Un baño de realidad

-¡Holaaaa! -atendió el teléfono mi vieja, alargando la última sílaba hasta escuchar una voz del otro lado, como hacía siempre. Luego bajó su tono y continuó la charla. Apenas comenzó la conversación supe que era un llamado fuera de lo habitual. Las preguntas que realizaba eran precisas.

-¿Cómo llegó? ¿Quién es? ¿En qué estado está?-

Después de largos silencios en los que seguramente su interlocutor respondía las preguntas realizadas, habló:

-Bueno, déjame ver qué puedo hacer y dónde lo puedo ubicar- Fue cortante y seca.

Cortó y se fue al jardín de la casa a tomar mate. No pregunté nada. Volvió a las dos horas, pensativa. Se notaba que estaba intentando tomar una decisión. Agarró el teléfono y marcó.

-Hola ¿padre? Voy para allá y vemos cómo lo resolvemos- cortó nerviosa.

-Voy a la parroquia y vuelvo-

Volvió a las 3 horas en su camioneta con un tipo joven de unos 30 años, morocho con marcas en su rostro y con ojos violentos. Nos reunió en la cocina a mis hermanos y a mí. Nos relató lo que iba hacer. Mi primer baño de realidad.

-¿Quién este tipo? -preguntamos.

– Se llama Oscar, es adicto y se va a quedar unos días en la casita hasta que le consiga un hogar de rehabilitación.

-¿Por qué no se queda en otro lado?- pregunté

-Porque no tiene otro lado, es acá o en la calle- respondió secamente.

La casita le decíamos a una habitación separada de la casa que se utilizada como lavadero.

-Oscar no es solo adicto, sino que también es ladrón, nos vamos a manejar de esta forma: solo van a hablar con él cuando esté yo y voy a estar siempre.

Nadie dudó, o por lo menos yo no, nadie cuestionó o al menos no recuerdo. Tampoco me preocupé; creo que al tener 13 años creía que mi vieja lo podía todo, o casi.

En los siguientes días Oscar vivió en la casita y cada tanto podía hablar con él. Moría de intriga por saber cómo era la vida de un ladrón y no dudé en preguntar.

-¿Cuándo empezaste a robar?

– A tu edad- respondió

Oscar usaba palabras que yo no conocía, que significaban otra cosa a la que yo creía. Era un tipo amable de gestos intimidantes, de rasgos duros, tenía muchas cicatrices y algunos tatuajes de mala calidad: uno de ellos entre el índice y el pulgar: cinco puntos. Recuerdo que le pregunté qué significaban y respondió sin vueltas: 4 ladrones que rodean a un policía, me lo
hice en la cárcel

Me pareció que no tenía que seguir preguntando. Mis ganas de saber y entrar en su mundo crecían a medida que me contaba anécdotas, historias de robos con “caño”. Tuvo que explicarme que así se referían a las armas. Durante varios minutos pensé literalmente qué era robos con caños. Su jerga me divertía, pero pronto me di cuenta que en sus historias la violencia y la muerte eran cotidianas. No pude evitar preguntar si había matado a alguien. No tuvo una respuesta precisa, fue vago y no confirmó ni negó nada. Dijo algo así como: “no sé, capaz”.

Oscar no tenía padres, su adolescencia había transcurrido entre su casa, la calle y la cárcel de menores. Tampoco respondió preguntas sobre la cárcel, solo supe que había estado en varias y que sus tatuajes se los había hecho en ellas.

Llegó a casa por medio de un cura amigo de mi vieja, que es asistente social y estaba especializándose en adicciones. Cayó a la parroquia pidiendo ayuda en un estado lamentable y al cura lo único que se le ocurrió fue llamarla. Ella aceptó recibirlo hasta que consiguiera una beca en algún centro para adictos.

Silvia, mi vieja, comenzó a llamar a gente conocida para que lo recibieran en “El Reparo” un centro de rehabilitación privado que no tenían muchas vacantes. Pasó una semana hasta que Oscar comenzó a ir al centro para adictos por la tarde, pero continuaba durmiendo en la casita. Tenía largas charlas con mi mamá y en una de ellas pude escuchar un pedido casi desesperado:

-¿Podría sacar el tanque de kerosene que está al lado de la casita?- Al tanque lo guardábamos para las estufas. -Me dan muchas ganas de drogarme con eso-.

En otra logré escuchar como mi vieja le informaba con voz muy firme que si se iba no podría volver nunca más a esta casa.

Una tarde al regreso de la clínica llegó con algunas preguntas. Al parecer en un taller le preguntaron por su filosofía de vida y no supo qué responder, porque no sabía qué significaba esa palabra. La respuesta de Silvia fue lo más didáctica posible: “¿te acordás cuando te aclaré que tengas mucho cuidado con lo que haces en esta casa? ¿recordás tu respuesta?” Sí, que se quede tranquila que donde se come no se caga, bueno eso es tu filosofía de vida y continuó con otra explicación un poco más compleja que no entendí.

Otro día tuvo que hacer un trabajo para el grupo y pidió unos discos para buscar la música que él escuchaba y entregarla a su coordinador. Unas horas después lo vi pasar por el portón con nuestra única bici. Así se fue de casa. Volvió a la semana siguiente completamente drogado al mismo portón por donde lo vi irse. Mi vieja llamó a la policía como le había avisado, lo llevaron en un patrullero y luego nos enteramos que no salió de la comisaria porque se supo que había robado una farmacia, lo gracioso fue que no robó dinero sino todas las drogas que pudo.

Por años sonó el teléfono de casa: cuando atendíamos una operadora nos avisaba que era una llamada por cobro revertido desde una cárcel “Sierra Chica”, hablaba largos ratos con mi mamá que era a la única persona a la que podía llamar.

Años más tarde vi a Oscar en una placa de Crónica TV: “ROBO Y MUERTE EN BOEDO”. Vi su cuerpo y sus tatuajes con sangre en una vereda porteña.

A mis 15 años comprendí que hay personas que tienen su destino sellado y marcado en la piel como cada tatuaje en su cuerpo. Su experiencia de vida es casi imposible de borrar, sin ayuda.

¿Por qué creemos que se puede cambiar el destino? ¿Por qué uno de cada 1000 logra hacerlo? ¿Eso es medida de análisis? ¿Acaso pedimos que cada físico sea como Einstein? ¿Por qué creemos que todos elegimos? José Pablo Feinmann en su programa de canal encuentro citaba a Sartre: “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Acaso cuando vemos a nuestro equipo de fútbol ¿Le pedimos a nuestro 9 que defina como Messi? Sería una estupidez ¿Por qué decirle a los pibes chorros que no lo hagan porque está mal?, ¿por qué entonces pedimos que las excepciones sean una regla?. Señalamos al pibe que logró salir de la droga y que también se salvó de ser un chorro cuando no tuvo ningún tipo de vínculo y le decimos al resto: “¿Ven que se puede? Ustedes no lo hacen porque no quieren, porque no tienen voluntad”.

En la historia de Oscar no falló mi vieja, falló el estado. Una persona sola por más coraje que tenga no puede cambiar el destino del hombre, el único que puede hacerlo es el estado. Dejemos de pedirle a los pibes chorros que dejen de serlo y exijamos al estado que cumpla su función para cambiar el destino de tantos Oscar.

Texto : Juan josé Romero

Imagen: Zirpolo

He visto morir – Roberto Arlt

Arlt tenía 30 años, el 1 de Febrero de 1931. Ese día fue testigo del fusilamiento de Severino Di Giovani. Una persona nunca vuelve a ser la misma tras presenciar la muerte.

El escritor ya había publicado El Juguete Rabioso y Los Siete Locos. En pocos días presentaría Los Lanzallamas y al año siguiente El Amor Brujo. Luego se dedicaría a escribir principalmente obras de teatro. Al suceso narrado llegaría como cronista del diario El Mundo. Allí se publicaba su sección Aguafuertes Porteñas.

Severino Di Giovanni llevaba varios años como prófugo. Supo enloquecer a la Policía con algunos robos y atentados. Era un emblema para los anarquistas. Había arribado al país una década antes, desde Europa, en la segunda gran oleada inmigratoria. Esas personas escapaban del hambre y la guerra. Argentina los recibía en sus conventillos con un lugar reservado en el olvido.

Para comenzar a entender a Di Giovanni hay que conocer ese contexto en el cual las clases bajas no tenían ningún tipo de derechos: Ni sociales, ni laborales, ni sanitarios. Para terminar de hacerlo hay que leer el libro homónimo de Osvaldo Bayer.

En el siguiente texto, Roberto Arlt lo humaniza. Trata su fusilamiento como si de cualquier terrestre se tratase. Para la época, no es poco.

Sin más, el relato:

He visto morir.

Las 5 menos 3 minutos. Rostros afanasos tras de las rejas. Cinco menos 2. Rechina el cerrojo y la puerta de hierro se abre. Hombres que se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía. Sombras que dan grandes saltos por los corredores iluminados. Ruidos de culatas. Más sombras que galopan.
Todos vamos en busca de Severino Di Giovanni para verlo morir.

La letanía.

Espacio de cielo azul. Adoquinado rústico. Prado verde. Una como silla de comedor en medio del prado. Tropa. Máuseres. Lámparas cuya luz castiga la obscuridad. Un rectángulo. Parece un ring. El ring de la muerte. Un oficial.
“..de acuerdo a las disposiciones… por violación del bando… ley número…”
El oficial bajo la pantalla enlozada. Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado en aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas.
Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huída hacia las sienes como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas. Ojos renegridos por el efecto de luz. Grueso cuello desnudo. Pecho ribeteado por las solapas azules de la blusa. Los labios parecen llagas pulimentadas. Se entreabren lentamente y la lengua, más roja que un pimiento, lame los labios, los humedece. Ese cuerpo arde en temperatura. Paladea la muerte.
“..artículo número…ley de estado de sitio… superior tribunal… visto… pásese al superior tribunal… de guerra, tropa y suboficiales…”
Di Giovanni mira el rostro del oficial. Proyecta sobre ese rostro la fuerza tremenda de su mirada y de la voluntad que lo mantiene sereno.
“..estamos probando… apercíbase al teniente… Rizzo Patrón, vocales… tenientes coroneles… bando… dése copia… fija número…”
Di Giovanni se humedece los labios con la lengua. Escucha con atención, parece que analizara las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas. Mueve la cabeza con asentimiento, frente a la propiedad de los términos con que está redactada la sentencia.
“..Dése vista al ministro de Guerra… sea fusilado… firmado, secretario…”

Habla el Reo.

Quisiera pedirle perdón al teniente defensor…
Una voz: -No puede hablar. Llévenlo.
El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quien sabe!.
El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate.
Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar.
Ha formado el blanco pelotón de fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita:
-Venda no.

Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso.
Surge una dificultad. El temor al rebote de las balas hace que se ordena a la tropa, perpendicular al pelotón fusilero, retirarse unos pasos.
Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
-Pelotón, firme. Apunten.
La voz del reo estalla metálica, vibrante:
-¡Viva la anarquía!
-¡Fuego!

Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas.
Fogonazo del tiro de gracia.

Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez de Última hora, Enrique Gonzáles Tuñón, de Crítica y Gómez, de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

Está prohibido reírse.
-Está prohibido concurrir con zapatos de baile.

Sergio Delbreil.

Fusilamiento de severino di giovanni; Osvaldo bayer fusilamiento di giovani; arlt cronica;arlt periodista ; arlt inedito;

Mano brava

En sus manos tenía lo más cercano a la perfección (Eso creía). Reluciente y soberbio
aparecía el ancho de espadas custodiado de cerca por los siete sables y más atrás venía el seis
que completaba la flor. Se sentía imbatible con esas armas, nadie podría vencerlo. Pero no se
daba cuenta que había algo en esa mano que no encajaba. No, no era ese Uno solitario, ese
poderoso que se bate a duelo con su par de bastos por el poder. Tampoco era ese ejército que
custodia a los de arriba y los mantiene separados y protegidos de los que están más abajo, como
lo hace también ese otro siete, el de la riqueza concentrada. Solo ellos saben que clase de
alianzas se pactan en esa cúpula.
El que no encajaba en esa mano era el seis. Ese sencillo y humilde seis no pertenece a
esa élite, su lugar es abajo, con sus pares de los otros palos que también son marginados por los
de arriba. Ese seis no sabe que fue engañado por los poderosos. Le hicieron creer que es parte
de ellos pero en cuanto obtengan lo que quieren de él lo van a sacrificar en la primera mano
mientras ellos se reparten el botín.
Y es que les hacen creer a todas esas cartas que no valen nada, que nunca van a ser
como las otras. No son como esos Tres que se creen parte de la cúpula (aunque no sean más
que la base de la pirámide). Ni como los Dos, que les besan los pies tratando de que los acepten.
O esos asquerosos unos, bien llamados “Falsos”, que se muestran como si fuesen importantes
pero ya nadie los confunde. ¡Y qué decir de las figuras! ¡Las hermosas figuras! Creen vivir como
reyes y se pasean a caballo mirando desde arriba al resto pero no son más que otros marginados
aunque pretendan codearse con los de arriba. Son parias, no las quieren en ningún bando,
siempre están solas y cuando deciden unirse no suman nada.
Pero esas cartas marginadas, que por sí solas son vulnerables, si se juntan pueden llegar
a vencer al que sea que se les ponga por delante. Y eso es lo que el resto pretende que no
sepan…
-¡Falta envido! – escucha que cantan.
(…Pero ya es tarde)
Aceptó sin dudarlo mientras esbozaba una sonrisa soberbia pero se le borró por
completo al ver sobre la mesa esos treinta y tres bastones en las manos de los marginados,
todos unidos, derrotando al intocable y su ejército (y al pueblo que logró seducir). La terna era
completada por el siempre rechazado y bastardeado Cuatro de copas, por esta vez, en el bando
de los ganadores. Al fin y al cabo iban a hacer falta muchas copas más para brindar por la
victoria.
…Mejor pongámosle “Truco”, pa’no avivar giles…

Lucas Álvarez

10.6 D10S

Menos de once segundos antes, cuando el jugador argentino recibe el pase de un compañero, el reloj en México marca las trece horas, doce minutos y veinte segundos. En la escena central hay también dos británicos y un hombre algo mayor, de origen tunecino. El deporte al que juegan, el fútbol, no es muy popular en Túnez. Por eso el africano parece el único que no está en actitud de alarma atlética.

Se llama Alí Bin Nasser y, mientras los otros corren, él camina despacio. Tiene cuarenta y dos años y está avergonzado: sabe que nunca más será llamado a arbitrar un partido oficial entre naciones.

También sabe que si, doce años antes, cuando se lesionó en la liga tunecina, le hubieran dicho que estaría en un Mundial, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que se convirtió en juez: en Túnez no es necesario, para acceder al puesto, más que tener el mismo número de piernas que de pulmones.

Cuando dirigió su primer partido descubrió que sería un árbitro correcto. Fue más que eso: logró ser el primer juez de fútbol al que reconocían por las calles de la ciudad. Lo convocaron para las eliminatorias africanas de 1984 y su juicio resultó tan eficaz que, un año más tarde, fue llamado a dirigir un Mundial.

En México le pedían autógrafos, se sacaban fotos con él y dormía en el hotel más lujoso. Había arbitrado con éxito el Polonia-Portugal de la primera fase, y vigilado la línea izquierda en un Dinamarca-España en donde los daneses jugaron todo el segundo tiempo al achique; él no se equivocó ni una sola vez al levantar el banderín.

Cuando los organizadores le informaron que dirigiría un choque de cuartos —nunca un juez tunecino había llegado tan lejos—, Alí llamó a su casa desde el hotel, con cobro revertido, se lo contó a su padre y los dos lloraron.

Esa noche durmió con sofocones y soñó dos veces con el ridículo. En el primer sueño se torcía el tobillo y tenía que ser sustituido por el cuarto árbitro; en el sueño, el cuarto árbitro era su madre. En el segundo sueño saltaba al campo un espontáneo, le bajaba los pantalones y él quedaba con los genitales al aire frente a las televisiones del mundo.

De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó nunca, durante la víspera, en dar por válido un gol hecho con la mano. No soñó con que, en la jerga callejera de Túnez, su apellido se convertiría en metáfora jocosa de la ceguera. Por eso ahora dirige el segundo tiempo de ese partido con ganas de que todo acabe pronto.

Ahora el jugador argentino toca el balón con su pie izquierdo y lo aleja medio metro de la sombra. El calor supera los treinta grados y esa sombra, con forma de araña, es la única en muchos metros a la redonda.

Alrededor del campo, acaloradas, ciento quince mil personas siguen los movimientos del jugador pero solo dos, los más cercanos a la escena, pueden impedir el avance.

Se llaman Peter: Raid uno, Beardsley el otro; nacieron en el norte de Inglaterra, uno en el cauce y el otro en la desembocadura del río Tyne; los dos tuvieron, pocos años antes, un hijo varón al que llamaron Peter; los dos se divorciaron de su primera mujer antes de viajar a México; y los dos están convencidos, a las trece horas, doce minutos y veintiún segundos, que será fácil quitarle el balón al jugador argentino porque lo ha recibido a contrarié y ellos son dos: uno por el frente y el otro por la espalda.

No saben que, una década después, Peter Raid hijo y Peter Beardsley hijo serán amigos, tendrán quince y dieciséis años y estarán bailando en una rave de Londres.

Un escocés de apellido O’Connor —que más tarde será guionista del cómico Sacha Baron Cohen— los reconocerá y, en medio de la danza, los esquivará con una finta y un regate. Lo hará una vez, dos veces, tres veces, imitando el pase de baile que ahora, diez años antes, le practica a sus padres el jugador argentino.

Raid hijo y Beardsley hijo no entenderán la broma, entonces otros participantes de la rave se sumarán a la burla de O’Connor y se formará un bucle de bailarines que, en forma de tren humano, esquivará a los muchachos en dos tiempos.

Peter Raid hijo será el primero en comprender la mofa, y se lo dirá a su amigo: «Es por el video de nuestros padres, el de México ochenta y seis».

Peter Beardsley hijo hará un gesto de humillación y los dos amigos escaparán de la fiesta perseguidos por decenas de muchachos que gritarán, a coro, el apellido del jugador que diez años antes, ahora mismo, se escapa de sus padres con un quiebre de cintura.

Muy pronto Raid padre y Beardsley padre dejarán de perseguir al jugador: será el trabajo de otros compañeros intentar detenerlo. Ellos ahora permanecen congelados en medio de una cinta que el tiempo convierte, a cámara lenta, de VHS a Youtube.

Ahora sus hijos tienen cinco y seis años y no recordarán haber visto en directo el primer regate del jugador, pero al comienzo de la adolescencia lo verán mil veces en video y dejarán de sentir respeto por sus padres.

Peter Raid y Peter Beardsley, inmóviles aún en el centro del campo, todavía no saben exactamente qué ha pasado en sus vidas para que todo se quiebre.

Raudo y con pasos cortos, el jugador argentino traslada la escena al terreno contrario. Solo ha tocado el balón tres veces en su propio campo: una para recibirlo y burlar al primer Peter, la segunda para pisarlo con suavidad y desacomodar al segundo Peter, y una tercera para alejar el balón hacia la línea divisoria.

Cuando la pelota cruza la línea de cal el jugador ha recorrido diez de los cincuenta y dos metros que recorrerá y ha dado once de los cuarenta y cuatro pasos que tendrá que dar.

A las las trece horas, doce minutos y veintitrés segundos del mediodía un rumor de asombro baja desde las gradas y las nalgas de los locutores de las radios se despegan de los asientos en las cabinas de transmisión: el hueco libre que acaba de encontrar el jugador por la banda derecha, después del regate doble y la zancada, hace que todo el mundo comprenda el peligro.

Todos menos Kenny Sansom, que aparece por detrás de los dos Peter y persigue al jugador con una parsimonia que parece de otro deporte. Sansom acompaña al jugador argentino sin desespero, como si llevara a un hijo pequeño a dar su primera vuelta en bicicleta.

«Parecía que estuvieras en un entrenamiento, joder», le dirá el entrenador Bobby Robson dos horas después, en los vestuarios. «Ese no eras tú», le dirá su medio hermano Allan un año más tarde, borrachos los dos, en un pub de Dublin.

Kenny Sansom rebobinará mil veces el video en el futuro. Verá su paso desganado, casi un trote, mientras el jugador se le escapa.

Comenzará, en noviembre de ese año, a tener problemas con el juego y el alcohol. En la prensa sensacionalista lo apodarán «White» Sansom, por su afición al vino blanco.

Su único amigo de las épocas doradas será Terry Butcher, quizá porque ambos compartirán el eje de un trauma idéntico.

Butcher es el que ahora, cuando los relatores de radio y los espectadores en las gradas todavía están poniéndose de pie, le tira una patada fallida al jugador que avanza por su banda. Sin saber que su apellido, en el idioma del rival, significa carnicero, Butcher perseguirá enloquecido al jugador y le tirará una segunda patada, esta vez con ánimo mortal, en el vértice del área pequeña.

Terry Butcher tampoco superará nunca el fantasma de esos diez segundos en el mediodía mexicano. «Al resto de mis compañeros los regateó una sola vez, pero a mí dos…, pequeño bastardo», le dirá a la prensa muchos años después, con los ojos vidriosos.

Kenny Sansom y Terry Butcher no regresarán a México jamás, ni siquiera a playas turísticas alejadas del Distrito Federal. En el futuro, sin hijos ni parejas estables, tendrán por afición (con casi sesenta años cada uno) juntarse a tomar whisky los jueves por la noche e inventar nuevos insultos contra el jugador argentino que ahora, sin marca, entra al área grande con el balón pegado a los pies.

Antes del inicio de la jugada, un hombre da un mal pase. Con ese error empieza la historia. Podría haber jugado hacia atrás o a su derecha, pero decide entregar el balón al jugador menos libre.

Ese hombre se llama Héctor Enrique y se queda inmóvil después del pase, con las manos en la cintura. Después de ese partido nunca podrá separarse del jugador, como si el hilo invisible del pase vertical se transformara, con el tiempo, en un campo magnético.

Enrique todavía no lo sabe, pero volverá a participar de un Mundial de fútbol, veinticuatro años después y en tierra sudafricana. Será parte del cuerpo técnico de un entrenador que, más gordo y más viejo, tendrá el mismo rostro del hombre joven que ahora corre en zigzag. Y acabará su carrera todavía más lejos, en los Emiratos Árabes, de nuevo a la derecha del jugador al que, hace dos segundos, le ha dado un pase a contrarié.

Durante muchas noches del futuro, en un país extraño donde las mujeres tienen que ir en el asiento trasero de los coches, Enrique pensará qué habría ocurrido si, en lugar de esa mala entrega, le hubiera cedido el balón a Jorge Burruchaga, su segunda opción.

Burruchaga es el que ahora corre en paralelo al jugador, por el centro del campo. Son las trece horas, doce minutos y veinticuatro segundos: está convencido de que el jugador le dará el pase antes de entrar al área, que únicamente le está quitando las marcas para dejarlo solo frente a los tres palos.

Burruchaga corre y mira al jugador; con el gesto corporal le dice «estoy libre por el medio» y mientras espera el pase en vano no sabe que un día, algunos años después, aceptará un soborno en la liga francesa y será castigado por la Federación Internacional. Otra entrega a destiempo. Pero él, congelado en el presente, todavía corre y espera la cesión que no llega nunca.

Días más tarde hará el gol decisivo de la final, pero el mundo solo tendrá ojos y memoria para otro gol. Año tras año, homenaje tras homenaje, el suyo no será el más admirado.

Una noche Burruchaga llamará por teléfono a Arabia Saudita para conversar con su amigo Héctor Enrique, y lamentará, un poco en broma, un poco en serio, aquel gol ajeno que opacó el decisivo de la final. Entonces Enrique verá por la ventana una tormenta de arena y, sin pretenderlo, lo hará sonreír. «No fue para tanto aquel gol», le dirá, «el pase se lo di yo, si no lo hacía era para matarlo».

Dentro del campo de juego el viento sopla a doce kilómetros por hora. Si hubiera soplado a sesenta kilómetros por hora, como ocurrió en la Ciudad de México seis días más tarde, quizás la jugada no hubiera acabado bien.

El avance parece veloz por ilusión óptica, pero el jugador regula el ritmo, frena y engaña. Hay una geometría secreta en la precisión de ese zigzag, un rigor que se hubiera roto con un cambio en el viento o con el reflejo de un reloj pulsera desde las gradas.

Terry Fenwick piensa en las variables del azar mientras se ducha cabizbajo tras la derrota. Sobre todo en una, la menos descabellada.

Antes del partido, Fenwick le aconsejó a su entrenador Bobby Robson que lo mejor sería hacerle, al jugador rival, un marcaje hombre a hombre. Bobby respondió que la marca sería zonal, como en los anteriores partidos.

¿Qué habría ocurrido si Robson le hacía caso?, se preguntará Terry Fenwick desnudo, en la soledad del vestuario, con el agua reventándole las sienes.

En este momento, a las trece horas, doce minutos y veintiséis segundos del mediodía, es él quien ve llegar al jugador con el balón dominado; es él quien cree que dará un pase al centro del área. Fenwick piensa igual que Burruchaga, apoya todo el cuerpo en su pierna derecha para evitar el pase y deja sin candado el flanco izquierdo. El jugador, con un pequeño salto, entra entonces por el hueco libre, pisa el área y encuentra los tres palos.

«Mierda», le dirá a la prensa Terry Fenwick en 1989, «arruinó mi carrera en cuatro segundos». Dos años después del exabrupto, en 1991, Fenwick pasará cuatro meses en prisión por conducir borracho. Dirá, a mediados de la década siguiente, que no le daría la mano al jugador argentino si lo volviera a ver.

En esas mismas fechas una de sus hijas cumplirá dieciocho años. Durante la fiesta, Terry Fenwick la encontrará besándose con un argentino en una playa de Trinidad. Reconocerá la identidad del muchacho por una camiseta celeste y blanca con el número diez en la espalda. Fenwick aún no lo sabe, pero en su vejez dirigirá un ignoto equipo llamado «San Juan Jabloteh» en Trinidad y Tobago, un país que nunca jugó un Mundial, pero que tiene playas.

Fenwick se emborrachará cada día en la arena de esas playas. La tarde del encuentro de su hija con el argentino querrá acercarse al chico para golpearlo. El argentino hará el gesto salir para la izquierda y escapará por la derecha. Fenwick, de nuevo, se comerá el amague.

Ocho pasos, de cuarenta y cuatro totales, dará el jugador dentro del área, y le bastarán para entender que el panorama no es favorable.

Hay un rival soplándole la nuca a su derecha, Terry Butcher; otro a su izquierda, Glenn Hoddle, le impide la cesión a Burruchaga; Fenwick se ha repuesto del amague y ahora cubre el posible pase atrás y, por delante, el portero Peter Shilton le cierra el primer palo.

El norte, el sur y el este están vedados para cualquier maniobra. Son las trece horas, doce minutos y veintisiete segundos del mediodía. Tres horas más en Buenos Aires. Seis horas más en Londres.

En cualquier ciudad del mundo, a cualquier hora del día o de la noche, intentar el disparo a puerta en medio de ese revoltijo de piernas es imposible, y el que mejor lo sabe es Jorge Valdano, que llega solo, muy solo, por la izquierda.

Nadie se percata de la existencia de Valdano, ni ahora en el área grande ni durante la escuela primaria, en el pueblo santafecino de Las Parejas.

Jorge Valdano se sentaba a leer novelas de Emilio Salgari mientras sus compañeros jugaban al fútbol en los recreos, arremolinados detrás de la pelota. El fútbol le parecía un juego básico a los nueve años, pero a los once ocurrió algo: entendió las reglas y supo, sin sorpresa, que los demás chicos no lo practicaban con inteligencia.

Empezó a jugar con ellos y, mientras el resto perseguía el balón sin estrategia, él se movía por los laterales buscando la geometría del deporte.

Y fue bueno. Integró dos clubes del pueblo y pronto lo llamaron de Rosario para las inferiores de Newell’s; debutó en primera antes de los dieciocho. A los veinte era campeón mundial juvenil en Toulon. A los veintidós ya había jugado en la selección absoluta.

Pero en esos años de vértigo nunca amó el juego por encima de todo. Si le daban a elegir entre un partido entre amigos o una buena novela, siempre elegía el libro.

Hasta ese momento de sus treinta años, Valdano no estaba seguro de haber elegido su verdadera vocación. Por eso ahora, que espera el pase, siente por fin que ese puede ser su destino, que quizá ha venido al mundo a tocar ese balón y colgarlo en la red.

Sabe que la única opción del jugador es el pase a la izquierda. No le queda otra salida. Mientras pisa el área piensa: «Si no me la da, largo todo y me hago escritor”.

Pero el jugador entra al área sin mirarlo. Tampoco Butcher, ni Fenwick, ni Hoddle, ni Shilton se enteran de su presencia. Ni siquiera el camarógrafo, que sigue la jugada en plano corto, lo distingue a tiempo.

En el video, Valdano es un fantasma que asoma el cuerpo completo recién cuando el balón está en el vértice del área pequeña. Jorge Valdano todavía no lo sabe, pero al final de ese torneo comenzará a escribir cuentos cortos.

No hay enemigo mayor para un atacante que el portero. El resto de los rivales puede usar la zancadilla rastrera o las rodillas para el golpe en el muslo. No importa, son armas lícitas en un deporte de hombres y el agredido puede devolver la acción en la siguiente jugada.

Pero el portero, el guardavallas, el goalkeeper, el arquero (como el de Lucifer, sus nombres son infinitos) puede tocar el balón con las manos.

El portero es una anomalía, una excepción capaz de deshacer con las manos las mejores acrobacias que otros hombres hacen con los pies. Y hasta ese día ningún futbolista de campo había logrado devolver esa afrenta en un Mundial.

Por eso ahora, cuando el jugador pisa el área y mira a los ojos al portero Peter Shilton (camisa gris, guantes blancos), entiende el odio en la mirada del inglés.

Media hora antes el argentino había vengado a todos los atacantes de la historia del fútbol: había convertido un gol con la mano. La palma del atacante había llegado antes que el puño del guardameta. En el reglamento del fútbol esa acción está vedada, pero en las reglas de otro juego, más inhumano que el fútbol, se había hecho justicia.

Por eso en este momento culminante de la historia, a las trece horas, doce minutos y veintinueve segundos, Peter Shilton sabe que puede vengar la venganza. Sabe muy bien que está en sus manos desbaratar el mejor gol de todos los tiempos. Necesita hacerlo, además, para volver a su país como un héroe.

Shilton había nacido en Leicester, treinta y seis años antes de aquel mediodía mexicano. Ya era una leyenda viva, no le hacía falta llegar a su primer y tardío Mundial para demostrarlo.

Aún no lo sabe, pero jugará como profesional hasta los cuarenta y ocho años. Protagonizará en el futuro muchas paradas inolvidables que, sumadas a las del pasado, lo convertirán en el mejor goalkeeper inglés.

Sin embargo (y esto tampoco lo sabe) en el futuro existirá una enciclopedia, más famosa que la Britannica, que dirá sobre él:

«Shilton, Peter: guardameta ingles que recibió, el mismo día, los goles conocidos como ‘la mano de Dios’ y el ‘del Siglo’».

Ese será su karma y es mejor que no lo sepa, porque todavía sigue mirando a los ojos al jugador argentino que se acerca, y tapa su palo izquierdo como le enseñaron sus maestros.

Cree que Terry Butcher puede llegar a tiempo con la patada final. «Quizá sea córner», piensa. «Quizá pueda sacar el balón con la yema de los dedos».

Tampoco sabe que dos años más tarde se publicará en Gran Bretaña un videojuego con su nombre, titulado «Peter Shilton’s Handball», ni que sus hijos lo jugarán, a escondidas, en las vacaciones de 1992.

Mejor que no conozca el futuro ahora, porque debe decidir, ya mismo, cuál será el siguiente movimiento del jugador. Y lo decide: Shilton se juega a la izquierda, se tira al suelo y espera el zurdazo cruzado. El argentino, que sí conoce el futuro, elige seguir por la derecha.

Antes de tocar por última vez el balón con su pie izquierdo, a las trece horas, doce minutos y treinta segundos del mediodía mexicano, el jugador argentino ve que ha dejado atrás a Peter Shilton; ve que Jorge Valdano arrastra la marca de Terry Fenwick; ve que Peter Raid, Peter Beardsley y Glenn Hoddle han quedado en el camino; ve a Terry Butcher que se arroja a sus pies con los botines de punta; ve a Jorge Burruchaga que frena su carrera con resignación; ve a Héctor Enrique, todavía clavado en la mitad del campo, que cierra el puño de la mano derecha; ve a su entrenador que salta del banquillo como expulsado por un resorte y al otro entrenador, el rival, que baja la mirada para no ver el final del avance; ve a un hombre pelirrojo con una pipa humeante en la primera bandeja de las gradas; ve la línea de cal de la portería contraria y recuerda el rostro del empleado que, durante el entretiempo, la repasó con un rodillo; ve nítidamente a su hermano el Turco que, con siete años, le echa en cara un error que cometió en Wembley en un jugada parecida, ve los labios sucios de dulce de leche de su hermano cuando dice:

«La próxima vez no le pegues cruzado, boludito, mejor amagále al arquero y seguí por la derecha».

Ve el rostro de su hermano con la luz de la cocina donde ocurrió la escena, ve la picardía con que lo miraba; ve, detrás del arco, un cartel que dice Seiko en letras blancas sobre fondo rojo; ve las uñas pintadas de verde de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a una niña; ve una pelota desinflada y se ve a él mismo, con nueve años, que intenta dominarla; ve a su madre y a su padre que arrastran, con esfuerzo, un enorme bidón de kerosén por una calle de tierra en la que ha llovido; ve una taquilla, en un vestuario de La Paternal, que lleva su nombre y su apellido en letras flamantes, ve su orgullo adolescente al leer por primera vez su nombre y su apellido en la taquilla; ve un estadio, sus tablones de madera, y ve también que un día el estadio entero, y no solo la taquilla, llevará su nombre.

El jugador argentino ha controlado el aire de sus pulmones durante nueve segundos, y ahora está a punto de soltar todo el aire de un soplido.

Al revés que todos los rivales y compañeros que ha dejado atrás, él puede respirar con su pierna izquierda, y también puede intuir el futuro mientras avanza con el balón en los pies.

Ve, antes de tiempo, que Shilton se arrojará a la derecha; ve la intención segadora de Terry Butcher a sus espaldas, se ve a él mismo, muchos años más tarde, con un nieto en los brazos, visitando la entrada del Estadio Azteca donde se levanta una estatua de bronce sin nombre: solo un jugador joven con el pecho inflado, un balón en los pies y una fecha grabada en la base: 22 de junio de 1986; ve una rave en Londres donde dos chicos de quince años escapan de una multitud que se burla; ve un departamento en penumbras donde solo hay una mesa, dos amigos y un espejo sobre la mesa; ve a una muchacha en una playa del trópico que se deja besar por un chico que lleva puesta una camiseta argentina; ve un enjambre de periodistas y fotógrafos a la salida de todos los aeropuertos, de todas las terminales, de todos los estadios y de todos los centros comerciales del mundo; ve a un niño embobado con un videojuego en la ciudad de Leicester, mientras su hermano vigila por la ventana que no aparezca el padre; ve el cadáver de un hombre viejo que ha muerto en Ginebra ocho días antes de ese mediodía, un hombre que también ha visto todas las cosas del mundo en un único instante.

Ve Fiorito de día; ve Nápoles de tarde; ve Barcelona de noche.

Ve el estadio de Boca a reventar y él está en el medio del campo pero no lleva un balón en los pies, sino un micrófono en la mano; ve a un anciano en el aeropuerto de Cartago, que espera a su hijo en el último vuelo desde México, para abrazarlo y consolarlo; ve un tobillo inflamado; ve a una enfermera de la Cruz Roja, regordeta y sonriente; ve todos los goles que ha hecho y los que hará; ve todos los goles que ha gritado y los que gritará en su vida entera; se ve, con cincuenta y tres años, mirando desde el palco la final del mundo en el estadio Maracaná; ve el día que verá a su madre por última vez; ve la noche en que verá por última vez a su padre; ve crecer a todos los hijos de sus hijos; ve los dolores de parto de una mujer que está a punto de parir un niño zurdo en Rosario, un año y dos días más tarde de ese mediodía mexicano; ve un espacio mínimo, imposible, entre el poste derecho y el botín de Terry Butcher.

Cierra los ojos. Se deja caer hacia adelante, con el cuerpo inclinado, y se hace silencio en todo el mundo.

El jugador sabe que ha dado cuarenta y cuatro pasos y doce toques, todos con la zurda. Sabe que la jugada durará diez segundos y seis décimas. Entonces piensa que ya es hora de explicarle a todos quién es él, quién ha sido y quién será hasta el final de los tiempos.

Roberto Fontanarrosa

Ese Flaco

Nunca había llorado a un líder político. Hoy sí.

No creo ni adhiero en las visiones angelizadas de Néstor. Fue un estratega, esperó, fue el chirolita de Duhalde y luego le arrebato el aparato, lo cagó.

Con él volvió la política para los otros. Descolocó a la élite periodística que no sabía y no quería entender que no todos eran feos, sucios y malos. Lo odiaron y hoy aún más.

Y lloré porque soy un negro de mierda, un desposeído y lo siento tanto, tanto… porque representó ideas y convicciones, porque me vi ahí, fui defendido. Porque por sobre todas las cosas sentí que la posibilidad de cambios eran reales.

La muerte mejora, enaltece, exime de los defectos. A quienes lo odiaron, los evidenció y  el tiempo puso en el tapete todas sus miserias. Esos que hoy dirán lo bueno que fue, lo grande que fue y con la cola entre las patas como siempre, como nunca, pondrán al descubierto lo más asqueroso de su hipocresía.

La única verdad no es la realidad, él lo demostró.

No dejó sus sueños en la puerta de la casa de gobierno y los hombres viven también a través de ellos. Ese flaco torció el rumbo de la argentina, nos saco de las luces noventosas y la somnolencia radical.

Decía el poeta Almafuerte que “A veces viene un dolor y nos despierta” Pero la pucha… qué tristeza, que tristeza haberte perdido flaco.

27 de octubre de 2010

Carlo Magno

Un pibe peronista

Yo no sabía qué era el peronismo. No podía saberlo, porque era un pibito, un pendejito. Pero sí sabía que era peronista. Eso lo tenía claro. Había nacido en una familia peronista. Nosotros, los Pujol, éramos peronistas. Pero no tenía del todo claro que significaba ser peronista.

Había escuchado algunas historias que reforzaron esa idea. Haciéndome el distraído había parado la oreja en alguna conversación y escuché alguna historia de mis viejos y la cuestión del peronismo había tomado un ribete épico. Porque parecía que ser peronistas, en alguna época, había sido peligroso. Algo habían dicho mis papás sobre un sindicato, unas reuniones en el comedor de mi casa, alguna escena en la Plaza de Mayo que incluía a mis abuelos y a mi tía. Un tinte de resistencia, no sabía muy bien contra qué o para qué, pero que me atraía, me estimulaba la imaginación.

Para colmo, había una foto mía en el comedor de mi casa. Yo no podía tener más de dos años. De fondo se veía el patio a través del ventanal. Tenía un enterito rojo y azul y sobre mis rulos una vincha con las caras de Perón y Evita.

Repito, no tenía del todo claro que significaba ser peronista. Sin embargo, algunas cosas las tenía claras. Por ejemplo, que Perón era el presidente bueno. Una idea muy básica, pero digna para un pibito del Gran Buenos Aires. Crecer en los noventa implicaba formarse la idea dd que los políticos eran todos feos, sucios y malos. Menos Perón. Perón había sido bueno. Eso recuerdo haberle dicho a mi vecino, un año más chico que yo y de familia radical. Debíamos tener más o menos diez años. En mi recuerdo caminábamos juntos rumbo a una avenida, a punto de cruzar una diagonal, con un paredón gris y descascarado de fondo. Mi amigo repitió alguna frase que seguramente escuchó de sus padres. La Argentina es una país hermoso, lástima los políticos, o algo así había dicho. Lo corregí. Perón fue un presidente bueno, le dije. No es que alguien en mi familia me hubiera dicho que Perón era bueno, porque seguramente mis padres entendían la complejidad del poder. Era una conclusión que había sacado solo. Una especie de regla de tres simples que incluía el comportamiento de mis padres y a Perón.

Recuerdo haber sentido orgullo al ver una pintada callejera con una frase. Muchos de mis recuerdos de cuando soy chico parecen haberse formado en el asiento trasero del Dodge 1500 naranja de mi viejo. Los días más felices siempre fueron peronistas, decía la pintada. Peronistas éramos nosotros y los días más felices siempre fueron nuestros. La palabra gorila estaba en desuso en aquella época. Los otros, entonces, eran radicales. Mis vecinos, casi todos se podría decir, eran radichetas. Sus días también habían sido felices durante el peronismo. Esa es una lección que aprendemos rápido los que fuimos pibitos peronistas. Uno es peronista porque quiere la felicidad de todos.

Nosotros somos de River y somos peronistas, me dijo un día mi hermana. Ellos, refiriéndose a los vecinos del fondo de mi casa, son de Boca, pero radicales. Eso era una rareza, según ella, una paradoja. A River le dicen el Millonario y a Boca los bosteros. Por lógica, nosotros deberíamos ser de Boca. Pero mi viejo y yo éramos de Excursionistas. Porque River nunca me generó nada. En cambio, Excursionistas tenía otros aires. En el Bajo Belgrano de mi infancia, de donde es oriundo el Club Atlético Excursionistas, había algo de la estética que yo intuía que le pertenecía al peronismo. Los olores, las caras, la sensación que flotaba en el aire, que quizás no era otra cosa que humo, el barrio, la estación de tren, los bombos, los gritos. Había algo de tensión y de festejo que yo intuía que se parecía a eso que había escuchado de refilón en alguna sobremesa. La épica peronista.

Hoy tengo algunas certezas más de lo que para mí es el peronismo: la cuna de los grandes líderes, la pasión, la alegría y la tragedia argentina, la identidad de los cambios, la audacia hecha movimiento, la épica de la transformación, el orgullo. La dignidad de la inclusión.

Sebastián Pujol

Trastorno de radio

Me sentaba solo y veía tu luz,
mi única amiga a través de mis noches adolescentes.
Y todo lo que tenía que saber
lo oía en la radio.

Queen

Seguía dormido. No lograba entender la situación. Pero mi vieja gritaba y movía sus manos señalándome. El jefe de preceptores, Gabriel García afirmó: – Todo lo que quiera señora, pero él tiene que llegar a horario, como yo, como todos, sino se queda libre. Yo no era parte de la disputa. Mientras mi vieja oficiaba de abogada defensora, contando virtudes mentirosas acerca de mí, García firme en su postura y en su función social, indicaba que parte de la educación es el horario de entrada. La escuela nos socializó para el capitalismo y los horarios.
Luego de un rato García me preguntó, ¿Pero por qué llegas tan tarde? ¿No podés dormir? Y yo que tenía que decir que sí, que tenía un problema de trastorno del sueño por el cual no lograba dormir, que tenía insomio o algo parecido, dije lo que no tenía que decir, un poco por sueño y otro tanto para que el suplicio terminara pronto. Confesé: – Me quedo escuchando a Dolina, termina a las dos de la mañana.
A García se le iluminó la cara. Me dijo que él también, la charla bajó el tono y no quedé libre del colegio secundario por llegadas tardes y medias faltas. Contadas veces llegué a las siete y media de la mañana.
Si bien seguí llegando tarde. Nunca más tuve problemas. García me mandaba a llamar para verificar si había escuchado la historia Perseo del programa anterior o el nombre del tango que había tocado el sordo Gancé. Me ponía a prueba y casi no fallaba.
Dolina es la radio para mí, pero también una formación, el descubrimiento de un mundo nuevo, las puertas de la percepción: Mitología griega, historia, grandes pensadores, política y figuras de la modernidad. De la escuela, la educación formal, sólo me acuerdo que el orden de los factores no altera el producto, de llegar a horario y que el mundo es un lugar hostil, lleno de idiotas y no mucho más.
Ya de más grande, pude seguirlo con más frecuencia por radios y lugares por los cuales pasó la
Venganza; El Tortoni, el Bauen, Multiteatro, el galponcito de radio Del plata, el Caras y Caretas. Sus colaboradores han cambiado muchas veces. Personalmente el equipo Dolina, Rolón, Stronati fue el que más me gustó y es una elección difícil. Hoy Patricio Barton es impecable como partener. Pero fuera de esa discusión, el único irremplazable es Alejandro Dolina, conductor y centro de un programa radial con un formato único. Dolina, creo humildemente, que es uno de los grandes pensadores de la argentina, sus reflexiones pasan por las vicisitudes de la vida, el amor, la política y el mundo del conocimiento.
Tantas veces me he encontrado escuchando sus argumentos en noches de desvelo, sus respuestas o sus nuevos interrogantes. Sus entrevistas, son un género en sí, a veces incomodan al entrevistador, que sabe que enfrente tiene una subjetividad de las cuales afloran afirmaciones y construcciones argumentales sólidas. ¿No es acaso un filósofo? Sí, lo es. ¿No es un tipo que se pregunta por las grandes cuestiones de la vida? Sí, lo es. La academia, que no perdona que el conocimiento circule colectivamente y por otros canales que no sean los papers o los doctorados, jamás lo considerarían en sus filas. Ha pasado con Soriano, con Fontarrosa y con tantos más.

Dolina es un hombre de radio, un hombre de las ideas, que atraviesa generaciones y generaciones. Su criatura la Venganza Será terrible es creo para mí y muchos otros, producto de una rica historia radial argentina. Si alguna vez con amigos intentamos realizar un programa de radio, si hoy intentamos hacer de la Revista Marfil un espacio colectivo, cultural y crítico, creo que Alejandro Dolina tiene demasiado que ver en eso. En alguna medida somos malos imitadores, pero impulsores y divulgadores de su obra.
Siempre tengo presente una respuesta de Dolina a un oyente, creo que encierra no sólo una forma estética, sino también una sensible concepción de la función que deberían tener los medios culturales, transcribo:
Stronati – Es Rubén de Caballito y dice: “Dolina ¿vamos a seguir hablando del retrato de Luis XV o hablar del retrete de los yankis en Bagdad?”
Dolina:-¿ A ver cómo es?
Stronati: – “¿Vamos a seguir hablando del retrato de Luis XV o hablando del retrete de los yankis en Bagdad?”

Dolina: -Según. Si usted quiere oír sobre el retrete de los yankis en Bagdad tiene todo, todo el día. Tiene todo el día para oír eso. En este programa no porque no… no estamos capacitados, no somos periodistas, no trabajamos con información general. ¿Usted qué me está diciendo? ¿Lo que dijo un amigo? Que decía que mientras el pueblo sufría, nosotros hablábamos de los egipcios. Yo quisiera tener tiempo para explicar esto, pero, primero, nosotros no hacemos, lo que hacemos por cantar una milonga.
Quiero decir que, a lo mejor, lo verdaderamente contestatario, la fuerza que se opone a la brutalidad de Bush, a la estupidez de los funcionarios, la fuerza que permitirá salvar al pueblo que sufre; es la fuerza de la inteligencia, del pensamiento y de la sensibilidad, Y de ningún modo el oportunismo de los que dicen frases adocenadas en contra de la guerra como si bastara con eso. ¿Qué quiere que haga? ¿Que vaya y tome McDonald’s? Y que tiemble Bush.
Bush y cualquiera de los tiranos van a temblar mucho más si se desarrolla, mi querido amigo, la
inteligencia. Ése, ése es el camino. El camino del pensamiento, de la ciencia, de la inteligencia, ¡del arte!
¿Qué quiere, que abandonemos todos el arte y nos dediquemos a ver CNN? ¿Qué quiere, que le ponga el televisor en CNN y diga qué? ¿Qué sentido tiene que yo diga que mataron a seiscientos? ¡Claro que mataron a seiscientos!
Si todos se hubieran ocupado de leer algún libro, por ejemplo el señor Bush; a lo mejor, a lo mejor, en vez de matar a civiles, estaría interesado en deleitarse con las idas y venidas del pensamiento, en ir a ver la historia como una fuente de sabiduría, en abrevar en la poesía, en las novelas, en esta deliciosa combinación de sonidos que es la música. ¡Eso es lo bueno de la vida, mi querido viejo!
No ponerse como un buitre a ver cuántos murieron y creyendo, creyendo que esta mera actitud solipsista y onanista de estar viendo CNN a ver cuántos mató Bush le va a hacer temblar a alguien. Eso no sirve para nada. Lo que sirve es la lucha por las cosas buenas de la vida. Que son, mi querido amigo, el amor, el conocimiento, el arte, la ciencia y el trabajo. Y de ningún modo la denuncia, el odio y el regodearse como un buitre con las cosas espantosas que están sucediendo. Esa es la lucha.


Hoy que ni siquiera hablamos del retrete de los yankis, la comunicación argentina tiende a charlas de pizzería, hoy que el periodismo se ha convertido en un talk show insoportable, que cualquiera opina, si es posible no sabiendo y mejor si es una agresión twittera violenta.

La Venganza será Terrible, es un oasis , es también un trastorno radial, en el sentido de que ha sido una alteración de la esencia y características más rigurosas que tenía hasta el momento el formato radial. Festejemos y apreciemos estos cien años de radio, en los cuales la Venganza es sin duda un capítulo mayúsculo.

Carlo Magno

El parte vespertino

El ritual comenzó hace unos meses, no recuerdo cuándo, pero hace un mes noté cómo mi cuerpo me advertía que llegaba el horario y que no era una hora más en el día.

Entro a twitter busco a Nora Bär refresco la pantalla hasta que finalmente me detalla el 2do parte, al comienzo me ofuscaba porque no me decía la cantidad total, solo los del último parte, aprendí a esperar a que ella retuite a @TontinFraire, él nos muestra un gráfico con los totales y la curva que ya no podemos ver su forma. Aunque hay cientos de alternativas de enterarse a mí solo me gusta ver primero los números por Nora, recuerdo los días que no pudo darlo porque estaba en el hospital y me preocupé por ella, me alegré cuando se recuperó y se fue a la casa. A veces me molesta enterarme los números por otro lado. Me doy cuenta de lo estúpido que suena pero es la forma que encontré para que duela menos, aunque seguramente copie y pegue el reporte del ministerio de salud, Nora Bär me da tranquilidad aunque los datos sean cada vez más preocupantes.

+6134 casos y + 82 muertes dice la curva del Dr. Fraire

A veces creo que me acostumbre, pero no, odio los partes. El día transcurre mientras leo por alguna razón notas sobre: virus, sueros, caballos, vacunas, curvas, gráficos, antivacunas de mierda. Me rodeo de detalles para aparentar una calma que no existe.

La muerte siempre estuvo ahí, todos sabíamos pero hacíamos como que no. En los últimos tiempos la cantidad de muertos y de infectados por una enfermedad se hizo indispensable para que las autoridades sanitarias puedan saber cómo actuar. ¿Pero por qué también es importante para mí? Por un momento pensé que era solo yo , pero cuando el horario se acerca a veces comienzo a recibir mensajes de WhatsApp que generalmente arrancan con : “qué bajón hoy se murieron un montón” y me doy cuenta que somos muchos, tal vez alguno con más atención u otro con menos pero muchas personas notan que en algún momento del día escucharán las palabras “muertos e infectados de las últimas 24 hs” y lo peor de eso es que luego escucharan un número que duele y crece más y duele más.

Respiro aliviado cuando recuerdo que vivo solo y no puedo contagiar a ningún familiar. La culpa es un sentimiento que suele perseguirme, entonces respiro aliviado al volver de la calle y no preocuparme por un otro, luego recuerdo que la última persona que me abrazó fue mi vieja cuando me despedí después de pasar los primeros meses de cuarentena con ella. Vivir solo en tiempos de pandemia tiene un costo grande, van meses sin abrazos de amigos y sin un contacto con un otro pero al lado de la culpa de enfermar a alguien que quiero es algo que estoy dispuesto a pagar ¿Cómo será el día que podamos abrazar sin miedo?

+4557 casos y +233 muertes

Cuando los números de muertes aumentan de centena me duelen más. Nos desahogamos en un grupo de WhatsApp contando nuestras angustias, me leo y me doy cuenta los momentos extraños que vivimos: “mis fichas junto a mi estabilidad emocional dependen del suero de caballos, pongo todo ahí” la respuesta es un meme de un minotauro, bromeamos con poderes tipo hombre araña y mitigamos nuestros miedos.

Leer continuamente material del virus que me da un falso control, muchos de nosotros no estamos preparados para recibir en tiempo real información científica que se va contradiciendo y que al parecer es algo normal entre ellos para la construcción del conocimiento científico. Desde chicos se nos dijo que cuando la ciencia transmitía un hallazgo esa era “la nueva verdad” en estos meses fuimos aprendiendo que lo que vale es la validación entre pares y que también se equivocan. La falta de preparación para el resto de los mortales hace que muchos repitan información sin chequear o de médicos solitarios que brindan sermones como pastores en tv y sin vacilar gritan las cosas “que hay que hacer”.

+ 8159 casos y + 215 muertes.

¡Basta! quiero tomar un vino que por suerte compré para este horario, noté que no lo busco para la cena lo compro para que el segundo parte duela menos.

+7758 casos y + 118 muertes

Estoy contento, bajó de 200 aunque sepa que es mentira, que no bajo nada porque hoy es sábado y los sábados siempre baja y los lunes y los martes son peores, pero voy por mi segunda copa y quiero seguir contento ¿Por qué carajo tengo que saber que los fines de semana las muertes bajan? Leo el detalle y me rio, sí porque logré que ciertos detalles del parte me saquen una carcajada: “Una persona de sexo masculino de 62 años notificada como fallecida, de PBA fue reclasificada como no fallecida” me divierte cuando la gente revive.

Pero llega el horario y lo odio, no hay salida, tarde o temprano la hora llega y solo quiero que vuelva a ser una hora más.

Odio las 8 de la noche.

Juan José Romero

Dodge 1500

De chico, estoy hablando de cuando estaba en la escuela primaria, podía detallar donde se encontraban cada una de las localidades del Gran Buenos Aires. Sabía, por ejemplo, que González Catán, barrio completamente desconocido para cualquier pibe normal nacido y criado en Martínez, quedaba en zona oeste, más exactamente en el partido de La Matanza. Me llenaba de orgullo ese conocimiento. En la cabeza tenía el mapa completo del Gran Buenos Aires y eso se debía a que mi viejo laburaba haciendo repartos por todo el Conurbano y conocía cada localidad en detalle, o por lo menos eso me parecía a mí. Aquello lo convertía casi en un héroe. Claro que para convertirse en un héroe no necesitaba demasiado.
Guardo un recuerdo de esos que no puedo precisar si es parte de mi imaginación o sucedió en realidad. Esto es algo que suele sucederle a los tipos como yo, que tienen demasiada imaginación y que viven todo el día en babia, como decía mi mamá. En mi recuerdo había faltado al colegio y mi papá me llevó con él a trabajar. Al Dodge 1500 que manejaba le faltaba, no recuerdo el motivo, el asiento del acompañante y lo había reemplazado por una banqueta de mimbre. Recorrimos todo el Gran Buenos Aires mientras yo le cebaba mate, tirando el agua bien cerquita de la bombilla como me había enseñado, mientras me contaba sobre los distintos cordones industriales y el crecimiento de esas zonas durante el primer gobierno peronista. Lo más probable es que eso nunca haya sucedido tal y como yo lo recuerdo o que sea una mezcla de distintos momentos.

Pero hay un día que no me lo olvido más. Seguramente para mi viejo fue algo intrascendente. o no. Pero a mí se me quedó en ese lugar de la cabeza en que flota lo más trascendental de los recuerdos ordinarios, que solo son importante para uno, porque se trata de un día en que no pasó nada especial, un día cualquiera en que no murió ni nació nadie importante. Pero yo no me lo olvido más.
Ese día jugaba Excursionistas de visitante en cancha de Deportivo Laferrere. Era un partido importante. No recuerdo exactamente el motivo por el que era importante, pero lo era. Yo nunca había ido a ver futbol de visitante. Ni siquiera estaba seguro de ser hincha de Excursionistas como mi papá. Mi hermano era de River y alguna que otra vez habíamos ido al Monumental. Pero River no me generaba nada.
Mi viejo ya no laburaba más en la calle. Tenía un trabajo en el que le permitían usar una camioneta de la empresa los fines de semana. En esa camioneta fuimos hasta Laferrere (mi viejo lo pronunciaba textual, argentinizado), en lo más profundo de La Matanza. Llegamos hasta el estadio cuando el partido ya había empezado. Excursio había llenado la tribuna visitante. No sé bien por qué, pero eso me llenaba de orgullo. Ellos también eran muchos. Ya empezaba a pensar en términos de “ellos” y “nosotros”. Mi viejo, como siempre, se había puesto a charlar sobre el partido con alguien. Con cualquiera. Como siempre. Yo, como siempre también, intentaba aprender para después imitar ese vocabulario tribunero. Creo recordar que el partido terminó empatado. Volvimos cuando caía el sol. Tardamos mucho en volver. El camino era largo. Atardecía y volvíamos escuchando el comentario del partido de una radio partidaria. Después puso un partido cualquiera. No recuerdo haber pronunciado una sola palabra en todo el viaje de vuelta. Me acuerdo de una estación de servicio al costado de la ruta y de los comercios en la Ruta 3.
Ese día me hice realmente hincha de Excursionistas.

Sebastian Pujol

El silencio del monseñor.

-¿Dónde está Héctor?

El secretario personal del monseñor había atravesado el parque arbolado y florido del arzobispado de La Plata.  Estaba visiblemente agitado, había corrido. El mundo miraba la basílica de San Pedro: El nuevo papa había sido elegido.

Monseñor tenía que saberlo de inmediato.

Pasaban cinco minutos de las siete de la tarde, del 13 de marzo de 2013 y el secretario corría a los gritos preguntando, implorando: ¿dónde está el  monseñor?

Entre sombras, con las puertas y ventanas cerradas, fumando como nunca antes, solo en su despacho, el arzobispo de la ciudad de La Plata, miraba la televisión nervioso. Sabía que había alguna probabilidad, pero… rezaba, confiaba, apretaba sus dientes. Habían pasado seis minutos de las siete de la tarde. La placa en la televisión afirmaba “En instantes anuncian al nuevo papa”

Siete de la tarde y siete minutos. El cardenal francés Jean Louis  Tauran,  vestido de rojo, salía  al balcón con mucha dificultad,para informar al mundo, que habemus papam, y luego definir: Georgius Marius Bergoglio.

No entendió bien. Pensó que era un mal sueño. Entonces, vio salir a su enemigo, que sonriendo alzaba los brazos hacía la multitud.

Siempre había odiado  a ese “Rústico peroncho”.

Quiso gritar, correr, romper absolutamente todo. Su secretario golpeaba la puerta. Pero nada salió de la boca del Monseñor. Lloro  un poco. Luego el silencio. Casi de muerte, de derrota máxima, infinita y total.

Había ansiado como nadie el poder total en la iglesia argentina, él que era  el jefe de la más rancia derecha católica, tenía una disputa personal con el Jesuita Bergoglio, había movido como nunca todas sus influencias en Roma, pero sólo para asegurarse. Porque no creía cierta siquiera, la posibilidad.  La astucia de Jorge era de cabotaje, no iba a hacer eco en las más altas esferas de la política vaticana. Le dolió su error. Lo subestimo.

Recordó los cruces doctrinales con Bergoglio, los enojos en las asambleas, los desplantes que le había hecho. Era una piedra en su zapato.

Pronto una imagen terrible se le vino a su mente; en la capilla Sixtina, era él arrodillado, él besando el anillo papal y Bergoglio, ahora Francisco mirándolo desde arriba como un triunfador, cómo debe mirar un papa.

En todas las iglesias del país sonaron las campanas de la gloria por un  padre de la iglesia. En la catedral de La Plata, no. Un sumo pontífice, argentino, latinoamericano, jesuita y Bergoglio, no era nada para  festejar. Mejor el silencio.

 

Cuando anochecía,  el monseñor,   acomodó sus cosas rápidamente en una valija y escapó a un monasterio de la ciudad Azul, en busca de silencio, que casi siempre es el sonido de la derrota.

Carlo Magno