Bukowski y las barberías. La genialidad y el odio.

Odio a las barberías. Me retrotrae a la adolescencia, al despertar del odio. La infancia suele enarbolar el amor y la alegría. El surgimiento de la sexualidad (resurgimiento dirá la psicología) trae apareado un sentimiento novedoso, al menos para el adolescente clasemediero: el odio.

En esos años no existían las barberías. Por historias de mi viejo sabía que en su juventud o más precisamente en la de mi abuelo habían existido. Luego, el mejoramiento de las prestobarbas hizo que nadie se recortara, todos empezaron a afeitarse en casa. Las barberías me causaban nostalgia. Un baluarte de tiempos mejores. Es sabido, salvo cuando le tocó ser presente, todo tiempo pasado fue mejor.

En la actualidad, volvieron. Son un boom comercial. Por todos lados las hay. Por todos lados veinteañeros, treintañeros e incluso cuarentones recién separados (es decir, lo mismo que los primeros) andan por la vida luciendo sus relucientes y prolijas barbas. Éstas tienen distintas formas, distintos largos y las más osadas hasta un dibujito. Y como el barbero es barbero pero principalmente es comerciante aprovecha y también les corta el pelo. Obviamente haciendo juego. Sin tijeras. Está “out” cortarse con tijera. Así, poco a poco se funden y desaparecen los peluqueros.

Tampoco soy fanático de los peluqueros. En la nombrada adolescencia, también quise verme “cool”. Recuerdo haber ido a la peluquería, pedirle al encargado que me cortara como Tom Cruise y salir parecido a Araceli Gonzalez. Hubiera sido un detalle de no haber tenido un partido en el club. Los contrarios me cargaron, como buen bocón los mandé a la mierda y al instante tuve un equipo entero dispuesto a cagarme a trompadas. Creo que también alguno de mis compañeros quería sumarse. Odié a los peluqueros.

Hoy me dan nostalgia: odio a los barberos.

El odio es el más influyente de los sentimientos. Los más románticos dirán que el amor lo es más, pero disiento; he visto amores profundos disiparse. Nunca un odio profundo. El odio suele surgir de una falencia propia, de un vacío que jamás se llenará. El mío es sencillo: no me crece la barba. “Linda barbita de dos días”, me dicen. Es de un mes y medio.

Este relato nació de la unión de lo narrado y el disparador más grande de la humanidad: la lectura. Su título lo anuncia, acabo de leer a Charles Bukowski. Uno de los tantos escritores con mal genio, uno de los mejores. Me había metido en su literatura con otros títulos, por ejemplo La Maquina de Follar o Se Busca una mujer. Ninguno me pegó como lo hizo ahora La Senda del Perdedor. En los cursos de literatura, una discusión fundamental gira entorno al tema de la obra. El rencor, la vida, la pobreza, el paso del tiempo; una discusión de nunca acabar sería en este caso. Yo elegiría el odio. Si deberíamos mencionar cualidades, la genialidad sería una elección unánime: Bukowski odia con genialidad. Las sociedades y yo sólo odiamos con odio.

Henry Chinaski es el personaje principal de la novela La Senda del Perdedor. Su adolescencia choca contra la crisis del año 29 y su primera etapa de vida adulta contra la segunda guerra mundial. Odiará a todos y no encajará con nadie. En su vida universitaria discutirá con profesores que viven haciendo propaganda Yanqui anti-Nazi. Él no es Nazi, pero discute igual. Se le querrán pegar éstos, también los odiará.

Habiéndolos situado en este marco de la ficción mencionada, les comparto un episodio que transcurre en el capítulo 52 luego de que el personaje se haya explayado en una discusión con un profesor sólo para contrariarlo:

[…] Creí que a causa de mis abarrotados discursos estaba solo en el campus pero no fue así. Algunos más me habían escuchado. Un día, mientras me encaminaba a la clase de Reportajes de Actualidad, oí que alguien seguía mis pasos. Nunca me gustó que nadie me siguiera de cerca. Por eso me giré mientras andaba. Era el Delegado general de los estudiantes, Boyd Taylor. Era muy popular entre los estudiantes, el único tipo en la historia de la Universidad que había sido elegido Delegado por segunda vez.

-Oye, Chinaski, quiero hablar contigo.

Nunca me había fijado mucho en Boyd, era el típico joven americano bien parecido y con un futuro garantizado, siempre vestido con corrección, simpático y gentil, con cada pelo de su bigote perfectamente atusado. No tenía idea de cuál era su atractivo para los estudiantes. Se puso a mi lado y anduvo conmigo.

—¿No crees que no es bueno para ti, Boyd, que te vean caminar conmigo?

—Ese es mi problema.

—De acuerdo. ¿Qué pasa?

—Chinaski, esto es sólo entre tú y yo, ¿entiendes?

—Claro.

—Escucha. No tengo fe en las acciones o ideales de tipos como tú.

—¿Entonces?

—Pero quiero que sepas que si ganáis, aquí y en Europa, aceptaría con agrado estar a vuestro lado.

Sólo pude mirarle y reír.

Se quedó plantado mientras yo seguía andando. Nunca te fíes de un hombre que tiene el bigote perfectamente igualado… […]

El bigote se arregló toda la vida en casa. Odio el bigote, por supuesto. Pero por algún motivo, me agarré con las barberías.

Sergio Delbreil

Charles Bukowski; La senda del perdedor.pdf; analisis la senda del perdedor; baberias zona norte; barberias zona sur; barberias zona oeste; barberias centro;

 

Crimen en Maschwitz

-Todas las noches entre las 19 y 22 hs. lo escuchaba tocar el violín. Soy vieja pero aun tengo oído para semejante instrumento. Que yo supiera no tocaba profesionalmente, pero sonaba muy bonito para esta señora. –

-Continúe yendo al grano, por favor – Indicó el policía con tono cansado

-¡Qué poco considerado es usted, caballero! ¿Acaso no sabe que la gente de nuestra edad se percata de ciertos detalles que ustedes no? pero continuo el relato ¿Por dónde me quedé? – La anciana miró al Cabo, esperando una respuesta.

-Tocaba el violín –

-Ah, sí. Si, ya recuerdo que tocaba muy bonito. Su madre le había obligado aprender desde niño porque ella no pudo tras el accidente que le costó tres dedos. La mujer estaba loca, estoy segura y el joven no parecía muy sano de mente por eso. De vez en cuando lo veía bajo la lluvia mojándose por orden de su madre y hasta que ella no le dijera que entrara, él se quedaba quieto ahí. Una vez intenté interceder. La vieja me trajo de un brazo hasta la puerta de mi casa. ¿A usted le parece que me hiciera eso a mí, que solo tengo intenciones de ayudar?. Me parecía extraño que un chico de 22 años se dejara tratar así. En fin, el último mes había conseguido trabajo en el zoológico de Temaikén. No sé cómo lo había conseguido si nunca trabajó. Al parecer fue designado en la zona acuática porque en las últimas semanas venía a casa en busca de libros. Tenía cierta fascinación por las medusas y como usted ve tengo una biblioteca muy grande, acá podrá encontrar lo que quisiera sobre cualquier tema. Ayer por la tarde la señora se había ido a comprar, cuando tocaron mi puerta. Escuché una voz que decía: “Soy Santiago, el hijo de doña Bruja”.

-Su risa era muy forzada pero sincera, eso me gustaba. Lo dejé entrar y nos sentamos a tomar un té digestivo mientras él leía y yo tejía. Siempre vigilo que me cuiden los libros. De la nada golpearon la puerta fuerte y Santiago no dudó en atender. Solo escuché golpes y la puerta que se cerró. Los ví entrar en su casa y no volví a escuchar más nada. Ya más tarde fui a dormir y hoy no salí en todo el día porque vino mi hija a comer-

-Bien, eso fue todo señora Alfonsina Gustamante – Dijo al cortar la grabación – Buenas tardes –

-¡Espere! Sólo he sabido que hubo un asesinato pero no dijo más nada desde que empezó a interrogarme – El policía la miró con impaciencia y dijo:

-La señora Beatriz Sánchez se daba una ducha cuando su hijo, Santiago Muriel, entró al baño y le tiró en la tina seis medusas Avispa de Mar. La mujer no llegó a defenderse y murió lentamente por el veneno. El joven llamó a la policía y se declaró culpable –

-¡Oh por Dios Bendito! ¡Qué tragedia! Supongo que con ayuda Santiago se recuperará y… –

-Yo creo que esta noche va a dormir tranquilo. –

-¿Usted cree que después de semejante tragedia ese chico podrá dormir tranquilo? – Contestó en tono de horror

-Señora, sinceramente creo que para el instinto de supervivencia, el fin, justifica los medios. Aun así debe asumir las consecuencias de sus actos. Buenas tardes-

Detrás del policía solo escucho un golpe y la puerta que se cerró. Afuera el otoño mostraba sus vientos.

Maria Del Mar Bisignano

Días de odio

Es difícil encontrar entre nosotros algo tan despreciado y a la vez universal como el odio. Por más que intentemos evitarlo, en repetidas ocasiones se presenta esa sensación molesta que nos invade y tratamos de amortiguar con dosis de razón. Aparece en la rutina más ordinaria dentro del plano individual y en las experiencias colectivas más extravagantes que como especie hemos tenido que atravesar. Desde Hitler al vecino que te copa la medianera. Mi madre me decía que no debía odiar, eso no lleva a nada. Siempre hay que poner la otra mejilla. El amor al prójimo. Moral religiosa al tope, ¿por qué debo querer a todos? Quiero a quien quiero. Además, ¿Qué nos queda si los que más odian son los que te llaman al amor?

Estas palabras no tienen ningún sentido analítico, sólo buscan expresar a través de un día normal, cómo la aparición de odios cotidianos de a poco van construyendo un perfil del otro. Un sector social que vamos a querer lejos. No muerto. Lejos.

Suena la alarma para comenzar el día, que en escasos momentos se convertirá en día laboral, y al escuchar el perro que aúlla en el piso de arriba se despierta el fluido odiador. Odio a la de arriba. Me dirijo hacia el ascensor, bajo y salgo.

Comienzo a transitar el camino que separa mi casa del subte y veo una larga fila de automóviles detenidos en la cuadra. El séptimo chofer en la cola, sin conocer el motivo de la demora, se enfurece y aprieta con estupor la bocina. Su sonido de barco que llega al puerto aturde a toda la cuadra y no produce ningún resultado. Arranca a construirse el perfil. ¿Este sujeto piensa realmente que con su actitud hará que fluya el transito? ¿Alguna vez lo logró? ¿No se da cuenta que esta inmerso en un lugar rodeado de edificios y que quizás este atormentando a cientos de personas? Es claro que no. La omnipotencia del feroz sonido le garantizan una jerarquía en la fila, se impone de alguna manera. Lo odio.

Llego al subte y como puedo me introduzco en el tetris habitual. Dentro del vagón, invisible para mí, pero a tres metros, una señora se fastidia y comienza una discusión. Le reprocha a un joven su cercanía y contacto.

– ¿No te podés ir un poco más allá? Me estás empujando-

El pibe la mira y no dice nada. La mujer lo evalúa de arriba a bajo y lo insulta por su juventud capilar teñida de verde. ¿Señora, no probó con abrir la caja fuerte, que seguramente está a la altura de la consideración que Ud. realiza de sí misma y abonar un taxi? La reflexión sobre la realidad del transporte público en Argentina se la dejamos al chico. La odio, pero suma a la construcción del perfil.

Salgo del subte y emprendo un rápido caminar hacia el trabajo. No me detengo en los jefes oficineros, porque salvo que la excepción le gane a la regla serían para un relato aparte. La posibilidad de ejercer un leve dominio sobre otros o tan solo sobre uno, los catapulta al sillón de Rockefeller, Hercules Rockefeller. Aunque sea por ocho horas.

Entro al salón -Hola muchachos- Nadie responde. Están Rodríguez y García prendidos en un encarnizado debate.

-Pero si sos de la B- Grita García.

-Pero por lo menos nunca abandono- Contesta Rodríguez.

La conversación sube de tono y hay que correr a desactivarla en función de evitar ambos despidos. No se volverán a hablar. Hay una lógica del hincha que no pudo conocer Marx, pero que hubiera contribuido en sus análisis. Es la bruma que atraviesa toda clase social. ¿Qué diferencia a los hinchas de fútbol, más allá de características cuantitativas en términos de logros deportivos? Trabajan en los mismos lugares, tienen los mismos gustos, sienten lo mismo por sus equipos, parejas, hijos. Forman parte de la misma cultura y viven a tres cuadras de distancia, pero no me digas que sos mejor que yo porque no te hablo más y soy capaz de herirte en los lugares más sensibles de tu ser. Sofisticada racionalidad. Sofisticada emoción. Es para llorar, diría Víctor Hugo, y aunque es una característica presente en diversos perfiles de persona, se exacerba en el que odiamos.

Salgo cansado y antes de llegar a casa me siento un rato en el banco de una plaza. Tanto odio fue devastador.  Prendo un cigarrillo y contemplo los ejercicios, el mate y los paseos ajenos. Todo parece amigable, pero en un abrir y cerrar de ojos, la realidad se transforma en tragedia. Un Pitbull que iba sin cadena se abalanzó sobre un caniche de juguete y lo devora con ansiedad. El publico se desespera y corre a socorrer al indefenso. El dueño del perro asesino también y con unos gritos y golpes logra destrabar la hermética quijada de la bestia. A diez metros del suceso, estupefacto, se encuentra un niño de no más de tres años sobre un triciclo. Está claro que, si no se presentaba el Toy, la víctima era el pequeño. Más claro aún es porque se odia al forro en musculosa y groso que llevaba semejante animal sin cadena. Pero no se limita a él, sino a gran parte del universo porteño. ¿Por qué la gente tiene perros dentro de un departamento? ¿Tan solos se encuentran? ¿Les abruma la posibilidad de llegar a casa y relajarse en vez de salir bajo lluvia a pasear cada día al can? ¿o es que les encanta juntar mierda con la mano y ser los esclavos de la caca? Por no profundizar en la convivencia perro humano dentro de un depto. de 40 metros cuadrados. El porteño en su buena Ley. Lo odio.

Llego a casa abrumado por el día y decido no salir más. Me siento en el sillón y pienso que el odio no es tan malo. Es útil para elaborar un estereotipo de persona indeseada y sedimentar convicciones propias. La generalización no es buena compañera, pero arbitrariamente voy a caer una vez más en ella para sentirme cómodo con la conclusión.  No sé quien voto a Macri o a Bolsonaro, dejo ese análisis para los analistas, de lo que si estoy seguro es que, en su mayoría, ambos electores reúnen las características que disfrazadas impulsan estos odios cotidianos: Soberbia, intolerancia e indiferencia ante el otro. El odio tiene muy mala prensa y está bien. Aunque la duda sigue latente, ¿las grandes tragedias de la humanidad se realizaron en función de lo que se odiaba? ¿o fue en búsqueda de algo querido? Quizás el tiempo devele el misterio. Lo dudo mucho. Odio al tiempo.

Ignacio Calza.

Las paredes son del pueblo

Como todas las mañanas me asomé a observar como estaba el día antes de salir de casa. Inmediatamente, noté un cambio en el paisaje. En la casa de mi vecino de enfrente hacía su presentación una pintada: Belén te sigo amando. El día era cálido y mientras calculaba que con una remera estaría bien, una vecina entrada en años, interceptó mi campo visual y asumiendo que yo sabía de qué me hablaba, dijo: ¿Sabés quién hizo eso?

La verdad no sabía. Y para mi congoja, menos aún sabía si la chica en cuestión era merecedora de tan duradero amor. Desconocía cuál de mis vecinas era Belén. La circunstancia me motivó revolver pensamientos y hacer esta nota excesivamente auto-referencial.

Era apenas adolescente cuando una pintada de mi barrio hizo que abriera los ojos como dos de oro y me cuestionara el porqué de sus palabras: Clarín Miente.

Clarín era el diario que leían mis viejos. El diario que leía mi vecino. De hecho en mi cabeza era el único diario. El diario. De ahí el eslogan de “el gran diario argentino”. Uno de mis primeros trabajos fue como Canillita y en ocasiones la gente sólo pedía “el diario”. Clarín en los noventa se compraba, se leía; no se cuestionaba. Salvo en la calificación dada a los jugadores de fútbol luego de un clásico o en el hipódromo, quizás, se podía cuestionar a algún favorito.

Crecí con eso. Tuve mis primeros noviazgos, me di amor propio, escuché música de la cual me arrepiento, bebí y fumé a escondidas, decía que iba a un lado e iba a otro, aprendí a jugar al Pool, me hice el malo en grupo contra otra barrita, dejé amigos e hice nuevos; hice mi proceso madurativo. Una vez convertido en ciudadano ciertas cosas estaban fuertemente establecidas en mi subconsciente, una de ellas: Clarín miente.

El país era un desastre. La gente siempre votaba candidatos con intereses totalmente ajenos a los propios. Posteriormente avalaba medidas económicas que ahondaban aún más en su contra. Uno tras otro se sucedían los auto-boicot del pueblo. Los periodistas mienten decía mi viejo pero leía Clarín. Los hijos debemos superar a nuestros padres, más que un mandato es una obligación. Mi viejo siempre trabajó como una bestia y en ese punto es imposible, por lo tanto, ataqué su punto débil. Asumí: si mienten los periodistas entonces miente su jefe, miente su mundillo. Ya con edad de participar en el sufragio tuve siempre una premisa: votar al que Clarín odiaba.

Dicha premisa siempre fue difícil de llevar a cabo. En un principio de siglo apolítico, fomentado por el mismo Clarín, mis votos eran nulos o a partidos desconocidos que luego me enteraba tampoco eran de una cepa noble. Aún recuerdo el enojo de mi hermano al enterarse que voté a Herminio Iglesias. Voté con errores aunque sin cometer grandes tragedias. Mi temprano interés por la política se desvanecía poco a poco como la vida política de la siempre en pañales democracia Argentina.

Aproximadamente en el 2005, una pintada me volvió a quedar grabada: ¿Y la redistribución K? Recuerdo reír de manera cómplice al verla. Pensé: es cierto y la redistribución para cuándo. Mi momento personal era de tremenda penuria económica para costear un alto alquiler. Estaba de acuerdo con cierta política de derechos humanos, además de con algunas cuestiones en los ámbitos de salud y educación. A pesar de notar cierta calma económica no vislumbraba un futuro distinto a los que había visto en épocas de calma anteriores. Clarín tenía esperanzas en el gobierno y los funcionarios se paseaban por sus canales de televisión. El gobierno y el grupo tenían una alianza. Mi desconfianza bien desarrollada por tesis anticlarinista me llevaba para otro lado. El 2008 cambió todo.

La crisis con el campo, la 125, el no positivo, las tres tapas que voltean un gobierno, los tractores y las bombachas de gaucho reclamando, la leche volcada en la ruta. Clarín cambiaba de bando, mostraba los dientes. Así reconocí en el Kirchnerismo al verdadero Peronismo. Era hora de ensuciarse los zapatos. Jugársela. Apoyar. Proyectar mi peronismo más allá de los libros de historia. Allí me puse de este lado y terminé de entender cuál era mi lugar en este bardo. Porque grietas hay en todo el mundo y hubo en todas las épocas: Franquismo versus República, Batistianos versus Revolucionarios, Los Somoza versus los Sandinistas, Los del sur versus Los del Norte; Podría llenar páginas listando opuestos. Opuestos que van cambiando de nombre: Carlotistas e independistas, Unitarios y Federales, Radicales y Mitristas, Peronistas y antiperonistas, etcétera. Grietas y más grietas. La vida política prácticamente se basa en ellas. Aquellos que se horrorizan, en parte lo hacen por no comprender de qué lado deben estar para no caer en el abismo del medio.

Ya todos saben que Clarín y el Kirchnerismo son opuestos. Aunque cierta tendencia de izquierda quiere mitificar esto, en su constante intento de mitificar a lo popular, a la espera eterna de las condiciones para hacer una revolución que nunca llega mientras en el banquillo del congreso renuevan sus bancas y hacen su negocio neo marxistas de Palermo. Todo el último período Kirchnerista fue un intento constante de golpe mediático fallido. Luego, por errores propios y virtudes ajenas la victoria del grupo se dio en el cuadrilátero: ganaron las elecciones. Sí, ganaron las elecciones sin siquiera tener un partido. Ganaron desde una coalición que ellos inventaron con todo su poder mediático. A partir de allí, un poco por revanchismo y más que nada por el inevitable futuro electoral, Clarín se lanzó contra todo aquel que aún desee mantenerse en las filas del Kirchnerismo. Hoy en día nos informa sobre la existencia de la patria contratista; una patria nacida durante su aliado gobierno militar, mantenida y profundizada durante los gobiernos democráticos siguientes. Una patria que hizo poderosos a los poderosos de la actualidad, que hoy además tienen el poder gubernamental.

Hoy Clarín elige contar lo que antes elegía omitir porque necesita omitir lo que antes tanto deseaba contar.

La grieta sigue. Se profundiza. No está mal. Una de cada tres personas no le cree al gran diario. Sabe que miente. Sabe que debe votar lo que el gran diario desprecia. Esa es la pequeña porción de batalla cultural que el campo popular ha ganado en nuestros pagos. Sobre ella, parafraseando al Che, no debemos ceder ni un tantito así.

La criminalización de las pintadas es un tema recurrente en los almacenes de barrio. Los propietarios frentistas temen a ella tanto como a una razzia policial de los setenta u ochenta. Se entiende en parte porque una lata de pintura tiene un precio elevado. No obstante, en un mundo en el cual todo está mercantilizado y en donde la información defiende intereses marcados, debemos tener cuidado de saber reconocer a quién realmente nos enfrentamos. La leyenda ya lo dice: las paredes son del pueblo.

Pensaba en todas estas elucubraciones políticas cuando esperaba en el almacén de mi barrio. Delante de mí, una chica pedía una cosa y luego otra y luego otra, alimentando una ruleta de pedidos interminable que me hubiera enloquecido si se hubiese tratado de un tipo, o de una señora, o hasta de un nene confieso con culpa. Tratándose de ella, con sus ojos angelicales, su voz armoniosa y su presencia hermosamente ineludible; esperé paciente, relajado, diría hasta contento, mientras pensaba todo esto. Tiene que ser ella, asumí, ella es Belén y es lógico que su enamorado no pueda dejarla atrás. Al irse, casi mágicamente, ingresó al negocio otra vecina, esa del principio del relato, aquella enojada por la pared pintada.

– Hola nene, supiste ¿quién escribió la pared?

– No señora, pero la pintada tiene razón.

Sergio Delbreil

El error de los dioses

Nos preguntamos, todos, expectantes, necesitados y hambrientos: ¿Dónde está?

Se siente la corriente eléctrica, en ese instante perpetuo y efímero  en el que toma la pelota, el nuevo genio del fútbol mundial.  Ahí colérico Zeus posa sus ojos en él.  Porque bien sabemos que  a los dioses,  si hay algo que los enoja, son los mortales imprevisibles y desobedientes.

Es tal vez por eso que se han dedicado a obstruir su genio innato.  Primero con que no podía crecer y durante su vida cotidiana los dioses hacían sus travesuras.

Como aquella vez en que se quedó encerrado en el baño de su casa, en Rosario, tendría tal vez cinco o seis años y alterado, nervioso,  trataba de abrir la puerta con todas sus fuerzas. Llegaba tarde a su primera final, sus compañeros lo esperaban, si ganaban, el premio era una bici para cada uno de los integrantes del equipo.

Mientras tanto su equipo perdía, sin él no era lo mismo. Nunca es lo mismo.

Sus compañeros se preguntaban como todos ¿Dónde está?

Desesperado, rebelde, el niño, llego a la ventana como pudo, la rompió, su mamá lo iba a retar, pero pudo salir y se largó a correr hacía la cancha. Corrió una, dos, tres cuadras y llegó al partido.

Hizo tres goles y ganaron tres a uno.

Siempre es absoluto. En la victoria y en la derrota.

Dicen que el Olimpo se resignó, a veces le dan demasiado talento a un mismo mortal. Para ellos eso es siempre un error el exceso.

Por suerte esos descuidos nos permiten disfrutar de genios. Como éste fenómeno, que es un rayo silencioso,  agazapado y terrible. Un juguete rabioso que aparece cuando se olvidan de él.

Mañana a las tres de la tarde rogaremos por él. No hay otro argumento, no tenemos otro.

 

 

 

Los trenes argentinos, vagones de realidades

El tren Urquiza no cambia. Mis padres viajaron exactamente como lo estoy haciendo: asientos con respaldos adornados de poemas, sus tapizados verdes son lienzos para el arte callejero o al vandalismo en igual medida, ofrecimientos sexuales, hinchas que dedican sus victorias al clásico rival, los techos con hélices girando en círculos aparentando calmar el calor, argollas colgando de caños que animan a niños a jugar a las olimpiadas.

El reloj anuncia el próximo tren a las 18. 30 hacia Lemos. Los vagones salen repletos desde Lacroze. Distintos tipos de personas suben con rapidez: pibes y pibas de  veintitantos volviendo de sus facultades, profesionales, oficinistas, obreros, ancianos. Todos mezclados en distintos vagones, también en sus furgones que años anteriores solo eran ocupados por vendedores ambulantes y cartoneros para charlar o fumar un porro. Ahora también son compartidos por ciclistas que intentan  ahorrar un subte o solo las llevan sus bicis por placer.

Por los pasillos desfilan vendedores perfectamente ordenados sin repetirse. Sus productos son variados :  pilas , alfajores , medias , chocolates , gomitas , cuchillos , pañuelos , cinturones , libros y por supuesto, músicos.

Los distintos cantos a la hora de vender suelen ser peculiares. El vendedor de libros tiene un voz de locutor que tranquilamente podría participar en un documental sobre historia- la de medias-   estira la primera sílaba de una manera única y con un cantinto muy popular en los pasajeros.

Los más excluidos nos cuentan sus historias , discapacitados relatan cómo llegaron a perder sus piernas, muestran heridas de accidentes , certificados de hospitales  con sus diagnósticos como pruebas. También vemos enfermos de HIV, todos pidiendo “ una monedita “.

Los niños no cuentan sus vidas ni sus enfermedades, solo reparten tarjetas con santos, como Karina, una adolescente  embarazada que hasta hace poco recorría con sus hermanos menores en brazos. Ahora ella camina con dificultad por su embarazo avanzado. Me surge un pensamiento que la realidad lo contesta con una cachetada ¿Será posible otro destino para sus hermanitas de 8, 6 y 11 años ?

Solo algunos de los pasajeros pueden ser protagonistas de sus vidas, se chocan, se huelen, se escuchan con curiosidad , con odio. Algunos intentan entender lo ajeno. Lo cierto es que los ferrocarriles argentinos son una fugaz escuela pública. Nos reflejan las distintas realidades de nuestro conurbano.

Debemos ser muy ciegos o sordos para no notarlo, cada estación refleja una parte de la sociedad o una parte del aula. Lo sorprendente  son los muchos pasajeros que viajan a diario y no salen ni con un golpe de realidad.

 

Juan José Romero

Dos milanesas

Hay una nueva cadena de carnicerías que hace cuestión de meses irrumpió en el mercado digestivo argento con ofertas realmente notables y se ganó un pedacito de mi carnívoro corazón. Tal es así que sigo yendo a pesar de que, tras (pocos) meses de ofertas y precios decididamente mejores que cualquier otra carnicería de barrio, fueron paulatinamente “normalizando” sus precios hasta equipararlos con el resto del mercado. Pero en la psicología del consumo yo veo el cartel de la carnicería X y lo asocio con carne barata y entro a comprar ahí aunque la carne la pago igual de cara que en todos lados. En fin, es un local de esta cadena de carnicerías X el escenario de la historia que sigue:

Un día de semana, por la tarde, me encuentro en el local comprando un poquito de mondiola (con m) para despuntar el vicio. Embolsado mi pedido me dirijo al sector fiambrería, que también tiene, y me pido un cuartito de queso de máquina, mientras una señora mayor realiza el trayecto inverso – esto es: de la fiambrería a la carnicería. Vouyer desde la cuna, pispeo que la viejita pide 2 (DOS) milanesas rebozadas de pollo y se dirige a la caja, donde nuestros caminos se encuentran. Mientras abono los magros 100 y pico de pesos de mi compra observo que la anciana mujer extrae de su bolso de compras una ziploc donde pululan con ostensible comodidad un par de cobres lustrosos y algún que otro mitre machucado. “¿Cuánto es?” pregunta la doña. La cajera le contesta, en otras palabras, que “Unos pesos más de lo que tiene, doña”. Ahorrando en giros dialécticos imprecisos y olvidables, ya que el lector de sobra imagina donde vamos, resumimos: la doña pide que le saquen una de las dos milas. Se la pesan. Tampoco alcanza. Un cristiano interviene. Consulta cuánto hay que poner. Faltan 25 pesos. Los pongo yo. Que no, joven. Que sí, doña. Que por favor, joven. Y acá viene la vaina: “Si la próxima no me lo vota a m*cri quedamos a mano, doña. Buen provecho”. La señora se encoge de hombros y mirándome con ojos de cachorro me pregunta “Y a quién voy a votar?”. Pues a quien gobernaba cuando le alcanzaba para las milas, doña, me quiero morir muerto!  

Lo quise gritar, pero callé. Me fui masticando la bronca y la angustia, intentando soltarla toda en el camino para no contaminar la casa de mi hijo, la cama de mi mujer, pensando que es urgente resolver este problema nuestro. Y que el problema no es la señora ni sus ojos de cachorro. No es la grieta ni la vergüenza de dejarse invitar dos milanesas. El problema es la insistencia de esta clase media devenida en media baja que se empecina en votar al que instrumentó los medios para que el mango no alcance para dos milanesas. El problema está en la cabeza, amigos. Está en todas nuestras cabezas, porque yo también, mal que me pese, sigo yendo a esa carnicería aún sabiendo que dejó de ser “la barata” hace rato.

 

Alejandro Di Paola

El destino de la Volkswagen

Desde que tuve memoria muchas cosas pasaron en la camioneta Volkswagen de mi madre, sobre todo viajes inconclusos; el problema principal el motor antiguo del Volkswagen 64,  era casi imposible de reparar, solo un experto podía .No era solo un problema mecánico ni de su motor complicado. El cauce principal de estos viajes, se encontraba en sus pocas ganas de funcionar en rutas, avenidas o calles muy transitadas; podía recorrer km enteros en calles de tierras en muy mal estado,  sin que se le escuche un problema de motor , los pozos no le afectaban, parecía futurista, un motor del siglo XXI puesto en un chasis de la década del 60.

Tal vez su historia tan ligada a los jipis, y sus viajes legendarios que recorrían continentes enteros les traía mala espina, como si ella tendría que seguir algún destino impuesto. Se negaba; quería su propio camino, y eso lo iba a tener que pagar muy caro.

Allá por los 80 empezó a cambiar su suerte; fue vendida por sus dueños que habían dejado la vida del jipismo, para convertirse en exitosos vendedores de bienes raíces, ya la época no estaba para sueños era para realistas, o eso es lo que les hicieron creer. Casi fue una bendición cuando una mujer con hijos se les acerco para saber si la camioneta estaba en venta, su respuesta fue al instante y la transacción se realizó esa misma tarde- a míseros 90.000 australes -.

Ya en poder de Silvia solo se tuvo que bancar  que la utilicen de transporte escolar, pero no estaba mal, porque también recorría km buscando niños en sus casas, que generalmente estaban en barrios humildes y por su puesto sin asfalto. Su ronroneo en ese tiempo era de felicidad, esos eran los caminos que le fascinaban. Solo algunas cuadras y volvía a descansar, que era su mayor propósito en esta vida. Luego su trabajo mejoro, dejo de transportar niños y solo era ocupada por su dueña, hacían viajes a barrios que ni si quiera sabían lo que era un cordón de asfalto, y eso a ella la llenaba de felicidad, no porque no tuviera sentimientos, nada de eso, era solo por el hecho de su rebeldía constante en eludir pavimentos de cualquier ciudad. Todo empezaría a cambiar cuando mi familia comenzó a vacacionar; el primer viaje lo aguanto hasta el km 150, en ese mismo instante los cables de su motor se prendieron fuego. Su sabotaje le vino perfecto, ya que conoció la comodidad del remolque, algo que le trajo la mayor de las satisfacciones. Fueron 50 encantadores km, en el cual no hizo nada. Una vez que lo probo, no lo quiso dejar nunca, su adición era tal, que en ocasiones no salía del garaje hasta que tarde o temprano la llevaban al mecánico. Su conducta adictiva, creo yo, le quedaban de sus dueños anteriores que como buenos jipis fumaban marihuana hasta dormirse y consumían distintas drogas psicodélicas. Eso era lo que más le gustaba de sus ex dueños. No fueron 3 ni 4 los viajes que quiso realizar esta familia, sino más de 14, y en solo 2 llegaron a destino.

Después de veinte años mi madre tuvo que venderla, no la podía mantener más; sus repuestos caros y el mecánico le hacían imposible poder mantenerla, con mucho dolor se deshizo de ella, a míseros cinco mil pesos, que los puso  un joven jardinero extravagante. Tal vez creyó que por su trabajo iba a recorrer los caminos que tanto le gustaban, pero eso nunca lo sabré, porque por mucho tiempo no supe nada de ella.

De casualidad al pasar por un depósito de autos reconocí a la Camio-como la llamábamos-, lo confirme por su patente SR957, di un salto de la emoción y baje del bondi  de inmediato. Fui al encuentro de mi pasado con una sonrisa que se me desdibujaría con una frase. Consulte al único hombre que estaba en el depósito;

-¿Dónde iban esos autos? Pregunte.

El respondió casi con desprecio – Al matadero.

Fingí no entender-¿A dónde? Insistí

-A la compactadora, pibe, ya no sirven más.

Sentí como si alguien me quisiera arrebatar mis recuerdos, mi historia. Con ella los viajes eran imprevisibles, aunque muchas veces nos enojáramos por no llegar a tiempo a ningún lado,  pase los momentos más insólitos de mi vida; cuando nos dejó en el medio de un campo en la ruta 11 a las 10 de la noche sin nadie a quien llamar ni tampoco a nadie a quien recurrir. O esos 6 meses que caprichosamente dejo de frenar, por supuesto en avenidas y lo que es peor en bajadas, si no fuera por el oficio de la conductora, mi madre, muchas hubieran terminado en tragedias. En fin, estos recuerdos forman parte de mí,y esas palabras. “Al matadero” todavía suenan en mi cerebro.

Me consuela pensar que ella eligió su destino y fue un ejemplo para mi vida, pero tal vez lo que más me choca, es pensar que como las personas, los autos ,tampoco pueden elegir su final.

 

Juan José Romero