tenía algo tan conmovedor cuando vivía, que inevitablemente me convencía que era lo correcto. Si me hubiese dicho: “Tirémonos por este precipicio, que vamos a estar bien”, yo iba me tiraba al vacío, sin dudarlo.

-Si me permite invitarla un submarino en el bar de Uriburu, le cuento.

III. El Brillo de nuestra juventud invencible. 25 de Agosto de 1976

Dejó su cartera en la silla contigua, hizo caer su cabellera castaño claro de un lado hacia otro, y para comenzar nuestra charla, nuestro destino, nuestra eternidad, le hizo señas al mozo e hizo el pedido con una sonrisa emperlada que si yo hubiese sido el mozo, le hubiese pedido matrimonio al instante. Ensayaba durante la espera de nuestro pedido una mueca que, cuando estiraba sus labios para sonreír, sus pómulos sonrojados por la vergüenza de la primera cita, escondían en otra dimensión a esos ojos, que me intimidaban por su belleza. Al llegar el jarrito con su barra de chocolate, la delicadeza del accionar de sus dedos minúsculos, sumergían el dulce en la taza y diluía con ella, mis nervios de meter la pata.

-Antes de arrancar, quiero que me expliques algo… ¿Cómo hacen esos ojazos para convivir con esa sonrisa irresistible en un solo lugar? Decime, explicame…

Sus cachetes se volvieron a sonrojar. Yo había dejado eso de “tratarla de usted” en la puerta del boliche. Y me explicó quien era.

Huracán. Ese era su amor imposible. Me podría haber enumerado la formación de sus jugadores titulares, suplentes, masajistas y aguateros desde los primeros tiempos hasta hoy. Me invitó a ir al Ducó, y yo lo entendí que esa, podría llegar a ser nuestra primer salida. Yo ni sabía que era el off side más o menos.

París. Quería conocerlo porque había leído a los románticos franceses y estaba ahorrando para irse el verano del año que viene para conocer hasta las alcantarillas de la capital, como Victor Hugo cuenta en “Los Miserables”.

Le conté de mis proyectos de comprar mi casa, de irme a vivir a la Costa, al lado del mar. Que quería hacer una maestría para los años que venían, y que por ahora quería dar clases, pero le dije que si ella iba a estar ahí, se me iba a complicar. Le pedí que aproveche la reforma universitaria de 1918, y se cambie de cátedra.

Ella me enseñó a soñar, me enseñó que se puede vivir con la inocencia de cumplir todos sus sueños, de vivir con la esperanza de verlos cumplidos.

Tomé la decisión drástica de esas que me caracterizan: de ir al choque, como si fuera un Basile o un Carrascosa.

-Yo solo te quiero decir una cosa: que si me regalas esos ojos y esa sonrisa todos los días, yo voy a estar con vos hasta que concretes todos tus sueños. No te lo prometo, te lo juro.

Los juramentos descartan cualquier otra posibilidad.

Asi de rápida fue nuestra primer mirada en silencio, nuestro primer beso, nuestra primera vez en la piecita de Constitución y el inicio del primer noviazgo, que no era otra cosa que el deseo de poder crecer juntos.

  1. Ezeiza, el destierro del amor. 6 de Diciembre de 1976Una vez, me di cuenta que cada vez que yo deslizaba un deseo delante de ella, al instante como relámpago, Camila anotaba algo en su cuaderno. Un día me tomé el atrevimiento de espiarlo. Me dejó conmovido que en ese cuaderno Rivadavia tapa dura color rojo, ella escribió con lujos de detalles, todos los deseos que alguna vez dejé escapar de mi boca: Las Toninas, fideos con pesto y nuez, Teatro Colón, Londres, los 3 chiflados. Ella, anotaba cual escriba en su tabla, no sólo una serie de pedidos, sino también las cosas que alguna vez le dije: ” ¿Me puedo casar con vos…todos los días de mi vida?”… ¿qué será que tenés que me termino enamorando todos los días de vos?” y cosas por el estilo de mi autoría. Recuerdo que cuando íbamos a la facultad, nos separábamos: uno venía de Plaza Housseay y otro por el lado de Corrientes para no alimentar sospechas en los malpensados de económicas ya que ahí, de esos, había de a montones.

    Recuerdo que lo nuestro duró siete meses. Ahí es cuando entraron los tanques, las botas y los milicos en escena. El golpe fue el 26 de Marzo. El 28, cuando Camila caminaba por la calle Nogoyá en Villa del Parque en medio de un follaje de ensueños, un auto verde escupe a tres hijos de mil putas que la tiran contra la ligustrina de una casa bien paquete. “Hablá pendeja, nos dijeron que vos sos la amiguita del zurdo de económicas, del peroncho ese que arma quilombo en la facultad. ¿Dónde está? Mirá que zafás porque sos la hija de Fussaro, porque si no a vos también te tenemos un lugarcito reservado eh”. Nunca me dijo que hizo para que la dejaran ir y no la siguieran. Le dejaron marcada en sus bracitos, sus garras de bestias salvajes, y una cara de espanto que cuando nos encontremos dos días después en el café Banchero de Talcahuano y Corrientes, la iba a disimular como una reina. Ella pensó lo que iba a hacer, como un ingeniero piensa como construir su obra. Sé que cada pensamiento le desgarraba el alma, porque ese cuaderno que pude hojear no era solamente un enunciado larguísimo de pedidos y frases de quien escribe esto, sino que era un mapa de su corazón inconfundible. Y hoy me sigue doliendo pensar en ese instante en que con sus ojos de nena de cuatro años me dio ese sobre en esa mesa del bar, sin explicarme todavía que había pasado, y sobretodo que iba a pasar.

  1. Ezeiza, el destierro del amor. (2da hoja) 2 de Enero de 1977

    Hoy, una vez más reflexionó sobre lo que me han quitado. Porque no estoy aquí, en la otra parte del mundo por gusto, sino porque me han desterrado a la fuerza. Me han arrebatado mis sueños, me han despojado de mi juventud. Y por si eso fuera poco, me obligan a que poco a poco me la vaya olvidando. Quiero decir que no hay mayor tortura que soportar ver cómo uno va envejeciendo y olvidándose de lo que nos hace felices. Estos milicos del orto, me quitaron la oportunidad, de tejer mis mejores años junto a la persona con la cual imaginaba un futuro inmenso de desafíos y de sueños, más que nada. Circula por mis venas el odio que siento por aquellos que le han hecho daño a Camila, a los viejos y a tantos amigos que los chuparon y nunca más volverán. Y yo aquí en medio de una Europa con sus propios problemas, mi mente bosqueja una pintura que me obliga a hacer el ejercicio de no olvidar. Porque paso muchas horas al día, sentado en la silla de la habitación donde paro, haciendo fuerza y tratando de que esas pequeñas cosas que en Argentina me hacían feliz nunca se disipen. Así y todo, lo primero que se me viene a la mente es ese momento en que el café, le pude ver en ese brazo desnudo, las marcas de una bestia que intentó intimidarla, pero lo único que consiguió fue hacerme enojar a parámetros inhumanos.

– Quiero que me escuches con mucha atención, Ger. Estos son pesados en serio. Lo primero que hice después de que me apretaron fue ir a ver a papá. Me dijo que esos flacos tienen inmunidad para hacer lo que se les cante. Apretar, secuestrar, torturar y hasta matar. Y a vos te buscan. Parece que alguien en la facu te marcó. Porque que sepan que yo estoy con vos, quieren decir que saben mucho y que saben como conseguir la información. ¿ Qué estarias dispuesto a hacer por mi? ¿Serias capaz de dejarlo todo? ¿ De ir hacia lo desconocido, hacia la nada y esperarme ahí, hasta que nos volvamos a encontrar?

  1. Ezeiza, el destierro del amor (3ra hoja) 4 de Febrero de 1977Amsterdam. Ese sobre de papel cerrado tenía en su interior un pasaje hacia allí. En mi perra vida me puse a ver donde quedaba ese lugar que apenas lo podía pronunciar. Desconocido. Estando aquí me percató que ese pasaje era en sí, el esfuerzo de sus ahorros para conocer París. Y estoy seguro que después de que esas sabandijas la apretaron en Nogoyá aquella mañana, y después de hablar con el viejo Fussaro, no habrá dudado ni un instante en ir al banco, sacar toda esa guita y comprar el pasaje. Ni lo habrá pensado, estoy seguro.

    Nítido, es ese momento en que Camila me dió las directrices de mi escape hacia el olvido, hacia esa nada que me invitaba a partir, hacia el exilio. Al hablar, dejó de ser ese adorable ser humano que irradiaba ternura y cariño en cada caricia y cada beso, y se convirtió en un general que daba órdenes consciente del momento en que vivíamos.

    El pasaporte lo tenía en el maletín, como siempre; fuimos a la piecita y rescaté ropa para la primavera europea. Fuimos a Casanova a explicarles a mis viejos que me iba a otro país, y para que se queden tranquilos, que esto iba a ser “temporal”. Yo hacía todo esto sin pensar en lo que yo sentía. Sin pesar que eso significaba no verla a Camila por algún tiempo. Me equivoqué. Fue mucho tiempo. Sigue siendo mucho tiempo.

    Fui al banco y yo saqué los dólares que venía juntando para irme a vivir a la Costa, como tantas tardes le comenté a Camila.

    Me quise dar cuenta y ya estábamos en Ezeiza. Mi vieja se quedó con papá llorando en Casanova. Y ahí es cuando todo esto se va al carajo. Cuando llegamos al hall de baldosas amarronadas, el parlante y el locutor inmediatamente llaman a abordar mi vuelo. Nos damos vuelta y nos miramos sin saber que decirnos. Nos abrazamos con la furia de la injusticia que vivíamos y la impotencia de no poder hacer nada. Nos separamos. Y ella, empuñando todo su fuerza en agarrarme la manga de mi montgomery, llorando de amargura y desazón, pero dibujando esa sonrisa de esperanza de una nena de cuatro años.– Sólo…sólo te pido una cosa: prometeme con tu vida, que ya sea mañana, dentro de veinte años, o en la próxima vida, que vas a volver. Que me vas esperar. Que cuando vuelvas, me vas a hacer la mina más feliz de todas. Que vamos a cumplir todos nuestros sueños, como me prometiste en ese café, hace siete meses. Prometémelo, que yo nunca me voy a olvidar de esa promesa. Que estoy dispuesta hasta volver de la muerte, para cumplir mi palabra.

Esos ojos y ese último beso bajo la vigilia de un milico que nos miraba, fue el comienzo de mi exilio.

VII. Amsterdam, el oasis del infierno. 3 de Febrero de 1977.

Tal vez no haya sentido nada extraño en el viaje de quince horas que tuve hasta llegar a destino. Tal vez cuando caí en que mi vida cambió para siempre fue cuando llegue al hall del aeropuerto y no sabía qué hacer, no sabía adónde ir, y no sabía a quién recurrir. Estaba sólo en la soledad de la nada. Los holandeses eran coloridos con sus melenas rubias y vestidos de colores de primavera. Pero mi alma y yo estábamos arropados de gris, y sentía que una tormenta empezaba a turbar de incertidumbre la  incógnita que era mi futuro.

Yo soy contador público. Cuando uno no sabe hablar el idioma del lugar donde está, los títulos académicos no son nada. Yo no era nada.

Cerré mis ojos y pensé en ella, en sus lágrimas, en nuestra promesa, pero sobre todo pensaba en ella. Hace diez meses que pienso en ella. Abro mis ojos y me encuentro en una especie de casco histórico, de una plazoleta, rodeado de tranvías que nunca pensé que existirían, porque no veía un tranvía desde cuando era pibe. Busco ayuda, respuestas, algo que me oriente en la jungla. Trato de no pensar en las cuestiones banales, sino en la cantidad de tupilanes en las macetas de los balcones, en las rejas vestidas de negro que hacen juego con el empedrado de colores. Pienso en esperanza, cuando sé que eso es algo que me obligaron a dejarlo en Ezeiza, junto a Camila y a mis sueños.

Continuará(…)

Fabian Fazzini

Colores de Noviembre en Guatemala.

Siempre he salido a los cementerios para el primero de noviembre. En Guatemala tenemos la costumbre de visitar el cementerio para el día de todos los Santos. Los preparativos siempre son pintorescos: flores, comida y barriletes – cometas hechos de papel de colores-. Toda la familia se viste con sus mejores galas para visitar a los abuelitos ya muertos. Mis tías colocan flores en las puertas y en los cuartos inundándolos con el olor característico de la época. Dentro de una habitación el altar a los difuntos, con coronas hechas de flores de muerto y ramas de ciprés.

A mediodía hay que ir al cementerio. Muchas familias salen de la misma manera. En el  camino se encuentran viejas amistades, y la plática se extiende entre las personas grandes sobre los recuerdos compartidos. Entonces el camino al cementerio se vuelve una algarabía de colores y sonidos. Aquel lugar gris se convierte en un lugar de fiesta y sabor por sus calles. El cementerio ha dejado por un día de estar triste.

Cuando se llega se encuentran los mausoleos recién pintados y decorados con flecos de colores y flores. En algunos, una que otra comida para acompañar a los difuntos. Muchas familias acostumbran comer junto a los mausoleos, para volver a compartir con aquellos que ya partieron. Los niños corren junto a los muertos con sus barriletes en mano. Uno que otro grupo musical acompaña a los difuntos tocando aquellas canciones que, según los parientes, disfrutaba en vida. Algunas familias ríen, otras pocas lloran.  Entonces el cementerio toma otro significado para el guatemalteco, que en otros días, por lo general, es muy sombrío.

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En la calle las ventas de comida y marimba en vivo, dan la particularidad de fiestas al pueblo. Entonces los vivos se divierten escuchando y los muertos, seguramente, recordando las notas del instrumento patrio: la marimba.

Veo como colocan en algunas tumbas aguardiente para que el difunto disfrute de “un su traguito”, un licor preparado artesanalmente con azúcar fermentada. Al llegar con los abuelos fallecidos, se comienza a adornar con flores y flecos de colores hechos de nylon. Se reza por el alma y luego a comer.

Hay dos tipos de comida. Se come sopa de gallina y arroz con maíz. O el tradicional fiambre, una comida preparada a base de carnes y legumbres cocidas, plato tradicional de las familias urbanas de clase media.

Se cree que los muertos regresan en estas fechas para visitar a sus parientes en la tierra. El vuelo de barriletes se conoce como la conexión entre el supra mundo y la tierra. Por ello los niños corren con ellos por los cementerios. Otras personas creen que el sonido del papel en el aire atrae las almas a la tierra. Mi familia acostumbraba colocar flores de muerto en forma de cruz en las puertas de la casa para evitar que entraran espíritus no deseados.

Guatemala se caracteriza por la comida. Todas las legumbres de la época se cocinan para tener qué ofrecer a las visitas, tanto terrenales como espirituales. Frente a las fotografías de mis difuntos se colocan platos de comida con un vaso de agua.

A los años, la tradicion se mantiene y yo visito los cementerios con fervor y curiosidad por los colores y uno que otro elote cocido.

 

Ángel Elías, desde Guatemala.

Poli des-amor. Tercera entrega.

La siguiente crónica forma parte de una trilogía: tres notas, que se irán publicando en Marfil, de sucesos relacionados con el accionar policial en suelo argentino.

3 Martínez

Los antecedentes policiales son un estigma.

Siempre me rebeló, me llenó de bronca, el refrán que dice: “Hazte fama y échate a dormir”. Imposibilita el cambio. No hay chance de mejorar. Solo permite ser peor.

Con los antecedentes sucede algo similar. La sospecha queda instalada. Quien delinquió queda marcado de por vida. Ser sospechoso, sin ser culpable, es opresivo. La sensación es que no hay escapatoria.

La primera vez que vi lo que voy a relatar en esta nota pensé en el estigma y la falta de escapatoria.

Cada día, como buen asalariado obediente, espero el tren de las ocho menos veinte en la estación de tren de Martínez, del Ramal Mitre. Lo común, hasta ese momento, eran las caras largas, las miradas en los celulares, los auriculares en los oídos. Pero esa mañana había un elemento extraño: tres gendarmes caminaban por el andén buscando gente “sospechosa” a la cual pedirle el documento, revisar si tenía antecedentes penales y, aunque no tuviera los antecedentes que andan buscando, anotar sus datos en una libreta.

Si estaban los antecedentes que buscaban, el trato era bastante descortés.

*

Las redes sociales tienen el beneficio de que uno publica lo inmediato, lo que acaba de ocurrir. Mientras escribo esta cónica voy a buscar lo que publiqué esa mañana del seis de julio de 2017. La sensación era la siguiente:

“Estación de Martínez, ocho y media de la mañana. Gendarmería da vueltas por el andén. Gente de traje, bien vestida, oficinistas como yo, por todos lados. Se paran delante de un flaco que seguramente va a laburar, pero no en una oficina. Le piden el DNI y anotan sus datos en una planilla. La maquina de discriminar está aceitada. Nota mental: Ya no te podés vestir como se te cante el culo.”

*

Los seguí viendo cada mañana, caminando de a tres, buscando sospechosos. Uno de ellos con un cuaderno entre manos.

El día en que me pidieron el DNI habrán visto algo sospechoso en mí. El resto de los que esperaban el tren parecían no ver a los gendarmes. Para ellos, los gendarmes no existían. Ellos están acostumbrados a no ser nunca sospechosos. Ellos no lo fueron nunca.

Quizás los miré mal. Quizás fui el único en camisa y zapatos en mirar a los gendarmes. Me pidieron el DNI. Les dije que se los daba solamente si no me anotaban en ninguna planilla. Buscaron mis antecedentes con un celular y me devolvieron el documento de identidad.

*

Algunos días después hice la consulta por internet con la CORREPI. La respuesta fue la siguiente:

“Hola René. Un ejemplo de que lo legal no es lineal con “lo que es racional, está bien, etc” es la facultad que tienen las fuerzas de seguridad para parar personas y pedir el DNI. Lamentablemente el procedimiento es legal.”

Después me pasaron algunos links sobre lo que se puede hacer en caso de brutalidad policial.

*

Dos personas de traje se acercan una mañana al grupo de gendarmes. Se presentan como empleados de un juzgado nacional.

-Disculpen, ustedes están pidiéndole el DNI a la gente solamente por el aspecto. No le piden el DNI a todos.

-No, solo a los sospechosos.

-¿Quién les dio la orden?

-(…)

-¿Para qué les piden los Documentos?

-Para saber si tienen antecedentes.

-¿Y si tienen antecedentes qué hacen?

-Los invitamos a salir de la estación hasta que se hagan las averiguaciones pertinentes.

-Lo que ustedes hacen es intimidatorio.

-(…)

El tren llega a la estación de Martínez y los dos empleados del juzgado suben a la formación repleta de gente.

 

René Ruiz

 

En los siguientes links podés leer la primera y la segunda nota:

https://revistamarfil.com/2018/10/20/poli-des-amor-primera-entrega/

https://revistamarfil.com/2018/10/23/poli-des-amor-segunda-entrega/

Poli des-amor. Segunda entrega.

La siguiente crónica forma parte de una trilogía: tres notas, que se irán publicando en Marfil, de sucesos relacionados con el accionar policial en suelo argentino.

2 Retiro

Un día cualquiera de diciembre de 2010 cruzo la terminal de Retiro por primera vez en dos años vestido como lo hacía cuando no estaba yendo o viniendo del trabajo: pantalón corto de fútbol, remera lisa y unas zapatillas viejas.

Ese día de diciembre de 2010 en que no iba ni volvía del trabajo con zapatos, pantalón de vestir y camisa, un policía bigotudo me cierra el paso cuando voy en camino a los molinetes. El modo en que estoy vestido no es un detalle. Lo es quizás para algunas personas. Pero estoy seguro, cien por ciento seguro, de no equivocarme; de que cualquier otro día, uno de esos días de la camisa y los zapatos que odio tanto, hubiera seguido tranquilamente mi camino hasta el andén.

Segunda vez en dos años que algún policía me ve cara de testigo. Entre las tristes y despintadas paredes de una pequeña comisaría dentro de la terminal guardan a un pobre cordobés, flaco y desgarbado, que esconde dos o tres porros en un bolso, junto con unas artesanías que vende en la calle Florida para poder bancar su viaje a Buenos Aires.

Entro a la comisaría en miniatura, acompañado por el policía bigotudo. El cordobés de los porros tiene todavía el bolso cerrado. El tipo es un trotamundos fumador de marihuana. Pero todavía no lo sabemos. Hasta este momento todavía es un sospechoso, culpable de su aspecto. Rebuscando, por el fondo, encuentran una bolsa con cigarrillos de marihuana. Queda detenido, el policía bigotudo le compra una de las artesanías y yo tengo que dejarles mi autógrafo sobre la declaración.

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*

Pasan algunos años hasta que recibo una citación en mi casa para ir a declarar. Tribunales de Comodoro Py.

Esa noche no puedo dormir. Los juzgados me dan fobia.

Lo había descubierto una semana atrás, cuando tuve que ir a un juzgado para declarar por una ex compañera de trabajo que denunció a la empresa cuando la echaron. Fue suficiente que viera al abogado para entrar en pánico. Me llevó a un costado de la puerta y me dijo de principio a fin lo que tenía que decir. Algunas verdades, algunas mentiras. Para cerrar la conversación me ordenó que no dijera una palabra a nadie sobre esa “conversación”, que por ser ilegal de hacerlo pasaríamos el fin de semana tras las rejas. “Puta madre”, pensé. Estaba seguro de que iba a meter la pata, se iban a dar cuenta y marche preso.

Aunque no fuera por delatar esa supuesta “conversación” clandestina, terminaría preso igual, por algo, por cualquier cosa. En algún momento cometería un error, en algo mentiría y entonces al calabozo. Asustado hasta el pánico, pero también algo deprimido por el ambiente asfixiante y la proliferación de buitres, declaré tratando de acordarme el guión del abogado. Unos minutos antes había declarado un empleado de alto rango de la empresa que se sometió a las preguntas como si hubiera ido a comprar a un Mac Donald´s y le preguntaran si quería agrandar el combo.

*

Cuando empiezo a reponerme de ese día traumático, me llega la citación para declarar en Comodoro Py por el pobre cordobés de las artesanías. Pensando en que si no llego a tiempo a la cita van a creer que me niego a declarar y ahí sí me encierran seguro, llego dos horas más temprano.

Mi memoria no es de las mejores y si me equivoco en algún dato pueden tomarlo como falso testimonio. Eso, pienso, es definitivamente un problema.

Finalmente me toma declaración un pibe que ceba mate mientras escucha un disco de Nonpalidece. Realmente le importaba un carajo lo que tengo para decirle. Firmo algunos papeles, todavía tembloroso, y me voy casi corriendo.

Mientras bajo en el ascensor me imagino al cordobés fumando uno de los porros que había escondido en el bolso junto al pibe que escuchaba a Nonpalidece, en cualquier plaza con la oscuridad suficiente.

Eran otros tiempos.

 

René Ruiz

En el siguiente link podés leer la primera entrega:
https://revistamarfil.com/2018/10/20/poli-des-amor-primera-entrega/

Poli des-amor. Primera entrega.

La siguiente crónica forma parte de una trilogía: tres notas, que se irán publicando en Marfil, de sucesos relacionados con el accionar policial en suelo argentino.

1 Tigre

Un allanamiento es un hecho violento. La pérdida de un derecho, por el motivo que sea, hasta el más justificado, genera una tensión agresiva. El allanamiento va contra la voluntad del dueño de la casa. La policía rebusca y manosea, en algunos casos sin compasión. La pérdida de la intimidad, ser privado de la inviolabilidad de la propiedad, genera miedo y resentimiento.

Por otra parte, las personas que deben salir de testigos, elegidos al azar, pierden la posibilidad de elegir, el control de sus actos.

Algunos meses después de que me tomaran como testigo en 2008 para un violento allanamiento mientras esperaba el colectivo en la localidad de Acassuso, conseguí el teléfono de una abogada de la Coordinadora Contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI). Le pregunté si existe algún tipo de regulación sobre el cuidado de los testigos. La respuesta fue un “no” absoluto y terminante.

-¿La policía puede hacer lo que quiera con los testigos?, le pregunté sorprendido.

-Mirá, el testigo es necesario para cuando se producen secuestros de elementos. Tiene que estar presente en el momento en que se abre el cajón y se encuentra el arma, porque si se la muestran cuando ya la sacaron del cajón y la pusieron sobre la mesa, lo que él va a poder declarar posteriormente es que la vio arriba de la mesa y no que estaba guardada en otro lado. Es fundamental que los testigos entren junto con el personal policial. Pero no hay ningún tipo de reglamentación sobre cuidados para con los testigos. Eso queda librado al sentido común de los policías.

-Y si se creara una reglamentación para el cuidado de los testigos, ¿no contribuiría a que la gente sea menos reticente a contribuir?

– Lo ideal, y esto es el punto central, sería que la policía no entre a las casas a los tiros.

*

Todo empieza cuando estoy esperando el colectivo. Se acerca un policía alto y gordo, junto con otro petiso y flaco.

-Policía -se presenta el petiso. El gordo señala un escudo en su campera. Me piden los documentos y me informan que voy a tener que acompañarlos: necesitan testigos en un allanamiento. Yo pruebo con la excusa más original que se me ocurre, pero no logro ablandarlos. Me suben a una camioneta junto con otros tres asustados desconocidos. Vamos a participar de un allanamiento por drogas.

-¿Dónde?

-No sé.

-¿Cuánto va a durar?

El policía petiso se da vuelta sonriendo.

-Dos horas. Nosotros vivimos de los testigos. Ustedes son nuestra prioridad.

*

Después de una parada en una comisaría, partimos en tres autos particulares y una camioneta hacia la localidad de Tigre.

Los policías llevan chalecos antibalas. Nosotros, los testigos, “la prioridad”, levamos miedo. Nada de chalecos antibala para “la prioridad”. A medida que los chalets de clase media del centro de Tigre se convierten en casillas y el asfalto en tierra, los autos comienzan a acelerar.

Uno de los vehículos frena frente a una remisería, los otros dos en la puerta de una casa particular. Gritos, armas desenfundadas, patadas a puertas y demás.

El instinto me obliga a agacharme bajo el asiento. Los demás testigos se retuercen asustados.

Diez largos minutos en los que “la prioridad” queda sola dentro del auto.

Imagen relacionada

*

La gente empieza a salir de sus casas y a caminar junto a nosotros. El barrio parece un hormiguero alborotado.
Nos llevan a lo de un vecino. El presunto narcotraficante al escuchar los gritos había tirado unos paquetes con merca al otro lado de la medianera. Los testigos sostenemos los paquetes con droga mientras le sacan fotos.

Terminada la sesión fotográfica vamos a la casa del dealer a través de un pasillo angosto. En la última vivienda hay un hombre, esposado de pie frente a su mujer y sus cinco hijos menores de edad, al costado de la heladera.

Las horas siguientes las pasamos en familia.

Los policías abren los paquetes, vacían el contenido en un papel y le vuelcan un líquido azul. La reacción química constata que se trata de cocaína. Con lujo de detalles y con ese vocabulario rígido y estricto que solo los policías y algunos periodistas son capaces de hablar, suben a una computadora jurásica todo lo que ocurre.

*

La cara del tipo esposado se me hace conocida. Pero no puedo precisar de dónde. Pasan las horas y él también parece reconocerme.

-¿Por qué nos tienen acá? – pregunta el más grande de los hijos. No podía tener más de quince años.

– Vos quedate piola donde estás, – y la respuesta fue como una cachetada. El pibe se levanta del tacho de pintura en el que está sentado, molestando al policía. Como muestra de poca paciencia, lo agarró del brazo y lo esposa. La madre llora, el padre intenta sacarse las esposas que se aprietan todavía más, los policías desenfundan, los vecinos empujan la puerta queriendo entrar y los dos testigos miramos el piso.

Calmados los ánimos, llega el momento de seguir buscando pruebas.

*

Junto a uno de los policías, subimos una escalera hasta un pasillo que conecta los cuatro dormitorios. El hábil policía procede a hacer la requisa de un modo práctico y sencillo: si quiere revisar detrás del televisor lo empujaba al piso, si intenta buscar en el placard, saca la ropa y la desparrama en el suelo, si quiere ver debajo de la cama, la da vuelta. De esta manera, va destrozando y nosotros pisando los destrozos. Recolecta celulares, cámaras de fotos y agendas.

Llegamos al cuarto de la hija mayor. Las paredes están forradas con posters de estrellas de rock. Sobre la cama hay una guitarra eléctrica.

-Mirá esto loco –dice el policía, asombrado como un nene, antes de agarrar la guitarra.

-Eso sale caro –le explico.

-¿Vos entedés algo de esto?

-Es una Gibson Les Paul. Muy buena viola -le explico.

-Enchufala loco –Se sienta en la cama y saca la púa de entre las cuerdas.

Volvemos al living con todas las “pruebas” en una bolsa.

El esposado pregunta quien estuvo tocando la guitarra.

*

De golpe me acordé. Unos años antes, ese flaco desgarbado y esposado junto a la heladera y frente a sus hijos y su esposa, había colaborado con un comedor para cartoneros en una plaza de San Isidro en el que yo había participado. El tipo que se queja porque las esposas le aprietan las muñecas, iba a buscar su plato de guiso todos los jueves, solitario, fumando un porro, comiendo en paz, ofreciéndose para ayudar a cocinar. En aquellos días dormía en una plaza.

*

Pasan algunas horas más y siguen cargando datos en la PC que hace ruido a máquina de cortar pasto. Leen los derechos del detenido, que se queja de las esposas que lo lastiman y sus hijos tienen hambre y se lo dicen a su madre, hasta que es hora de irnos.

Es medianoche y no habíamos probado bocado. Un tipo de bigotes da el visto bueno para que dejemos la casa. Entra, caminando seguro, enfundado en una campera deportiva y hablando por celular. Anuncia que nos tenemos que ir, que ya está todo hecho.

Salimos al pasillo. Los policías caminan con el arma desenfundada y sus chalecos antibalas y yo con un pulóver en pleno invierno, bajo una llovizna molesta, acurrucado atrás de un policía gordo. En la puerta nos espera un grupo de vecinos, Los familiares lloran. Por suerte, nadie quiere rescatar al detenido.

Nos suben a la caja de la camioneta y nos llevan a la remisería donde están los otros dos testigos. Bajaron la PC y caigo en la cuenta de mi suerte: hay una sola PC y los otros dos testigos tienen todavía algunas horas más de espera.

*

Salimos rápido a la panamericana. Yo voy en el asiento trasero de un Ford, acompañado por la mujer, a la que se llevan por cómplice, y que me mira resignada. Al otro testigo lo hacen bajar a un costado de la panamericana. Mi casa queda camino a la comisaría.

Llego, como, lloro y me tiro a dormir. Haber sido “la prioridad” fue traumático.

René Ruiz

Selección Argentina – el eterno proyecto

Eso acá no existe” – Contestó el Coco Basile cuando le preguntaron por el proyecto que debía armarse para la selección. Y tiene razón. Acá el proyecto nunca existió.

Siempre nos creímos los mejores y actuamos como si realmente lo fuéramos. Recién cuando el flaco Menotti agarró la selección se planificó y se trabajó en consecuencia. ¿Proyecto? Sí, pero de un solitario extraño flaco de izquierda que dirigía a la selección de un país que viraba abruptamente a la extrema derecha. Luego, el éxito deportivo prosiguió en la comunión de un loco y un extraterrestre, el narigón y el diez. Más allá de esas circunstancias, el único proyecto que se siguió fue en juveniles con Pekerman y puede decirse que fue una de las épocas más doradas de nuestro fútbol.

Por eso mismo se convirtió a José en coordinador de selecciones nacionales; y ahí José se mandó la argentineada de que cuando se quedó sin técnico en la mayor se puso a él mismo (o aceptó eso, que para el caso fue lo mismo). El largo plazo al tacho. Y se volvió a la normalidad de intentar un equipo que jugara bien atacando y al fracasar éste cambiarlo por otro defensivo contra golpeador que asegurara el resultado; la ideología de Rosario contra la ideología de La Plata. Como en la literatura los de Boedo y los de Florida. Así somos, cambiamos sin atenuantes. En todo. MMLPQTP.  

Lo nuestro han sido históricamente grandes arremetidas individuales  para contrarrestar a los poderosos. Como si el gol de Diego a los ingleses fuera la descripción de nuestro fútbol. Hermoso, supremo. Una vez sale.

Nuestros rivales se fueron avivando y fueron creciendo. Las potencias se volvieron cada vez más potencias y los débiles  e inexistentes cada vez más competitivos. De esa forma, países como Chile o europeos de poca monta fueron realizando proyectos entorno a sus selecciones y crecieron. Hasta ganarnos dos finales los chilenos o alcanzarnos en mundiales los franceses. E incluso, creo que quizás estoy siendo demasiado benévolo con ellos que de repente encontraron resultados.

“El proyecto es elegir buenos jugadores, armar sociedades y entrenar en Ezeiza”, agregó el Coco en la entrevista televisiva. Y en esta no estamos de acuerdo con el maestro. Eso es lo que intentamos siempre y hace rato que no da resultado. Aunque en este instante estaría descontextualizando a Alfio porque el prócer racinguista se refería a juntar una selección local que entrene constantemente trayendo de Europa sólo imprescindibles. Ahí vamos llegando a un panorama más medio en el cual empezamos a acordar pero que merecería una discusión más profunda. Aunque sin querer, Basile da un proyecto. Uno que deje atrás el individualismo.

El tema es que el individualismo es uno de nuestros más grandes males. En el fútbol hace, por ejemplo, que cada club busque formar el jugador que los salve. También cada jugador busca salvarse, obviamente siempre bombardeados por la opinión de sus representantes. Representantes que tienen desde mucho antes de jugar en primera. Y cada uno mirando su propio ombligo busca ser una mercancía de reventa. Delanteros goleadores, extremos (hoy llamados así y muy cotizados por la moda europea de los tres atacantes), volantes ofensivos (lejos del desaparecido y amado enganche).

En cuanto se vislumbra en un joven una dosis de talento se lo forma para alguno de esos puestos. Nadie busca moldear un marcador de punta, nadie tiene tiempo para esperar un arquero. Los pibes que apenas muestran una habilidad son llevados al lugar de la cancha que cotiza en el mercado. Las sobras van al resto y así desaparecen los centrales que la paran de pecho, los marcadores que pasan con criterio, los número cinco elegantes. Los pibes malos cubren esos puestos y si no lo hacen los extranjeros. Los colombianos, Ecuatorianos, Chilenos y demás compatriotas de la patria grande también mandan sus delanteros a Europa pero aprovechan la debacle argentina para mandar para este mercado a sus laterales, volantes defensivos y arqueros. Y como para ellos todo es exportable, su fútbol crece día tras día. Y así encontramos en el mundial más jugadores de nuestra liga en otras selecciones que en la propia. No mejoraron los mencionados por amor al deporte tampoco.

Lo hicieron por mera conveniencia económica. Mera reverencia al dios dinero. El hecho es que hoy en día nos encontramos prácticamente en su nivel. Algún que otro delantero haciendo goles en grandes ligas sin la camiseta celeste y blanca puesta nos hace creer que somos más de lo que somos. Bombitas de humo.

Llegó la hora de reorganizarse. Sin dudas. Ahora bien, ¿Hay indicios de que eso puede pasar? ¿Hay elementos para hacerlo? La cúpula de la dirigencia se encuentra en plena lucha por el acéfalo poder. Una lucha totalmente lógica que políticamente se da inevitablemente tras la caída de un imperio. La AFA es un caos.

El poder ejecutivo nacional le debe al fútbol (y al unitario electorado porteño) la existencia de su líder. Los primeros pasos políticos del presidente se dieron en uno de los equipos más populares del país. De esa forma se empapó de pueblo el nombre de una familia emblemática del Establishment. Sería el momento indicado para devolver al fútbol el favor que les hizo. Nobleza obliga: sería hipócrita pedirle a Macri algo que nunca hizo un gobierno antes. No se lo vamos a venir a exigir justo al gobierno democrático más anti popular de la historia.

“Me hacen reír con el proyecto. Esto es Argentina. Si no llegas a la final de la Copa América o no la ganas, otra vez hay un quilombo bárbaro”, cerró la nota el Coco, Ídolo futbolístico de quien escribe.  Y tiene razón de nuevo. Así somos y así no(s) va. En tiempos en que las jaulas del Vale todo le ganan terreno a los Ring de nuestro amado Boxeo deberíamos ir aprendiendo que no hay nocaut, ni tampoco cesan los golpes, cuando besas la lona.

 

Sergio Delbreil

Entre los arroyos que bifurcan el Delta

Aquel que nació y va a morir en el del Delta del Paraná envejece en soledad, mientras sus hijos se escapan soñando con un futuro de marinero o con fabricarse una vida estable en el suelo firme de Tigre o de la Capital Federal. El isleño acostumbrado a aguantar frente a la fuerza del medio ambiente, moldeado en el respeto por la naturaleza, en el rebusque cuando no queda otra, espera seguir su camino en paz. Llegar al final apaciblemente, como los arroyos que ya no se dragan y se van tapando hasta dejar de ser transitables.

En los arroyos que se bifurcan en lo más profundo del Delta la vida tiene un ritmo diferente, intenso, lento. Cada año, las islas avanzan cincuenta centímetros sobre el Rio de la Plata. El agua arrastra sedimento que viene desde Paraguay y que se va asentando con el junco que crece y lo sujeta. Un proceso que transcurre mansamente desde hace siglos. Un desplazamiento perseverante, parsimonioso, al igual que todo lo que pasa allí. Un ritmo propio.

Este paraíso próspero de principios de siglo se desintegró con las inundaciones. Ya no queda prácticamente nada del edén de frutales que alguna vez fue. Hoy esta zona vive gracias a la madera de los árboles plantados en fila que se ven desde la lancha, de las artesanías de junco y mimbre que se venden en el Puerto de Frutos y del turismo.

Sergio, el párroco de Dique Luján en el Partido de Tigre, sale una vez por semana con la lancha Santa Catalina y recorre los arroyos visitando familias y repartiendo donaciones. Mientras me muestra la obvia diferencia entre las casas de los isleños y las de fin de semana, asegura que la isla es solitaria y que los jóvenes no quieren saber nada con quedarse, que no tiene motivos para hacerlo.

 

***

Hay viento sudeste. El río está alto y picado. Las olas golpean a la Santa Catalina, en la que el cura lleva bolsas de consorcio con ropa, un pack leches y algunos libros para chicos. Sale por el Río Luján hasta el canal Arias, para cruzar el Paraná de las Palmas que hoy está alborotado. Una embarcación grande al otro lado del río no se anima a cruzarlo. Sergio duda. Si no se puede cruzar, no se cruza. No hay valentía que sirva contra la fuerza del agua. Hay que aprender a resignarse para poder amoldarse al Delta.

El párroco dice, y así parece, estar cómodo en este lugar donde la gente es simple.

Se ríe de los que se escapan de la ciudad y quieren “cambiar el mundo”. Porque el isleño no quiere que le cambien su mundo. “Es una moda. Muchos llegan de Buenos Aires con prepotencia y se enojan y dicen que el isleño es vago porque no acepta lo que ellos vienen a proponerles”, explica. Un mundo romántico, de una libertad que está lejos de la calma que esta gente espera después de toda una vida de trabajo que les destrozó el cuerpo, un descanso ganado tras la pelea, demasiado lejos de cualquier idea moldeada tras el fracaso en la ciudad.

La mañana está nublada. Pasando el Paraná de Las Palmas todo se vuelve menos turístico y las quintas de fin de semana empiezan a espaciarse y aparecen las casas despintadas de los isleños.

Hay tres secciones en el Delta. La primera es la más explotada turísticamente, más cercana al puerto de Tigre. La tercera sección es más salvaje y alejada de Buenos Aires. La gente que lo habita, en su mayoría, es analfabeta y vive de un modo casi primitivo, aunque también suele ser refugio para prófugos de la justicia.

A la segunda sección se dirige la Santa Catalina, territorio de viejos luchadores que van a Tigre a cobrar su jubilación y a visitar a sus hijos y nietos.

Amarra a un muelle golpeado por los años en el que lo reciben tres perros, actores principales en la monotonía de la vida cotidiana en los arroyos solitarios. “Ladrones”, grita una vez adentro de la casa de Florinda, una isleña de setenta y cuatro años que nació aquí. Su hermano, casi de la misma edad, corta el pasto con una guadaña en el terreno al costado de la casa. En la costa hay una hilera de árboles que custodian la entrada.

El viento sopla fuerte y el cura entra sin preocuparse por golpear. La dueña de casa lo recibe con un abrazo. El comedor es grande y las paredes están húmedas. Se preguntan por lo que importa. Hablan en calma. Sergio se acomoda en la silla, casi que se acuesta y ella lo mira como a un nieto. Él tiene más de cuarenta y ya peina algunas canas, aunque tiene un aspecto canchero, una mochila con el escudo de River y unas zapatillas deportivas. Se sonríen, se consultan por la familia, por el hermano que sigue peleando contra la maleza que quiere entrar en el parque de la casa. Ella dice que cada vez que su hermano tose parece que se va a desarmar, pero igual no quiere dejar el cigarrillo. El pucho y la humedad de la isla le carcomen los pulmones.

Ella habla sobre una kermés y la venta de rifas. Sobre unos pollos para la fiesta y los problemas de la falta de gente. “Ya cada vez quedamos menos”, dice Florinda. La última misa, un día de lluvia, fue ella sola. No son muchos más en los días soleados. A las pocas familias autóctonas que quedan, se le suman los paraguayos que van a emplearse como peones a las plantaciones y se van cuando ya no hay más trabajo.

“Somos casi todos viejos, ya” y después dice que la juventud está perdida. Florinda ve televisión y habla por lo que le muestra la caja boba.

“Muchas de estas mujeres hacen un trabajo con el mimbre que les destroza las manos y que yo no podría hacer”, dice Sergio sin dramatizar cuando nos vamos. Se lo toma con calma. Sabe que lo mejor para hacer en este lugar olvidado es estar, acordarse de la familia de esta gente perdida en el tiempo, preguntarles por las cosas que les importan. Simple.

 

***

Algunos de los ríos y de los arroyos tienen nombres en guaraní. Uno de ellos, uno de los más anchos, es el Paraná Miní. Allí hay una escuela con treinta y cuatro alumnos.

La directora estaba contenta a principio de año porque eran 38 nenes en el colegio. Se había ilusionado con llegar a los cuarenta, pero algunos de los chicos dejaron de ir. La directora habla sobre una familia de chaqueños que desapareció de un día para el otro. No sabe si volvieron a su provincia o todavía están perdidos por algún arroyo. Quedaron solamente treinta y cuatro en un colegio enorme, moderno y amarillo, levantado sobre unos pilotes de cemento.

Sergio entra sin golpear y la directora lo reta por el tiempo que tardó en volver a aparecer. Ella empezó a trabajar en el Delta hace tres años y asegura que ya está adaptada. Antes una directora había ido con ideas de cambio y renovación, pero la gente no la aceptó. Están preparando una excursión. Los chicos van a ir una casa de fin de semana a la que los dueños los invitaron a pasar el día. Es la oportunidad de pasar una jornada en una quinta con caballos, mejores juegos que los de la escuela y cerca de un helipuerto.

***

La próxima parada es en la casa de Gladys. Hasta hace pocos años era de Gladys y Titi, pero él murió y ahora ella vive sola con sus perros, que nos reciben en el muelle. Algunos duermen afuera, otros adentro de la pequeña construcción de madera que está recién refaccionada gracias a la jubilación: hizo a nuevo el comedor y lo agrandó algunos metros. El resto se mantiene intacto. Habla de los perros. Algunos se van al monte a la mañana y vuelven a la noche y otros se quedan dentro de la casa. Que las mascotas no se lleven entre sí es todo un problema en aquel aislamiento.

El cura está sentado, relajado, en un banquito. Se entrega a la misma tarea: escuchar, preguntar, mirar, hacer silencio, sonreír. Lita, que tomaba unos mates demasiado dulces con Gladys en ese comedor diminuto, le dice que le gustaría que el padre le bendiga una parrilla que Chaparro, su marido, el conductor jubilado de la lancha escolar, acaba de construir. “Que Chaparro haga un asado con vino y le bendigo todo lo que quiera”, dice Sergio. Todos ríen. Hablan sobre las comuniones y las confirmaciones, las rifas. Vuelven las preguntas de la familia, el mate dulce pasa de mano en mano y por la ventanita los árboles se sacuden por el viento.

Cuando la Santa Catalina se despega del muelle el viento la sigue castigando. Agita los árboles que se agachan a rozar el agua color tierra por el que salta la lancha blanca y amarilla, que en un rato amarrará en Dique Lujan, en Tigre próspero en el que abundan los countries y las calles comienzan a asfaltarse.

 

La embarcación quedará allí hasta la semana que viene, cuando transite los mismos arroyos, donde lo recibirán los mismos perros, donde tomará los mismos mates demasiado dulces, donde verá las mismas sonrisas, los silencios, las preguntas simples.

Sebastián Pujol

 

Saint Pauli: Un grano en el futbol neoliberal.

En estos días, el Real Madrid obtuvo su 13ra Copa de Campeones, la tercera en forma consecutiva. Reafirma de esta forma su condición de equipo más poderoso del mundo. Un mundo al que representa a la perfección. Dinero, belleza, exitismo podrían ser sus principales valores. En sus rivales deberíamos encontrar sus opuestos pero esos también van estando poco a poco más adentrados en un fútbol hiper-globalizado. Sin embargo, quien busca encuentra, y así llegamos a nuestro querido San Pauli.

El San Pauli es un pequeño gigante club de la ciudad Portuaria de Hamburgo. Una de las ciudades con mayor cantidad de habitantes de Europa. Allí, al mundo neoliberal futbolístico le sale constantemente uno de sus insoportables granos, uno de esos que se revientan y vuelven a salir, que salen una y otra vez. Quizás por eso en el manual de la buena vida capitalista está la premisa de alejarse de las grandes ciudades para obtener una vida relajada, dado que en ellas convergen trabajadores, ideologías y movimientos sociales. En esa comunión no crece nunca algo bueno para el poder dominante. No es casualidad que la vida pública inicial de The Beatles haya tenido una gran conexión con dicha ciudad: los primeros recitales de la banda de Liverpool se dieron por aquella ciudad alemana; de hecho el propio Lennon reconoció haber madurado en Hamburgo.

Este club fue fundado a principios de siglo. Sufrió como toda Europa los vaivenes de las guerras y su crecimiento jamás pudo ser realmente sostenido. En sus orígenes representaba a la burguesía e incluso no se le permitía el ingreso a los obreros. De esa forma, los obreros eran cercanos a otros clubes menos importantes y los partidos entre ambos terminaban en violentos enfrentamientos entre los espectadores. Sí, la violencia en el fútbol tampoco la inventamos, es importada. Con el correr de los años, con ascensos y descensos, con participación en ligas zonales y luego en la nacional Bundesliga (creada recién en la década del 60), la institución fue cambiando su ideología y creando su particular fisonomía. En la década del 80 adquirió los tintes rojos y se transformó en un club completamente de izquierda, levantando banderas anarquistas y antifascistas. Esto se debió al crecimiento del distrito de Sankt Pauli y a que éste se transformó en una las zonas más rojas de toda Europa.

Este pintoresco club Alemàn es uno de los pocos del mundo que cuenta con una carta de principios. En dicha carta se habla entre otras cosas de derechos humanos y respeto por el medioambiente, se declara al club como antirracista, antihomófobo y antifascista. Hace pocos meses, se recordó a las víctimas del holocausto bajo el lema “No olvidar, no perdonar”. A su vez, en la tribuna pintaron un mural que muestra a dos hombres besándose con la inscripción “lo único que importa es el amor”. Aquí en verdad el amor vence al odio. Entre sus hinchas se pueden ver gran cantidad de mujeres y la revalorización del movimiento feminista es una constante. Todas las causas humanitarias tienen en San Pauli un guante que las recoge. La ayuda a los refugiados es una constante. Allí donde el mundo hace la vista gorda, se posan los ojos de los “Piratas”.

Gegengerade

Este apodo de sus hinchas fue tomado de la leyenda de un pirata que robaba en la mar y tocaba tierra siempre en Hamburgo. Allí encontraba cobijo y nunca pudo ser capturado por las autoridades. El club fue fundado por marineros y el apodo fue en cierto modo previsible, años después también simpatizó al pensamiento anarquista y anticapitalista que se apoderó del mismo en los ochenta. La crisis industrial de la Alemania aún dividida llevó a cientos de trabajadores en los ochenta ocupar casas en la zona del puerto de Hamburgo y a tener que vivir como ocupas y sin empleo. Todos fueron encontrando su lugar en el club más modesto de la ciudad-estado. El otro, el que lleva el nombre de la ciudad, representa todo aquello que aún perdura del fascismo. Claramente como este otro equipo está mucho más cercano al pensamiento del mundo dominante (aunque tanto el club como el mundo no son de expresarlo abiertamente) sus éxitos deportivos son más apreciables.

El San Pauli suele encontrarse en la segunda división. Sin embargo, su gran cantidad de socios lo lleva de vez en cuando a incursionar en la Bundesliga. El sube y baja es una constante a lo largo de su historia. Hace quince años en su última aparición intentó un ostentoso plantel y como los resultados no acompañaron terminó al borde de la desaparición. El aporte de sus hinchas y las campañas solidarias lo salvaron. Jugó en la tercera división durante varios años. Actualmente ha logrado volver a segunda. Años después sus hinchas firmaron una proclama que prohíbe las publicidades en la camiseta. Nada de vender el patrimonio en tiempos de crisis. Esos momentos difíciles en que muchos empresarios logran encontrar excusas para meterse en el negocio del fútbol, estos muchachos, con una conciencia de clase a prueba de desapariciones, vieron el peligro y le pusieron la traba. Nada de sociedades anónimas por San Pauli. Para el pueblo lo que es del pueblo.

Es por ello que suele verse a la casaca marrón limpia de todo mercantilismo a la hora de disputar los partidos. Dicho color marrón lo llevó a hermanarse con nuestro calamar de puente Saavedra. Plantense y San Pauli son clubes amigos. En los altoparlantes del Millerntor Stadium, cuando sale el equipo se puede escuchar a AC/DC, pero que no nos extrañe si un día de estos pasan una del Polaco y la gente se pone a bailar al ritmo del 2×4.

Sergio Delbreil