Malvinas: Murió Fabian

El 2 de Abril de 1982 quedará en la memoria del pueblo por el resto de sus días. Soldados argentinos desembarcaron en las Islas Malvinas para reclamar un territorio que jamás debió ser negado a nuestro país. Fue el último intento de un gobierno nefasto de emparentarse con el pueblo. Despertó en la mayoría un absurdo sentimiento de patriotismo. Cada uno de nosotros tiene un recuerdo inolvidable de aquellos días. Los caídos son los mártires de una historia que se repetirá por siempre. Aquellos que volvieron con vida continuaron con el oficio adquirido en la contienda bélica, son sobrevivientes.

– Murió Fabián.

– ¿Cómo? ¿Qué le pasó?

– No sé. Dicen algunos que lo apuñalaron, otros que fue la droga y otros que fue una gripe.

– Pobre Fabi, loco.

Más o menos así fue el corto diálogo que mantuve con mi cuñado cuando me informó que había fallecido un viejo amigo de mi antiguo trabajo. Mi cuñado supo ser mi jefe y el amigo en cuestión era un personaje del barrio. Nosotros trabajábamos en un puesto de diarios y los personajes del barrio son habitúes de esa parada inevitable.

Durante mi estadía en aquél laburo tuve varios amigos que luego se fueron perdiendo por el transcurrir del tiempo. Recuerdo tres principalmente: Un policía, un empleado del Banco Nación y Fabián. El policía estudiaba una carrera de ingeniería; por aquél entonces había incursionado en el CBC y él me daba clases de matemáticas gratuitas ahí mismo, en el puesto de diarios, mientras vigilaba la esquina (allí estaba el Banco) y yo vendía revistas.  El empleado del Banco Nación venía a comprar el Página 12 todos los días y se quedaba a hablar conmigo durante largos ratos sobre política y cuestiones sociales; fue la persona que me hizo descubrir que el único diario que había que doblar para que entre en el estante también era el único que decía cosas distintas y en el que escribían plumas destacadas con un tipo de conciencia en ocasiones distinta a la dominante. Fabián venía todos los días, no faltaba Domingos ni feriados, y en esos se quedaba más tiempo para que quien estaba a cargo del puesto no quedará expuesto a la insegura soledad de la calle; siempre parado con su gigante estampa, sin poder quedarse quieto como si tuviera Parkinson, acompañaba con los mates aunque mucho no le gustaran amargos y si faltaba algún día era porque la merca le había pasado una factura fuerte en serio.

Al irme del puesto hacia otro rumbo laboral seguí enterándome de todo lo que sucedía por aquellos pagos por intermedio de mi cuñado. Supe que el policía dejó la facultad y que poco a poco empezó a agarrar cometas de los camiones que necesitaban parar cinco minutos en lugares prohibidos para descargar mercadería en los negocios; cometas pavas, un desodorante, un pollo, un vino, cometas pavas con las que el sistema poco a poco comenzó a corromperlo. Supe que el empleado del Banco Nación logró su ansiado traslado a una sucursal de un pueblo más tranquilo y allá se trasladó con su familia a vivir el ideal de una vida relajada. Supe también que Fabián siempre seguía en la misma.

A medida que inevitablemente el tiempo va transcurriendo, las personas vamos evolucionando en nuestras vidas. Nos planteamos objetivos y, logrados o no, esos nos conllevan a trazar otros nuevos. Estos pueden ser de corto, mediano o largo plazo, según nuestros anhelos, nuestra realidad o nuestra suerte. La meta a lograr se encuentra en algún punto de la edad adulta y si en nuestro destino está alcanzarla tendremos nuestra anhelada realización, el pico de nuestras vidas. De allí en adelante irreprensiblemente la cosa será un declive anecdotario de ese instante. Un declive que no se expresará como caída constante sino que se vislumbrará como una llanura impalpable. No habrá luego más objetivos, no habrá qué escalar. Ciertas profesiones logran ese punto más alto a edades muy tempranas. Es el ejemplo de los jugadores de fútbol que luego de una plenitud profesional se encuentran siendo jubilados con treinta y pico de años. Aquél policía que intentó ser ingeniero vio caer su objetivo y avanzó sobre otros, aquél empleado del Banco Nación logró su cometido, el cual espero le esté tocando disfrutar, y Fabián, sin embargo, continuó su vida en la meseta en que lo supe conocer. Su pico más alto había sido alcanzado veinte años atrás. No lo buscó, no fue su realización, por el contrario, fue su tragedia. Fabián no fue jugador de fútbol, fue combatiente en la Guerra de Malvinas.

Fabi era una persona que no pasaba desapercibida. Estar con él significaba que acapararía todas las miradas. Medía más de un metro ochenta, lo que se sumaba a que era muy robusto. Cuando llegaba una persona, los ojos de la misma se posaban sobre él y su mirada a veces esquiva e indisimulable jamás lo mantenía ajeno: sonreía y saludaba. Solía parecer de buen humor. Estaba atento a todo lo que uno necesitaba. Además de hacerme compañía y cuidarme en la soledad de la calle, también se ofrecía para mandados tales como ir a conseguir monedas para el vuelto o comprarme algo para comer. A veces le tocaba hacer de campana si yo necesitaba apurar alguna necesidad básica en algún improvisado papagayo. Sin dudas que era parte del paisaje del barrio, como lo era el Banco, el subte, La Farola, el cine; pero no era un paisaje inerte, su sola presencia te transmitía el cariño que te tenía. Era mutuo aunque mi presencia dudo que le haya transmitido lo mismo.

Admito que en ciertas ocasiones era jodido tenerlo cerca. A veces estaba re loco. Por si algún despistado  no lo entiende aclaro lo que ya puse: por la merca. Fabi era adicto. Consumía cada vez que el bolsillo se lo permitía y como todo adicto lo hacía también cuando el bolsillo no lo permitía. Estaba inmerso en un mundo alterno a mi realidad visible que lo hacía codearse con tranzas y cuanta lacra hubiera dando vueltas. Tipos que se aprovechan de la gente que necesita conseguir eso que en realidad no debería necesitar. Sin embargo lo necesita. Más que la comida. Las drogas son el flagelo de una sociedad que es un flagelo por sí misma. Como seres sociales somos causa y consecuencia de una realidad histórica que nos golpea de diferentes formas. Dicha realidad azota con mayor fuerza a quienes encuentra más vulnerables.

Fabián, como muchos otros, comenzó su adicción a los pocos años de volver de la guerra. Jamás pudo reinsertarse en la sociedad. Su psiquis ya no estaba lista para un trabajo cotidiano, para una rutina diaria. La rutina somete a cada uno de nosotros en distintos momentos y parece ser una cárcel de la cual es imposible fugarse. Para quienes los recuerdos trágicos son insuperables e imborrables no es posible el simple transcurrir de los días. Para los ex combatientes no sólo no existió el reconocimiento a su regreso e incluso existió el reproche por haber perdido la guerra, tampoco hubo un plan de inserción social. No estaban listos para la guerra, ni ellos ni el ejército al que representaban ni el país que luego los “esperaba”.

Fabián vivía de una pensión del estado. Creo incluso que eran dos. Eso le alcanza para cobrar más o menos lo que yo cobraba como empleado en un puesto de diarios. Mi sueldo me alcanzaba para vivir tranquilo en ese momento. No me hubiera servido para mantener una familia. No obstante tenía una muy buena realidad laboral . De mis amigos era el de mejor pasar aunque eso sólo se debiera a que trabajaba para una persona de mi familia. Sin más, podía tener una visión de futuro. Tenía veinte años.  Los chicos que volvieron de Malvinas se encontraron con esa pensión para que sobrevivir el resto de sus vidas, en definitiva eso era lo que mejor habían sabido hacer en el Atlántico Sur. Fueron tratados como jubilados dentro de una sociedad que ve a los jubilados como descarte. Una muestra de ellos es que se los “benefició” con la obra social de los mismos.

A medida que los chicos volvieron de la guerra, fueron sus familias las que tuvieron que cobijarlos. Ninguna de ellas estaba preparada para ello, aunque lógicamente unas lograron hacerlo mejor que otras. Asimismo no todos volvieron de la guerra en las mismas condiciones. Para la propaganda oficial y para lavar las culpas del resto de los ciudadanos siempre encontramos alguna historia de un ex combatiente que superó todo y triunfó en la vida: formó familia, tuvo hijos, trabajos exitosos y hasta carreras universitarias. Son las excepciones que alimentan la fantasía de un mundo que sigue adelante con su cruel modo de vida basado en el individualismo, la imagen y el consumo. De la guerra muchos soldados no volvieron, otros volvieron con discapacidades físicas y todos sufrieron del estrés postraumático. Los caídos en la guerra ascienden a 649 personas. Sin embargo, ese frío número jamás se actualizó en los años siguientes al conflicto. Desde Junio del 82 al día de hoy, cerca de 350 ex combatientes decidieron quitarse la vida. No existen estadísticas oficiales al respecto, ni siquiera los grupos de ex combatientes saben cuántos se suicidaron dado que muchos de estos episodios fueron caratulados policial o judicialmente como accidentes o asesinatos. El sistema se encubre a sí mismo.

Fabián pudo formar su familia aunque luego no pudo mantenerla con él. Mantuvo su relación con su ex mujer durante muchos años en los que vivieron como pudieron. Tuvieron hijos que luego se criaron con la familia de ella. Los abuelos se hicieron cargo de sus nietos debido a la incapacidad visible de sus padres. La mamá de los chicos también era adicta. Además, económicamente no podían asumir ni siquiera los gastos básicos. La pérdida de sus hijos era el puñal que lo mataba día tras día, te describía él cuando se abría. Nada de Malvinas, ni de ingleses. Sobre eso hablaba poco. Lo hacía cuando le surgía en el momento menos esperado.

Esta es una característica de toda persona que estuvo en una guerra y que dicha experiencia le hace estragos por dentro. Nunca hablaba y cuando lo hacía había que dejarlo. Supongo que los psicólogos aprobarían esa actitud que me surgía tomar cuando me tocaba ser su interlocutor. Lo dejaba porque inevitablemente quería saber los pormenores de su experiencia y también porque él tampoco me daba muchas opciones. Quizás había estado parado al lado mío en silencio durante horas. Esa característica alimentaba nuestra amistad dado que los tipos lectores necesitamos de soledad o a lo sumo de una compañía silenciosa. Mientras estaba parado estaba en constante movimiento. Nunca se quedaba quieto. Algunos decían que era la abstinencia y otros que era porque estaba drogado. Conmigo estaba sobrio y drogado y siempre se movía. Sea lo que fuere lo que lo movilizaba, el tipo era sin dudas una pila de nervios. Y mientras más se movía, más cercana estaba la ruptura del silencio. Y en esas rupturas híper movedizas a veces surgía alguna historia de la guerra.

Dado que Fabi era muy grande y fuerte, en la guerra era el encargado de llevar las PAM (creo que así se les decía), pistolas ametralladoras. Esas que se colocan sobre una base y ahí quietas disparan un sinfín de tiros por segundo. También era el encargado de dispararla. Mató a muchos ingleses, seguro. Gurkas me corregiría él en este momento, “para mí no vi un puto inglés” me dijo varias veces. En un enfrentamiento con la ametralladora su regimiento se fue retirando poco a poco y a él lo dejaron cubriendo la retirada. No sé si se lo dijeron, o si sabía lo que estaba haciendo. Me narró que él tiraba y los bajaba. Que algo explotó cerca y que al despertar tenía un Gurka al lado y que lo mató con algo cortante. No puedo especificar con qué porque para mí ya era en cierto modo traumático escuchar repentinamente una narración semejante luego de quizás haber estado comentando la belleza de la figura de alguna vecina. Después de matar al soldado oponente escuchó como el resto del batallón enemigo se acercaba y se tapó con el cuerpo de un compañero que tenía cerca y haciéndose el muerto vivió. A las horas volvió con su regimiento. Mientras escribo esto las historias se me mezclan y no sé si lo que narré era un episodio o varios juntos. Él las contaba así y uno las armaba. Eso recuerdos eran el fiel reflejo de que su cabeza era un quilombo. Esa vivencia inigualable surgía de la nada. Cualquiera diría que tenía que largarlo, que le servía. Dentro de él quedaba lo cotidiano de los días trágicos, de los irrepetibles. El frío, el hambre, los muertos. Un tipo que conocí con más de cien kilos, cuando yo estaba naciendo en 1982, había llegado a pesar cincuenta kilos, había temblado con sus medias mojadas en una trinchera helada a temperaturas bajo cero y, en ese contexto, había tenido que defender su vida y la de sus compañeros, con fusiles que en ocasiones ni siquiera funcionaban.

Así como narraba eso, explicaba el resto de las cosas. Si alguien venía al puesto de diarios a preguntar algo, sobre dónde es una calle, o dónde para tal colectivo, respondía con un lujo de detalles que cuando la persona se iba no tenía ni puta idea de cómo armar los detalles para conocer la respuesta. Todos se iban con cara de no haber entendido nada. Sin embargo, él tenía la amabilidad de contestar. Yo como buen diariero si la pregunta no estaba antecedida de un buen saludo decía que no sabía. Siempre que las personas seguían su rumbo, Fabi se cagaba de risa y decía cosas como “no entendió nada”, “se va a perder este nabo” o “no va a llegar un carajo” y nos matábamos de risa. Jamás le escuché un mal modo con alguien. Tampoco le escuché un reproche a la sociedad. Cada tanto se quejaba por la miserable pensión y por los trámites inagotables para acceder a otra. Pero en algún punto de su inconsciente le habían instalado eso de que había estado cumpliendo su deber. Para él era normal el hecho de que un colectivero estuviera manejando el colectivo, un médico recetando algo para un resfrío y unos pibes de veinte años, cuanto mucho, se estuvieran baleando contra un ejército profesional. Los ingleses vinieron en su mayoría con los mencionados Gurkas, tipos extranjeros que luchaban por un sueldo y la ciudadanía inglesa. Unos matones con hambre que darían todo por cumplir su misión porque no tenían nada que perder como los que te muestra Hollywood. Pero entrenados y apoyados con toda la maquinaria de un ejército con cientos de años de historia, de una historia que los supo tener como imperio dominador del mundo. Detrás de nuestros pibes, que estaban cumpliendo un servicio militar obligatorio, se encontraba un ejército que sólo había levantado las armas contra su propio pueblo.

Para los tipos como Fabián no alcanzan las conmemoraciones. Obviamente para los caídos en la guerra tampoco. Oficialmente tenemos un feriado el dos de Abril. El día del desembarco argentino en las islas. Día nefasto si se puede especificar uno. El día que se ejecuta la decisión de un borracho apañada por un pueblo ciego. El día que se conmemora lo de Malvinas suele olvidarse que en realidad es el día de los veteranos y caídos en la guerra. La verdadera conmemoración será el día en que como pueblo recordemos a los caídos dándole dignidad a los sobrevivientes. La velocidad y la inmediatez de lo cotidiano deberían detenerse y postergarse para que la vida de ellos no pase inadvertida delante de todo el resto. Mientras tanto siguen siendo sólo simples banderas en los balcones que como cortinas tapan la indiferencia. Indiferencia que tenemos más allá de que todos tuvimos o tenemos la experiencia de haber conocido alguna persona que estuvo en la infame guerra. Con poco más de sesenta años, el héroe con el que me tocó toparme, murió antes de tiempo para su naturaleza humana pero luego de vivir jubilado como la lógica social indica.

No fue una puñalada, no fue la droga, ni fue la gripe. Fabi enfermó de muerte en Malvinas y no le tuvimos lista ninguna medicina, ni siquiera para paliar un poco el sufrimiento.

 

Sergio Delbreil

Okupas: Adios y buena suerte.

Ricardo-¿Esta ciudad, qué tiene para ofrecerte?

Como una metáfora violenta del país, la serie Okupas tiene como primera escena un desalojo. Un oficial de justicia a viva voz dice en una calle del barrio de Congreso:

 

“En mi carácter de oficial de justicia presentando al juzgado civil número cincuenta y cuatro, secretaría única a cargo del Dr. Pelais, por ante los autos y vistos de la resolución que ordena el presente mandato me constituyo frente a ésta finca cita en el pasaje Rivarola 4221 de la capital federal  a efectos de intimar a los ocupantes de la misma para que procedan a desalojar el inmueble por su propia voluntad(…) Caso contrario de acuerdo a lo resuelto en la causa número 72.903 del corriente año se procederá al uso de la fuerza pública.”

 

Alguien desde los balcones de la casona a desalojar grita un largo:  Putooooo.

Y así comienza la mejor serie de ficción que se ha hecho en éstas tierras. Con un desalojo violento, una Opera  con la voz de Pavarotti como cortina musical y un joven Ricardo Riganti que duerme hasta que su abuela los despierta a todo volumen. En la argentina no hay nada porque despertar, finalizaba el año 2000 y hasta la clase media lo sabe. Pronto el país estallaría en mil pedazos, había que desalojar. 

La serie irrumpe con la fuerza de una obra artística que destrozó el paradigma de las ficciones que hasta ese momento en su gran mayoría reflejaban un costumbrismo aséptico, sin política de por medio, familia unida y gente de trabajo. Jamás se mostraba el mundo subterráneo, salvo excepciones como la película Pizza, birra, Faso y algún que otro unitario. 

Okupas rompe los moldes y nos identificó a nosotros jóvenes rolingas, cumbieros y marginales. Walter, El  Pollo, El Chiqui, Ricardo. Cuatro jóvenes terrenales, en contraposición con la estética juvenil crismorenista de chicos bien. 

Fueron once capítulos de golpazos de realidad y una banda de sonido impresionante: Sumo; Pappo; Manal; Almendra; Vox Dei; The Beatles; Rolling Stones. Imagen y sonido en perfecta amalgama. Cada uno tendrá su escena, pero cuando a Ricardo lo viene a buscar la policía y él intenta escapar por los pasadizos subterráneos del caserón, primero suena “Jugo de tomate frío” y en el desenlace de la escena una corrida rabiosa con “Because”, sencillamente memorable. Tanto es así que al parecer uno de los impedimentos para que la serie salga en Netflix es el tema del pago de los derechos musicales, tal como afirma Bruno Stagnaro director y guionista. 

 Personalmente no recuerdo quién me la recomendó o si la ví en la primera o segunda de sus emisiones. Fue un boca a boca impresionante, una ficción, una serie por fin hablaba de nosotros. Más allá de la cuestión de la identificación o representación, Okupas perdura en nuestro inconsciente colectivo generacional. Para buena parte de nosotros treintañeros, si alguien evoca a un rolinga, posiblemente vayamos a la escena de Walter y sus clases de baile a Chiqui. Si algo nos produjo horror y miedo nos remontamos a  Ricardo en el Docke: el negro Pablo y una vieja riendo, tomando birra y fumando. Aterradora escena de violación.

Mientras las ficciones argentinas se empeñaban en reconstruir una imagen de sociedad que ya no existía, Okupas nos hizo llorar, reír y entender que no hay finales felices, la muerte del Chiqui tuvo mucho que ver con eso. Okupas tuvo mucho que ver.

Carlo Magno

El viejo y las palomas

  El viejo apenas diferenciaba el día de la noche dentro del departamento oscuro. Le daba lo mismo el almanaque. Pero si algo conservaba de su vida en el penal, además de la obsesión por el orden, era la depresión de los  domingos.  La amargura empezaba cuando olía el caramelo de las garrapiñadas que vendían en la plaza. Entonces se imaginaba a la gente caminando sin apuro por Callao, y el disgusto le tensionaba  las venas verdes que sobresalían de sus sienes.

   A él nunca lo había apenado el encierro, excepto los domingos, claro, cuando los otros se ponían locos después de las visitas y los suicidios alborotaban la rutina. Él repetía: “la cárcel es el lugar para la gente incomprendida”.

   Desde que le otorgaron la prisión domiciliaria, lo obligaron a vivir en ese monoambiente lleno de humedad que habitaba ahora.

  ─ Mire doctor, a mí no me importa seguir así ─ le había dicho al defensor oficial.

  ─ ¿Usted se quiere morir acá? ─ El abogado dio por terminada la conversación.

  En contra de su voluntad, se acomodó como pudo. Le repugnaba el lugar. Todos los días había gente cortando el tránsito de las avenidas. Los gritos de la muchedumbre y el ruido de los bombos subían desde la calle y él se cocinaba en su propia rabia.

  Tenía prohibido salir; tampoco lo deseaba. Los lunes a la mañana alguien le dejaba en la puerta una bolsa con arroz, fideos y algunas conservas como  para no morirse de hambre. El viejo le pasaba por debajo de la puerta una lista de mercaderías para la próxima semana. Además de alimentos, él pedía productos de limpieza y desinfectantes. También ácidos para limpiar el baño y los pisos.

  En la cárcel, por lo menos, hablaba de vez en cuando.  Con los reclusos comunes no.  A esos los despreciaba. Los que entraron con él ─“mis compañeros de promoción”, como le gustaba llamarlos ─ se fueron muriendo.  Pero los carceleros a veces tenían ganas de escucharlo, entonces  podía explayarse y recordar los viejos tiempos.

  A poco de instalarse, la vecina del departamento de al lado le tocó el timbre. Él se sobresaltó y la atendió por la mirilla sin abrir la puerta. La chica tenía el pelo violeta. El viejo se restregó los ojos y volvió a mirar.

  ─ ¿Qué quiere?

  ─ Ah… qué tal soy Vanesa, del “B” le quería pedir un favor. ─ La chica no se intimidó.

  ─ No sé en qué la puedo ayudar. ─ Las palabras no le salían fáciles.

  ─ Mañana tengo que viajar, voy a estar afuera dos semanas. A lo mejor usted puede desde su balcón regar mis plantas  y llenar el recipiente de comida para las palomas. Yo le acerco todo a su baranda para que no se tenga que estirar tanto. ─ Vanesa, muy segura, levantó la mano hasta la mirilla y le mostró un paquete con alimento balanceado.

  Al viejo no le quedó más remedio que entreabrir la puerta. Ahora podía ver a la chica de cuerpo entero. Vestía un pullover agrandado por el uso que le hacía juego con el pelo y un pantalón verde loro que arrastraba por el piso. Por más que quiso, no pudo reconocer la silueta de una mujer en ella. Agarró la bolsa mecánicamente.

  ─ Gracias señor. ─ Vanesa le dio un beso sonoro en la mejilla y desapareció.

   Él se quedó paralizado de estupor. Ahora entendía el origen de las palomas que ensuciaban su ventana. ¡Cómo lo obsesionaban! Las de su infancia eran palomitas de un blanco inmaculado. Recordaba que en su libro de lecturas de primero superior casi siempre llevaban una ramita de laurel en el pico. Las de ahora se empecinaban en ser oscuras, cuando no de un indignante tono casi marrón. Malograban sus siestas con arrullos vulgares, sin encanto. Arruinaban la ropa colgada al sol.

Unos días después, no obstante, reconoció que a partir del pedido de su joven vecina, se mantuvo bastante ocupado. Hasta se sintió agradecido.

  Un domingo  mientras padecía la agonía de las horas que no pasaban nunca, se sentó en el único sillón raído que tenía. Al rato, quiso estirar las piernas y salió al balcón estrecho. Se arrepintió enseguida. El aire frío se hacía sentir en la altura. Al darse vuelta para volver a entrar, vio a la primera. Estaba muy quieta en el piso. Inmóvil. No parecía estar empollando ni nada parecido. Esperó a que reaccionara. Una leve excitación lo llevó a la cocina donde se sirvió un té de tilo. Había suspendido el café y el mate pero igual el agua tibia del té le horadó las tripas como si fuera lava hirviente cayendo  sobre la nieve.

  Ya no podía mantenerse sentado, caminaba en círculos, cada vez más nervioso. Buscó sus anteojos maltrechos a los que les faltaba una patita para examinar el cuerpo inerte de la paloma. El viejo no le sacaba la mirada de encima. Con el palo de la escoba la dio vuelta. Un ligero hilo de sangre le salía por el pico. No aguantó la ansiedad  y decidió que tenía que salir a la calle. Valía la pena exponerse. No le importaba un carajo que lo delatara la pulsera magnética que le habían puesto para que no se escapara. Abrió la puerta y enfiló para las escaleras. Llevaba un jogging  gastado y pantuflas de franela. A medida que bajaba, el aire se le hacía más denso. En el tercer piso se tuvo que sentar en los escalones para recobrar el aliento. Por fin llegó a la planta baja. Eran las seis de la tarde, la hora que él más odiaba. En la vereda, otra paloma aleteaba entre espasmos. Una madre y sus dos mellizas estaban arrodilladas en círculo alrededor de ella. La señora no dejaba que las criaturas la tocaran.  Las nenas lloraban a los gritos: “Mami, ¿Qué le pasa? Vamos a llevarla a casa pobrecita”. Él las esquivó, caminó hasta la plaza del Congreso y ya no tuvo dudas: un tapiz de plumas coloreadas con grises infinitos palpitaba sobre las vereditas y el césped. La gente escasa se horrorizaba e intentaba rescates de improbable éxito.

  Satisfecho, el viejo se encendió de alegría y el cielo dominguero que ya se tornaba de un violeta abrumador, se desplegó para él como un prodigio de  tonos esperanzadores.

Por fin, la mezcla venenosa que con tanta fe había esparcido desde el balcón de la vecina, empezaba a hacer su trabajo.

Graciela De Mary

Casaca

“Pela, cuando puedas escribime. Tengo un dato increíble”. Cierra el mensaje y bloquea la pantalla del celular. Vuelve a poner la vista en la ruta. Sabe que en unos minutos va a perder la señal. Una buena excusa para no responder.

Antes de las siete llegará a Salta, descargará la mercadería, pasará la noche en el hotel de siempre, volverá a cargar el camión al día siguiente y seguiría camino.
Su amigo Mario suele tener datos que prometen ser increíbles, pero la realidad es que la ciudad de Bahía Blanca no tiene demasiado que ofrecer a un coleccionista. Le responderá mañana. Mario, que puso un maxikiosco con la plata de la indemnización que le pagaron cuando lo echaron del Musimundo de Bahía Blanca, es el único de sus amigos de la infancia que se quedó en la ciudad y con el que Andrés no perdió contacto. Viven a una distancia razonable para la amistad.
Esa noche en la pieza mugrosa de un hotel mugroso en una mugrosa calle de Salta, Andrés tiene un sueño que al día siguiente cuando hable con Mario creerá premonitorio. Se encuentra caminando en las cercanías del estadio Azteca. La multitud que camina hacia la cancha lleva banderas argentinas. Es el veintidos de junio de 1986 y él, a diferencia de los demás, sabe lo que va a pasar. Se apura por ingresar, pero cuanto más rápido pretende caminar, más imposibilitado está para levantar las piernas. Pesan una tonelada. Grita, pero nadie lo escucha. Jorgelina, la chica que le gustaba cuando iba a la primaria, pasea del brazo de su padre. Todavía tiene diez años y se burla de él. Frente a un estacionamiento del estadio hay una pantalla gigante en la que Mauro Viale se prepara para relatar el partido, siempre a punto de comenzar. Se despierta cuando el árbitro está a punto de dar comienzo al encuentro y él todavía no ingresó al estadio.
Despierta bañado en transpiración. Andrés se mira en el espejo de la pieza mugrosa de un hotel mugroso en una mugrosa calle de Salta. Está viejo y pelado. Se pega una ducha y se mete de nuevo en la cama deseando no volver a soñar.
*

Tres meses después de que falleciera su abuela, cuando Andrés comenzó la mudanza, su madre le dijo que la habitación del fondo podría ser acondicionada para recibir a un bebé. Que ella deseaba ser una abuela joven. Pasaron los años, Andrés no formó pareja ni tuvo hijos. La habitación del fondo de la casa que fuera de su abuela está destinada a sus colecciones. Las estanterías ocupan las cuatro paredes, desde el piso al techo. Se enorgullece de algunos de sus tesoros, como la que usó Emanuel Ginóbili el día de su debut en Estudiantes de Bahía y la que supuestamente vistió René Orlando Houseman contra Italia la Copa del Mundo de Alemania 1974.
Mientras esperan sentados en el cuarto de las colecciones a que el pibe del delivery toque el timbre, miran un programa sobre narcotraficantes centroamericanos en Nathional Geographic.
-¿Cómo no va a ser posible? Es posible. En realidad, yo estoy convencido.
Andrés se ríe, igual que cuando leyó el mensaje mientras estaba de viaje.
-Vos estás loco.
-Cierra por todos lados.
-No cierra nada. Es la pavada más grande que escuché en años.
De todos modos, duda. A pesar de que Mario ya dio muestras de tener una imaginación desbocada, en el fondo tiene una duda pequeña que empieza a crecer. ¿Y si su amigo tiene razón? Desde que son chicos se meten en problemas gracias a la imaginación de Mario.
-La vieja esa, la inglesa, tiene el tesoro más preciado para cualquier argentino futbolero. Pensalo, Andrés: ¡LA CASACA!.
-¿Vos decís que la camiseta está en Bahía Blanca?
-Pero claro hermano, es eso lo que te estoy diciendo.
Mario se recuesta en su silla y con la punta de su lengua escarba entre los dientes. Se acomoda la gorra. Desde que se conocieron a los doce años Mario siempre usó gorras con visera.
-Dentro de una semana llega este tipo.
Arroja sobre la mesa un recorte de diario y posa su dedo índice sobre la foto.
-Hoyt McKinney. Empresario agropecuario yanqui. Viene a la Argentina y va a pasar un día en Bahía. Algo relacionado con Ginóbili, la Unesco y el club Estudiantes de Bahía. Van a hacer un evento a beneficio. El tipo este tiene inversiones en clubes y jugadores de NBA. En el último párrafo de la nota dice que es uno de los mayores coleccionistas del mundo.
Andrés toma el recorte en sus manos. La foto que ilustra la nota muestra al empresario Norteamericano rodeado de camisetas de distintos deportes, épocas y nacionalidades.
-Vos en unos días volvés a salir a la ruta con el camión, así que esta misma noche vamos a hablar con Hilario.
Andrés se tapa la cara con ambas manos y se pregunta si realmente va a seguir a su amigo en esta locura que le está proponiendo. Sabe que sí. Ya lo hizo mil veces desde que eran chicos. Terminan la pizza y van en busca de Hilario Duribelarrea, dueño de la inmobiliaria Duribelarrea Hermanos. Hilario es hijo único. El “Hermanos”, supone, le da mayor seriedad al negocio. Lo encuentran borracho como cada noche en la barra del bar El Tunel.
-¿Cómo le va al mejor ala-pibot que pisó el campo de juego de Estudiantes?
Siempre que se encuentran con el empresario inmobiliario sucede lo mismo. Mario dice la misma frase, recibiendo como respuesta de Hilario que jugó toda su vida de base vistiendo la camiseta de Olimpo. Mario no le presta atención. El ex jugador de basket se agacha para saludarlos y señala una mesa. Duribelarrea, que mide un metro noventa y dos, suelta la lengua con facilidad. Después de endulzarlo para que cuente alguna que otra anécdota sobre su negocio, Mario va al grano.
-Contale a Andrés la casa que le alquilás a la vieja inglesa esa.
-Miren mi vaso, muchachos. Está vacío -dice Hilario. Levanta la mano para llamar al mozo. -Así no se puede.
Una vez que su vaso se llena de cerveza, empieza a hablar.

-Piensen un poco muchachos. Esa vieja vino a buscar fiesta argentina y sabe que Bahía tiene los mejores machos del país. -Hilario festeja su ocurrencia vaciando el vaso de un solo trago- Yo soy un tipo discreto, -dice el ex jugador de basket.
-¿Qué edad tiene la veterana?, -pregunta Mario, con tono pícaro.
-Sesenta y tres.
-Es una abuela
-Los sesenta de ahora no son los de antes, muchachos. La inglesita está en buen estado.
-¿Cómo dijiste que se llama?
Hilario corre la silla como para levantarse. Deja dos billetes sobre la mesa. Parece un rascacielos en medio de un terremoto. Andrés se pregunta cuanto habrá tomado antes de encontrarse con ellos. Se sostiene aferrándose a la silla.
-Emma Hodge. Muchachos, les encargo, -dice el empresario inmobiliario, señalando los billetes que dejó sobre la mesa mientras camina tambaleante hacia la puerta.
-¿Vos escuchaste, Andrés? El mismo apellido que el jugador inglés que se quedó con la casaca. -Mario se sirve lo último que queda de cerveza. Los billetes que dejó Hilario Duribelarrea todavía descansan sobre la mesa- La vieja no alquiló cualquier casa, alquiló una con caja fuerte, lejos del centro.
Andrés ríe de los nervios.
-Supongamos que sí, que esta vieja es la madre, la esposa, la tía o cualquier otro familiar de Steve Hodge. -Andrés habla pausado buscando tranquilizarse- Supongamos que esa señora que le alquiló la casa a Hilario tiene la camiseta y vino a la Argentina para hacer el negocio de su vida. Para venderla a un empresario yanqui. Supongamos que toda esa locura es cierta. Hay dos cosas que te quiero preguntar, -continúa Andrés- ¿Por qué van a venir a Bahía Blanca a hacer toda esa movida?
-Tirá los dos tiros juntos que yo te los atajo sin problema?, -dice Mario.
-Si es así, si la tiene la inglesa: ¿Qué pensás hacer?
*

Como buen coleccionista Andrés conoce a la perfección la trayectoria de la casaca, el tesoro más preciado para un coleccionista futbolero argentino.
La leyenda comienza en un taller de costura en un pueblo de Francia a fines del mil ochocientos. Al comienzo del siguiente siglo ese taller comienza a fabricar ropa deportiva. Para la década del sesenta aquella pequeña marca con un gallo como logo, ya vestía a varios de los atletas más importantes del país. Le coq Sportif empieza a ser una de las empresas de ropa deportiva más importantes del mundo. En 1966 hace una alianza con la alemana Adidas. En 1979 firma un contrato con AFA que se extenderá por el plazo de diez años.
La otra mitad de la historia comienza en el policlínico Evita, del partido bonaerense de Lanús, el treinta de octubre de 1960. Ese día nace el quinto hijo, primer varón, de una pareja correntina. Se cría en Villa Fiorito, un barrio popular del sur del Conurbano. Cuando un amigo lo lleva a probarse en el club Argentinos Juniors, los que lo ven piensan que es un enano que se hace pasar por un nene de nueve años. Debuta en primera a los quince. Es goleador de los torneos Metropolitano de 1978, Nacional y Metropolitano de 1979 y Nacional de 1980. Lo transfieren a Boca Juniors, equipo del que es hincha y donde sale campeón en 1981. Un año más tarde viste la camiseta del Futbol Club Barcelona. Gana una Copa del Rey, una Liga de España y la Supercopa. La relación con el club catalán no termina bien y el joven morocho de rulos da un golpe inesperado de timón y se va a jugar al sur de Italia, a la modesta Società Sportiva Calcio Napoli para convertirse en leyenda. Hasta que en 1986 comienza a rodar la pelota en México.
La camiseta titular de la selección argentina para la Copa del Mundo de 1986 la fabrica Le coq Sportif. Tiene un diseño moderno. Liviana y con orificios minúsculos que permiten que la transpiración se seque más rápido. Sin embargo, esa tecnología se utiliza solo para la indumentaria titular. El calor y la altura en que se juega el torneo hacen que la tradicional camiseta suplente azul parezca pesar toneladas. En los días previos al partido por cuartos de final, el entrenador Carlos Salvador Bilardo manda a sus ayudantes a la calle a que consigan camisetas azules más livianas. El partido no es uno más. Se enfrentan Argentina e Inglaterra, apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas. El conjunto sudamericano disputa el partido más importante de su historia con un juego de camisetas compradas por los asistentes de Bilardo en una tienda de deportes en la Ciudad de México. La tela es de baja calidad y en distintos tonos de azul brillante. El gallo de Le coq Sportif está mal hecho y sobresale del triángulo tradicional del logo. Los números son plateados y de fabricación casera.
La primera parte del encuentro termina en paridad. A los cinco minutos del segundo tiempo Olarticoechea le da la pelota al capitán de su equipo, que inicia los minutos más legendarios del futbol mundial.

Steve Hodge, mediocampista inglés surgido del Nothingam Forest, será uno de los espectadores privilegiados de dos goles épicos, que se verán una y otra vez hasta el hartazgo en las televisiones y en las computadoras de cada hogar argentino.

Cuando el árbitro tunecino dicta el final del partido todos quieren la camiseta recién besada para las cámaras por el mejor jugador de la cancha, el diez argentino, que en ese momento es rodeado por un huracán de gente. Hodge hubiera querido irse lo más rápido posible, pero lo demora una entrevista para la televisión inglesa. Los equipos tienen salidas del campo de juego separadas. Sin embargo, los túneles se unen antes del ingreso a los vestuarios. Allí encuentra al tipo que los abochornó, que ridiculizó a toda la selección inglesa. Steve Hodge estira su camiseta pidiéndole un canje. El jugador argentino acepta y después junta las palmas de las manos bajo el mentón en señal de agradecimiento. La leyenda entra al vestuario.

Hodge se queda con el tesoro más preciado. Viaja con él a Inglaterra. El mediocampista no lava nunca la camiseta. Sabe que vale una fortuna. Decide asegurarla. No tiene precio, pero le asignan un valor de 350.000 dólares. La camiseta duerme 16 años en el altillo de la casa de Steve Hodge en Nottinghan, hasta que decide donarla al National Football Museum en Manchester, un paraíso terrenal para los fanáticos de la historia del futbol. Sin embargo, esa maravilla que guarda el museo de futbol más importante del mundo podría ser una falsificación.

Al menos eso es lo que creen Andrés y Mario. Que la camiseta verdadera está en Bahía Blanca.

*

-Vos no entendés mi pregunta. Anoche le di vueltas para un lado y para el otro. No dormí ni un segundo. ¿Por qué en lugar de venir a Bahía Blanca, no la subastaron y listo?
-Evasión de impuestos. -Mario se acomoda la gorra- Los millonarios no pagan impuestos. Quizás vinieron a Argentina por el valor simbólico que tiene en este caso, aprovechando la visita del empresario yanqui. Los coleccionistas, vos lo sabés bien, son unos románticos.

Mario está fastidioso. El ruido de las suelas sobre el parqué y el sonido grave de los piques de las pelotas de basket contra el piso lo desconcentran. Intenta focalizar su pensamiento en el multimillonario gringo parado al otro lado del campo de juego. Hoyt McKinney habla con dos personas que parecen entrenadores del club. Un centenar de adolescentes corren en todas direcciones haciendo picar pelotas contra el piso. Las tribunas están colmadas. Una docena de fotógrafos se esparcen por los laterales.
-Mirá para allá, -dice Andrés señalando hacia uno de los ingresos. Rodeada por dos matones de traje, Emma Hodge camina hasta las gradas y se sienta como si fuera una espectadora más.

Hodge y McKinney abandonan juntos el estadio ni bien termina el evento.
-Vamos -se apura a decir Mario. Buscan el auto que dejaron a unas cuadras y se acercan hasta la salida del estadio, preparados para seguirlos. Mario maneja su Chevrolet Corsa a una distancia prudencial hasta la casa que la señora Hodge le alquila a Hilario Duribelarrea. Se abre el portón e ingresan los dos autos. El Corsa se estaciona en la esquina.

Mario abre la guantera y saca dos mamelucos. Tomaron los recaudos necesarios. Saben perfectamente quienes son los jardineros con lo que trabaja Hilario. En la semana los llamaron de parte de la inmobiliaria y les suspendieron el trabajo por una semana.
-Escuchame, ¿para qué carajo van a traer la camiseta hasta el culo del mundo?

-Ya te lo expliqué, Andrés. Impuestos.
-Pero es una camiseta. Y aunque valga una fortuna no es más que una camiseta. Podrían haber hecho la venta en Londres, en Nueva York, en Alaska o en Villa Crespo. Es lo mismo, total es una camiseta.
-Yo me voy a meter en la casa, aunque termine en cana.
La primera ventana que encuentran abierta en la planta baja da a una amplia habitación. Sobre la cama de dos plazas hay una valija gris. Tiene clave y ni siquiera intentan abrirla. En la manija lleva la identificación del aeropuerto: “H. McKinney”, entre otros datos personales y del vuelo En el bolsillo delantero hay una revista norteamericana sobre maquinaria agrícola. Revisan el cuarto, pero no encuentran nada. Se escuchan pasos al otro lado de la puerta. Se meten en el baño y se sientan en la ducha, con la cortina cerrada. Alguien entra, se baja los pantalones y se sienta en el inodoro. Los intrusos abren apenas la cortina del baño y ven a Hoyt McKinney hojear la revista en inglés sobre maquinaria agrícola, hasta que vibra su teléfono. Se apresura a buscarlo en el bolsillo de su pantalón arrugado junto a los pies.
Ni bien McKinney se levanta del inodoro, Mario le pregunta a Andrés  si había entendido lo que dijo. Andrés es el único de los dos que sabe inglés. Quiere hacer callar a su amigo, pero es demasiado tarde. Se abre la cortina y aparece una pared de músculos vestidos de traje, rapado y con anteojos negros. Mario lo escupe en la cara e intenta escapar, pero el tipo le da una trompada que lo arroga contra la pared. Andrés toma el duchador y lo golpea contra la sien del guardaespaldas, que cae sobre la bañera.
Hoyt McKinney, desde la puerta del baño y con una pistola en la mano, pide que nadie se mueva.
-¿Quiénes son estos tipos?, -pregunta el empresario ganadero.
Emma Hodge, desde la habitación, mira a su socio y, mostrando poco interés, agrega que probablemente sean simples ladrones de pueblo. Hace una llamada con su celular. Hay que deshacerse de esos dos tipos. Corta la comunicación y abandonan el cuarto.

Tienen poco tiempo. Quedan algunos puntos sin discutir en la negociación. Las tierras que están a punto de adquirir son demasiado extensas y no logran ponerse de acuerdo sobre algunos temas. Cuando esa noche se reúnan con el intendente y unos ministros para arreglar la compra, no deberán quedar cabos sueltos. Hay muchas cuestiones que atender y no quieren problemas con la gente del pueblo. Así es como cerraron negocios en otros países latinoamericanos.

Atado de pies y manos a una silla, Andrés le habla a su amigo para que se despierte.

-¿Dónde estamos?

-En un quilombo por tuya.

-¿Qué era lo que decía el yanqui por teléfono en el baño?, -pregunta Mario, después de meditar unos minutos.

-Hablaba sobre un negocio con unas tierras fiscales y del intendente de la ciudad.

-¿Y eso qué tiene que ver con la casaca?

Sebastian Pujol

Rosas Amarillas

¡Qué país generoso, viejo! Ni pagando conseguís que te hagan bien las cosas.  Mirá que les dije a los pelotudos del salón que el malbec no iba en la heladera. Probalo, esta frío. Y las minas que sirven  arrastran los pies, fijate,  parecen las azafatas del tren fantasma. Yo pago, loco, lo que me piden, por la guita no hay problema. Quería para Norma lo mejor de lo mejor. Cincuenta años cumple, y treinta que estamos juntos.

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Ella y Él

Para Diego.

El mundo tiene demasiados lugares olvidados. En uno de ellos, Estrella Roja jugaba un partido caldeado por la rivalidad barrial.

La cancha estaba casi a oscuras, se iba a la tarde y ella se fue a posar a los pies de él. Él tenía el pelo enrulado, la  sonrisa fresca y en sus ojos la chispa de sentirse ganador.

¡Un golazo!, ¡fue un golazo!, le dijo Goyo mientras trotaban al medio de la cancha con el partido ganado.

Ya era tarde, y mañana había que ir a la escuela.

Él la tomo en sus brazos, intentó limpiarla un poco para que no lo reten en casa, la miró ,  ella  era su felicidad. Ella sintió su amor eterno, su respeto y recordó todo lo que había buscado por los rincones del planeta y finalmente lo había encontrado.  Y era él, en ese pobrerío. Tenía que ser en él.

Dicen que ella le dio algo, un don. Él no lo supo en ese momento, pero lo intuyó años más tarde. Ella le dio un segundo más. Esa pequeña unidad temporal que define todo en el fútbol, algo negado para el resto de los humanos futbolistas.

Desde entonces, el siempre vio las jugadas antes, las patadas traicioneras, las intenciones de los rivales. Siempre un segundo antes,  que es más que una eternidad.

Fue todo tan vertiginoso desde entonces y él era parte del Olimpo. Las luces que enceguecen no lo dejaron ver con claridad, los amigos del campeón, las noches y los días pensando en volver al anonimato con su equipo Estrella Roja.

¿Creyó tal vez, que ese segundo de más,  que esa extraordinaria capacidad la tenía en todos los espacios de su vida? La vida que primero golpea y después enseña, le confirmó que sólo la tenía en la cancha y por eso cometió errores, se lastimó y sufrió. Como todos.

Por precipitarse, por ingenuo, por ser humano, en el tiempo que le corresponde, sin ninguna alteración, y con pocas respuestas. Lo vieron llorar por eso, y como en todo amor pasa alguna vez, intentó odiarla. Pero no podía, ella lo había hecho tan feliz.

Como ayer la acarició y recordó tantas cosas hermosas que habían hecho juntos. El Azteca era un hervidero. Él se vio nuevamente en el barrio, su carga había desaparecido y jugó como siempre lo habían hecho, en una unidad perfecta, con un dominio absoluto; nuevamente fueron uno: ella y él.

Carlo Magno

Los odio caretas.,

Estoy bajando a laburar. La escalera mecánica me lleva. Esos sesenta y cinco segundos sobre la escalera mecánica son mi careteada del día. Me siento parte.

Siempre me hizo ruido eso de que estemos en la estación de subte, debajo de la superficie de la ciudad, pidiendo. O sea, hablo de que somos pobres. Menos que pobres, estamos debajo de todo, dependemos de las migajas que caen de la mesa de la gente, no sé si me explico. Los ricos vuelan aviones y andan en sus propios autos. Para nosotros, un avión es solo un pájaro más que vuela en el cielo; y los autos, solo una ventana que no siempre se abre, un no constante con el dedo índice. No sé si me… Bueno, no importa. Estoy pensando boludeces de nuevo. Mi mamá ya no quiere escucharme, dice que soy un tremendo dolor de bolas.

Son las tres de la tarde, y seguramente esté laburando hasta las once, con mi caja repleta bajo el brazo. Ya nadie me compra.

Recuerdo cuando era un adorable nene mendigo con cara de patito y todos me compraban por lástima . Los ojos rasgados, la mirada perdida por el hambre. Recuerdo a mi mamá el primer día que me dio la caja y me metió al subte b. Creo que eran caramelos con una notita que decía que yo no tenía para comer, y si usted sería muy amable de sacar dos deditos de su burbuja, dos deditos sosteniendo alguna moneda de veinticinco centavos, para ayudarme a mí y a mis hambrientos hermanos. Nah, no decía así. La nota tenía la sencillez y la sumisión exacta para provocar que la señora rubia teñida volcara toda su bondad como un balde de agua en la vereda sucia. Pero estoy divagando de nuevo. Bueno, a quién le importa. La cuestión es que entré en el subte cagado hasta las patas. El vagón estaba semi vacío. Caminé lentamente con la mirada en el suelo, dejando la notita y el caramelo en los regazos de los pasajeros. En un momento miré a los asientos y me di cuenta de que un flaco de unos treinta años me miraba con una sonrisa triste, lo que se dice compasión. Extendió su mano con un billete de dos pesos. Yo me acerqué, agarré el billete y le tiré un gracias bien bajito mientras le ofrecía el caramelo. Con un ademan benevolente me dijo que no, que me quedara con mi basura, y no se dio cuenta de que con ese acto de querer remarcar su caridad, me estaba condenando a un rato más en esos vagones de mierda, tratando de vender el caramelo choto ese, la concha de su madre.

Perdón, estoy perdiendo el hilo de mi reflexión, mientras bajo a tomar el subte, con mi caja llena de lapiceras y fibrones que tengo que venderles a los culo roto de esos estudiantes con barbita que aprietan su celular cuando paso. Perdí el hilo de nuevo. ¿En qué estaba? Ah, sí. Vendía muy bien cuando era un nenito cara de patito. Los labios gruesos, la piel oscura y los ojos rasgados y negros; el pelo revuelto para cortar el viento y ropa vieja que me quedaba grande. El look perfecto en el momento exacto de la vida para despertar la compasión de la señora blanca con su hijo cara de patito blanco que me miraba como a un bicho amenazante, agarrado de las piernas de su mamá. Yo sabía distinguir ese gesto tolerante , ese imperceptible movimiento del labio superior de la gente al sentir mi olor a grasa en el pelo. Pero funcionaba. Era un niño desamparado, con hambre, con cachetes pegotes y ojos tristes, lástima de todos y culpa de nadie.

Vayanse a cagar, manga de caretas, ustedes y sus libros en la mano.

A pesar de que el hambre te achica, te empequeñece, uno es obligado a crecer, a pegar estirones chuecos y desgarbados. Yo empecé a crecer. La fealdad me empezó a transformar la cara, mi ceño se enfurruñó para siempre y un bigote precoz empezó a decorarme la boca. Yo seguía subiendo a los vagones para laburar. Pero la cosa se empezó a poner difícil. La gente empezó a mirarme con recelo, o con desprecio. Se sacaban con bronca las lapiceras cinco por veinte que les dejaba en las rodillas o me espantaban con un enérgico y mudo no. Comprendí que mi silencio ya no servía. Entonces comencé a practicar un mini monólogo lastimoso.

Señoras y señores, vengo aquí con la mayor de las humildades a pedirles alguna moneda para llevarle la leche a mis hermanitos porque mi mamá se murió aplastada por una máquina en una metalúrgica y ustedes me deben, hijos de puta, ustedes que reclaman agitando sus impuestos pagados. Ustedes que acentúan sus derechos, con su pasividad clasista tan conveniente para ustedes. Sí, ustedes, ustedes, ustedes que me odian por aparecer de pronto a pedirles ayuda. Ustedes enamorados de los poderosos. Ustedes que festejan y piden nuestra muerte. Debería quedarme en la inexistencia y morirme ahí, ¿no? O ir a buscar laburo de verdad, un laburo para negros como yo. Sí, ustedes me deben.

Mi mamá no murió. Anda por ahí tirada, drogada y borracha. La vida le dio la piña definitiva cuando mi hermano menor se murió por el paco. Yo más o menos sigo. Aunque si te digo la posta, no siento adentro mío más que bronca y odio. ¿Qué puede sentir si no alguien a quien obligan a no importar, a no existir?

Pasé por un Santander Río mientras caminaba a Rosas. Una vieja salió del banco con la cartera bien sujeta y con una mirada que la delataba. Yo desde la nada me convertí en alto observador. Me di cuenta que sacó plata.

Seguí mi camino, reflexionando boludeces y me olvidé de la vieja hasta que la vi bajando conmigo en la escalera mecánica. Ella vio que yo la vi y los ojos se le llenaron de miedo. Vieja de mierda. Claro, ¿ Qué hace un negro sucio y pobre con su vida si no es pedir o delinquir? Seguramente la vieja rogó que yo no sea más que un pacífico mendigo o un grone salido de la granja de rehabilitación a vender revistas.

Me acerqué bruscamente cuando ella se distrajo tomándose un recreíto de su miedo. Frente a ella le agarré la bolsa y tiré sin la fuerza suficiente. Su cara se llenó de un horror inconcebible y los brazos viejos se cerraron instintivamente sobre su bolsa. Seguro tenía una buena guita.

Es sorprendente la fuerza que puede tener una vieja asustada. La suficiente como para demorarme y despabilar a los primeros justicieros. Sentí un tirón desde atrás y caí al suelo. La primera piña no la sentí. La segunda dolió como la puta madre.

Un monstruo de diez piernas y veinte brazos me da la paliza de mi vida.

“Negro de mierda, mátenlo”

“Hijo de puta, hay que darle un balazo en la cabeza”

“Te vamos a matar, negro cabeza”

Cómo se les cae la careta, la concha de sus respectivas madres. Mi única defensa es reírme desquiciadamente con la boca roja y putearlos visceralmente, decirles a los gritos que los odio. Yo también tengo una careta, me la saco y les deseo la muerte, hijos de puta.

La patada que me durmió sonó en mis sueños. No sé si voy a levantarme.

Juan Zirpolo

Mosca de bar

“Porque vos sos una mosca de bar /
porque la vida es un bar”
Tema “Mosca de bar”, de 2 Minutos.

Una conversación que toca los setenta años del peronismo (1945-
2015).

El ruido en la Avenida Corrientes no lo inmuta. En realidad, no podría vivir sin él. El desfile de rostros cansados, que arrastran mochilas pesadas o valijas o bolsos de mano y emprenden el regreso tardío a sus casas no perturba su serenidad, pese a que muchos le chocan el hombro, o una rodilla. Murmura para sus adentros pero sin perder la calma. Y ve a muchos que se cuelgan en colectivos abarrotados de gente en la urbe porteña, que a duras penas avanzan por el tránsito impiadoso. Menos mal que dejé el auto en la cochera, se dice. Acá no hay donde estacionar. Carlos camina sin pensarlo hasta el bar de la intersección con Medrano. La humedad invade el aire. Pronto tendrá que llover, piensa. Siente las piernas entumecidas y que cada movimiento le cuesta el doble. Y se pregunta cómo a Tito se le ocurrió organizar esto un viernes a la noche. Podía haber sido el sábado, el domingo al mediodía. Considera que quizás mejor se hubiera quedado en la casa. Lo llamaba a Tito y le decía que había tenido una recaída de la gripe. Pero no, es lindo encontrarse con amigos y hablar de fútbol, minas y política. Ahí nomás, el letrero luminoso del local que se distingue sobre la espesura y la oscuridad. 

¿Habrá llegado Tito? ¿Y el Cholo? 

Antes de entrar al bar, Carlos relojea desde la ventana si hay alguien sentado en la mesa de siempre. Hay alguien, pero no alcanza a distinguir quién es porque el vidrio está un poco empañado o porque ya no ve mucho. Abre la puerta y entra. El mozo de siempre lo saluda.

-Hola, Charly. ¿Cómo le va? 

-Bien. ¿Cómo va usted? 

-Muy bien. ¿Cómo anda su mujer?

-Bien, muy bien amigazo. 

-Me alegro mucho. Siéntese que ya les llevo algo para picar.

Se abre paso y sus ojos reposan en la mesa de siempre, la que les reservan todos los fines de semana, a veces los viernes, a veces el sábado. Y reconoce a Nacho.

-Chaaaarly. ¿Cómo andás viejo?

-Bien. ¿Hace mucho que estás?

-No, cinco minutos. Estos son siempre igual. Me dijeron a las nueve, ¿a vos te parece? Se ve que las jermu los tienen cagando y no los dejan salir así nomás, ¿eh?

Charly asiente con una sonrisa. Junto a la mesa, el televisor del bar muestra un fondo de pantalla roja, donde se suceden noticias de asaltos y homicidios.

-Mirá, esto es un desastre. ¿A vos te parece? En este país así no se puede más. Mirá esa noticia, a un tipo lo mataron para sacarle la bicicleta. ¡Una bicicleta! No era que el tipo llevaba guita, nada. Se le arriman unos pendejos y lo liquidan. Esto es una joda – arquea las cejas Nacho.

Charly se dice que es muy temprano para empezar a discutir.

El bar comienza a poblarse de gente. Afuera empieza a caer una espesa llovizna, que moja y empaña los vidrios.

-Ahí están – dice Charly señalando con el vaso de vino tinto hacia la puerta entreabierta, por donde pasan Tito y el Cholo.

-Hola, camaradas. ¿Cómo andan?

Charly y Nacho se paran y dejan la mesa huérfana por un momento.

-Bien. Por fin llegaron.

-No nos esperaron, ¿eh? – ríe Tito señalando la botella de vino, que está por la mitad.

-¡Cómo chupan, viejo! Y ni siquiera pedimos la picada todavía.

Se sientan los cuatro en la mesa de siempre. Alzan la mano, el mozo se acerca.

-Hola ¿cómo andan? ¿Qué se van a servir?

-Traé algo para picar.

El mozo se retira presuroso. El televisor continúa mostrando con fondo de pantalla roja los robos y asesinatos, con la misma frialdad y rutina que si se tratara del servicio meteorológico.

-¡Cómo les encanta vender morbo, flaco! Estos tipos son unos hijos de puta, filman cualquier cosa. Porque a los giles les gusta – comenta el Cholo, mientras unta un pan con manteca.

-Y sin embargo, vos mirás – le replica Nacho mientras arregla el mantel que está arrugado en su sector de la mesa.

-Y sí, miro. Pero al pedo. Pedile que ponga el partido.

Al ratito, el mozo cambia el canal y sintoniza el partido. Juegan Racing y Arsenal.

-Ahora sí estamos viendo algo muy productivo, fútbol. Para tapar las cosas que pasan no está mal –afirma tajante Nacho.

-¿A qué te referís con tapar las cosas? – indaga Charly, con tono desafiante.

-A la inseguridad, flaco. Uno puede taparla de mil maneras, por ejemplo viendo este partido que no le interesa a nadie. Mientras, afuera se viven cagando a tiros por nada. Están los pendejos que piden en la calle, que te limpian los vidrios del auto sin que les pidas. Todos nos acostumbramos al delito y mientras gritamos goles.

-Ahí está el facho. Nunca cambiás, Nacho – certifica Tito.

-Pero qué facho ni ocho cuartos. Yo lo que pido es que se cumpla con la ley, no puede ser que estacione el auto acá a la vuelta y venga un tipo que se ofrece a cuidármelo, y que le tenga que dar una moneda porque si no me lo rompe. ¿Me entendés? Los trapitos hacen lo que quieren, son los dueños de la calle. 

-Sí, sos un facho, Nacho. Te escucho y cada vez me convenzo más. Está bien, pedile al mozo que ponga Crónica de nuevo, así cenamos viendo degollados o gente llorando – dice Tito tirándose hacia atrás y haciendo rechinar la silla.

-Está muy bien lo que decís, Nacho. A todos nos gusta la legalidad, si no nos dedicaríamos a chorear o a vender droga. Pero vos olvidás que esos tipos no tuvieron nuestras mismas posibilidades. A los trapitos no les queda otra que ser trapitos. ¿De qué va a laburar el trapito? ¿Vos pensás que tienen currículum y los van a tomar las empresas? – inquiere Charly.

-Entonces está bien que choreen. Con ese discurso uno puede defender a todos. Por ejemplo, esos tipos que le tiraron a la embarazada resulta que son pobres tipos, que no tuvieron posibilidades, dejame de joder. Y resulta que ahora los trapitos son buenos. Son buenísimos. Si no les das propina te patean el auto los hijos de puta.

Charly se incorpora en la silla antes de responder.

-Yo no digo que sean buenos. No son buenos ni malos, flaco. Hacen lo que pueden como nosotros. Vos no te pusiste a pensar por qué antes no pasaba esto. Antes no había paco, no había pibes asesinos por las calles. Porque había más justicia, los pibes comían, no necesitaban afanar. 

-En eso tiene razón Charly – se suma el Cholo.

Nacho arremete.

-Pero antes no se jodía. No entraban por una puerta y salían por la otra. Ahora los pibes le meten cuatro tiros a uno y los dejan salir a ver cuánto tardan en meterle cinco a otro. Esto es una joda, hermano. Antes a esos pibes los encerraban o los re cagaban a tiros. Ahora todos salen, dejame de joder – dice Nacho apoyando fuerte el vaso sobre la mesa. 

Charly lo mira y hace un esfuerzo para no exasperarse, sabiendo que es una cena de amigos. Que está cansado luego de toda una semana de trabajo.

-¿Por qué no te inventás entonces un escuadrón de la muerte? – desafía Tito irónico.

-Pero, no. Ustedes no me entienden. Yo no digo que hay que matarlos a todos pero hay que hacer respetar las leyes. No puede ser que cada uno haga lo que quiere.

-Lo que puede – interrumpe Charly, y se hace un silencio que parece de aprobación. Traga saliva para retomar.

-Es muy fácil juzgar así a los pobres que delinquen. Formemos un gigante pelotón de fusilamiento y matémoslos a todos. Sigo tus ideas, Nacho. O hagamos respetar las leyes y construyamos cárceles gigantes. El país sería una gran cárcel. Es una solución genial, ¿eh? Metamos a todos esos negros en la cárcel, a los trapitos, a los cartoneros, a los villeros. Quememos las villas, vamos con las topadoras de los milicos. Así se soluciona todo y nosotros podemos comer acá tranquilos en avenida Corrientes. Esos negros que vayan y coman guisos pasados por agua en la cárcel. Que beban agua de letrina y revienten como ratas.

-Yo no digo eso. Pero ya que te hacés el iluminado dame una solución – desafía Nacho.

-La solución es más amplia, más compleja. El pibe chorro es chorro porque no le queda otra. ¿Vos qué pensás, que es un pibe que estudia, que no le falta nada, y que se le ocurrió ser chorro en un test vocacional? No, flaco, el sistema, nuestra sociedad lo llevó a eso. Somos una mierda, porque hacemos pagar al más débil. Primero lo abandonamos y después le decimos que sea un buen pibe. Se los toma de albañil, de repositor en Coto como mucho, y después queremos que esos tipos nos quieran y se porten bien.

-Pero los políticos se deberían ocupar… No puede ser que entren por una puerta y salgan por otra – abre las manos Nacho.

Charly se ataja.

-Los políticos, los políticos…Pero tus ideas son peores. Menos mal que no tenés más poder. Si no, pobre de los pibes chorros o de los trapitos. Es muy fácil echar la culpa a los políticos. Pero si no cambia el sistema no cambia nada. 

-El sistema, el sistema, es muy fácil echarle la culpa al sistema. Hay que cambiar el sistema…- enarca las cejas Nacho.

-No queda otra. Porque si no es como poner curitas. Si no se da laburo a esta gente, van a seguir choreando. ¿Qué querés, que no coman? – pregunta Charly encogiéndose de hombros.

Lo interrumpe la llegada del mozo con la picada. Trae dos bandejas con queso, salamín, aceitunas, pan y fiambres. El silencio ocupa por un momento la mesa.

El televisor proyecta la imagen del gobernador ensayando explicaciones por los hechos de inseguridad que se repiten. 

-¿Te das cuenta? No dijo nada. Vamos a trabajar muy fuerte. ¿Qué carajo es eso, me querés decir? – pregunta Nacho indignado mientras pincha un queso con un escarbadientes.

Charly se incorpora.

-Pero las soluciones no las puede dar el gobernador. Vos querés que anuncie medidas de mano dura, que vamos a meterle una bala a cada chorro como dijo una vez uno. Pero mientras no se cambie el sistema que crea esto, de poco sirve. 

-Una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa –intercede Tito mirando a los dos. 

-Está muy bien lo que decís, Charly. Hay que cambiar, que todos coman por lo menos. No puede ser tanta riqueza de un lado y pobreza del otro. Pero también estoy con lo que dice Nacho, escuchame. Hay que poner un coto a esto, un límite. No podemos esperar que venga la revolución y mientras los tipos hacen lo que quieren. Hay que poner un poco de cada cosa, cambiar la sociedad y mientras tanto castigar el delito.

-No me parece mal lo que decís, Tito. Vos sos un tipo más sensible que Nacho, que sólo quiere balas para los pobres. 

Nacho se ríe y señala a Charly.

-Esperá que te toquen a vos. Vos hablás así porque no te pasó nada. Porque no sos pariente del tipo que mataron por una bicicleta, porque no sos el esposo de la embarazada que le dispararon.

Charly extiende la mano hacia Nacho.

-Pará la mano, che. Yo estoy pensando en general cómo nos organizamos como sociedad. Si cada uno de los argentinos va a pensar en función de lo que le pasa a él solamente estamos perdidos. Yo entiendo lo que decís, y no es que me dé lo mismo esa pobre gente que fue víctima de delitos horribles. Pero quiero entender por qué esto sigue y no se puede parar, y por más que el gobernador diga lo que diga, no se va a arreglar para mañana esto. Porque por más que pongamos un farolito en una esquina de barrio, no significa que sea más seguro, hoy te afanan a las dos de la tarde en Avenida Rivadavia.

-Porque se los permiten – dice Nacho.

El Cholo y Tito se distraen un momento observando el partido de Racing y Arsenal que vuelve a sintonizar el dueño del bar, cansado de Crónica. 

-Qué mal partido, por Dios. No dan dos pases seguidos. No tiene nada Racing. 

Miran la pelota deambular sin rumbo, rebotando en cabezas, muslos, piernas y suelas que no la dominan y se la sacan de encima.

-Son unos burros. Todos perros de presa.

-Es que a los buenos jugadores se los llevan a Europa. Acá dejan a estos muertos de hambre, que podríamos jugar nosotros tranquilamente.

-Hace cuánto que no jugamos al fútbol – observa Charly.

-Como medio año. Es muy difícil organizar. No juntamos diez ni en pedo – certifica el Cholo.

-Ni en pedo – se repiten todos.

-Traé una parrillada para cuatro. Como siempre.

El mozo asiente y se retira rápidamente. 

-¿Saben cuándo se cagó este país, cuándo empezó a irse a la mierda? – pregunta Nacho. 

Lo miran los amigos sin intriga ni sorpresa, sabiendo hacia dónde quiere derivarse.

-Con el peronismo. Este país estaba ordenado, había república, había instituciones hasta que vino el peronismo. El país estaba lleno de guita, si el mismo Perón decía que no se podía caminar por el Banco Central de los lingotes de oro que había.

-Vamos a terminar mal – dice Tito atajándose mientras toma un vaso de vino tinto para pasar mejor la picada. 

Nacho sigue, muy convencido.

-Perón le dio de comer a los negros, les dijo tiren manteca al techo, no laburen. Y así se fue todo a la mierda, no quedó un solo lingote de oro en el Banco Central. El país nunca se recuperó después de ese despilfarro totalmente irresponsable.

-Lo que hizo fue distribuir, vos estás loco. Vos porque odiás a todos los negros, empezando por el trapito que te cruzaste en la otra cuadra. Aparte en la época de Perón había laburo, flaco. Los negros no se rascaban, laburaban aunque no te guste – demuestra el Cholo.

-Tiene razón. Perón no fue tan malo como los que tenemos ahora. Robaba pero hacía, como dicen los peronchos. Antes había laburo, no había ni trapitos ni un carajo. Uno cumplía veinte años, entraba a una empresa y se jubilaba en esa empresa. Ahora la mitad de los laburantes labura en negro, decía en el diario. O sea, los patrones los negrean, le pagan dos pesos, los matan de hambre. Y esos tipos no van a tener jubilación – apunta Tito.

-El problema de este país empezó con el peronismo. Perón le dio de comer a los negros, los puso gordos, todo fácil sin trabajar. Y así estamos – insiste Nacho.

Charly se siente obligado a intervenir.

-A ver, a ver. Qué interesante lo que planteás, que los negros no quieren laburar y les encanta vivir en la miseria.

-No pagan la luz, el gas, el agua. No pagan impuestos. Viven gratis en la villa, y los pibes comen en los comedores de la escuela. Esa gente no necesita mucha plata para vivir. ¿Te das cuenta? – comprueba Nacho.

Charly se sonríe.

-Qué inteligentes son los tipos, encontraron la forma de vivir sin trabajar. ¿Por qué no nos mudamos todos a la villa entonces?

Nacho no responde, levanta las cejas como diciendo qué giladas se le ocurren a éste. Charly retoma.

-Hablemos en serio por un momento. Vos Tito, en tu panadería. ¿Tomarías a laburar a alguien que vive en una villa?

-Y, lo pensaría.

-¿Sí o no?

-Ni.

-¿Sí o no?

-No.

-¿Se dan cuenta? Y así el tipo que podría ser un excelente panadero, un brillante oficinista o un meritorio cadete se queda en la villa, abandonado por la sociedad, que encima tiene el tupé de pedirle que pague los impuestos. Reciben agua podrida, se les desbordan los pozos ciegos, tienen pisos de tierra y queremos que paguen los impuestos. Qué hijos de puta somos – señala su pecho Charly.

Nacho no da el brazo a torcer.

-Acá todos laburamos. A nosotros nadie nos regaló nada. Tenemos nuestra casa, nuestras familias y las mantenemos todos con el sudor de nuestra frente. A los negros les viven dando subsidios. Cuantos más hijos, más subsidios. Y viven de eso, y no quieren laburar más, si total viven de arriba. Toda esa podredumbre empezó con el peronismo.

-Alguien dijo que era un hecho maldito… me parece que Cooke fue – cita Tito como al pasar.

-Un hecho diabólico, más bien – certifica Nacho.

Charly se incorpora.

-Me encanta cuando citan pensadores como si supieran algo. Cooke lo que dijo fue que el peronismo era el hecho maldito del país burgués. Porque fue una horda de negros justamente. Porque la Argentina creía que la basura era fácil barrerla bajo la alfombra. Y resulta que un tipo le dijo a ese país que se creía europeo, mirá, ellos también son el país. Hay que hacerles un lugar, apriétense un poquito. Y vinieron los negros en malón, invadieron Mar del Plata y los conchetos se fueron a Punta del Este. Eso me encanta del peronismo, que les dio una bronca bárbara a los conchetos y que trató como personas a la gente maltratada por el sistema.

-El sistema… el sistema – balbucea Tito, distraído y pescando al vuelo la última palabra.

-Pero ojo que el Viejo era facho, no nos olvidemos de la Triple A. No fueron todas buenas, ¿eh? – recuerda el Cholo.

Tito apoya el vaso en la mesa.

-En esta discusión no nos vamos a poner de acuerdo nunca. No quiero terminar como la otra vez que todos se fueron enojados. ¿Para qué tanto hablar, y todos terminamos en el mismo lugar? Esto es así desde que tengo memoria. Peronistas, radicales, y la puta que los parió. Siempre la misma mierda con distinto olor. Y el sistema, eso que decís vos, que se caga de risa de todo. Y ahora se está retorciendo de la risa viendo cómo cuatro pelotudos hablan de la Argentina mientras se llenan la panza en una linda parrilla. No vamos a cambiar nada, no vale la pena enojarse.

Los demás asienten y miran los vidrios mojados por la lluvia que no aguantó tanta humedad. Por la puerta entra una ráfaga de aire frío que le pega en la espalda a Tito, que se levanta y la cierra herméticamente. Y la charla se pierde entre familias, minas imposibles que posan provocativas en la tele, chusmeríos de barrio, anécdotas futboleras, el gusto del vino, lo bueno de la picada y el frío que se va a venir después del aguacero. 

El mozo llega y acomoda la parrilla en el centro de la mesa. Se escucha el ruido de la carne caliente, hirviendo y derramando su jugo en la parrilla. Por unos minutos nadie habla. 

-Qué buena está la carne – comenta Tito mientras saborea un trozo de vacío.

-Estos tipos son insuperables. Mirá que fui a otros lugares y no es como acá. Fui a parrillas de Puerto Madero, de Caballito, de Flores. Nada se le compara. – dice Nacho.

-Tenés razón. En eso coincidimos – aprueba el Cholo. 

-¿Cómo anda tu jermu Tito? ¿Y la familia? – inquiere Charly.

-Bien, bien. El nene ya está bien, en casa. La pasamos mal en el hospital. 

Y recuerda la internación de su hijo por un broncoespasmo, los momentos de angustia. Y transpira sin darse cuenta. Y retoma.

-Al nene con este tiempo se le hacen mierda los bronquios. Hoy tenemos calor, llueve y te cagás de frío. Así no hay cuerpo que aguante. Yo también me siento mal a veces.

-La humedad. Es terrible. No se puede respirar – aporta Nacho.

Sobreviene el silencio. Todos se dedican a comer, y de reojo miran el partido de Arsenal y Racing que el dueño del bar vuelve a sintonizar.

-¿Me querés decir para qué pone este tipo esto? Más aburrido que chupar un clavo.

-No la pueden ni parar, da pena.

Tito levanta la mano trabajosamente, y el mozo acude de inmediato. 

-Otro tinto, por favor. Y una soda. 

El calor dentro del local invita a tomar mucho.

-Vos no te zarpes que tenés que conducir – dice Charly a Nacho.

-Me cagaron. ¿Soy el único que trajo auto?

Recibe la afirmativa de los tres.

-Ojo que te agarra el control de alcoholemia y te sacan el registro y el auto. Y te hacen pagar como tres mil mangos. Le pasó a un amigo mío del club – advierte el Cholo.

-Yo todavía estoy muy lúcido, más que vos me parece – le contesta Nacho desafiante.

-Sí, puede ser. Vos que sos un tipo tan derecho no te podés poner en pedo. Si no te vas a parecer un trapito cualquiera. ¿Sabés lo que debe estar chupando ese ahora? Pero ojo que te lo cuida – ríe el Cholo.

-¿Qué lo va a estar cuidando? Si ahora salgo seguro que no está.

-¿Estás seguro? Los tipos tienen como un radar, cuando escuchan que se abre una puerta ya lo tenés en la ventanilla pidiéndote la colaboración.

-Y claro, si es lo único que hacen. Ahora el gobierno de la Ciudad dice que los va a regular, que los va a sacar. Es lo que hay que hacer – inclina la cabeza afirmativamente Nacho. 

Charly se reincorpora en la silla.

-¡Qué buena medida sería esa! Tendríamos algunos chorros más por la calle. Porque vos fijate, el tipo este tiene dos caminos: Tito dijo que no lo tomaría en su panadería, y cualquier empresario tampoco lo quiere para trabajar. No porque no tenga currículum, sino porque simplemente lo desprecian. Les parece mierda. Entonces el tipo ve dos alternativas: una es pedir en la Iglesia pero con esto no se hace gran cosa, y solo sábados y domingos. Frente a él tiene dos cosas: un arma o un trapito. Por suerte por ahora agarró el trapito. 

-Ni un arma ni un trapito, que vaya a laburar – levanta la voz Nacho. 

-¿Pero en dónde va a laburar, no escuchás? Este es un sistema de mierda – golpea la mesa Charly.

-El sistema, el sistema…  – repite Tito cansado.

-Pero el sistema no se cambia así como así. Miremos la historia del país. Nadie quiso nunca cambiar ningún sistema, Perón le dio trabajo a los negros y ya se armó un kilombo de la puta madre. Porque aplicó las leyes socialistas, aunque era un facho. Y eso solo que hizo ya armó el despelote que armó – aporta el Cholo.

-Ustedes siempre le echan la culpa al sistema para defender a los vagos. Poné una bolsa de trabajo en una villa y vas a ver que nadie quiere laburar – explica Nacho. 

Charly traga saliva. No quiere exasperarse.

-Los villeros son vagos, dice el amigo. Y está bien, algunos habrá vagos. Yo no sé, a mí cuando me tomaron en el laburo me acuerdo patente que había que dibujar las calles de tu manzana, y decir qué había en cada lugar. Te hacen como un laburo de inteligencia. Y el villero ¿qué va a poner? Vivo en el pasaje A, o en la manzana 56. Y vemos una discriminación terrible, porque al villero se lo sospecha delincuente. Y al sospecharlo delincuente, lo tiramos en la vereda, nadie le da bola, ni agua corriente, ni asfalto, ni casas como la gente, le damos todas las condiciones como diciéndole flaco, sí, tenés que ser un delincuente. Eso es lo que la sociedad espera de vos.

-Pero esos pibes de la villa ya ven a sus padres faloperos, paqueros. No tienen valores, y en esas familias nadie laburó por años. No le echemos la culpa a la sociedad. La sociedad tiene la culpa de hacerles las cosas fáciles desde hace mucho tiempo – sentencia Nacho.

-En eso estoy de acuerdo, hace mucho que no labura nadie en esas familias –dice Tito.

-Es que no es algo que pueda arreglar alguien de un día para el otro. No hay soluciones mágicas pero hay que cambiar el sistema, no queda otra. Y en nuestro país el único que intentó algo distinto mal que nos pese fue Perón – reconoce Charly. 

-Ojo que Perón fue un facho y no quiso cambiar ningún sistema. Era de derecha, Perón, ¿eh? – corta el Cholo.

-En realidad en el peronismo hubo de todo. Derecha, izquierda, centro. Y después se cagaron todos a tiros entre sí. Como ahora, que se dividen, algunos son de derecha, otros de izquierda, otros de centro-izquierda. El peronismo siempre fue un kilombo. ¿No te acordás de lo que pasó en los 70? –rememora Tito.

-Ahí tenés a los que querían cambiar el sistema, unos asesinos, unos terroristas. Los Montoneros, los que gobiernan ahora – acusa Nacho.

Charly se encoge de hombros. 

-Y sí. Los jóvenes quisieron hacer una nueva Cuba. Es que el sistema no se cae solo, como dijo alguna vez John William Cooke. Hay que voltearlo. Con muchos errores lo quisieron voltear, para que hubiera más justicia social, hoy no tendríamos tantos cartoneros ni trapitos. Eso te lo puedo asegurar.

-Por suerte no pudieron. Seríamos una gigantesca villa de emergencia. Pero eso sí, sabríamos de historia, matemática, lengua, y tendríamos una cultura de la puta madre – se sonríe Nacho.

-Vos decís por suerte no pudieron. Y no es que no pudieron, no los dejaron. Los hicieron mierda para instalar este sistema, donde hay tantos tipos que no pueden morfar – concluye Charly. 

-¿Qué piensan ustedes que iban a hacer ellos? Vos decís los hicieron mierda, y claro. ¿Vos qué pensás que iban a hacer ellos si tomaban el poder? ¿Les iban a hacer chas chas en la colita, como Tito a su pibe? No, los iban a fusilar a todos. Pero perdieron, y se jodieron. En una guerra podés ganar o perder. Si perdés, fuiste – acota serio Nacho.

-Yo no estoy de acuerdo con las armas, pero eso no fue una guerra. Los podían haber metido presos a los pibes equivocados, no masacrarlos como hicieron. Eso no lo podemos justificar en un estado de derecho – aporta el Cholo.

-Vos te quejás de esos pibes que mataron, pero mirá que también mataron milicos y policías. De esos no decís nada, no tienen derechos humanos. Como ahora con los chorros, ustedes dicen pobre el chorrito que fusiló a tal o cual, no tenía para comer. A esos chorros los mantenemos nosotros con nuestros impuestos. En el policía que fusilaron en un tiroteo nadie piensa, dejame de joder – enarca las cejas Nacho.

-Yo no estoy de acuerdo con la violencia, ni de un lado ni del otro – intenta mediar Tito.

Charly retoma.

-Nadie está de acuerdo con la violencia. Pero la violencia se combate con la ley, no saliendo a pegar tiros por las dudas a los pobres. Así se favorece el gatillo fácil, y todos sabemos quiénes son los que reciben los balazos en esos casos. A nadie fusilaron o detuvieron por portación de cara en la Recoleta.

-Nos estamos yendo un poco a la mierda. ¿Pedimos el postre? – propone Tito.

-Sí, por supuesto, encargá. Lo que quiero decir es que nadie acá está de acuerdo con la violencia, pero la paz no se gana sin resignar nada. Si no se le ofrece al pibe una vía de escape, un proyecto, un laburo es muy difícil. Le estamos pidiendo a esa persona que se deje morir. Eso es lo que le pide el sistema, le dice jodete, resignate, drogate, morite. Y nosotros, que tenemos algo, alguito, los despreciamos a ellos más que al sistema. ¿Se dan cuenta? –pregunta Charly

-La vieja guerra pobres contra pobres – aporta el Cholo.

Charly termina el vaso de vino y retoma.

-En vez de pensar aunque sea equivocadamente en cambiar el sistema como hicieron los pibes de los 70, nosotros no hacemos nada contra el sistema, y nos quejamos de sus consecuencias, de sus excluidos, de sus sobras. En vez de decir pobres tipos e intentar algo con ellos.

-Armar un ejército de excluidos. Vos, Charly, el presidente. Yo me ofrezco de vocal – sonríe el Cholo.

-No, la violencia no. Pero si se mete un millón de tipos en la Plaza de Mayo el sistema tendrá que cambiar.

-Como el 19 y 20 de diciembre del 2001 – rememora Tito.

-¿Pero qué 19 y 20 de diciembre? Ese día todos fuimos porque nos tocaron el bolsillo, porque queríamos recuperar la guita. En realidad, eran como un millón de personas que querían guita, la plata que le afanaron los bancos. Y mirá qué bien que andan los bancos hoy, que afanaron tanta guita, se lavaron la cara y hoy parecen gente buena, instituciones transparentes hasta que nos caguen otra vez. 

-En eso estoy de acuerdo – aprueba Nacho.

Charly continúa.

-Es que yo no hablo de algo como el 19 y 20. Nada bueno podía salir de ahí. Por ejemplo, hay un millón de tipos en la plaza que quieren recuperar la guita. Se la das a uno y tenés 999.999, se la das a dos y 999.998. Es algo egoísta, que no puede cambiar al país eso. Cuando en la plaza haya un millón de tipos que quieran acabar con la pobreza, ahí sí el sistema se cae. Cuando digan queremos que a estos 100.000 villeros les den laburo, no balas. Y que sean un millón los que lo pidan, en solidaridad. Ese día algo va a cambiar. Si no pensamos en los demás es todo muy difícil.

-¿Postres? – susurra el mozo, muy cansado a esa altura de la noche.

-Dos ensaladas de fruta, un panqueque con dulce de leche, unas frutillas con crema.

-Muy bien.

-Gracias.

-¡Qué frío se levantó! – dice Tito mientras unta el panqueque con dulce de leche.

-¡Terrible! Y no lo anunciaron en el pronóstico – se queja Nacho.

-¿Qué van a anunciar? Esos tipos se asoman a la ventana, miran el sol y dicen 20 grados. Ven una nubecita y dicen va a llover a la noche. No me vengas con que eso es una ciencia – sentencia Tito.

-Pero ojo que a veces la pegan –retruca el Cholo.

Llega un vendedor de perfumes baratos, que les alcanza sus muestras sin esperanza y las va a repartir a otras mesas.

-Pobre tipo, fijate. Las doce de la noche y sigue intentando vender esto – observa Tito.

-Son re berretas. Será muy rico, olerá muy bien pero esos perfumes duran menos que un pedo – dictamina Nacho.

-Los nuevos pobres. Por ahí es vecino nuestro y ni lo conocemos. Porque ese tipo no tiene pinta de villero –asegura el Cholo.

Los otros escuchan sin demasiado interés la mirada sociológica a esas horas de la noche. Van acomodando las cosas, las servilletas, los papelitos.

-No, no es villero. Tiene un traje que no te digo que esté impecable, pero no pasa de dos o tres años – observa Nacho.

-Está más nuevo que el mío, que se lo están comiendo las polillas en el placard. ¡Qué va a ser viejo! Alguna vez lo vi al tipo cuando tomé el 128. Vendedor de oficio. Me parece… – arriesga Charly.

-Es que la inflación está jodida. Antes iba con diez pesos a la verdulería y me llevaba unas cuantas cosas. Ahora no te alcanza ni para los tomates – se queja Nacho.

-Un desastre. Y los sueldos se quedan quietitos, nos dan unas migajas. Y los precios suben en ascensor, y los sueldos por la escalera. Así no se puede. ¿Cuánto pide? ¿50 guitas por este?

Tito extiende el billete. El vendedor sonríe y le alcanza el perfume.

-Gracias.

-De nada, compadre.

El vendedor se retira como un flash, como el viento que golpetea las puertas y las ventanas del local. Ya no llueve. 

-¿Pedimos la cuenta?- pregunta el Cholo.

Nadie le responde. Tito levanta la mano y el mozo se acerca.

-Sí, enseguida.

Se retira rápido a pedir el ticket a la caja.

-Calculemos. Parrillada para cuatro, los vinos, los postres. Deben ser dos gambas cada uno.

-Te olvidaste la picada – recuerda el Cholo.

-Ah, sí. La picada. Será un poco más entonces.

– Esperá la cuenta, relajate que la pasamos bien – lo palmea Charly.

El mozo llega con la cuenta.

-¿Novecientos? Qué lo parió. Se ve que calculamos mal, viejo. No puede ser. – exclama Tito.

-Chupamos mucho. ¿O te olvidás, che? – ríe el Cholo

-Novecientos dividido cuatro. Doscientos cincuenta cada uno y dejamos cien de propina.

-Doscientos cincuenta mangos una parrillada. Es una locura cómo están los precios, viejo. El año pasado poniendo ciento cincuenta mangos hacíamos lo mismo – se queja Nacho.

Todos sacan las billeteras y revuelven para encontrar los billetes entre notas inútiles, fotitos de los hijos y estampitas de santos.

Se empiezan a parar. Toman las camperas que yacían olvidadas en los respaldos.

Nacho cierra bien hasta arriba el cuello, porque intuye el frío que habrá dejado el aguacero. Tantea en sus bolsillos las llaves del auto. Del otro bolsillo saca la billetera vieja alargada, donde lleva los papeles. Registro de conducir, seguro, está todo.

Charly se va. Dice que vive cerca, que no quiere joder. El Cholo parte diciendo que se encuentra con otros amigos lejos de ahí. Y Tito se va con él mientras se tambalea, huellas del vino.

Nacho se ve entonces solo. Mejor, piensa. Mejor así, unas cuadras hasta Córdoba, y ahí derecho hasta la casa. Julieta lo esperará con un té, como le había prometido. O quizás no aguantó y sucumbió al sueño. Lo desvela esa modesta intriga, mientras avanza por Medrano en busca del auto que dejó a mitad de la otra cuadra. Ahí lo ve solo en la avenida huérfana, surcada por vehículos esporádicos que la atraviesan a gran velocidad. Solo en Medrano, el auto aparece frágil, débil, abandonado. Falta poco para llegar, busca darle ánimo a sus piernas entumecidas. Inspira el aire helado que le devuelve un aliento de humo seco. Una luz pálida se refleja en la luneta, haciendo un dibujo confuso en que no se distingue si se resquebrajó o es el simple capricho de luces y sombras de la noche. 

Se habrá enfriado el motor, piensa mientras se acerca. Habrá que hacerlo calentar un poco porque si no revienta, como le dijo el mecánico. Dejalo calentar cinco minutos antes de arrancar, que es un auto con sus años, hay que cuidarlo. Y hay que cuidar el bolsillo, doscientos cincuenta mangos en una cena. Y después el gobierno dice que no hay inflación. Esto es una joda. Y los pensamientos se suceden. ¿Y qué estará haciendo Julieta? Aguantame un rato más despierta. Estoy saliendo. Ya llego. A esta hora se puede ir más rápido, ya no está el tránsito que se tragó la noche. 

Entonces, ve la figura de un hombre escondida en el umbral de una casa, cerca del auto. No alcanza a divisar bien los contornos de la silueta y se pregunta si estará esperando a alguien. Si es de esos vagos que se va a juntar con otros amigos. Pero por qué se esconde, y justo al lado del auto. Mirá que es grande Medrano, la puta que lo parió, se lamenta. Ya está cerca del auto, demasiado como para retroceder. Y tiene poco tiempo para entrar y arrancar rápido y con el motor frío. Quizás sea lo mejor cruzar y relojear desde enfrente. Autos que pasan de vez en cuando, colectivos que marchan sin pasajeros. Y esa silueta que mueve apenas su mano, que ya está demasiado cerca. Que saldrá y dirá, dame todo flaco, y lo fusilará porque los pibes están paqueados, si mataron a uno por una bicicleta, cómo no lo van a matar a él por un auto. Y busca en los bolsillos pero sólo encuentra vueltos, nada importante. Monedas perdidas, billetes de dos pesos, muy poco. Quizás correr, irse, dejando el auto hasta el día siguiente. Si tiene alarma y todo no lo van a afanar. Quizás le rompe el vidrio, busca el estéreo. Mejor eso que comerse el chubasco.  

¿Qué quiere el tipo? ¿Plata? Lo que quieras. Llevate el auto, pibe. Es todo tuyo. Pero no me toques, Julieta me está esperando con el té caliente. 

La silueta se balancea y ya va cobrando mayor nitidez. En la mano, un arma se distingue emergiendo de la oscuridad y camuflada por la ropa. Nadie en la calle, ni gritar, ni correr, que ya es tarde. Nada. Sólo esperar el asalto como una cosa de rutina, lo más natural del mundo, como el desayuno con tostadas de la mañana o los ravioles de los domingos. 

Por lo menos dejame ir. Llevate todo pero no me jodas, implora Nacho. Escucha el contacto de la llave con la cerradura. La alarma se desactiva. La silueta abandona el umbral de la casa a paso decidido hacia su víctima. Agita con sus manos un trapo renegrido. Nacho se tranquiliza sin confesárselo, busca en sus bolsillos dos pesos y unas monedas de vueltos anteriores y se los alcanza. El hombre vuelve al umbral de la casa para protegerse del frío glacial que se abalanza sobre Medrano a esas horas de la noche.

Sebastián Giménez. Lic. en Trabajo Social. Autor del libro “El último tren: un recorrido por la vida militante de José Luis Nell”.

Después de la guerra

El llano pasaje sangraba bajo sus pies. Descalzo, como un animal, perdido en algo que parecía nube de polvo, silbido de aves. Aturdido; los pájaros volaban sobre el calor seco de sus oídos. Todo seco, calor y golpes de pies repiqueteando. Hombre seco y ellos tan húmedos, ahí oliendo, ahí buscando. Tigres en la llanura, entre las sierras que también sangraban. Ellos son de la tierra, pensaba. Él pensaba y bajaba la pendiente. Y caía suave, desmayado de calor y sed y ese dolor al costado. Ellos siguen allí y buscan y él corre. Él, que enfrentó azul el pecho a las tropas esclavistas. Lleno de azul el pecho, bajo el manto de gloriosos generales en aquella noche oriental. ¿Por qué no los perseguimos hasta el fin? ¿Siempre habrá una voz de cautela? En cada guerra la hubo. Y ahora solo, bajando por la cuesta interminable del laberinto de la Córdoba zigzagueante. La tierra en disputa, la sierra…. Baja, bebe el aire seco de un solo sorbo y espera. Cree que está caído, pero sigue moviéndose. Ahora una luz; aquellos gritos se han perdido. Ahora es todo monte. Ahora solo. Camina, ya no corre más. Se acabaron los tiempos de correr, piensa. Hace mucho que se terminaron. Hace mucho que se camina hacia la inevitable jineteada del terror. Hoy fue el día.

El uniforme destiñe. Jirones de gloria caen sobre aquel cuerpo que fue Ituzaingó. Veterano: el nombre con el que Historia nombra a los que no tienen nombre. La batalla traicionada y el bronce perdido. Cae nuevamente. Caen sus ojos, sus ropas, sus manos caen. La caída no le permite volar. Y ese dolor en el costado.

El soldado abrió los ojos por primera vez en la resolana. Vio la casa, una tapera pero agua, pensó. Se abalanzó con lujuriosa sed. La debilidad nos vuelve grotescos, le pareció oír. Bebió del agua. Las jarras sobre la mesa. Una entera se bebió.

– Siempre está ahí, porque alguien puede venir y la sed nos vuelve fieras y niños. Ahí la tiene usté.

La vio, pero ella ya lo había visto. Los ojos eran como dos pedazos de tierra que nunca hubiera llorado. Le sonrió como una madre.

– Tome, beba más. Siempre andan con sed los soldados.

– Disculpe, gracias. – Y luego un silencio – ¿Vio soldados por aquí? ¿Otros?

– Esas sierras son de ellos y estos llanos también. Se las caranchearon al puma y a las corzuelas.

– ¿Y ahora? ¿Hoy?

– ¿Si los he visto hoy? Los veo con los oídos. Pero usté nomás se ha llegado.

– No me va a estar macaneando.

La mirada torva, esquiva, la mirada amarilla de esa vieja ¿Qué quiere decir?

– No miento a mi edad. Miente la palabra masticada. La palabra del istinto no miente. Usté tiene hoy más de puma que de hombre. ¿Le duele?

Claro, me estaba tomando del costado. Sí, me duele. Ahí me la habrán dado los capiangos. Pero ya está, ya se termina.

– Sí, me duele bastante. Pero es sangre de otro se ve. Yo no sangro. Duele nomás del golpe será.

– Beba. El agua lo va a relajar. ¿Está solo?

¿Y a esta vieja qué le importa? ¿Qué tiene que preguntar? ¿Una madre, dije?

– Ya ve… Pero llevo la patria conmigo. Soy soldado de los vencedores, sépalo. Me perdí en la bajada.

– Vencedores… ¿Así que ustedes ganaron?

– Los vi; vi a los capiangos huir como hormiguero revuelto. Habían vuelto cuando enfilábamos para la ciudad, después de la noche anterior, derrotados volvieron y nos encerraron en el pasaje. Sangre por todos lados, hasta que ganamos la cuesta arriba y volvimos a correrlos. Pero eso lo vi entre la polvareda. Era todo polvo y griterío y después o antes me caí y perdí a mis compañeros. Al final son unos cobardes los gauchos de mierda. El general ha sabido ganarles. A los más bravos ha sabido ganarles. Por eso es quien es.

– El nombre que lo busca. Es el que va a ser porque todavía no es. Está siendo.

Vieja rara esta cómo habla. No le termino de domar la mirada.

– Y usted, señora, qué sabe en estos montes. ¿Qué son esas voces entreveradas que usa?

– No se enoje, soldado. Escuché hablar de su general. Es almirado en donde se lo nombra.

– ¿Lo ha escuchado? Es glorioso. Combatió con el General Belgrano siendo mozo. Cuando uno lo ve, recio como una estatua, a uno se le viene el orgullo encima.

El silencio se hizo pesado como una sentencia.

– Nosotros vamos a liberar a las provincias del terror. Ya lo verá.

Se nubló un poco, pensó la vieja. Pensó en los muchos soldados, en la mucha tierra. “Debe ser que se viene…”

El tiempo lee los ojos de Historia ¿Quién la contará? ¿Qué misterio es esta guerra?

– ¿Y aquí llega la guerra? Esto parece muerto, discúlpeme señora. ¿Cómo se mantiene aquí?

La anciana miró hacia la ventana, frunció el ceño, respiró hondo toda la tierra que el aire de la sierra le daba. Miró al soldado a los ojos, como no había hecho antes.

– Ya ve al gallo, las gallinas, un par de cabritos. – volvió a mirar la ventana. – En este lugar el aire se hizo después de la tierra. La tierra lo parió. No hubo aire sin tierra. – se dirigió al soldado. – Esto es lo que necesita.

Bebo, siento el calor del mate, qué rico, cómo se necesita esto. Esto es la patria, después de todo. Esta gente perdida la hay por miles. La vamos a salvar. Un mate y las palabras del general. Estudió latín el general. Y arte. Por esto es, en definitiva, que luchamos desde Mayo.

– ¿Está mejorcito?

– La verdad que sí, señora, gracias. El agua fresca, el mate.

– Coma tortilla. Recién hecha. La grasa le va a venir bien.

– Gracias señora.

Gracias a esta tierra; a los ojos de esta señora. Una madre. ¿Cómo se puede vivir así? ¿En este abandono?

– Me asisten algunas almas comedidas, pero estoy bien. Aquí tengo todo lo que necesito.

Y así serían los días de la gente que hizo los días. Así, como fieras en estos montes, así crecerán también las montoneras. Y es que así se alimentan.

– Quédese a comer, ¿quiere?

La vieja sacó un cuchillo y el soldado la vio sacar un cuchillo y cortar el zapallo que no  vio sacar. No lo había visto, pero en la mesa de algarrobo, zapallo, papas, cebolla, mandioca. Agua sed. La vieja le acercó otra jarra con agua y volcó un poco en una olla negra como la noche anterior a la batalla.  Noche fría y hambre cansancio. Noche sin tregua; no paramos hasta llegar al borde de la batalla. Parecía la entrada al infierno. Cuando fue el momento, nos llegamos hasta ahí, duras de miedo las caras de muchos. Cercado todo y nosotros adentro; por el temor del general a la deserción nos encerraron en el campo de batalla; así hubo que pelear. Y antes hubo fuego. Antes de la guerra, antes del cuchillo y la mesa. Pero el soldado nada vio de eso. Sólo vio que la vieja sacó un cuchillo y cortó un zapallo naranja como un atardecer, cortó el atardecer ahí en la mesa de madera. La vieja clavo el cuchillo, la tarde se hizo la noche y a él le pareció verla sonreír.

– Ando de paso señora. Gracias por los servicios, pero ya sigo. Tengo que descansar un poco, pero no me voy a abusar de su buena fe.

– Usté anda perdido y con el vientre vacío. Coma mihijo. Quédese a comer. No me desprecie.

La vieja pelaba las papas, paciente, tranquila. ¿Cuándo hubo fuego? ¿Cuándo? La sonrisa de la vieja y de pronto, un calorcito.  Un frío seco hacía; se acercaba julio.

-¿Y entonces se queda?

– Esta bueno, señora, me quedo. La verdad venimos guerreando hace tanto y con tanto sacrificio que un guiso caliente no nos vendría mal. Hasta el mismo general no se le negaría después de tanto.

– Parece un santo su general.

– Es como un santo ¿sabe? Como eso que nos contaron de Chacabuco y Maipú. En la guerra yo lo viví; cuando no era general todavía, pero ya era el que es hoy, se quedó con cien hombres en el campo de batalla y siguió guerreando. Era coronel ahí. Los negreros no lo podían creer. Y así se hizo general. Él se hizo a sí mismo, como todo buen hombre que se precie.

– Noble, su general.

– El General Lavalle lo respeta mucho y todos sabemos lo que es el General Lavalle.

El soldado se toma el costado, la vieja lo mira, desde lejos, cada vez más. Ese costado lo tiene mal. Fue el golpe. ¿Sabe cómo fue? ¿Y por qué no se recuesta? Y bueno… no lo sé. Usté piensa que gana mucho en charlar así, pero… Descanse soldado. Yo le hago la comida guiso caliente. Caliente. Recuéstese en el catre.

De nuevo el olor fresco de los que acechan en la vida de hace un rato. Cuando la vida temblaba bajo las órdenes del impoluto general. Vencedores de La Tablada. Hoy gana la luz. Capiangos de mierda. Y sin embargo nunca se sabe si se gana aquí. Nunca. ¿Por qué nos perdonó la vida después? ¿Por qué para perder? ¿Qué fuerza misteriosa lleva a que el enemigo nos perdone, nos abandone y yo aquí, teniendo que huir, con mis compañeros dispersos? No los veo, no los encuentro y escapo y esta picada, esos lanceros dando vueltas, oliendo al hombre seco que soy. Ellos tan frescos, ahí acechando los tigres. Huya soldado, su honor está en la picada, su fuerza estuvo en la Banda Oriental, su valor en las frías palabras del superior. Bien hecho señor, usted es un valiente. Eso dijo. Un hombre que se hace a sí mismo y hace a otros hombres. Un dios ese hombre. Pero la sangre se huele, los tigres la huelen y me huelen a mí que me cargué a varios. Ya perdí a mis compañeros y bajo la pendiente y me siguen algunos y caigo golpes sed camino. Así que esto es estar solo en espera de ellos. Ellos no mueren. ¡Puta madre que los parió! No mueren. Tengo que meterme ahí, tengo que ¡sed! ¡la puta madre! y que correr, ya no puedo correr quiero agua.

– Despierte, soldado. El guiso está listo. No se paró de mover mientras dormía. Eso es soñar la muerte.

– Son los recuerdos que se me vienen. Hasta en los sueños se meten. No hay paz para los que peleamos por ella.

– Usté aprende a hablar soldado. Parece una criatura como aprende y vive. Lávese la cara y coma.

– Me vino el hambre, señora, ¿sabe? Me viene la gana de comer. Soy correntino yo. ¿Usted de acá siempre?

– Siempre soy de acá. ¿No ve mi cara? ¿Está bueno? El guiso le gusta. Tiene que estar fuerte para seguir guerreando.

Así que por esto peleamos, pensó el soldado. Por esto. Hay un pueblo rendido que espera las luces. Las espera desde antes de Mayo, puro guiso y mazamorra, caballos, tripas de vaca, cueros y mujeres montadas como potrancas. Desde los españoles. Siempre escondidos. Dueños de una tierra chica, una felicidad chica, un dolor grande. ¿De dónde salió esta gente? Fue la tierra que la parió, como parió al aire. Inmunda montonera hermana de la civilización desde Mayo y antes… 

– Usté puede escribir sus memorias, como un gran soldado. Y poner que comió aquí, en medio de la guerra.

La vieja muestra los dientes negros y amarillos como su mirada es ahora. Boca y ojos una sola tierra.

– Ya lo creo, señora. Si salgo de esto, no la olvidaré.

Sonrisa amarillo noche, sonrisa de estrella sutil.

Y entonces qué lo mueve a pelear. Qué mueve a estos hombres hermanos que se matan y lancean y fusilan y degüellan.

La tarde se entorna, gira la tarde alrededor de la casa de la vieja que la cortó con su cuchillo de noche. El anaranjado se hizo ocre porque la noche se lo pidió y quédese a dormir. El soldado miró hacia afuera y sonrió porque se sentía mejor. Escuchó entonces los cascos del caballo. Un moro apareció afuera. Su jinete no rostros, no luces, sólo una sombra. Luego un beso tranquilo al aire, un cigarro.

¿Quién es?

– Por fin llegó. – dijo la anciana voz amarilla.

¿Quién?

Y entonces el dolor del costado se fue y la sangre se apagó. Ya no hay fuego en esa sangre. Y el soldado sintió que lo habían encontrado. Porque ellos buscan. El alma está en disputa de los capiangos.

Pero no era capiango el que venía. O sí, tal vez.

La vieja le soltó la risa aguda como una yarará y lo miró.

El soldado tomó el mosquete, cautamente. – ¿Quién vino? – susurró.

– No es nadie y somos todos. Usté mismo quizá. Mientras dormía, sabe, lo fui preparando. Él iba a venir porque siempre viene. No lo encontraron antes, pero yo sabía que él vendría. No se preocupe. Es el principal. Busca refugio aquí, a veces. Es el muerto que vive entre los vivos. Todavía vive allí donde la guerra.

El soldado recordó su sueño y las persecuciones y el olor a tigre. Nunca antes había olido a tigre pero recordaba ese nuevo olor como una palabra materna. Y entonces aquel pasaje. ¿Por qué no nos matan, mierda? Y fue cuando lo vio temblar a Paz, por primera vez desde nunca. Pero como un dios aquel otro lo perdonó para perder luego, perder luego algo que él (el soldado) sabía pero que no vivió. Porque ahora es, fue, será La Tablada. Sólo eso existe ahora.

El moro va de un lado a otro de la casa haciendo sonar sus cascos. El jinete se adivina tuerto, la sombra se le perfora en el ojo con luz blanca de virgen cristo. El soldado teme.

– Mire, – dice la vieja. – Ya se habrá dado cuenta. Usté debe probar su valor, porque logró salir de ahí, y ahora su cuerpo está en disputa. Lo espera. Salga fuerte, comido y descansado. Lo espera afuera. Como un juez, la sombra lo mira desde la oscuridad. Seguirá ahí. Vaya. Pero antes recuerde: su alma es una porción de esta tierra, su vida es una patria perdida. Él es un todo que fue creado después de muerto. Nada pasó ahora, pero ya sucedió. El seguirá ahí. Hoy perdió La Tablada y habrá otras caídas. Su dios lo ganará en vida, pero él seguirá en muerte porque otro lo evocará y hará de él quien siempre supo ser.  A quienes son así los puedo ver, son los hombres destino. Por más que Oncativo y Barranca Yaco. Por más que Caseros, que Pavón, el Paraguay destripado y Roca y las veinte familias. La cabeza del Chacho en una pica y Fierro quejándose en las pulperías, derrotado. Las voces y los barcos y las bombas derramándose por las callecitas estrechas de nombres cogotudos. Por más que después generalitos con gloria de escritorio y la plaza bombardeada. Por más que los basurales de José León Suárez y decretos de silencio y aviones negros… Él estará ahí. Siempre seguirá caudillo de esta tierra para quienes mueren en combate y en pasión. Se conquistó Dios en vida, Religión o Muerte, incluso cuando Barranca Yaco, su muerte será vida.

Pero usted ignora todo eso, claro…. Llegará el turno de los otros, del manco seguro. Hoy es usted soldado perdido encontrado. Entregue su alma y aprenda la vida de un cuchillazo. Allí afuera lo espera el juicio. Ignora todo lo que digo, pero algo intuye, porque la lucha está en los intestinos de la patria y fue y es y será, sobre todo, será. Ahora, salga y gánese un lugar aquí o sea carne para el almamula.

El soldado observa dos veces. Primero desde el piso, las piedras sangre, la encerrona de ese pasaje traicionero, los unitarios acorralados que logran luego subir y dispersar al enemigo, su costado lanceado regando el polvo. Sus ojos se cierran mientras se hace luz la victoria de Paz. Y luego en el mismo instante ve la puerta de la tapera abrirse, unos pasos apresurados de sus pies que caminan hasta afuera, hasta encontrar el beso de la noche fría, cálido como un vino en el garguero. Una decisión de la tierra que lo devora y lo precede lo pone ahora frente a los ojos profundos y adivinos de Juan Facundo Quiroga.

Nicolás Bernero

Una historia del sujeto y el sistema

He mutado. Lo seguiré haciendo. Así sobrevivo. Estuve en el rostro de emperadores, de reyes, de dictadores; encabecé revoluciones y contra revoluciones. Hoy omnipotente e invisible acumulo más poder que nunca. Soy el gran administrador. Administro la vida de los habitantes del mundo. Sus trabajos, su economía, sus sueños, sus placeres. Soy el gran amo. El creador de los sujetos.

Mis métodos son variables. La esclavitud fue uno de mis éxitos más incuestionables. Mantenía mediante ella a una porción de hombres deseosos de liberación, añorando un exclusivo sueño de libertad. A la otra porción me bastaba con educarla de forma vertical, alimentando el vértigo de observar hacia abajo. Los eduqué con la intensión de dirigirse hacia arriba, alimentando la famosa auto-superación. El amor por la meritocracia. En ese afán de superación, puedo citar el ejemplo de los antiguos griegos que vivían comparándose con el progreso de los espartanos. Tan obstinados en la envidia de su vecino, miraron con excesivo entusiasmo las ideas surgidas afuera en lugar de detenerse a buscar soluciones propias. Con ese razonamiento del hombre que siempre ve al otro hacer las cosas mejor que uno. No obstante, sus filósofos trascendieron y sus ideas retomadas por la iluminación dieron pie a la educación actual.

Con el transcurrir de los años, la esclavitud, la gran herramienta de sujeción, fue siendo abolida y los antes esclavos se convirtieron en pobres, en clase baja. En otras palabras, siguieron siendo el último orejón del tarro. Aunque es cierto que puede destacarse que al menos fueron parte del tarro. La pobreza les dio nuevos sueños, sueños urgentes, concretos e impostergables. Apoyados en una ilusión de superación luchan día a día. Se educan con el fin de vencer a su realidad, a su lugar social preestablecido.

Unos pocos lo logran. Mejor dicho unos pocos me permito desde mi lugar que lo logren. Sirven de ejemplo de superación para el resto.

Quienes viven fuera de la pobreza luchan por mantenerse fuera y con la ilusión de que la verticalidad los lleve hacia arriba, ignorando que la ley de la gravedad reina el universo.

Los derechos adquiridos a través de los siglos colocan al hombre en una posición privilegiada respecto del pasado. Los más agraciados, los mejor posicionados socialmente son esclavos de sus propias deudas: apenas abren los ojos están con saldo económico negativo y su miedo a caer en el más precario orden social los moviliza y, a la vez, los pone en posición de lucha contra aquellos que están debajo; incluso contra quienes tienen a su lado. En ocasiones, incluso esos pocos que logran salir de la pobreza suelen dar la espalda a sus antiguos hermanos sociales. No estar unidos lleva indefectiblemente a los hombres a estar eternamente dominados.

Una vez controlados sus sueños mediante maniatarlos en sus trabajos y en su economía, la administración más difícil que me toca está dada por los placeres. Allí la condición animal del hombre emerge. El amor, el placer, la alegría; estados que pueden producir rupturas liberadoras.  De modo que es necesario tatuarles debajo de la piel, grabarles en su ADN, una conducta que ejecuten sin siquiera cuestionar. Así establecí la moral.

La moral está cuidada por un sinfín de instituciones que actúan para mí, entre ellas, la religión. Ésta fue y sigue siendo la que más beneficios me brindó. Antes y después de la crucifixión de su mesías, de su profeta o cómo gusten de llamarlo. Los paganos, desde los tiempos de las civilizaciones griegas o grecorromanas, ya estimulaban beneficios morales y supra terrenales para quienes adoptaran buenas costumbres sexuales. Correctas artes de la existencia. En la antigüedad no existían códigos que impusieran un matrimonio basado en la monogamia, que prohibieran el sexo entre hombres, ni tampoco existía una condena social hacia la pérdida de la virginidad o al acto sexual en sí; aunque a través de las correctas artes de la existencia su sociedad se basaba en el buen comportamiento de dichas prácticas. Ese buen comportamiento, esas buenas formas, serían adoptadas con el tiempo por el cristianismo que las ejecutó de forma mucho más radical: problematizó la actividad sexual y controló su legislación por medio de su riguroso poder pastoral, con la complicidad de las instituciones a las que dio origen la modernidad. Simplemente cambió la forma de accionar. En lugar de fomentar las buenas costumbres, se dispuso a castigar las malas. Tanto éxito tuvo su control que hoy en día la voz popular culpa solamente a la iglesia católica por las faltas de “libertades” sexuales y prejuicios morales, ignorando que la problemática antecede a dicho movimiento. Una vez llegado el modernismo, la ciencia dio explicaciones aún más contundentes que mantuvieron la mencionada moral presente en la población. Incluso entre el creciente número de ateos, agnósticos e infieles. Razones de higiene, de salud, de cuidado personal; fueron  las nuevas tendencias que adoptó el sujeto moderno para profundizar las costumbres sexuales de un sujeto antiguo o medieval. No es casualidad que la modernidad trajo consigo el término sexualidad.

El sujeto moderno necesita de explicaciones científicas para la formación de su ética, fue así como se transformó en sujeto de su sexualidad. Se ha esforzado una y otra vez en lograr ver las cosas desde otra perspectiva, acudiendo al gran mito de la objetividad. Sólo obtuvo como resultado pensar y ejecutar de forma distinta lo que viene pensando y ejecutando desde siempre. Al invocar a su diosa razón para obtener su tan ansiada ciencia explicativa radicalizó la problematización del tema sexual y lo retroalimentó como dominio moral. Para lograr reeducar este dominio moral fue ganando cada día más terreno y será siempre necesaria la educación.

He aquí uno de mis grandes dilemas. La educación es sin dudas un proceso de liberación. Por lo tanto, la herramienta de sujeción es la misma que podría otorgar al hombre su ansiada superación. La emancipación del sujeto, su transformación a hombre libre, realmente libre, está allí. ¿A su alcance? Ilusiones de alcance, de cercanía. Ilusiones de las que dispongo para que consideren posible lo imposible.

Los docentes, los educadores son el peligro, los Morfeo de mi Matrix con su odiosa pastillita azul. Han existido durante toda la humanidad aunque hace siglos los he logrado entubar tras los muros del edificio escolar. Son ellos parte de mí. En su mayoría y casi sin darse cuenta, lo que hacen es repetir, recrear las condiciones necesarias para que la historia se vaya repitiendo. Para que el condenado que nació pobre siga siendo pobre, para que el poderoso siga siendo poderoso; para repetir todas y cada una de las estructuras sociales. Sin embargo, desde dentro de mí, algunos emancipadores siguen buscando liberar algunas mentes. Su liberación y, por consiguiente, la liberación de su alumnado está presente en los textos, en la historia, en el aprendizaje; en la corrección de un rumbo que se repite y no tiene salida visible. Hoy en día la educación padece prisionera dentro de la escuela. El mundo exterior en ocasiones no parece reflejar lo que sucede dentro de ella y viceversa. Hace tiempo, pregonaba con su música y sus martillos rojos y negros el filósofo Roger Waters, la idea de derrumbar esos muros para liberar la educación y las mentes. Peculiar paradoja, años después de su palabra, fui yo quien se animó a derribar un muro que me permitió establecerme sin barreras en todo el mundo. ¿Se animarán ellos, esclavos constantes, a hacerlo? ¿Derribar esas paredes y establecer su pregonado mundo? Paredes quizás simbólicas que pueden ser derrumbadas sin ningún martillo porque están simplemente dentro de sus mentes esclavizadas

¿Estarán alguna vez preparados para su libertad, para hacer lo imposible?

Cuando lo hagan estaré listo. Volveré a mutar. Tengo, hoy en día, las ventajas de ser invisible.

La modernidad, al igual que hizo con la sexualidad, con la moral y tantas otras cosas, me puso nombre, me bautizó: Soy el sistema.

Sergio Delbreil