Tratemos de vivir con fantasía

 

Tributo al Trinche Carlovich y Sergio Denis

-Trinche, vos fuiste mejor que yo- cuentan que le dijo Diego Armando Maradona y le firmó una camiseta cuando visitó Rosario como DT de Gimnasia y Esgrima de la Plata.

La pelota siempre al 10, reza un viejo adagio futbolístico de la época en que existía esa posición, hoy devorada por las estrategias conservadoras que impusieron el doble 5. Que en otras épocas, parece que a los 5 les sobraba para arreglárselas en la mitad de la cancha, que con uno bastaba y a veces sobraba. Era el caso del Trinche Tomás Carlovich, un jugador rosarino que encarnó un mito que casi no dejó registros materiales donde cotejarlo pero presentan una incuestionable empiria en ese lugar nuboso donde la realidad incluso supera a la ficción. Informe Robinson le dedicó un programa especial a la leyenda, dejando testimonio de la calidad de Carlovich distintas personalidades como César Luis Menotti; Aldo Pedro Poy; Jorge Valdano; José Pekerman y Mario Killer. Como es de público conocimiento, falleció el 8 de mayo luego de ser víctima de un asalto donde le robaron su bicicleta.

Al fin de la misma semana, el 15 de mayo, falleció también Sergio Denis, el artista nacido en coronel Suárez, provincia de Buenos Aires, y que supo alcanzar celebridad. En los 80 había conocido su época de éxitos con hits que pasaron a formar parte de la memoria colectiva de la gente del común. Tuvo ascensos y descensos en la carrera como el recorrido de una montaña rusa, llegando incluso a tener problemas económicos y de salud que le habían jugado una mala pasada. El tiempo pasó, y uno cuando lo veía en un escenario de un programa de televisión ya no veía al mismo hombre (como era lógico), pero lo que deseaba no era que cantara algo nuevo sino “las mismas de siempre”, esos temas que nos hacen retornar a la década del 80 en que éramos pibes y mi vieja subía el volumen si pescaba la canción en la radio armatoste que se apoltronaba en la cocina. Las mismas de siempre que animaban los carnavales cariocas de todas las fiestas o la tanda de lentos de cuando empezamos a ir a bailar. Como una defensa contra el tiempo ese querer retornar a aquéllas épocas y vernos pibes y quitarnos años a todos. 

Y tal vez eso es lo que junta al Trinche Carlovich y a Sergio Denis, un tiempo pasado que fue idílicamente mejor y al que es lindo volver por unos instantes. Y en el Informe Robinson, verles brillar los ojos a quienes lo vieron jugar en Central Córdoba de Rosario, haciendo un caño a su marcador y volviendo inmediatamente para hacerle el segundo. Que lo importante no era ganar, sino jugar. O la jugada de la pelota junto al banderín del córner y el genio la levanta en un movimiento rápido dejando atrás a tres rivales. El mito del jugador artista de potrero que se corporiza de repente en el documental con la presencia del hombre, que aparece poco locuaz pero emocionado a la hora de hablar y dar su testimonio. Casi como Sergio Denis, un hombre de perfil bajo detrás de la pantalla, casi una persona tímida que curiosamente prestaba la voz a las canciones que repetíamos todos y que llegaron también a las canchas de fútbol. Y, en un momento, sobre ese fenómeno dijo bromeando, sonriendo: “debería cobrar los derechos”, para agregar después: “que la canción se haga popular, que la canten las personas no se paga con nada”. Que no todo es un negocio y aunque vivamos en el capitalismo hay cosas que no tienen precio. 

Como dijo en la red social Twitter Miguel Mastroscello (@mastrocuervo), la vida del Trinche fue un cuento de Fontanarrosa pero el final lo escribió Horacio Quiroga. También es extensible al final trágico del cantante, secuela de un terrible accidente sufrido hace más de un año en Tucumán. Y bien, el final sin embargo no debe hacernos perder de vista el recreo que permitieron a mucha gente de levar anclas y volver por un rato a un pasado añorado, soñado, querido. Dos artistas, a su modo y en su rubro, dos vidas que merecieron sin dudas ser jugadas. Uno que repartió la creatividad de cantar lo que a otros sólo se les ocurrió pensar que, de tan simple que parecía, “podía haberlo hecho yo”. Pero lo hizo Sergio Denis. Y el otro, con la magia de la pelota al pie y encarnando la rebeldía de un jugador de potrero que no quiso adaptarse al sistema y al nuevo fútbol de los preparadores físicos. Cuenta uno de sus compañeros que el profe les había ordenado correr 10 kilómetros, y el Trinche se quedó jugando con la pelota y les dijo “vayan ustedes, yo no necesito”. Cuenta también Menotti que lo convocó a un preseleccionado y el Trinche no asistió porque se había ido a pescar o a una isla, no recuerda bien. Una isla, dos Robinson Crusoe fueron a su modo en algún momento de la vida. La fama, el tiempo que la escurre y la soledad o el acompañamiento solo de los propios, de los que estuvieron siempre. El caer y levantarse permanente de Sergio Denis para intentar seguir en el ruedo y cantando. El último acto de sus vidas, el final inesperado y trágico casi que elucubrado por Horacio Quiroga, los encontró sin embargo arriba de una bicicleta y sobre un escenario, donde les gustaba estar a los dos. Dos vidas que invitan a retornar al pasado pero también mirar nuestra vida presente para tratarla de vivir lo mejor posible y disfrutarla en el aquí y ahora, como diría en su canción el recordado intérprete, y aquí el autor de estas líneas no agrega nada más, porque está todo dicho:

“… tratemos de vivir con fantasía, juguemos sin temor que hoy es el día, nuestro día”.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

Mi perro anarquista

Se escapó Napoleón, me dijo mi vieja. Lloraba y repetía que no se había dado cuenta, que abrió la puerta y como un rayo descontrolado empezó a correr.

No le di importancia, siempre se escapaba y volvía en una hora o dos. Golpeaba la puerta del frente de la casa con la pata y ladraba, nos avisaba que había llegado, que los dominios del emperador estaban en orden y que podía volver a su trono perruno.

Pasaron las horas y Napoleón no volvió. Salimos a buscarlo, pegamos carteles, preguntamos por el barrio y más allá: – No vio por casualidad un perro maldito, flaco, insoportable, lo queremos mucho. Gracias. Si lo llega a ver, nos avisa.

Sólo me queda recordarlo. Por el principio, tal vez para ordenar lo anárquico, lo impredecible, lo extraño de ese animal que nunca logré entender.

Corría el año 2002, el país había explotado. Yo trabajaba en un fast food y comenzaba a conocer la precarización en la industria de la hamburguesa y el forreo de adolescentes. A la vuelta del laburo pasaba por una veterinaria, ahí lo vi a Napo, en una pequeña jaula, él mandaba. Gruñía, mordía, toreaba, a los pequeños perritos abandonados, que además de cargar con esa condición, debían soportar la fiereza de este descarriado raza calle, que era más chiquito que los demás, pero que con su prepotencia lograba obtener la mitad de la jaula a su merced, marcar su territorio a fuerza de convicción en sus posibilidades. Creo que me compadecí de sus compañeros de celda y me lo llevé. Estoy seguro que me han agradecido ese gesto.

Lo llame Napoleón. Mi bautismo, luego de mucho meditarlo, tuvo que ver con las características de este animal que se creía más, que siendo cachorro se lanzaba a pelear con perros adultos, con humanos adultos, con todo lo que se interpusiera ante él. Tenía una confianza absoluta.

Pero era flaco, desgarbado y bastante feo. Como el histórico, el emperador francés que según se decía no era muy agraciado, proveniente de una familia venida a menos y de Córcega, cuestión que no era honorable. Bonaparte era un perro de la calle para la élite francesa. Sería emperador, sería Napoleón I y se coronaría el mismo, no lo haría el Papa que masticaba rabia espiritual mientras ya empezaba a conspirar. Y se sabe que para ser emperador hay que primero creérselo. Y se sabe que el trabajo de los sumos pontífices consiste en conspirar.

A Napoleón, el perro, nunca pude hacerle entender que no debía robar comida, que su método de asaltar la mesa en medio del pánico de los comensales, no era el mejor; que la ropa tendida no era para que la haga mierda; que tenía que respetarme porque yo era su dueño, era la autoridad; que era necesario que se comporte bien, porque mi vieja lo quería desterrar; que ya estaba grande para comportarse como un cachorro; que para la convivencia con humanos se tenía que bañar y tener un collar. Dos cosas que nunca logré. Nunca lo pude bañar, nunca pude ponerle un collar, tal vez el símbolo de la opresión perruna, de la propiedad. Y él era anarquista. Libre. Maldito. Yo nunca lo pude comprender. A veces al punto de odiarlo.

Pero nos queríamos. Cuando yo le acariciaba atrás de las orejas, él me miraba y me mostraba su pequeño pasado de hambre y su trauma con el agua. Un humano quiso ahogarlo. Cuando dejaba de rascarlo, me ordenaba seguir, con su cabeza buscando mis manos, hasta que se cansaba e inevitablemente se dirigía a mandarse alguna cagada. ¡No Napoleón! Fue la frase que más escuchó en toda su vida.

Lamento no haberte enseñado algo. Por lo menos, me hubiera gustado que supieras que no tenías que escaparte de casa. Hacerte entender que ese era tu dominio, tu imperio, que debías respetar algún tipo de autoridad, que bueno, que en la vida hay que respetar las reglas. Siempre.

Cosas que no existían para vos. Intentos fallidos míos. Porque se sabe y ya no escupiré más certezas; que, si hay algo imposible, es ponerle límites a un perro emperador y anarquista.

Carlo Magno

La angustia

Comienzo por la lectura, tomo un libro fácil o que por lo menos me abstraiga de la realidad. No lo consigo, lo dejo, comienzo otro, tampoco tengo suerte, entro a Netflix y mi concentración parece haberse ido para siempre. Leo la palabra “productividad” en redes y no le encuentro el significado. Por largos días parece que lo “importante” carece de sentido o por lo menos lo que hasta hace dos  meses creía que lo era ahora no lo es. Lo que me invade es otra cosa, no tengo que hablar por Skipe con mi psicóloga para notar el sentimiento que me abruma, casi se puede tocar.

Como un marinero vigía intento subir al mástil más alto y observar;  pero el horizonte no asoma, la niebla lo tapa y por momentos es tan espesa que no puedo ver ni mis manos.

Hacé ejercicio en tu casa, armá una rutina, cocina, levantate como si fueras a ir al trabajo: el estado intenta de cuidarme y la sociedad me da órdenes para que no deje de ser productivo. ¿Y si no quiero ser productivo? ¿Y si no quiero vivir una pandemia como algo normal? ¿Y si esta vez estar deprimido y angustiado es la normalidad? Igual sigo en el mástil despejando la niebla con mis manos para intentar ver más allá y que en algún momento aparezca la luz del faro, ya no importa cual lo que me importa es encontrarla.

Juan José Romero

Looney tunes

“Quedate tranquilo, guachito, te vas a morir”, me dicen una y otra vez los yutas, casi tarareando, como si fuera una canción de cuna, y me miran sin saber qué hacer, me miran casi a punto de reírse sin querer, sin darse cuenta de que el charco de sangre que me sale por la espalda les moja las botas.
Dicen que cuando uno se va a morir, la vida le pasa frente a los ojos, pero yo no puedo recordar nada ahora. Tengo demasiado miedo. Solo me viene a la cabeza la imagen de un sobre de dvd trucho de los looney tunes, vacío, y escucho la musiquita inconfundible y al chancho diciendo que eso es todo, amigos.
“Esto es todo, amigos”, murmuro, y los canas se ríen un poco, por compromiso, como si yo en mis últimas palabras hubiese querido hacerlos reír.
Esto es todo, amigos. Quisiera decir otra cosa antes de morir. Algo más significativo. Quisiera tener otro recuerdo en la cabeza bajando las persianas de mi vida, en vez de un puto sobre vacío de los looney tunes. Quisiera acordarme de la cara de mi mamá, por ejemplo, en alguna de las veces en las que me dijo distraídamente que me quería. Pero no, solo una imagen sin contexto.
Lo único que siento es frío, mucho frío, a pesar de que corrí como ocho cuadras y me trepé a un alambrado para escaparme del patrullero. Solo frío, a pesar de que me dieron como tres tiros en la espalda y uno en la gamba.
“No hubieras corrido, boludito, te tuvimos que tirar” me dice uno de ellos, mientras se limpia la sangre de las botas en el pasto, como si hubiera pisado caca. Yo no los puedo ver. Lo único que veo es el sobre con el túnel rojo de los looney tunes. La voz grave y monótona del cana se va alejando. Los párpados me pesan. Quiero dormir.
Entonces escucho la voz de mi vieja, que viene desde la otra punta de mi vida y me grita que guarde el dvd en el sobre, que ya vi treinta veces ese dibujito y que me tengo que ir a la escuela. Todo se ilumina. Guardo la película y la meto en mi cajita de películas truchas. La cortina azul de mi pieza se infla y aparece mi mamá, me toma de la mano y salimos juntos. “Eso es todo, amigos”, canturreo, mientras me cuido de no pisar las rayas de la vereda…

 

Juan Zirpolo

La maqueta en el aire

Siempre me parecieron mágicas, chabon. Son como gotas de pintura roja, violeta, amarillo o verde flúor en el tapiz negro y gris que es puente Saavedra. Suben las escaleras casi corriendo, siempre llevan en la boca una charla sonriente y en los brazos sus maquetas de edificios lujosos, casas solitarias y estacionamientos. A veces esas maquetas solo son plataformas de palitos montados en un propósito oculto para mí, que recién me bajo del quince semi rápido, atontado por el sueño y el lentísimo viaje; que además no entiendo una mierda de arquitectura ni de subir escaleras convertido en una hinchada esponja de esperanza.

Son mágicas, amigo. Te lo juro. Me flashea mucho verlas, sentir el contraste no solo visual que hacen con ese puente del orto, con el gentío acumulado, efervescente de estrés y malhumor matutino; con los bondis acumulados y luchando por alejarse; conmigo haciendo zigzag entre la gente para bajar las escaleras corriendo e ir a tomar el 68.

Qué hermoso bondi el 68, chabon. Es otra cosa. Ahí me siento como en el living comedor biblioteca de mi prima Maru, sentado en su sillón y tapado con su enorme tortuga de peluche. Es una tibieza espectacular. No, boludo, no esa tibieza.

Aunque sí, tenés razón, soy un tibio de mierda. Me pasé la vida haciendo cosas por miedo o por compromiso. Le cagué la vida a personas por ser un tibio. Me cagué la vida por ser tibio.

Pero lo que hice hoy no fue nada tibio, amiguito.

Hoy fue una mañana particularmente fría. Me emponché como nunca para salir. Remera, camiseta, campera con capucha y un tapado encima. Salí al viento helado así, achinado y apurado porque de vuelta me quedé dormido. Bueno, me pasé diez minutos en la almohada, nada más, pero diez minutos te hacen mierda la puntualidad si vivís en Benavídez y laburas en Once, si tenés que esperar el puto quince semi rápido que viene cuando se le ocurre, si tenés que atravesar una Panamericana atestada de gente adentro de miles de vehículos arrastrándose a paso de zombie a sus laboriosos destinos.

Tenés razón, me voy por las ramas. Te decía que lo que hice hoy no fue tibio en absoluto a pesar de mi adicción a la tibieza de los sillones mullidos, de los asientos contra la ventana presurizadamente cerrada, de las verdades calladas en la cara y de la indiferencia hacia el dolor ajeno.

Me bajé del bondi y recibí el golpe del frío que venía persiguiéndome desde Benavídez. Me apuré por esquivar a la gente y avanzar hacia la escalera primero que nadie. El horizonte era gris, gris perla, deme un cierre invisible de treinta centímetros, gris perla, por favor. Entonces la vi.

Una cabeza rubia se asomó desde el precipicio de la escalera oculta. No tendría más de veintitrés años. Su cara estaba algo fruncida y pálida por el frío, pero sus mejillas estaban ruborizadas y hablaba con sus amigas con una sonrisa imperturbable. Todas llevaban maquetas de una especie de edificio con formas modernas. Ella lideraba la caravana de proyectos con su pelo rubio al viento, retorciéndose sobre el cielo nublado y entre sus ojos azules. Avanzaba poéticamente con su maqueta imponente, regia, orgullosa, que ella misma había hecho. Una extensión de ella misma, una respuesta, una exclamación victoriosa sobre el suelo frío y zozobrante del puente.

Pareció pasar en cámara lenta.

Saqué mi mano izquierda del bolsillo y medí la distancia entre mi brazo y su maqueta. Ella giró su cabeza hacia atrás para decirle algo a sus compañeras, y cuando giró de nuevo, la mano de un desconocido golpeó la base de su edificio adrede, totalmente adrede y determinado. 

La maqueta flotó en el aire durante una eternidad, chabon. Luego descendió pesadamente, golpeando contra las barandas del puente y cayó en la Cabildo, haciéndose mierda contra el asfalto. Casi le rompe la cabeza a un pibe que cruzaba corriendo.

Fue poético, amigo. Con las migas de no tibieza que me quedaban miré a la rubia, que se había quedado parada en medio de la sorpresa y la desazón con los brazos aún haciendo el ademán de sostener la maqueta. Sus mejillas estaban blancas. Su pelo no ondulaba, solo se movía como una bolsa de cemento rota y llena de escombros en la vereda de una obra en construcción, no sé. No sé cómo describir lo que pasó.

La chica ya no contrastaba. Era una con el puente.

Bajé las escaleras corriendo y escuchando las puteadas de la piba. Me tropecé y me hice mierda la pera contra el pavimento. Me lo merecía, boludo. Eso de hacer poesía experimental no es gratis.

Juan Zirpolo

64 en 1

Era un cartucho del Family de sesenta y cuatro  juegos en uno. Era negro, con la cara Mario y Luigi en el sticker, por atrás asomaban los tanques del Battle City.

En ese acto de compraventa, en diciembre del año 2000  fue que termino mi infancia.

La contraprestación fueron dos yerbas, una harina y un kilo de carne. Estábamos en el truque en una escuela en las afueras de San Miguel, el país estaba a punto explotar o ya había explotado pero no se trasmitía.

Mi vieja me llevó para vender su producto estrella “Sojanesas” las milanesas del poroto comenzaba a tener éxito en la dieta de los argentinos, no por Fit o Light. La soja comenzó a incluirse porque no se podía comprar ni un mísero churrrasco. La cuestión es que mi vieja no estaba vendiendo un carajo, el problema era que si la producción no se vendía, un total de 10 paquetes en las cuales había cuatro milanesas de soja, pasarían a ser la dieta de la semana. Soja y más soja y no era precisamente Grobocopatel.

Yo lleve el Cassete medio a escondidas. Sabía que podía ser una venta segura. En los trueques, confluimos todos. Los que hacía tiempo se encontraban fuera del sistema y aquellos que recién les habían dado el último golpe de horno, la clase media baja, como le dicen.

Si algo le debemos al Kirchnerismo es que nadie va a leer un diario, escuchar, mirar un medio de comunicación como lo había hecho hasta el momento. Clarín titulaba en enero de 2001:

TENDENCIAS: 300.000 PERSONAS INTERCAMBIAN PRODUCTOS Y SERVICIOS EN 500 CLUBES DEL PAIS y en la bajada  decía: Es tan antigua como el hombre Pero cada día suma más socios Se ofrecen desde piononos y tortas hasta ropa y muebles También hay médicos, electricistas y albañiles que canjean su trabajo por mercaderías o servicios.

Es una excelente pieza de ficción, una nota digna del realismo mágico. El país se caía a pedazos y estos tipo te reinventaban la situación los orígenes del hombre, a un nuevo comienzo de la humanidad y la luz de una nueva industria pujante. Son el cáncer moral de la nación como dice el querido Víctor Hugo. Han envenenado, dormido y anestesiado a nuestro pueblo.

Pero volvamos al trueque, en el año 2000, en una escuela de San Miguel.  Puse el cartucho a la venta y rápidamente lo vendí y como les decía ahí justo en ese momento terminó mi infancia. Porque ahí se iba el Circus, el islander, el mario, el battle city, el bomberman , el maravilloso Goal. En fin se iban grandes momentos de la vida. No tengo ni necesidad de describir cada juego. Ustedes me entienden.Fueron momentos hermosos,  comparables a ganar un veinticinco con un gol de taco tuyo. El gol de taco vale cinco. No se discute. Diez no puede valer nunca. Lo aclaro porque fue un debate tremendo en la esquina de Charlone y Pasaje de indio, donde jugábamos al fútbol.  Ese juego de family eran sesenta y cuatro juegos todos distintos, no esas boludeces de 10.000 en 1 que eran una estafa, vos lo comprabas, lo ponías y eran por ejemplo todos los niveles del Galaga, el Galaxian y todos los que te imagines. Era una joya.

Y fue triste.

Pero a la vez  fue darme cuenta que estaba todo mal, que el país se estaba yendo a pique y que en mi casa que ya laburaba mi vieja, mis hermanos necesitaban otras manos más. Tenía que salir a buscar trabajo. Vender ese cartucho fue un comienzo. Después comencé el camino de muchos jóvenes poco calificados y explotados; trabajar en un Fast food. Pero eso será otra historia.

Carlo Magno

Verdades Absolutas

“¿Qué tan cierto es que las mujeres maduran más rápido que los hombres?” La pregunta rondó en su cabeza durante semanas. La noche estaba perfecta para un buen vino en la plaza al lado de algún compañero con quien conversar. La pregunta continuó en su cabeza y el cigarrillo que no terminaba de ahogar nunca sus penas, sus dolores, sus ideas.

“¿Cómo es que siempre buscamos respuestas en el afuera y no vemos que dentro nuestro están las marcas?”. Recordó dentro suyo.

El cumpleaños de su amiga Chechu había sido el sábado por la noche. Ella siempre llegaba temprano; no había forma de agarrar el colectivo correcto sabiendo que viajaba de Benavidez al culo del mundo (Capital). “Siempre lo mismo, perdiendo mi tiempo; esperando que algo suceda”. Pensó aquella vez. Mientras la ciudad comenzaba a moverse cual fin de semana típico: lleno de personas con ‘Libertad condicional’ como los llamaba un amigo querido, ella reflexionaba otras cosas. Una vez dentro, entre pizzas, empanadas y agua, en el micrófono anuncian un show de Steepers. “¿Y esto, qué es?” Su amiga no le había dicho que iba a haber un show así. “¿La oportunidad perfecta para romper estructuras, tal vez?” No tenía muchas ganas de secuencias extrañas, pero no había otra, el destino la llevaba a su juego preferido. Aquella noche, en el primer show (que según el micrófono anunció, era para hombres) apareció una mina vestida de militar. Bailaba radicalmente en el caño haciendo cosas que a ella le provocaba más dolor de espalda que placer; tenía entre 50 y 60 y le recordó a Madonna. El segundo show con música romántica (supuestamente para mujeres) mostraba a un hombre todo trabado físicamente y que la única habilidad que tenía (además de producirle vómito por la sonrisa operada y el cuerpo increíblemente duro) era sostener la camisa que se había sacado, con su miembro (para esto debía consumir alguna que otra dosis de Viagra). Ya pareciendole absurdo y sin razón todo ese show, y generandole sensación de acidez en la panza, algo llamó su atención e hizo que levantara la cabeza del plato de comida. Llegaba el tercer de show de la noche: La Colegiala.

“Ahí estaba la respuesta” recordó de pronto esa noche en la plaza “Todo se volvió tan claro. Sexualizadas desde colegialas, esa es nuestra realidad.” Mientras le daban del pico a la botella de tinto, conecto ese suceso con la charla actual y dijo:  “Tantas mujeres abusadas o violadas física y emocionalmente desde temprana edad. Así me parece tan obvia la respuesta a esas verdades que nunca nadie cuestiona. ¿Acaso estamos ciegos? Claro que sexualmente maduramos o experimentemos la sexualidad más temprano si tenemos algún tío borracho que nos tocó los pechos en alguna fiesta de navidad cuando nadie veía; o un abuelo que nos mostró sus bolas caídas y su pene apenas levantado y nos preguntó: ¿te gusta?. La sexualidad irrumpe en nuestra vida desde temprano y violentamente”

La joven continuó con su grito mientras vomitaba sus odios, sus vivencias. “Alguna vez me han dicho, algunos Hombres que Escuchan,  que sentían admiración por nuestras historias ¿Pero que admiran? Si somos como cucarachas que sobreviven en la basura de esta Sociedad. ¡Claro! Admiradas por las marcas que acumulamos desde jóvenes, como si fuéramos heroínas del cuento; pero la vida no es un cuento, y no todos tienen finales felices.”

Su cuerpo se iba poniendo cada vez más tenso y se enojaba hasta consigo misma “¿Somos tan imbéciles, ignorantes, negadores del lugar en el que vivimos? Desde niñas solo somos objetos que se exponen desde lo que nos impone el masculino. Con el chip de que para atraer al hombre, tengo que ser superficial y no registrar mi incomodidad, mi inseguridad o mi deseo; y encima con la carga de que la única manera de realizarme es al lado de alguien más.”

Él seguía mirándome con ojos brillosos, atento a lo que decía y a lo que sentía. “¿Sabes cuál es el la otra verdad con la que crecimos muchas mujeres?” Dijo desafiando su propio intelecto. “Que siempre debemos agradecer y que para obtener algo, siempre hay que dar otra cosa a cambio”. Ese es un precepto clave en nuestro crecimiento. Esa ha sido la Verdad Absoluta en la que crecimos muchas de nosotras y por eso no nos animamos a subir al auto del vecino: aunque llueva, aunque sea de noche o esté con mis hijos. De una manera tengo que pagar dentro del capitalismo del orto; con una sonrisa, con mi número de teléfono o con la respuesta a si tengo novio o no. Nosotras siempre debemos pagar; con sangre, con dolor, con cicatrices, con la vida. Esta ha sido nuestra única verdad, nuestros absolutos. No somos nada sin Ellos, porque Ellos nos construyen. No nos dan nada sin tener que dar algo a cambio, porque nosotras somos objetos y como dice un gran maestro mío: tienen precio puesto desde ayer”.

El compañero me escuchaba extasiado, observaba mi reacción, mi enojo y mi dolor. “ Si, ganamos su silencio, como dicen algunas personas, pero al escucharme y ver su empatía y mi dolor, entendí que no es suficiente.

 

Maria Del Mar.

Las siestas de Don Luis

Cuentan las mujeres de mi familia que mi abuelo fue hijo de un padre trotamundos y pirata. Se cuenta en mi casa desde que soy chico que mi bisabuelo se escabulló de España y tuvo hijos en cada país en el que desembarcó,  a lo largo y ancho del Caribe y más al sur. En la selva brasilera o en Jamaica. Volvió a Granada por poco tiempo y allí vio por primera vez la luz el papá de mi mamá, Luis, el abuelo Luis, Don Luis. Su nacionalidad fue capricho puro del tiempo y del azar.

Tuvo fama, él también, de mujeriego. Jugó a la pelota y vivió a su modo, hasta que cerca de los treinta unió su camino con el de una muchacha, la más linda del barrio, la más cabrona, la más dura y no se separaron nunca más.

Pero un día cualquiera, justo cuando todos empezábamos a pensar que iba a ser eterno, que no se moría nunca, que sus noventa, tan bien llevados, podían convertirse en cien y más, le falló el corazón.

Fue carnicero y peronista. Hizo una pequeña fortuna que se apuró a perder, entre regalos y préstamos imprudentes.

Recién de viejo, después de toda una vida de laburo, se acordó de España y comenzó a renegar de la Argentina en la se hizo hombre. Murió mirando para allá, hacia una Europa a la que nunca volvería, viendo TVE y los partidos del Real Madrid, comiendo galletitas de agua y quedándose dormido en todas partes con una tranquilidad y una efectividad de la que solo pueden gozar los que tienen la conciencia tranquila. Era cuestión de que estuviera quieto unos segundos para pasar al otro lado, sin trámites.

Discutió hasta el último día de su vida, orgulloso, defendiendo sus posturas.

Las tardes en el comedor de su casa, las peleas interminables con mi abuela, los chistes sobre fútbol, sus siestas al costado de la pileta en Beccar, son tatuajes en la carne que no se me borran, aunque a veces me cuesta acordarme de su cara y tenga que ir a buscar una foto.

Pero vale la pena mirar cada tanto hacia atrás, acordarse, buscarse, intentar reflejarse en la historia de los que fueron lo que fueron para que nosotros hoy seamos lo que somos. Quizas, para eso sirva esta gambeta al olvido en una baldosa o pequeño pase de magia para traer a alguien de vuelta por un rato.

Sebastián Pujol.

Terminator

Subiendo a la ruta nueve me di cuenta de que me dolían mucho las piernas. Un dolor pesado endurecía mis gemelos y tironeaba de mis muslos. Quién me manda a jugar al fútbol a las once de la noche en Munro, en la loma del orto, pensé mientras miraba ansioso a la esquina de ruta nueve y Alvear a ver si venía el quince semi rápido que iba a salvarme de llegar tarde por tercer día consecutivo. Efectivamente ahí estaba, muy orondo y a punto de abandonarme, ignorándome por completo, descreyendo de mi existencia, como si yo fuera un fauno o el forro de Superman.

Pocas cosas más crueles que obligar a un cuerpo recién levantado y sin desayunar, con diez kilos de más y las piernas entumecidas, a explotar por emergencia y correr lo más rápido que se pueda para salvar el día.

Mientras corría recordé la vez que, como tantas veces, llegué tarde a un cruce y enganché los tobillos de Franco, un autoproclamado crack de Villa Urquiza, y lo hice rodar por la cancha de tierra. Recordé las gotitas de su odio salpicándome la cara. Una catarata de insultos, admoniciones sobre mi mala leche y advertencias sobre el inminente reviente de mi gorra a causa de sus poderosos puños. Desde ese episodio habían pasado casi diez años, yo por entonces tenía veinte años y él casi treinta.

Estaba a una cuadra de mi destino cuando el semáforo cambió y el quince dobló en la ruta, perdiéndose rumbo a la capital. Frené lo más en seco que pude. Con los pulmones incinerados y las piernas presas de la desesperación muscular, traté de mantener la compostura frente a los laburantes que esperaban sus colectivos en las cuatro paradas. Debo haberme visto tan ridículo, pensé, qué gordo forro que soy.

Me apoyé en el caño verde de la parada y me puse a mirar con intensidad el horizonte que esconde la antigua estación de trenes detrás de la ciudad de Benavídez (bueno, ciudad es un poco generoso, qué se yo). No había manchas ni luces verdes allí, así que me puse a observar la perfecta construcción de la iglesia mormona que decora la esquina. Trepé por los impecables ladrillos rojizos hasta la extraña y característica punta de lanza que decora todas esas iglesias, de un blanco inalterable. De nene, cuando pasaba con mis hermanos rumbo a la escuela, con las manos en los bolsillos de mi guardapolvo blanco, solía imaginar que alguien caía desde el cielo y se enterraba en aquella punta, como el final de tantos villanos de películas yankis.

El cielo estaba cubierto de nubes grises con un leve tono violáceo. El sol aún escondido pintaba sus panzas de un rosa que no pude definir. ¿No te pasa que hay colores del cielo que no podés nombrar? A mi me pasa con todas las cosas que miro, incluso con mi cara en el espejo.

Recordé de pronto que había olvidado el libro que me regaló mi hermano por mi cumpleaños. Doce cuentos peregrinos, de Márquez. Puteé sin voz. Pocas cosas tan cobardes como hacer las mímicas de una puteada, putear sin putear, sin atreverse a putear.

A veces pienso que le perdí el gusto a leer. Con un libro tardo meses, y la mayoría de las sesiones de lecturas terminan con un cabeceo modorrero abrumador. Cosa que no me pasaba de pendejo, cuando llegaba a deshojar libros en horas, encerrado en mi habitación sin puerta. Lo que te digo no se lo confesé a nadie, solo a vos, porque es absolutamente increíble haberte encontrado. Es vergonzoso para mí, cuando todos me veían siempre con un libro en la mano, o con mis eternos dibujos que maravillaban a las esporádicas multitudes. El niño artista. “Cuando seas famoso, yo voy a vender este dibujo que me regalaste.”

Famoso, JÁ, qué puta mierda. Tengo treinta años y no hice un carajo con mi vida. Soy una nada. Lo único que tengo ahora es culpa por estar acá, en Escobar charlando con vos, cuando debería estar atendiendo viejas chotas en Once.

Mientras mi desesperación subía porque la hora avanzaba veloz como un charco de pis sobre el cemento y el puto quince semi rápido no aparecía, me acordé de vos insólitamente. Se me vino como un estornudo inesperado el recuerdo de aquella madrugada otoñal, hace doce años, en la terminal de bondis de Escobar, cuando te vi reflejado en un charco. Me acordé de tus pómulos pronunciados por la flaqueza de tus mejillas, de tu mentón cuadrado y afilado, de tus ojos grandes enterrados en ojeras violeta oscuro, tu flequillo para el costado y la cicatriz en tu frente, casi perdiéndose en el bosque castaño de tu pelo. Te veías absolutamente deprimido, a tus dieciocho años. Cómo odiábamos laburar en esa metalúrgica, por Dios.

Entonces ni lo pensé. Crucé la Alvear y me puse a esperar el doscientos tres. No tardó en llegar, amarillo, reluciente y vacío, con sus comodísimos asientos forrados con cuerina negra. Me eché un reconfortante sueñito y abrí los ojos cuando ya estábamos acá, en la terminal. Bajé por atrás, sin saber qué mierda hacía. Nostalgia, me respondí sin paciencia, mientras observaba con deseo las tortillas que despedían su aroma seductor desde la parrilla negra, en una esquina de la viejísima terminal.

Y ahí sucedió lo realmente increíble. Parado detrás de cinco personas, estabas vos. Exactamente igual que hace doce años. Todavía con los gruesos pantalones azules, los zapatos punta de acero y la remera de Rowa. Igual de lindo que hace doce años, guachin, con la misma cara de orto. Te juro que no lo puedo creer todavía, acá sentado con vos, en el bondi que nos lleva a la metalúrgica de mierda esa. Cuando te vi, se me llenaron los ojos de lágrimas.

¿Todavía tenés la faquita que te encontraste esa vez en la parada? Siempre la tenías guardada en el bolsillo de la mochila, por si acaso. El ambiente de la fábrica es jodido a veces. ¿Cómo que te la encontraste la semana pasada? ¡Te la encontraste hace doce años, pelotudo! Acá está, perdoná que te revise la mochila, eh. Pasa que también es mi mochila.

Ahora te contemplo fijamente. Me pierdo en tus ojos cansados que no terminan de reconocerme bajo mis kilos de más y toda mi tristeza acumulada. Pasaron doce años y somos los mismos, o mejor dicho, seguimos en la misma mierda.

Entonces siento aquella lejana excitación de la niñez, cuando abría el costurero de mamá y me pinchaba la piel con los alfileres y las agujas, y levantaba la mano fantaseando que mi piel tenía magnetismo. A veces lo hago en la mercería, mientras descifro lo que me dice una vieja achicharrada por los años. Siento esa misma sensación de explorar el propio dolor, llegar a su borde, mirarlo por la ventana y llamarlo. Empuño la faca y te miro como cada mañana en el espejo, con odio, con decepción, con una especie de esperanza ya desmentida, relegada a un mundo paralelo, de fantasía que viaja en los vidrios a través de los años.

Hay sorpresa en tus ojos. Te descargué dos puntazos en el pecho y estoy a la espera de la sangre, de los gritos.

Te recostás sobre el asiento del 503 y apoyas la sien en el vidrio de la ventana. Una mancha bordó se extiende por tu remera. Tu rostro está tan pálido. Tosés sangre. Quiero pedirte perdón pero prefiero sacar el celular y ver la hora. Son las ocho menos veinte. Un hilo de sangre sale de la manga de mi campera y cae en el huequito de la mano que sostiene el teléfono. Yo también estoy muriendo.

Antes de irte del todo, me reconoces completamente. Giras la cabeza hacia izquierda y derecha, muy lentamente, sin quitar tus ojos de los míos. Soltás un suave espasmo de risa y mostrás tus dientes en una especie de sonrisa grotesca, mirándote en mi boca. Te peinas el flequillo mirando el mío. Ahora que te entiendo, te regalo una última sonrisa sanguinolenta.

 

Juan Zirpolo

Carnaval toda la vida

Todos los años el ocaso del verano nos regala un último tirón de alegría estival: El carnaval. Durante estos cuatro días, el trabajador emerge de las profundidades de la explotación y saborea una migaja de libertad. Llega ese momento de no hacer nada, anhelo de toda la humanidad y que tan mala prensa tiene en tiempos de productividad. Pero ¿Por qué contamos con este regalo?  ¿Qué celebramos y por qué lo hacemos?

Es difícil dar una respuesta definitiva a estos interrogantes. El carnaval es la palabra que se encontró para conglomerar a fenómenos sociales que suceden en diferentes latitudes y que tienen características propias. Significante hay uno, significado tantos como lugares. Pero a pesar de esto, no cedemos ante la dificultad y buscamos entender qué pasa en nuestro país, utilizando un denominador común como lazo entre las variedades: el festejo popular.

En una etapa medieval, forma elegante de decir Europa hace mucho, el fenómeno se vincula al cristianismo y al inicio de la cuaresma. Era un tiempo en donde los muchachos religiosos tejían el entramado espiritual que los depositaría cuarenta días después en el domingo de resurrección. En zonas menos religiosas, pero más comerciales, se utilizaban esos días para armar las ferias. Si nos ponemos etimológicos, feriado viene de feria, feriar. El único momento en que el campesino feudal podía romper con la rutina estática de día en la siembra y noche de descanso con la familia, en una sala compartida con los cerdos. En ese acontecimiento, los mercaderes hacían negocios, pero el resto de los mortales, la mayoría, festejaba al compás de la música y el disfraz. Al ritmo del carnaval.

Cuando la modernidad irrumpe en la escena humana y Colón desembarca en América, el carnaval adquiere un significado completamente distinto. Ni comercial, ni religioso. Las fiestas se impregnan de la cosmovisión de la realidad que tenían los nativos. Su vínculo era con el mundo, no con otros seres humanos. Poco importaba entender al otro. Lo que se buscaba era comprender a la tierra, la Pachamama. Hoy en día, vemos como esta tendencia continúa en el norte del país, extendiéndose por toda la Puna. El carnaval Jujeño consiste en desterrar al diablo Pujllay. Momento épico que da inicio a la celebración. Una alegría que se otorga por un par de días a un pueblo que tiene pocos motivos para alegrarse. La liberación cronometrada.

Una semana de festejos que culminarán el domingo siguiente con el entierro del demonio, infinidad de brindis y la nostalgia de presenciar el momento más lejano hasta el próximo encuentro. En los carnavales del litoral, más precisamente en Corrientes, la tradición tiene componentes particulares, pero el concepto es el mismo. Aunque el festejo comienza a estar atravesado por el negocio turístico de comparsas y corsos, que encontrara su meca en Entre Ríos.

Si bien todo el país está atravesado por los festejos, la Ciudad de Buenos Aires, junto con el norte y el litoral, es uno de los puntos claves. En territorios capitalino, a principios del siglo XIX, los festejos pertenecían a las clases dominantes, los señores se juntaban en caserones a tertuliar disfrazados. El encierro no duraría mucho. Poco a poco la costumbre se fue popularizando y las casas no daban abasto para albergar tanta algarabía, trayendo algunos inconvenientes para los finos de cream roulette. El consumo de alcohol y el clima festivo producían disturbios. Inevitablemente, la fiesta se tuvo que trasladar a la calle, produciendo la democratización del festejo. Los negros incorporaron elementos del candombe y la fusión entre elementos indígenas y españoles le dio un color que se mantuvo desde épocas precolombinas hasta nuestros días. 

A pesar de todo, los disturbios continuaban en las calles. Ya en época de Rosas se quiso regular, estableciendo por primera vez una fecha fija y con controles en plazas. La cosa empezó a normalizarse, pero la semilla del mal, como siempre, se había despertado en la oligarquía. Como decíamos, el carnaval dejó de ser parte de la elite y se transformó en un festejo popular. Los señores empezaron a mirar con desconfianza a la gentuza que se juntaba en las calles, tenían miedo y ejercían presión para prohibir la fiesta.

Para principios del siglo XX la murga y las comparsas se tiñen de arrabal y tienen un período de auge. Aunque Uriburu agazapado preparaba el fusil para herirlo de muerte. Recién para 1956 se establece como día de no labor. Parece ser que el peronismo no necesitó feriados para una fiesta popular. Se dice que los festejos eran todos los fines de semana con asado y vino de pingüino. El carnaval peronista.

En una nota de festejos no vamos a hablar de la larga noche, pero como bien sabemos, en 1976 se cierra la persiana a todo. Pasó mucho tiempo para que las clases populares tuvieran nuevamente algunos días de regalo. Los días de festejo popular. En febrero de 2011 pudimos volver a emerger. Por que sí. Ni por Dios, ni la virgen. Tampoco por la resurrección, ni por un acontecimiento militar. Un gobierno de locos decidió brindar dos días de regalo. Y fue criticado. Podés atacar por muchos lados, pero ¿atacar un feriado? Áspera debe quedar la lengua de lamer botas.

Si bien el carnaval tiene muchos matices que dependen del lugar, sus características y época histórica, es un momento en el que las clases populares encuentran un impase. Se corta el círculo vicioso de rutina explotadora. Se festeja con diablitos conectados a la tierra, competición de comparsas y murgas, cantos y bailes autóctonos o en asado con amigos, pero el fin es el mismo, la liberación, el tiempo propio. Por esto mismo, reivindicamos los festejos y agradecemos a todas las murgas que con esfuerzo y vocación tiñen las calles para brindar un momento de alegría al pueblo trabajador.

Ignacio Calza

Festejos de carnaval; historia del carnaval; carnavales en argentina; fecha del carnaval; lugares de festejo del canaval