Recomendaciones: cinco películas sobre Malvinas

Mañana se conmemora el ‘Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas’ Compartimos con ustedes cinco películas sobre Malvinas. ¿ Cuál otra más se les ocurre?

Iluminados por el fuego es una película dirigida por Tristán Bauer, del año 2005. Inspirada en el libro escrito por el periodista Edgardo Esteban. Protagonizada por Gastón Pauls, Virginia Innocenti, Juan Leyrado y Arturo Bonin. Música de León Gieco.

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Hundan al Belgrano, es un documental coproducido entre Argentina y Gran Bretaña. Dirigida por Federico Urioste.

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Documental de Sandra Di Luca sobre un grupo de ex combatientes de Malvinas que regresa a las islas en compañía de una periodista que registra una crónica de los recuerdos, sentimientos encontrados y anhelos de pertenencia que mantienen vivo el sueño del eterno retorno.

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Los chicos de la guerra es una película dirigida en 1984 por Bebe Kamin. Los actores son Héctor Alterio, Carlos Carella, Ulises Dumont, Marta González, Tina Serrano, Miguel Ángel Solá, Alfonso De Grazia y Gustavo Belatti.

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La deuda interna es una película argentina de 1988 dirigida por Miguel Pereira y protagonizada por Juan José Camero, Gonzalo Morales y René Olaguivel, basada en una novela del maestro Fortunato Ramos. Fue estrenada el 4 de agosto de 1988.

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Malvinas: Murió Fabian

El 2 de Abril de 1982 quedará en la memoria del pueblo por el resto de sus días. Soldados argentinos desembarcaron en las Islas Malvinas para reclamar un territorio que jamás debió ser negado a nuestro país. Fue el último intento de un gobierno nefasto de emparentarse con el pueblo. Despertó en la mayoría un absurdo sentimiento de patriotismo. Cada uno de nosotros tiene un recuerdo inolvidable de aquellos días. Los caídos son los mártires de una historia que se repetirá por siempre. Aquellos que volvieron con vida continuaron con el oficio adquirido en la contienda bélica, son sobrevivientes.

– Murió Fabián.

– ¿Cómo? ¿Qué le pasó?

– No sé. Dicen algunos que lo apuñalaron, otros que fue la droga y otros que fue una gripe.

– Pobre Fabi, loco.

Más o menos así fue el corto diálogo que mantuve con mi cuñado cuando me informó que había fallecido un viejo amigo de mi antiguo trabajo. Mi cuñado supo ser mi jefe y el amigo en cuestión era un personaje del barrio. Nosotros trabajábamos en un puesto de diarios y los personajes del barrio son habitúes de esa parada inevitable.

Durante mi estadía en aquél laburo tuve varios amigos que luego se fueron perdiendo por el transcurrir del tiempo. Recuerdo tres principalmente: Un policía, un empleado del Banco Nación y Fabián. El policía estudiaba una carrera de ingeniería; por aquél entonces había incursionado en el CBC y él me daba clases de matemáticas gratuitas ahí mismo, en el puesto de diarios, mientras vigilaba la esquina (allí estaba el Banco) y yo vendía revistas.  El empleado del Banco Nación venía a comprar el Página 12 todos los días y se quedaba a hablar conmigo durante largos ratos sobre política y cuestiones sociales; fue la persona que me hizo descubrir que el único diario que había que doblar para que entre en el estante también era el único que decía cosas distintas y en el que escribían plumas destacadas con un tipo de conciencia en ocasiones distinta a la dominante. Fabián venía todos los días, no faltaba Domingos ni feriados, y en esos se quedaba más tiempo para que quien estaba a cargo del puesto no quedará expuesto a la insegura soledad de la calle; siempre parado con su gigante estampa, sin poder quedarse quieto como si tuviera Parkinson, acompañaba con los mates aunque mucho no le gustaran amargos y si faltaba algún día era porque la merca le había pasado una factura fuerte en serio.

Al irme del puesto hacia otro rumbo laboral seguí enterándome de todo lo que sucedía por aquellos pagos por intermedio de mi cuñado. Supe que el policía dejó la facultad y que poco a poco empezó a agarrar cometas de los camiones que necesitaban parar cinco minutos en lugares prohibidos para descargar mercadería en los negocios; cometas pavas, un desodorante, un pollo, un vino, cometas pavas con las que el sistema poco a poco comenzó a corromperlo. Supe que el empleado del Banco Nación logró su ansiado traslado a una sucursal de un pueblo más tranquilo y allá se trasladó con su familia a vivir el ideal de una vida relajada. Supe también que Fabián siempre seguía en la misma.

A medida que inevitablemente el tiempo va transcurriendo, las personas vamos evolucionando en nuestras vidas. Nos planteamos objetivos y, logrados o no, esos nos conllevan a trazar otros nuevos. Estos pueden ser de corto, mediano o largo plazo, según nuestros anhelos, nuestra realidad o nuestra suerte. La meta a lograr se encuentra en algún punto de la edad adulta y si en nuestro destino está alcanzarla tendremos nuestra anhelada realización, el pico de nuestras vidas. De allí en adelante irreprensiblemente la cosa será un declive anecdotario de ese instante. Un declive que no se expresará como caída constante sino que se vislumbrará como una llanura impalpable. No habrá luego más objetivos, no habrá qué escalar. Ciertas profesiones logran ese punto más alto a edades muy tempranas. Es el ejemplo de los jugadores de fútbol que luego de una plenitud profesional se encuentran siendo jubilados con treinta y pico de años. Aquél policía que intentó ser ingeniero vio caer su objetivo y avanzó sobre otros, aquél empleado del Banco Nación logró su cometido, el cual espero le esté tocando disfrutar, y Fabián, sin embargo, continuó su vida en la meseta en que lo supe conocer. Su pico más alto había sido alcanzado veinte años atrás. No lo buscó, no fue su realización, por el contrario, fue su tragedia. Fabián no fue jugador de fútbol, fue combatiente en la Guerra de Malvinas.

Fabi era una persona que no pasaba desapercibida. Estar con él significaba que acapararía todas las miradas. Medía más de un metro ochenta, lo que se sumaba a que era muy robusto. Cuando llegaba una persona, los ojos de la misma se posaban sobre él y su mirada a veces esquiva e indisimulable jamás lo mantenía ajeno: sonreía y saludaba. Solía parecer de buen humor. Estaba atento a todo lo que uno necesitaba. Además de hacerme compañía y cuidarme en la soledad de la calle, también se ofrecía para mandados tales como ir a conseguir monedas para el vuelto o comprarme algo para comer. A veces le tocaba hacer de campana si yo necesitaba apurar alguna necesidad básica en algún improvisado papagayo. Sin dudas que era parte del paisaje del barrio, como lo era el Banco, el subte, La Farola, el cine; pero no era un paisaje inerte, su sola presencia te transmitía el cariño que te tenía. Era mutuo aunque mi presencia dudo que le haya transmitido lo mismo.

Admito que en ciertas ocasiones era jodido tenerlo cerca. A veces estaba re loco. Por si algún despistado  no lo entiende aclaro lo que ya puse: por la merca. Fabi era adicto. Consumía cada vez que el bolsillo se lo permitía y como todo adicto lo hacía también cuando el bolsillo no lo permitía. Estaba inmerso en un mundo alterno a mi realidad visible que lo hacía codearse con tranzas y cuanta lacra hubiera dando vueltas. Tipos que se aprovechan de la gente que necesita conseguir eso que en realidad no debería necesitar. Sin embargo lo necesita. Más que la comida. Las drogas son el flagelo de una sociedad que es un flagelo por sí misma. Como seres sociales somos causa y consecuencia de una realidad histórica que nos golpea de diferentes formas. Dicha realidad azota con mayor fuerza a quienes encuentra más vulnerables.

Fabián, como muchos otros, comenzó su adicción a los pocos años de volver de la guerra. Jamás pudo reinsertarse en la sociedad. Su psiquis ya no estaba lista para un trabajo cotidiano, para una rutina diaria. La rutina somete a cada uno de nosotros en distintos momentos y parece ser una cárcel de la cual es imposible fugarse. Para quienes los recuerdos trágicos son insuperables e imborrables no es posible el simple transcurrir de los días. Para los ex combatientes no sólo no existió el reconocimiento a su regreso e incluso existió el reproche por haber perdido la guerra, tampoco hubo un plan de inserción social. No estaban listos para la guerra, ni ellos ni el ejército al que representaban ni el país que luego los “esperaba”.

Fabián vivía de una pensión del estado. Creo incluso que eran dos. Eso le alcanza para cobrar más o menos lo que yo cobraba como empleado en un puesto de diarios. Mi sueldo me alcanzaba para vivir tranquilo en ese momento. No me hubiera servido para mantener una familia. No obstante tenía una muy buena realidad laboral . De mis amigos era el de mejor pasar aunque eso sólo se debiera a que trabajaba para una persona de mi familia. Sin más, podía tener una visión de futuro. Tenía veinte años.  Los chicos que volvieron de Malvinas se encontraron con esa pensión para que sobrevivir el resto de sus vidas, en definitiva eso era lo que mejor habían sabido hacer en el Atlántico Sur. Fueron tratados como jubilados dentro de una sociedad que ve a los jubilados como descarte. Una muestra de ellos es que se los “benefició” con la obra social de los mismos.

A medida que los chicos volvieron de la guerra, fueron sus familias las que tuvieron que cobijarlos. Ninguna de ellas estaba preparada para ello, aunque lógicamente unas lograron hacerlo mejor que otras. Asimismo no todos volvieron de la guerra en las mismas condiciones. Para la propaganda oficial y para lavar las culpas del resto de los ciudadanos siempre encontramos alguna historia de un ex combatiente que superó todo y triunfó en la vida: formó familia, tuvo hijos, trabajos exitosos y hasta carreras universitarias. Son las excepciones que alimentan la fantasía de un mundo que sigue adelante con su cruel modo de vida basado en el individualismo, la imagen y el consumo. De la guerra muchos soldados no volvieron, otros volvieron con discapacidades físicas y todos sufrieron del estrés postraumático. Los caídos en la guerra ascienden a 649 personas. Sin embargo, ese frío número jamás se actualizó en los años siguientes al conflicto. Desde Junio del 82 al día de hoy, cerca de 350 ex combatientes decidieron quitarse la vida. No existen estadísticas oficiales al respecto, ni siquiera los grupos de ex combatientes saben cuántos se suicidaron dado que muchos de estos episodios fueron caratulados policial o judicialmente como accidentes o asesinatos. El sistema se encubre a sí mismo.

Fabián pudo formar su familia aunque luego no pudo mantenerla con él. Mantuvo su relación con su ex mujer durante muchos años en los que vivieron como pudieron. Tuvieron hijos que luego se criaron con la familia de ella. Los abuelos se hicieron cargo de sus nietos debido a la incapacidad visible de sus padres. La mamá de los chicos también era adicta. Además, económicamente no podían asumir ni siquiera los gastos básicos. La pérdida de sus hijos era el puñal que lo mataba día tras día, te describía él cuando se abría. Nada de Malvinas, ni de ingleses. Sobre eso hablaba poco. Lo hacía cuando le surgía en el momento menos esperado.

Esta es una característica de toda persona que estuvo en una guerra y que dicha experiencia le hace estragos por dentro. Nunca hablaba y cuando lo hacía había que dejarlo. Supongo que los psicólogos aprobarían esa actitud que me surgía tomar cuando me tocaba ser su interlocutor. Lo dejaba porque inevitablemente quería saber los pormenores de su experiencia y también porque él tampoco me daba muchas opciones. Quizás había estado parado al lado mío en silencio durante horas. Esa característica alimentaba nuestra amistad dado que los tipos lectores necesitamos de soledad o a lo sumo de una compañía silenciosa. Mientras estaba parado estaba en constante movimiento. Nunca se quedaba quieto. Algunos decían que era la abstinencia y otros que era porque estaba drogado. Conmigo estaba sobrio y drogado y siempre se movía. Sea lo que fuere lo que lo movilizaba, el tipo era sin dudas una pila de nervios. Y mientras más se movía, más cercana estaba la ruptura del silencio. Y en esas rupturas híper movedizas a veces surgía alguna historia de la guerra.

Dado que Fabi era muy grande y fuerte, en la guerra era el encargado de llevar las PAM (creo que así se les decía), pistolas ametralladoras. Esas que se colocan sobre una base y ahí quietas disparan un sinfín de tiros por segundo. También era el encargado de dispararla. Mató a muchos ingleses, seguro. Gurkas me corregiría él en este momento, “para mí no vi un puto inglés” me dijo varias veces. En un enfrentamiento con la ametralladora su regimiento se fue retirando poco a poco y a él lo dejaron cubriendo la retirada. No sé si se lo dijeron, o si sabía lo que estaba haciendo. Me narró que él tiraba y los bajaba. Que algo explotó cerca y que al despertar tenía un Gurka al lado y que lo mató con algo cortante. No puedo especificar con qué porque para mí ya era en cierto modo traumático escuchar repentinamente una narración semejante luego de quizás haber estado comentando la belleza de la figura de alguna vecina. Después de matar al soldado oponente escuchó como el resto del batallón enemigo se acercaba y se tapó con el cuerpo de un compañero que tenía cerca y haciéndose el muerto vivió. A las horas volvió con su regimiento. Mientras escribo esto las historias se me mezclan y no sé si lo que narré era un episodio o varios juntos. Él las contaba así y uno las armaba. Eso recuerdos eran el fiel reflejo de que su cabeza era un quilombo. Esa vivencia inigualable surgía de la nada. Cualquiera diría que tenía que largarlo, que le servía. Dentro de él quedaba lo cotidiano de los días trágicos, de los irrepetibles. El frío, el hambre, los muertos. Un tipo que conocí con más de cien kilos, cuando yo estaba naciendo en 1982, había llegado a pesar cincuenta kilos, había temblado con sus medias mojadas en una trinchera helada a temperaturas bajo cero y, en ese contexto, había tenido que defender su vida y la de sus compañeros, con fusiles que en ocasiones ni siquiera funcionaban.

Así como narraba eso, explicaba el resto de las cosas. Si alguien venía al puesto de diarios a preguntar algo, sobre dónde es una calle, o dónde para tal colectivo, respondía con un lujo de detalles que cuando la persona se iba no tenía ni puta idea de cómo armar los detalles para conocer la respuesta. Todos se iban con cara de no haber entendido nada. Sin embargo, él tenía la amabilidad de contestar. Yo como buen diariero si la pregunta no estaba antecedida de un buen saludo decía que no sabía. Siempre que las personas seguían su rumbo, Fabi se cagaba de risa y decía cosas como “no entendió nada”, “se va a perder este nabo” o “no va a llegar un carajo” y nos matábamos de risa. Jamás le escuché un mal modo con alguien. Tampoco le escuché un reproche a la sociedad. Cada tanto se quejaba por la miserable pensión y por los trámites inagotables para acceder a otra. Pero en algún punto de su inconsciente le habían instalado eso de que había estado cumpliendo su deber. Para él era normal el hecho de que un colectivero estuviera manejando el colectivo, un médico recetando algo para un resfrío y unos pibes de veinte años, cuanto mucho, se estuvieran baleando contra un ejército profesional. Los ingleses vinieron en su mayoría con los mencionados Gurkas, tipos extranjeros que luchaban por un sueldo y la ciudadanía inglesa. Unos matones con hambre que darían todo por cumplir su misión porque no tenían nada que perder como los que te muestra Hollywood. Pero entrenados y apoyados con toda la maquinaria de un ejército con cientos de años de historia, de una historia que los supo tener como imperio dominador del mundo. Detrás de nuestros pibes, que estaban cumpliendo un servicio militar obligatorio, se encontraba un ejército que sólo había levantado las armas contra su propio pueblo.

Para los tipos como Fabián no alcanzan las conmemoraciones. Obviamente para los caídos en la guerra tampoco. Oficialmente tenemos un feriado el dos de Abril. El día del desembarco argentino en las islas. Día nefasto si se puede especificar uno. El día que se ejecuta la decisión de un borracho apañada por un pueblo ciego. El día que se conmemora lo de Malvinas suele olvidarse que en realidad es el día de los veteranos y caídos en la guerra. La verdadera conmemoración será el día en que como pueblo recordemos a los caídos dándole dignidad a los sobrevivientes. La velocidad y la inmediatez de lo cotidiano deberían detenerse y postergarse para que la vida de ellos no pase inadvertida delante de todo el resto. Mientras tanto siguen siendo sólo simples banderas en los balcones que como cortinas tapan la indiferencia. Indiferencia que tenemos más allá de que todos tuvimos o tenemos la experiencia de haber conocido alguna persona que estuvo en la infame guerra. Con poco más de sesenta años, el héroe con el que me tocó toparme, murió antes de tiempo para su naturaleza humana pero luego de vivir jubilado como la lógica social indica.

No fue una puñalada, no fue la droga, ni fue la gripe. Fabi enfermó de muerte en Malvinas y no le tuvimos lista ninguna medicina, ni siquiera para paliar un poco el sufrimiento.

 

Sergio Delbreil

14 películas para la memoria

Compartimos con ustedes catorce películas que los pueden ayudar a entender mejor la etapa más nefasta de nuestra historia. Catorce películas que cuenta la última dictadura argentina.

Infancia clandestina es una película argentina de 2012 co-escrita y dirigida por Benjamín Ávila y protagonizada por Natalia Oreiro, César Troncoso, Cristina Banegas, Ernesto Alterio y Teo Gutierrez Romero.

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La historia oficial es una película argentina de 1985 dirigida por Luis Puenzo y protagonizada por Norma Aleandro, Héctor Alterio, Chunchuna Villafañe y Hugo Arana. El guion es de Puenzo y Aída Bortnik. Se estrenó el 3 de abril de 1985. Fue ganadora del premio Oscar a la mejor pelicula de habla no inglesa.

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Crónica de una fuga es una película argentina de 2006 dirigida por Adrián Caetano y protagonizada por Rodrigo De La Serna, Pablo Echarri, Nazareno Casero y Lautaro Delgado. Está basada en la novela autobiográfica Pase libre: la fuga de la Mansión Seré, de Claudio Tamburrini. Se estrenó el 27 de abril de ese año.

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Kamchatka es una película argentina-española estrenada en 2002 y dirigida por Marcelo Piñeyro. Fue protagonizada por Ricardo Darín, Cecilia Roth, Tomás Fonzi, Matías del Pozo y Milton de la Canal. El guion fue escrito por Piñeyro y Marcelo Figueras.

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La Noche de los Lápices es una película argentina dramática-histórica dirigida por Héctor Olivera y protagonizada por Alejo García Pintos, Vita Escardó, Pablo Novak y Leonardo Sbaraglia. Escrita por Olivera y Daniel Kon y basada en el libro homónimo de María Seoane y Héctor Ruiz Nuñez, se estrenó el 4 de septiembre de 1986. La película recrea la historia desde el comienzo de las protestas estudiantiles de 1975 hasta 1980.

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Garage Olimpo es una película argentina-italiana de 1999 dirigida por Marco Bechis y protagonizada por Antonella Costa, Carlos Echevarría, Enrique Piñeyro y Dominique Sanda. El film relata lo ocurrido en los centros de detención clandestina creados por la última dictadura civico-militar argentina(1976-1983).

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Plata dulce es una película argentina de 1982 dirigida por Fernando Ayala y protagonizada por Federico Luppi, Julio de Grazia y Gianni Lunadei. Fue estrenada el 8 de julio de ese año y recibió el Cóndor de Plata a Mejor película en 1983.

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Es una pelicula dirigida por Pablo Milstein y Norberto Ludin estreada el 21 de agosto de 2003. Es un documental centrado en la figura de Olga Aredez, una madre que en la provincia argentina de Jujuy, cada jueves, sola, ronda la plaza del pueblo de Libertador General San Martín, como forma de lucha y recuerdo por uno de los hechos más bestiales y significativos de la dictadura militar: la llamada “noche del apagón”.

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Verdades verdaderas es una película argentina de 2011 dirigida por Nicolás Gil Lavedra y basada en la vida de la docente, activista por los derechos humanos y presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto. ​ Es protagonizada por Susú Pecoraro, Alejandro Awada, Rita Cortese, Laura Novoa, Inés Efron y Fernán Miras.

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Kóblic es una película argentina de 2016 coescrita y dirigida por Sebastián Borensztein y protagonizada por Ricardo Darín, Oscar Martínez e Inma Cuesta.​ Fue galardonada con dos Biznagas de Plata en el Festival de Cine de Málaga.

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Nueces para el amor es una película argentina del 2000. Dirigida por Alberto Lecchi y protagonizada por Gastón Pauls y Ariadna Gil.

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La amiga es una película argentina de 1989 dirigida por Jeanine Meerapfel y protagonizada por Liv Ullmann, Cipe Lincovsky y Federico Luppi. El guion fue realizado por Meerapfel en colaboración con Alcides Chiesa, con el asesoramiento de Agnieszka Holland y Osvaldo Bayer.

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La deuda interna es una película argentina de 1988 dirigida por Miguel Pereira y protagonizada por Juan José Camero, Gonzalo Morales y René Olaguivel, basada en una novela del maestro Fortunato Ramos. Fue estrenada el 4 de agosto de 1988.

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La mirada invisible es una película argentino-francesa-española  de 2010 dirigida por Diego Lerman sobre su propio guion, escrito en colaboración con María Meira según la novela Ciencias Morales, de Martín Kohan. Es protagonizada por Julieta Zylberberg, Osmar Núñez, Marta Lubos y Gaby Ferrero. Se estrenó el 19 de agosto de 2010.

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Mujeres musicalizando

Hace tiempo que en las conversaciones de amigos se repite un interrogante ¿Por qué no surgen bandas que produzcan una ruptura? Una especie de nostalgia por los tiempos en donde surgía música que canalizaba manifestaciones sociales y se transformaba en el relieve de un sector que pretendía cambiar al mundo: la juventud.

El largo siglo XX nos dejó muchísimas bandas que de a poco se fueron convirtiendo en tradiciones musicales ineludibles para quien guste de esa disciplina artística. Hoy en día no parece haber herederos que puedan romper en hervor para elevarse sobre el resto y servir de guía. La irrupción de internet es un factor determinante que ha alcanzado cada rincón de la vida y la música no es la excepción. Las redes han democratizado el negocio evitando que las grandes productoras sean el único canal para masificar el contenido.

En estas épocas hay muchísima oferta musical al alcance de un clic, no se debe esperar la llegada del disco o la presentación del simple en la radio. No emerge una sola banda sino muchas. Hay buenos sonidos y puesta en escenas de gran calidad. Pero todavía falta sustancia.

Una espesura de contenido tal que produzca un desgarramiento al sistema, lo hiera y desagote las gargantas de aquellos que se encuentran en la angustia de la opresión. El lugar que tuvo el rock en los 60/70. El blues y el jazz antes. Hoy esos géneros están normalizados y universalizados, no pueden servir de lazo. Es dentro del feminismo donde encontramos bandas que desde su sentido de pertenencia apuntan hacia la estructura de poder mas intima como es el patriarcado. El nuevo rock ha mutado. Tiene la potencia por formar parte de un movimiento que surge de la resistencia,transforma su lamento en organización política y musical teniendo la certeza de que la lucha también se da en el plano cultural artístico. Con una participación directa que busca intervenir en la realidad sin caer en la comodidad del artista que solo milita a través de una letra. Es el sector que debemos observar de cerca para registrar una revolución que ha llegado para quedarse y suena cada vez mejor.

Dejamos algunos temones para que disfruten.

Barbi Recanati – A la luz

Spaghetti Western – Trotamundos

 

Marilina Bertoldi – Fumar de día

 

Las Ligas Menores – A 1200 km

 

Las Taradas con Miss Bolivia – Que no, que no!

 

Fémina – Los Senos

 

Eruca Sativa – Para que sigamos siendo

Habrá más penas y olvidos

Era 1976 y un manuscrito titulado No habrá más penas ni olvido sube a un avión con rumbo a Bruselas. No había lugar para él ni para su autor en la Argentina. Cruza el océano en una maleta. Escondido. Todavía no podía ver la luz. No estaba terminado, pero, además era un libro peligroso, un libro urgente, que se enfrentaba con su época y se volvería popular mucho tiempo después.

Por el momento, Argentina se volvía un infierno y una runfla de militares bananeros, asesinos, torturadores, marionetas de otros tipos mucho más poderosos, se hacían con el gobierno. El libro y su autor, Osvaldo Soriano, debían irse a Bélgica.

Todo había empezado en 1974, como siempre, con una hoja en blanco, una máquina de escribir, un cuarto vacío y un tipo con algo que decir. El segundo paso fue una bofetada. Resulta que el gordito que golpeaba las teclas de la máquina de escribir era un tipo audaz y decidió empezar la novela con una provocación.

Quizás por venir de otro palo, por no haber pisado facultad alguna, quizás por eso pudo empezar así su segunda novela. La primera, Triste, solitario y final, tenía que ver con su infancia, sus fantasmas, sus gustos. La segunda, con los fantasmas comunes, los de todos los argentinos.

Soriano llegó de manera poco ortodoxa primero al periodismo y después a la literatura, pero antes que nada fue futbolista: un centrodelantero goleador. Había nacido en Mar del Plata. Vivió en distintas ciudades del interior del país debido al trabajo de su padre, empleado de Obras Sanitarias. Quiso dedicarse al futbol y jugar en el club que se había apoderado de su corazón, San Lorenzo. No llegó. Trabajaba por las noches de sereno en una fábrica de la ciudad de Tandil cuando publicó, casi de casualidad, un texto sobre Semana Santa en la revista Primera Plana y se fue para Buenos Aires. Un día escuchó hablar de Raymond Chandler y su detective Philip Marlowe, se fue con él a Los Ángeles y nació su primer libro.

Para cuando empezó con el segundo libro, No habrá más penas…, ya no era la misma persona.

El filósofo y escritor José Pablo Feinmann escribe un prólogo al libro en 2003 y dice que el comienzo de la novela es “una bofetada a la literatura universal, o un recurso poderoso, una apuesta tenaz de la que el autor no renegaría en el vértigo que se avecinaba”.

Así arranca el libro:

“-Tenés infiltrados -dijo el comisario.

-¿Infiltrados? Acá solo trabaja Mateo y hace veinte años que está en la delegación.

-Está infiltrado. Te digo, Ignacio, échalo porque va a haber lio”.

El libro se empezó a escribir en un departamento de la calle Salguero, de la Ciudad de Buenos Aires. Era el año 1974 y el padre de Osvaldo Soriano, inspiración para muchos de sus relatos más emotivos, fallecería durante esos primeros meses de escritura.

El peronismo atravesó al texto y a su autor, al igual que lo hizo y lo sigue haciendo con todo lo argentino, aunque muchos, ciegamente, lo nieguen. Perón había vuelto a gobernar la Argentina y llevaba a su nueva esposa, María Estela Martínez de Perón, como vicepresidenta.

En una carta que le escribe a su amigo Felix Samoilovich, Soriano explica que quiere “intentar un modesto fresco de este clima atroz que negamos cada día. Mi vida tiene sentido si puedo terminar otra novela como quiero.”

Los años setenta enfrentaron al autor con una nueva realidad desconcertante. Perón volvía al país y “bautizaba a peronistas que no lo eran y echaba a peronistas que sí lo son”. El autor, que había sentido una cierta atracción por Montoneros y la JP, se encuentra en poco tiempo en la vereda contraria. Según palabras de su amigo José María Pasquini Durán, Soriano, “con Isabel, con López Rega y la Triple A, asumiría la posición opuesta, digamos la ruptura. Porque el peronismo ya no era el pueblo sino esa cúpula malsana y perversa que representaba la Triple A”.

El escenario del libro se llama Colonia Vela, un ficticio pueblo del interior argentino en el que se desarrolla la tragedia nacional. Una confrontación en la que se mata y se muere invocando a alguien que no pisa el país desde hace décadas. En nombre de Perón, todos asesinan y son asesinados.

En el prólogo a la primera edición del libro en España, Soriano intenta explicar el jeroglífico del contexto político del momento y dice: “La acción de No habrá más penas ni olvido se sitúa en la Argentina durante el último gobierno de Juan Domingo Perón, entre octubre de 1973 y julio de 1974. Luego de una larga lucha popular, Perón regresó al país en medio de una grave conmoción a la que él mismo había contribuido; su movimiento estaba dividido por lo menos en dos grandes facciones: aquella que lo veía como un líder revolucionario y otra que se aferraba a su ascendiente sobre las masas para impedir la victoria popular. Este malentendido -por absurdo que hoy parezca- es uno de los tantos orígenes de la tragedia argentina”.

Nadie se anima a publicarlo en Argentina y el manuscrito, como dijimos, se pianta para la ciudad capital de Bélgica. Allí, el autor se enamora de una enfermera francesa, se mudan a París y se dedica a reescribirla y pulirla.

En una entrevista para la revista La Maga en 1994, Soriano cuenta que cuando le entregó el manuscrito a Eduardo Galeano, éste le dijo “hermanito, tomá los originales. ¿Ves ese cesto de papeles? Tiralos ahí. Que no se sepa que escribiste eso”. Unos meses después, cuenta Soriano, se la mostró al que “era el peor y más implacable crítico: Juan Gelman. En ese momento él estaba en Roma. Yo le pregunté si no podía echarle un vistazo a la novela. Gelman me dio una opinión totalmente contraria. Entonces le conté lo que había pasado con Galeano y Juan me dijo: Mirá, Eduardo estaría en pedo. Con eso empató. Luego vinieron los penales y la novela se salvó”.

La génesis de la publicación de la novela es casi tan atractiva como el texto mismo. En una columna de 2010 en Página 12 lo relata Juan Sasturain: “Publicada por primera vez en castellano durante la dictadura por Bruguera de España –habrá sido en el ’79 u ’80, acaso un poco después, no me acuerdo– cuando Osvaldo estaba en Bélgica o en París, la leímos de rebote clandestino por algunos ejemplares que llegaron en manos de amigos, ya que obviamente no se distribuyó acá. (…) El Gordo siempre sostuvo (y le creo) que no había escrito la novela en Europa sino antes de irse, y que acá le había resultado impublicable. Habrá sido en el ’74/’75, entonces, después de Triste, solitario y final. (…) Aquella edición española de Bruguera, naturalmente, apenas si se leyó en la Argentina. Hubo que esperar a que, en las postrimerías de la dictadura, en los primeros meses de 1983, el mismo sello la editara acá (…) junto con la exitosísima Cuarteles de invierno (ésta sí escrita durante la dictadura), y ambas hicieran que, cuando volvió definitivamente en 1984, el Gordo ya fuera el autor reconocido y popular que marcaría, con adhesiones masivas y críticas puntuales, una década entera de la narrativa argentina”.

Cuando él autor volvió a la Argentina, el libro ya había aterrizado en el país de la primavera alfonsinista y había hecho de las suyas por estos pagos. El país ya no era el mismo y No habrá más penas ni olvido nos interpelaba, nos discutía. Lo sigue y lo seguirá haciendo.

Sebastian Pujol

Si los cerdos gobiernan el mundo – Roger Waters

El músico británico Roger Waters desembarcó una vez más en Buenos Aires. La cita fue de dos conciertos, uno el martes 6 y el otro sábado 10 de noviembre y se realizaron en el Estadio Único de La Plata. Atrás quedó la catarata de 9 recitales que diera allá por el 2012 con su gira The Wall. Quizás se deba a los tiempos del viejo Roger, quizás se deba a los tiempos económicos del país y la región, quizás ¿por qué?

El nuevo espectáculo llevó el título Us + Them fusión del nombre de uno de los temas del disco The dark side of the moon de 1973. Una vez más la extraordinaria puesta en escena audiovisual y el destacado sonido demostraron que Roger Waters sigue siendo un exquisito y minucioso artista a la hora de iniciar una nueva gira mundial.

Con un estadio casi colmado comenzó el espectaculo de la Banda Puel Kona, ovacionada en sus letras y mensajes reivindicatorios de la cultura Mapuche. Cultura que atraviesa hoy en día una escalada de violencia desde los estados chileno y argentino.

Además de presentar su último trabajo solista Is this the life we really want? Roger repasó los discos clásicos de Floyd The dark side of the moon, Wish you were here, Animals y The wall, en versiones poderosas y en gran parte con nuevos músicos en escena.

El mensaje denunciante, constante y sin reparos de Waters a un público atento y emocionado fue RESIST. Durante un concierto de más de dos horas cantó y exigió a través de la música resistir a las guerras, resistir al sionismo y resistir como seres humanos a toda forma del neo-fascismo desplegado desde los estados en la región y el mundo, “Si los cerdos gobiernan el mundo, fuck the pigs”.

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Como viene sucediendo en varios conciertos y concentraciones multitudinarias, el canto popular contra las políticas del gobierno nacional se hizo presente en el Estadio Único. La ovación para el tema La memoria de León Gieco fue impactante en las dos fechas. Incluso el argentino estuvo presente en el escenario junto a Waters en el último concierto. Roger también abrazó la lucha que las mujeres vienen dando a lo largo y ancho del país; utilizó el pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

Cerdos y esferas brillantes volando, pantallas gigantes, músicos de gran nivel, sonido envolvente y fuegos artificiales coronaron las noches en la que Waters dijo presente una vez más. Se recordará estos conciertos como un acto de resistencia, de eso no hay dudas. El mundo merece y debe ser un lugar mejor para todos; los crímenes sobre la humanidad deben cesar en todas sus formas “Seamos Humanos”. 

Pablo Kravacek

Rey de azúcar y la reinvención de la música

Le preguntaron a Fito, respecto de Mariposa Tecnicolor, si no le parecía que estuviera abusando de las letras bonitas, alegres. El flaco de Rosario respondió con su grandeza característica citando su propia canción “la melancolía de vivir en este mundo y de morir sin una estúpida razón” y agregando más o menos así: ¿hay algo más trágico que eso? lo terrible se puede decir con una melodía alegre, llega más y se digiere mejor. Esto lo supieron enseñar Lennon y McCartney cuando cantaron Help Me. De esa escuela, salvando distancias, vienen los Fabulosos Cadillacs.

Viví mi infancia y pre-adolescencia rodeado de música debido a la influencia de mi hermano mayor. Mi habitación respiraba música. Los parlantes ocupaban un espacio que bien podría haber sido ocupado por otra cama. Por suerte, éramos sólo tres y entraron junto a nosotros con sus gigantes y desproporcionadas dimensiones ochentosas. Lejos de los pendrive actuales, los CD también requerían un importante espacio por lo que tenían muebles de tamaños proporcionales a su cantidad. En mi pieza, estaba repleto de ellos y era común estar diez o quince minutos para localizar uno. En ese contexto, Los Fabulosos Cadillacs fueron la primera banda con la que me propuse una locura que aún me persigue en estos días: completar la discografía de mis favoritos.

Esa locura era compartida con dos amigos del barrio. Uno de ellos lo conservo y participa también en Revista Marfil. Quizás aquella locura era una señal de cierta empatía duradera que traería aparejadas nuevas locuras. Nos propusimos dicha conquista cuando el furor por el disco de grandes éxitos Vasos Vacíos hacía estragos en las disquerías. Vasos Vacíos no tenía ningún tema nuevo, pero el nuevo mundo Capitalista de principios de los noventa había entendido que el nuevo formato musical (el mencionado CD) merecía volver a versionar éxitos viejos o ni siquiera eso, simplemente volver a venderlos. De esos años son la mayoría de los discos más vendidos de nuestra historia. Nobleza obliga, la calidad del audio con respecto a los poco a poco obsoletos

Cassettes era infinita. Por lo tanto, los consumidores teníamos un rédito importante.

Rápidamente conseguimos adquirir varios de los discos de los Cadillacs anteriores al éxito de Vasos Vacíos: Yo te avisé, El Ritmo Mundial, El Satánico Dr. Cadillac y El león. Enloquecimos descubriendo temas nuevos, al menos para nosotros. El disco Sopa de Caracol ya se encontraba reposando en mi casa pero no nos gustaba en absoluto. La adquisición completa se vio trunca porque jamás conseguimos el primer álbum: Bares y fondas. La discográfica no lo vio como una posibilidad de venta y quizás los músicos no insistieron demasiado dada la baja calidad musical del mismo. Con el tiempo, la locura de completar discografías se trasladó al maestro Charly García y a la inigualable banda californiana The Doors. En ese lapso, salió Rey de Azúcar, un nuevo disco de los fabulosos. Inmediatamente, lo reconocimos como el mejor de la banda. Con el tiempo, la

adolescencia y Jim Morrison me llevaron hacia otro tipo de tendencia musical, al punto que llegué a renegar en ocasiones de aquél fanatismo por las canciones con melodías festivas. El tiempo, empecinado en transcurrir, me hizo re-significar todo aquello.

Leyendo Las Venas Abiertas de América Latina, la obra fundacional de la historia Latinoamericana, del brillante Eduardo Galeano fue que me topé con el capítulo El Rey de Azùcar y otros monarcas agrícolas. Recuerdo como hoy haber desempolvado los CiDis. Ahí estaba. El nombre del disco respondía a aquél trágico capítulo y recién ese día caí en la cuenta que una canción se titulaba exactamente igual que el libro del escritor uruguayo. Ahí gritaba Vicentico la letra de Flavio: despierta aborigen, responde a tu origen. El resumen de un capítulo de Las Venas que nos enseña cómo el Azúcar fue traído de Europa para destrozar los campos de las islas del Caribe y el sudeste brasilero y cómo las grandes masas de esclavos africanos llegaban para trabajar y morir en los

ingenios latifundistas y, por supuesto, también en las minas. Están allí la pobreza de los

desgarrados campos de Haití, República Dominicana, Barbados, Cuba. ¡Rey de azúcar! ¡Potosí! Claman los Fabulosos.

El disco canta contra las desigualdades a partir de melodías pegadizas y bailables. Desde la primera estrofa de su primera canción y gran éxito Mal Bicho, anuncia: escucha lo que te canto/ pero no confundir/ es de paz lo que canto/que me hablas de privilegios/de una raza soberana/superiores inferiores/minga de poder/cómo se te ocurre/que algunos son elegidos/y otros son para el descarte/ambiciones de poder. Posteriormente, la canción Ragga Punky Party Rebelde va en lamisma sintonía. Paquito cuenta la historia de un pibe que aparentemente se declara homosexual, Miami le pone voz a un Cubano diciendo “dios está mirándonos a todos nadar hacia la boca del enemigo”.

Continúa el disco con bonitas melodías que cantan penurias en Carmela, Ciego de amor, Muerte querida, Saco azul, Estrella de mar. Cuenta también con la mejor versión Argentina de un tema de los Beatles: Strawberry Fields For Ever. Gracias a esa versión, me adentré en el mundo de los genios de Liverpool.

Mi fanatismo retomado en estas líneas me llevaría a no omitir ninguna canción pero me detendré para ir a la última re-significación que me permitieron. A la última prueba de que la música no envejece, las letras se reinventan cuando uno las vuelve a abordar en el transcurrir de la vida. Me volví a enamorar, como quien se encuentra con un viejo amor y ve superada la belleza del recuerdo, cuando escuché: Bajando del monte hacia la ciudad/la gente que ya no puede vivir así más/ bajando del monte sin nada que perder/ el fusil en el hombro la esperanza partida /el alma endiablada y la mirada perdida/He is a bandido he is a bandolero / lo llamaba Somoza y se llamaba Sandino. El extracto corresponde a la canción Hora Cero que es un reconocimiento a un desconocido por estas tierras, Sandino, el revolucionario Nicaragüense y su epopeya de no haberse rendido aún cuando todos sus compañeros estaban dispuestos a hacerlo. Como cuenta Ernesto Cardenal en el poema homónimo a la canción, el general a cargo se ve obligado a decirle al ejército norteamericano: todos mis hombres se han rendido menos uno.

Los Fabulosos sacaron otros discos, nos hicieron llorar a todos los que somos padres con Vos sabés, y siguieron el camino de la lucha y la memoria con nuevos excelentes temas. Después se separaron, como casi todas las bandas de aquellos años. Al día de hoy, entre mis discos sigue ausente Bares y fondas, el primer inconseguible disco. Aquellos buscadores incansables nos contentamos con una grabación en cassette cuyo paradero desconozco. Escuchamos sus canciones cada tanto en alguna noche nostálgica a través de Youtube. La búsqueda está abandonada. Salvo que aquél viejo amigo extraviado, como buen Sandinista, no se haya rendido todavía.

Sergio Delbreil

Los años sin Alfredo Zitarrosa

Hay episodios claves en el crecimiento personal. Uno de ellos, creo, es el momento en que te sentás en soledad frente a una pava de agua caliente para echar en el mate. Otro, sin dudas, es cuando te tirás en tu cuarto y ponés un disco para no hacer otra cosa que escucharlo desde el principio hasta el final. Eso, dedicarte a oir y nada más, conlleva una maduración. Ya no se vuelve a ser lo que era.Yo recuerdo uno de esos momentos, aunque estoy seguro que no fue el primero de los discos que escuché completo. Era uno de Alfredo Zitarrosa, un LP que tenía mi viejo metido en el altillo desde antes de que yo naciera. No recuerdo el nombre, pero tenía un dibujo de un amanecer en la tapa. Lo busqué y no figura entre su discografía oficial, por lo cual sospecho que debe ser una edición solo para la Argentina de un disco suyo. Zitarrosa era un cantante uruguayo cuyas canciones sonaban a rebeldía y coraje, a esas historias de los setenta que cada tanto dejaban relucir mis viejos o algún tío. Historias de una época que yo imaginaba más heroica, más romántica. El tipo, según había visto en una foto del interior del disco, se peinaba a la gomina y de traje, con pinta de guapo tanguero, pero cantaba con una emoción que parecía imposible en ese vozarrón impecable que tenía. Las canciones de Zitarrosa no te dejan seguir igual luego de que las escuchás. Yo crecí un poco prestándole atención.

Sebastian Pujol

Últimos días de la víctima, de José Pablo Feinmann. Resumen y análisis del libro.

Novela “Últimos días de la víctima”:

Análisis, resumen y crítica del libro “Últimos días de la víctima”, del escritor y filósofo argentino José Pablo Feinmann.

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Últimos días de la víctima es, en su estructura inicial, un policial clásico. Una novela en la que un asesino a sueldo tiene por encargo matar a otra persona de la que sabe muy poco. Sin embargo, a medida que avanza la trama, se vuelve más psicológica e introspectiva, dejando por momentos de lado la acción típica de las novelas policiales para cederle paso a las cavilaciones de Mendizábal, el profesional del crimen.

La trama se desarrolla en torno a la tensión que se genera entre los dos personajes principales: Mendizábal y su víctima, Rodolfo Kulpe.

Mendizábal, a punto de cumplir cincuenta años, pasa sus días en una casa de Saavedra. Es un hombre metódico y obsesivo con su trabajo. Lejos de ser un matón común y corriente, es un personaje complejo, solitario, atormentado por sus pensamientos y con fama de ser el mejor en el mundo criminal.

Cuando recibe el trabajo de asesinar a Kulpe, de parte de un personaje del que solamente se sabe que es un “hombre importante”, se le aclara que lo buscan a él para llevar adelante el crimen porque necesitan alguien que se tome el tiempo necesario para hacer las cosas sin dejar huellas. El “hombre importante” dice: “Nos gusta su modo de trabajar, Mendizábal, y veo que usted lo sabe. Nos gusta, digamos, su pulcritud. Y no nos importa pagarla por lo que vale”.

Gran parte de la historia transcurre dentro de la cabeza de Mendizábal, en la que el narrador omnisciente bucea a su antojo. Sus obsesiones, sus miedos, sus placeres y sus odios lo llevan a mimetizarse con su víctima, Rodolfo Kulpe, veinte años más joven que él, el otro personaje principal.

Kulpe, que vive en un departamento del barrio de Belgrano, es todo lo que no es Mendizábal; joven, rubio, alto; a diferencia de su victimario que es morocho, robusto y de baja estatura. Además, tiene un buen pasar económico, una mujer llamada Amanda, con la que se encuentra todos los días en las barrancas de Belgrano, un niño al que Kulpe trata como a un hijo, aunque no lo es, y una amante llamada Cecilia, bailarina en un cabaret. Con Cecilia tiene una relación apasionada y con Amanda una relación más conflictiva.

Mendizábal no se muestra conforme con su vida y ve en su víctima una forma de escapar de su existencia huraña y solitaria. Tiene cincuenta años. No tiene pareja ni amigos. Es exitoso en su trabajo, pero este ya no reviste grandes emociones para él. Hasta fue olvidando la cara y las historias de aquellos a quienes asesinó a lo largo de su vida. En el seguimiento que hace de Kulpe, acaba por enamorarse de Amanda y de Cecilia. Al acercarse demasiado a ellas e intentar conquistarlas, arriesga la operación para la que había sido contratado.

Por fuera de la relación entre Mendizábal y Kulpe, hay un personaje, que es secundario pero que tiene gran importancia para crear la tensión necesaria en la novela. Este personaje se llama Peña y es el contacto entre “el hombre importante” y Mendizabal. Peña es otro asesino a sueldo, pero más descarnado y directo para llevar a cabo su trabajo. No anda con vueltas. Es una persona sencilla, de aspecto vulgar, que alguna vez trabajó en un frigorífico.

En un encuentro que tiene en un restaurante con Mendizábal, dice: “Después de trabajar en el frigorífico fui cambiando de trabajos, sin mucha suerte. Hasta que me enganché con los fierros y me llamó el patrón”. Si tenemos en cuenta que la novela fue publicada en 1979 y transcurre en los primeros años de la dictadura militar, la frase “hasta que me enganché con los fierros” adquiere un sentido que no hay que pasar de largo. Se convierte en una marca de época, un elemento histórico importante. Los años setenta en la Argentina estuvieron marcados a fuego por la violencia. Comenzaron con la dictadura de Lanusse. El retorno de Perón se avecinaba en medio de una creciente espiral de violencia generalizada. Una parte importante de la juventud había optado por la lucha armada contra el régimen. Finalmente, tras la muerte de Perón asume el gobierno de Isabel Martínez de Perón, que es derrocada en 1976 por una junta militar que instaura la última y más sangrienta dictadura de la historia argentina. En este contexto transcurre la novela de José Pablo Feinmann, y Peña es un claro ejemplo de los personajes que toman partido en esa lucha que surgió del momento histórico que vivió el país.

Cuando Peña comenzó a trabajar para el “hombre importante” había admirado el trabajo de Mendizábal, pero con el tiempo acabó por sentir resentimiento. Dice Peña: “es cierto que me revienta su manera de trabajar, sus mariconerías, y sus vueltas para liquidar. (…) Su pulcritud, como dice siempre el patrón. Eso sí que me revienta: su podrida pulcritud. Y más me revienta todavía que lo prefieran a usted, que le den los mejores trabajos, los más caros”. Este personaje se convierte en una amenaza constante para Mendizábal, lo cual lo lleva a cometer varios errores.

El libro está dividido en tres partes. La primera se llama “Siguiendo a Kulpe”, la segunda “Buscando a Kulpe” y la final lleva por nombre “Kulpe”. A la vez, estas partes están divididas en pequeños capítulos. Toda la estructura que arma a lo largo de las 259 páginas y que mantiene una lógica argumental sin saltos temporales, la resuelve con una sola oración a cargo de Kulpe: “No tengo nada contra usted, Mendizábal. Pero tengo un trabajo que cumplir”.

El complejo entramado del argumento se define en un final abrupto y sorpresivo.

René Ruiz

 

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Okupas: Adios y buena suerte.

Ricardo-¿Esta ciudad, qué tiene para ofrecerte?

Como una metáfora violenta del país, la serie Okupas tiene como primera escena un desalojo. Un oficial de justicia a viva voz dice en una calle del barrio de Congreso:

 

“En mi carácter de oficial de justicia presentando al juzgado civil número cincuenta y cuatro, secretaría única a cargo del Dr. Pelais, por ante los autos y vistos de la resolución que ordena el presente mandato me constituyo frente a ésta finca cita en el pasaje Rivarola 4221 de la capital federal  a efectos de intimar a los ocupantes de la misma para que procedan a desalojar el inmueble por su propia voluntad(…) Caso contrario de acuerdo a lo resuelto en la causa número 72.903 del corriente año se procederá al uso de la fuerza pública.”

 

Alguien desde los balcones de la casona a desalojar grita un largo:  Putooooo.

Y así comienza la mejor serie de ficción que se ha hecho en éstas tierras. Con un desalojo violento, una Opera  con la voz de Pavarotti como cortina musical y un joven Ricardo Riganti que duerme hasta que su abuela los despierta a todo volumen. En la argentina no hay nada porque despertar, finalizaba el año 2000 y hasta la clase media lo sabe. Pronto el país estallaría en mil pedazos, había que desalojar. 

La serie irrumpe con la fuerza de una obra artística que destrozó el paradigma de las ficciones que hasta ese momento en su gran mayoría reflejaban un costumbrismo aséptico, sin política de por medio, familia unida y gente de trabajo. Jamás se mostraba el mundo subterráneo, salvo excepciones como la película Pizza, birra, Faso y algún que otro unitario. 

Okupas rompe los moldes y nos identificó a nosotros jóvenes rolingas, cumbieros y marginales. Walter, El  Pollo, El Chiqui, Ricardo. Cuatro jóvenes terrenales, en contraposición con la estética juvenil crismorenista de chicos bien. 

Fueron once capítulos de golpazos de realidad y una banda de sonido impresionante: Sumo; Pappo; Manal; Almendra; Vox Dei; The Beatles; Rolling Stones. Imagen y sonido en perfecta amalgama. Cada uno tendrá su escena, pero cuando a Ricardo lo viene a buscar la policía y él intenta escapar por los pasadizos subterráneos del caserón, primero suena “Jugo de tomate frío” y en el desenlace de la escena una corrida rabiosa con “Because”, sencillamente memorable. Tanto es así que al parecer uno de los impedimentos para que la serie salga en Netflix es el tema del pago de los derechos musicales, tal como afirma Bruno Stagnaro director y guionista. 

 Personalmente no recuerdo quién me la recomendó o si la ví en la primera o segunda de sus emisiones. Fue un boca a boca impresionante, una ficción, una serie por fin hablaba de nosotros. Más allá de la cuestión de la identificación o representación, Okupas perdura en nuestro inconsciente colectivo generacional. Para buena parte de nosotros treintañeros, si alguien evoca a un rolinga, posiblemente vayamos a la escena de Walter y sus clases de baile a Chiqui. Si algo nos produjo horror y miedo nos remontamos a  Ricardo en el Docke: el negro Pablo y una vieja riendo, tomando birra y fumando. Aterradora escena de violación.

Mientras las ficciones argentinas se empeñaban en reconstruir una imagen de sociedad que ya no existía, Okupas nos hizo llorar, reír y entender que no hay finales felices, la muerte del Chiqui tuvo mucho que ver con eso. Okupas tuvo mucho que ver.

Carlo Magno