Habrá más penas y olvidos

Era 1976 y un manuscrito titulado No habrá más penas ni olvido sube a un avión con rumbo a Bruselas. No había lugar para él ni para su autor en la Argentina. Cruza el océano en una maleta. Escondido. Todavía no podía ver la luz. No estaba terminado, pero, además era un libro peligroso, un libro urgente, que se enfrentaba con su época y se volvería popular mucho tiempo después.

Por el momento, Argentina se volvía un infierno y una runfla de militares bananeros, asesinos, torturadores, marionetas de otros tipos mucho más poderosos, se hacían con el gobierno. El libro y su autor, Osvaldo Soriano, debían irse a Bélgica.

Todo había empezado en 1974, como siempre, con una hoja en blanco, una máquina de escribir, un cuarto vacío y un tipo con algo que decir. El segundo paso fue una bofetada. Resulta que el gordito que golpeaba las teclas de la máquina de escribir era un tipo audaz y decidió empezar la novela con una provocación.

Quizás por venir de otro palo, por no haber pisado facultad alguna, quizás por eso pudo empezar así su segunda novela. La primera, Triste, solitario y final, tenía que ver con su infancia, sus fantasmas, sus gustos. La segunda, con los fantasmas comunes, los de todos los argentinos.

Soriano llegó de manera poco ortodoxa primero al periodismo y después a la literatura, pero antes que nada fue futbolista: un centrodelantero goleador. Había nacido en Mar del Plata. Vivió en distintas ciudades del interior del país debido al trabajo de su padre, empleado de Obras Sanitarias. Quiso dedicarse al futbol y jugar en el club que se había apoderado de su corazón, San Lorenzo. No llegó. Trabajaba por las noches de sereno en una fábrica de la ciudad de Tandil cuando publicó, casi de casualidad, un texto sobre Semana Santa en la revista Primera Plana y se fue para Buenos Aires. Un día escuchó hablar de Raymond Chandler y su detective Philip Marlowe, se fue con él a Los Ángeles y nació su primer libro.

Para cuando empezó con el segundo libro, No habrá más penas…, ya no era la misma persona.

El filósofo y escritor José Pablo Feinmann escribe un prólogo al libro en 2003 y dice que el comienzo de la novela es “una bofetada a la literatura universal, o un recurso poderoso, una apuesta tenaz de la que el autor no renegaría en el vértigo que se avecinaba”.

Así arranca el libro:

“-Tenés infiltrados -dijo el comisario.

-¿Infiltrados? Acá solo trabaja Mateo y hace veinte años que está en la delegación.

-Está infiltrado. Te digo, Ignacio, échalo porque va a haber lio”.

El libro se empezó a escribir en un departamento de la calle Salguero, de la Ciudad de Buenos Aires. Era el año 1974 y el padre de Osvaldo Soriano, inspiración para muchos de sus relatos más emotivos, fallecería durante esos primeros meses de escritura.

El peronismo atravesó al texto y a su autor, al igual que lo hizo y lo sigue haciendo con todo lo argentino, aunque muchos, ciegamente, lo nieguen. Perón había vuelto a gobernar la Argentina y llevaba a su nueva esposa, María Estela Martínez de Perón, como vicepresidenta.

En una carta que le escribe a su amigo Felix Samoilovich, Soriano explica que quiere “intentar un modesto fresco de este clima atroz que negamos cada día. Mi vida tiene sentido si puedo terminar otra novela como quiero.”

Los años setenta enfrentaron al autor con una nueva realidad desconcertante. Perón volvía al país y “bautizaba a peronistas que no lo eran y echaba a peronistas que sí lo son”. El autor, que había sentido una cierta atracción por Montoneros y la JP, se encuentra en poco tiempo en la vereda contraria. Según palabras de su amigo José María Pasquini Durán, Soriano, “con Isabel, con López Rega y la Triple A, asumiría la posición opuesta, digamos la ruptura. Porque el peronismo ya no era el pueblo sino esa cúpula malsana y perversa que representaba la Triple A”.

El escenario del libro se llama Colonia Vela, un ficticio pueblo del interior argentino en el que se desarrolla la tragedia nacional. Una confrontación en la que se mata y se muere invocando a alguien que no pisa el país desde hace décadas. En nombre de Perón, todos asesinan y son asesinados.

En el prólogo a la primera edición del libro en España, Soriano intenta explicar el jeroglífico del contexto político del momento y dice: “La acción de No habrá más penas ni olvido se sitúa en la Argentina durante el último gobierno de Juan Domingo Perón, entre octubre de 1973 y julio de 1974. Luego de una larga lucha popular, Perón regresó al país en medio de una grave conmoción a la que él mismo había contribuido; su movimiento estaba dividido por lo menos en dos grandes facciones: aquella que lo veía como un líder revolucionario y otra que se aferraba a su ascendiente sobre las masas para impedir la victoria popular. Este malentendido -por absurdo que hoy parezca- es uno de los tantos orígenes de la tragedia argentina”.

Nadie se anima a publicarlo en Argentina y el manuscrito, como dijimos, se pianta para la ciudad capital de Bélgica. Allí, el autor se enamora de una enfermera francesa, se mudan a París y se dedica a reescribirla y pulirla.

En una entrevista para la revista La Maga en 1994, Soriano cuenta que cuando le entregó el manuscrito a Eduardo Galeano, éste le dijo “hermanito, tomá los originales. ¿Ves ese cesto de papeles? Tiralos ahí. Que no se sepa que escribiste eso”. Unos meses después, cuenta Soriano, se la mostró al que “era el peor y más implacable crítico: Juan Gelman. En ese momento él estaba en Roma. Yo le pregunté si no podía echarle un vistazo a la novela. Gelman me dio una opinión totalmente contraria. Entonces le conté lo que había pasado con Galeano y Juan me dijo: Mirá, Eduardo estaría en pedo. Con eso empató. Luego vinieron los penales y la novela se salvó”.

La génesis de la publicación de la novela es casi tan atractiva como el texto mismo. En una columna de 2010 en Página 12 lo relata Juan Sasturain: “Publicada por primera vez en castellano durante la dictadura por Bruguera de España –habrá sido en el ’79 u ’80, acaso un poco después, no me acuerdo– cuando Osvaldo estaba en Bélgica o en París, la leímos de rebote clandestino por algunos ejemplares que llegaron en manos de amigos, ya que obviamente no se distribuyó acá. (…) El Gordo siempre sostuvo (y le creo) que no había escrito la novela en Europa sino antes de irse, y que acá le había resultado impublicable. Habrá sido en el ’74/’75, entonces, después de Triste, solitario y final. (…) Aquella edición española de Bruguera, naturalmente, apenas si se leyó en la Argentina. Hubo que esperar a que, en las postrimerías de la dictadura, en los primeros meses de 1983, el mismo sello la editara acá (…) junto con la exitosísima Cuarteles de invierno (ésta sí escrita durante la dictadura), y ambas hicieran que, cuando volvió definitivamente en 1984, el Gordo ya fuera el autor reconocido y popular que marcaría, con adhesiones masivas y críticas puntuales, una década entera de la narrativa argentina”.

Cuando él autor volvió a la Argentina, el libro ya había aterrizado en el país de la primavera alfonsinista y había hecho de las suyas por estos pagos. El país ya no era el mismo y No habrá más penas ni olvido nos interpelaba, nos discutía. Lo sigue y lo seguirá haciendo.

Sebastian Pujol

Últimos días de la víctima, de José Pablo Feinmann. Resumen y análisis del libro.

Novela “Últimos días de la víctima”:

Análisis, resumen y crítica del libro “Últimos días de la víctima”, del escritor y filósofo argentino José Pablo Feinmann.

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Últimos días de la víctima es, en su estructura inicial, un policial clásico. Una novela en la que un asesino a sueldo tiene por encargo matar a otra persona de la que sabe muy poco. Sin embargo, a medida que avanza la trama, se vuelve más psicológica e introspectiva, dejando por momentos de lado la acción típica de las novelas policiales para cederle paso a las cavilaciones de Mendizábal, el profesional del crimen.

La trama se desarrolla en torno a la tensión que se genera entre los dos personajes principales: Mendizábal y su víctima, Rodolfo Kulpe.

Mendizábal, a punto de cumplir cincuenta años, pasa sus días en una casa de Saavedra. Es un hombre metódico y obsesivo con su trabajo. Lejos de ser un matón común y corriente, es un personaje complejo, solitario, atormentado por sus pensamientos y con fama de ser el mejor en el mundo criminal.

Cuando recibe el trabajo de asesinar a Kulpe, de parte de un personaje del que solamente se sabe que es un “hombre importante”, se le aclara que lo buscan a él para llevar adelante el crimen porque necesitan alguien que se tome el tiempo necesario para hacer las cosas sin dejar huellas. El “hombre importante” dice: “Nos gusta su modo de trabajar, Mendizábal, y veo que usted lo sabe. Nos gusta, digamos, su pulcritud. Y no nos importa pagarla por lo que vale”.

Gran parte de la historia transcurre dentro de la cabeza de Mendizábal, en la que el narrador omnisciente bucea a su antojo. Sus obsesiones, sus miedos, sus placeres y sus odios lo llevan a mimetizarse con su víctima, Rodolfo Kulpe, veinte años más joven que él, el otro personaje principal.

Kulpe, que vive en un departamento del barrio de Belgrano, es todo lo que no es Mendizábal; joven, rubio, alto; a diferencia de su victimario que es morocho, robusto y de baja estatura. Además, tiene un buen pasar económico, una mujer llamada Amanda, con la que se encuentra todos los días en las barrancas de Belgrano, un niño al que Kulpe trata como a un hijo, aunque no lo es, y una amante llamada Cecilia, bailarina en un cabaret. Con Cecilia tiene una relación apasionada y con Amanda una relación más conflictiva.

Mendizábal no se muestra conforme con su vida y ve en su víctima una forma de escapar de su existencia huraña y solitaria. Tiene cincuenta años. No tiene pareja ni amigos. Es exitoso en su trabajo, pero este ya no reviste grandes emociones para él. Hasta fue olvidando la cara y las historias de aquellos a quienes asesinó a lo largo de su vida. En el seguimiento que hace de Kulpe, acaba por enamorarse de Amanda y de Cecilia. Al acercarse demasiado a ellas e intentar conquistarlas, arriesga la operación para la que había sido contratado.

Por fuera de la relación entre Mendizábal y Kulpe, hay un personaje, que es secundario pero que tiene gran importancia para crear la tensión necesaria en la novela. Este personaje se llama Peña y es el contacto entre “el hombre importante” y Mendizabal. Peña es otro asesino a sueldo, pero más descarnado y directo para llevar a cabo su trabajo. No anda con vueltas. Es una persona sencilla, de aspecto vulgar, que alguna vez trabajó en un frigorífico.

En un encuentro que tiene en un restaurante con Mendizábal, dice: “Después de trabajar en el frigorífico fui cambiando de trabajos, sin mucha suerte. Hasta que me enganché con los fierros y me llamó el patrón”. Si tenemos en cuenta que la novela fue publicada en 1979 y transcurre en los primeros años de la dictadura militar, la frase “hasta que me enganché con los fierros” adquiere un sentido que no hay que pasar de largo. Se convierte en una marca de época, un elemento histórico importante. Los años setenta en la Argentina estuvieron marcados a fuego por la violencia. Comenzaron con la dictadura de Lanusse. El retorno de Perón se avecinaba en medio de una creciente espiral de violencia generalizada. Una parte importante de la juventud había optado por la lucha armada contra el régimen. Finalmente, tras la muerte de Perón asume el gobierno de Isabel Martínez de Perón, que es derrocada en 1976 por una junta militar que instaura la última y más sangrienta dictadura de la historia argentina. En este contexto transcurre la novela de José Pablo Feinmann, y Peña es un claro ejemplo de los personajes que toman partido en esa lucha que surgió del momento histórico que vivió el país.

Cuando Peña comenzó a trabajar para el “hombre importante” había admirado el trabajo de Mendizábal, pero con el tiempo acabó por sentir resentimiento. Dice Peña: “es cierto que me revienta su manera de trabajar, sus mariconerías, y sus vueltas para liquidar. (…) Su pulcritud, como dice siempre el patrón. Eso sí que me revienta: su podrida pulcritud. Y más me revienta todavía que lo prefieran a usted, que le den los mejores trabajos, los más caros”. Este personaje se convierte en una amenaza constante para Mendizábal, lo cual lo lleva a cometer varios errores.

El libro está dividido en tres partes. La primera se llama “Siguiendo a Kulpe”, la segunda “Buscando a Kulpe” y la final lleva por nombre “Kulpe”. A la vez, estas partes están divididas en pequeños capítulos. Toda la estructura que arma a lo largo de las 259 páginas y que mantiene una lógica argumental sin saltos temporales, la resuelve con una sola oración a cargo de Kulpe: “No tengo nada contra usted, Mendizábal. Pero tengo un trabajo que cumplir”.

El complejo entramado del argumento se define en un final abrupto y sorpresivo.

René Ruiz

 

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Las ciencias ocultas en Buenos Aires

Este libro es una rareza en la bibliografía de Roberto Arlt. Raro hasta el punto de no estar incluido en varias ediciones de sus “Obras Completas”, y para este siglo hasta con la rareza de no estar mencionado en la Wikipedia. Por cierto, es anterior a “El Juguete Rabioso”.

Para escándalo de nuestros días, en los años 20 del siglo XX, los intelectuales se interesaban y practicaban esas artes esotéricas del título.

Para sorpresas de todo lector, hay cierto aire borgeano, o mejor dicho una anticipación del estilo del Borges de El Aleph, sazonado con las traducciones de Lovecraft de décadas por venir.

La edición de CHINA EDITORA incluye unas aguafuertes como exquisito bonus a la obra en cuestión, y su precio es la decima parte de una primera edición de esta misma LAS CIENCIAS OCULTAS EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES. Así que visiten su librería amiga y compren su ejemplar.

EL LECTOR INVISIBLE

Fontanarrosa

El título de una nota nos suele envolver en largas discusiones. Buscamos que explique, que enganche, que describa. Lo simple suele ser la mejor opción. ¿Para qué más? En esta ocasión tenemos un apellido largo, cinco sílabas concatenan doce letras que en realidad son siete y con apenas dos vocales. Explican, enganchan, describen. Lo sencillo, lo complejo, lo genial. Él. El negro.

La caricatura es una de las expresiones culturales más trascendentales de la cultura Argentina. Está atravesada por una larga lista de artistas y personajes: Quino, Caloi, Oesterheld. Mafalda, Clemente, El eternauta. El negro aportó al rubro a Boogie, a Mendieta, a Inodoro. Pero no se frenó ahí. Fue más allá del trazo de sus dibujos.

Este mes en la Provincia de Córdoba se va a llevar a cabo el Congreso de la Lengua Española, organizado por la Real Academia Española. En 2004, en otra edición del mismo Congreso, se explayó en una defensa del uso de las malas palabras. Hizo reír y enseñó en un ámbito que aún le debe un verdadero y merecido reconocimiento. Según Sasturain, para los gozadores de la literatura académica “cometió el error de hacer reír y de tener lectores a patadas”.

Su estilo de reírse de todo pecó al reír de las estructuras existentes. Le importó poco. Sus cuentos nacidos en las mesas del bar El Cairo (mudados en sus últimos años de vida al Bar La Sede) patearon el tablero, como supo hacer también el Gordo Soriano en sus novelas. Sus historias trascendieron las páginas de los libros. “La mesa de los galanes” llegó a la televisión en el inolvidable ciclo de canal siete protagonizado por Coco Sily y Daniel Araoz, entre otros. Sus cuentos futboleros endulzaron oídos en la voz de Alejandro Apo. Lo mejor del negro no está en la historieta. Su genio se explaya sin igual allí donde menos ahondó y donde menos transcendió, en la novela.

En su primera novela le dio vida a un agente secreto sirio que recorre el mundo ganándose la vida mercenariamente. Su nombre titula a la obra: Best Seller. Desde el bautismo de su personaje se rie del mercado de la venta de libros. Lo mejor de Best Seller se encuentra en su segunda novela, Área 18. El negro vuelca todo su mundo en esas páginas y consigue una obra inigualable, la mejor novela cómica de la historia de la literatura. Entre risas, esboza toda su inteligente filosofía, describe irónicamente rincones del mundo que jamás conoció, ensaya explicaciones sobre temas de los que nunca sabremos si supo algo en realidad. A través de esas excusas da la sensación de que su cabeza pasó por la vida habiendo entendido todo, absolutamente todo. Para hacerlo le bastó con mezclar sus lecturas y conocimientos, con todo lo que palpó, mamó y amó de su querida Rosario.

Esta ciudad, capital cultural Argentina, tiene la particularidad de que sus genios tienen un arraigo especial por sus veredas. Sólo los habitantes de determinado lugar saben que tal personaje trascendental pertenece a ese lugar. Tenemos que Googlear o husmear en alguna biografía para conocer el origen de Quino, Borges, Soriano, Charly García. Sin embargo, todos sabemos de donde son originarios Olmedo, Fito, El negro, entre tantos otros.

En lo que fue su bar, allí donde estuvo su mesa, tiene una merecida estatua. La noche, los suyos, los amigos, los vecinos, los amantes de su obra y de su genio sin igual, fueron quienes pusieron la escultura. Los certámenes, las editoriales y la intelectualidad en general, omitieron y omiten el reconocimiento a uno de los más grandes. Él se fue del planeta poco preocupado por eso. Otro grande también futbolero e hincha de Central, Osvaldo Bayer, pasó a la eternidad sin conseguir uno de sus grandes objetivos, la demolición del monumento de Julio Argentino Roca. Los hijos de muchos de nosotros asisten a escuelas con el nombre del general genocida. Extraigo para compartir, del capítulo 13 de Área 18, un pasaje en el cual el negro resignifica los monumentos de ese tipo de mal nacidos.

[…]

-¿Qué le ha ocurrido a esta obra, entonces –tornó al asalto Seller-, la han extraído de alguna ruina? ¿O quizás el volcán Mombasa…?

-No. Nada de eso –se animó el hombre-. Nada de eso. En este país hay una bella costumbre. Una bella costumbre. La de erigir monumentos no sólo para los héroes o para los próceres. No sólo para ellos.

-Ahá.

-Sino que acá, desde siempre – continuó el empleado-, se han levantado, y se levantan, monumentos a los que cometen grandes errores. A los perversos. A los traidores. A los responsables de grandes calamidades. “¿Para qué?”, se preguntará usted.

Seller asintió con la cabeza.

-Para que la gente pueda verlos, recordarlos y enseñar a sus hijos, quiénes han sido estos personajes. Y decirles: “¿Ves, ves hijo mío, ese señor inmortalizado en esa estatua? Bien, ese señor fue un miserable traidor”. O bien “por culpa de ese señor sufrimos la peste de la viruela negra, o cualquiera de esas cosas”. Entonces las generaciones futuras ya saben quiénes los han perjudicado. Y aprenden a reconocer también a los buenos y a los malvados de carne y hueso, un poco por la enseñanza que ya traen de sus padres. Digamos, acá no hay olvido para los malos. […]

En el número especial que la Revista Caras y Caretas le dedicó tras su muerte, su editor de toda la vida escribió: “lo que más me gustó en este mundo: ser editor de libros y tener un autor como Roberto Fontanarrosa”.

Sergio Delbreil

El intocable

Se cumplió un nuevo aniversario de la conquista del título mundial de Nicolino Locche ante Paul Fuji .

Lochhe fue un artista del ring y les dejamos un mini documental sobre ese momento memorable del boxeo argentino.

Historia de una mestiza

Tirame una buena, uno que casi ruega haciendo zapping en la tele. Que el dólar, que la pandemia, que la economía, que la pobreza superando el cuarenta por ciento. Así difícil. Y, sin embargo, en esta cuarentena puedo tirar una buena, buenísima, extraordinaria diría yo aún a riesgo de no parecer objetivo: mi hija escribió un libro. Tiene apenas una docena de años y plasmó en un libro una historia de fantasía extraordinaria. Está bien, este padre peca de  exceso de subjetividad, no muy diferente que esas noticias que no tiran una buena nunca, de derecha a izquierda. Historias pequeñas esas de los medios masivos de comunicación, que se quedan en la coyuntura, que mañana ya son viejas como cuando los diarios se convierten en papel para envolver los huevos. Un libro no, un libro queda, se podrá leer ahora o en veinte años y va a seguir contando una historia formando una unidad más resistente al tiempo. Dejará su huella en los que lo lean, muchos, pocos, pero difícil que sea indiferencia lo que despierta.

Porque es la historia de una mestiza, a la que mi hija bautizó con el nombre Alison, en la historia de un enfrentamiento, de una guerra entre hechiceros y seres humanos en un mundo de fantasía. Una mestiza porque es hija de la pareja que formaron sus padres, un hombre y una bruja. Una historia que cuenta que no se sentía querida en la isla de Dorian, donde vivían los hechiceros, porque era hija de un vil mortal desprovisto de toda magia. Cumple dieciocho años y se va a conocer el mundo de los humanos, de su otra parte, como un intento de encontrar su lugar o sentirse más querida. Historia rica en matices, no decae en intensidad. Descubre que en el mundo de los hombres hay magia escondida, y también una guerra latente que amenaza volver entre los hombres y los guardianes oscuros, hechiceros que se quedaron con gran resentimiento por dolores pasados y quieren comenzar la guerra.  Se encuentra con una tía que la aloja y luego la sorprenden un elfo y un hombre con el que empezará una aventura entre mutuas desconfianzas iniciales y un camino largo hacia el objetivo de encontrar la gema de la inmortalidad antes que los Guardianes Oscuros, que la quieren para vengarse de la humanidad. Duendes, elfos, hombres, mujeres, hechiceros, brujas. Y una mestiza, Alison, la protagonista de la historia.

-Mestiza – la llama con desprecio uno de sus rivales antes de entablar una lucha. El lugar de la impureza, de ser mezcla, crisol de razas, pero curiosamente encarnando la lucha por la libertad como los criollos del siglo XIX argentino. No fueron los españoles ni pudieron los pueblos oríginarios concretar la emancipación de estos suelos, sino los criollos, los mestizos. Como esta mestiza que lucha contra ese desprecio de muchos, junto a un elfo, junto a un humano y encontrándose en el camino con enemigos e incluso un aliado impensado. Porque el libro narra una historia destinada también a remover prejuicios.

En tiempos de tanta realidad, permitámonos la fantasía aunque más no sea como un recreo. Nutriéndonos de una historia de valentía, valores y un crisol de sucesos inesperados. La historia de una mestiza.

Ficha del libro:

Título: Alison Warley y la Gema de la Inmortalidad.

Autora: Guadalupe Giménez

Género: literatura fantástica.

Editorial Argenta, 2020

El libro se vende a precio popular. Los interesados, pueden enviar mail a sgimenez5804@yahoo.com.ar o  mensaje de whatsapp al 156-962-1574. O mensaje directo al Twitter @cuervogimenez79. O contactarse al Ig @mariana.sartore35

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

Moral Nacional y “Moralina” Doméstica – Arturo Jauretche

La historia se torna en ocasiones redundante. Cíclica, en exceso. No estudiarla conlleva el pecado de creernos testigos de lo inédito. Devenimos en constantes creadores de soluciones. Nuestros problemas, con sus causas y soluciones, suelen haber sido presente de un pasado distante. A veces no tan distante.

De nuestros intelectuales, Jauretche fue quizás el que mejores respuestas encontró en el momento de transcurrir los sucesos. Su descripción llana y detallada de los eventos parece nunca perder vigencia. Nuestra mente solamente debe armar el rompecabezas del presente con los sucesos que él nos explica en el pasado. De esa forma, no nos sentiremos tan solos, tan desesperados. O a lo mejor sí, pero menos ignorados.

Lo que sigue es una segunda entrega de extractos de textos de Don Arturo. Puede leerse sin leer la primera y sin abordar la próxima. Pero… qué pecado no hacerlo. En esta ocasión, el texto en cuestión es Moral nacional y “Moralina” doméstica que corresponde al capítulo número tres de Filo, contrafilo y punta, de las obras completas, volumen 10, de ediciones Corregidor.

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Cada vez que hay un escándalo y éste tiene gran difusión periodística, yo desconfío del objetivo del mismo. […] Destruir, por ejemplo, la fábrica Mercedes Benz para después comprar los ómnibus (que allí se debieron fabricar) en Brasil donde se mudó, y dar entrada en condiciones mucho más gravosas a treinta o cuarenta fábricas de automóviles, no provoca escándalo.

No provoca escándalo tampoco entregar todo el manejo de la producción rural argentina a los consorcios exportadores extranjeros. Se arma escándalo precisamente para tapar esto o para impedir aquello. […]

El escándalo ocurre cuando un criollo o turco o judío local se arma de unos pesos. Nos han enseñado que debemos imitar el ejemplo de los Rockefeller, de los Morgan, de los patentados anglosajones, que como se sabe empezaron vendiendo diarios, que parece es una condición indispensable para llegar a millonarios. Pero cuando algún enfermero, botellero, o cualquier clase de avivado criollo empieza a levantar cabeza, todo el mundo se indigna recordando que ha sido enfermero o botellero, y se pone a descubrir cómo hizo la plata y con qué ventaja. No se ponen a averiguar cómo la hicieron los Rockefeller y los Morgan, […]

[…] si hay gente que debe estar prevenida sobre el escándalo son los peronistas, y sobre todo sobre el escándalo movido por los grandes diarios. Pero todavía no han aprendido bastante y “entran” como cualquier hijo de vecino. […]

La moral puede ser un gran negocio. […]

Detrás del miedo al enriquecimiento, más o menos inmoral, de algún criollo, turco,  o judío o lo que sea, local, funcionan los grandes intereses destinados a impedir una política económica conveniente para el país, y cuya consecuencia fatal, inevitable casi, es la existencia de inmoralidades locales, que son el reflejo del desarrollo capitalista. […]

Desarrollar el país implica aceptar que los negociados se hagan aquí y que sus beneficiarios sean locales. Es la cuota de inmoralidad que se paga pero no implica que la inmoralidad no exista antes de esa prosperidad. Se trata de que es visible cuando los beneficiarios están a la vista, son personas de carne y hueso, que conocemos, y que el mecanismo de la inmoralidad internacional tiene interés que se pongan en evidencia.

[…] la gran inmoralidad vinculada a la expoliación del país pasa desapercibida, y nadie grita, por la inmoralidad de los tradicionales, y sobre todo cuando son extranjeros y tienen sus sedes en el exterior; nadie la percibe, y  el mecanismo de la publicidad está organizado para silenciarla.

Todo el mundo conoce a los políticos que viven del escándalo local. Es raro que griten contra esos mecanismos internacionales, pero son los mejores instrumentos para salirles al cruce a los competidores criollos. […].

No los critico, en su posición de fiscales, pero sí les exijo que levanten la puntería y en lugar de preocuparse del vecino del inquilinato que se ha comprado un traje nuevo, se preocupen de aquellos que siempre han usado traje nuevo, y que son los representantes del negocio de que ningún argentino pueda hacerse de un traje,[…].

Evidenciar el escándalo doméstico. Los pesos que gana, honradamente o no, cosa que en el comercio no es muy fácil de precisar, alguien, algún piojo resucitado, y que antes ganaba el mecanismo exterior de dominio de nuestra economía, o simplemente porque perturbaba la estructura organizada para impedirnos que comerciemos como le conviene al país.

El texto citado corresponde al año 1962. Cuando habla de políticos denunciadores es inevitable pensar en los Carrio que acusan y se pasean por la embajada norteamericana. En los grandes administradores de la timba financiera internacional que tiene actualmente sus representantes en los más altos escalafones del gobierno nacional. Cuando habla de la Mercedes Benz se me viene a la cabeza el acuerdo cerrado en estos días entre las fábricas Ford y Volswagen para compartir las plataformas de fabricación de sus vehículos convirtiendo en prescindible a gran parte de su personal.

Por un lado, la plena vigencia de Arturo genera dolor. Por otro, reconforta reconocer que las técnicas del enemigo se repiten y que sólo debemos aprender a combatirlas mejor. Aún no nos han vencido.

Este 13 de Noviembre, si la muerte tuviera la delicadeza de hacer excepciones, Jauretche cumpliría 119 años. La pucha… las cosas que sabría el viejo zorro.

Sergio Delbreil

Otra entrada jauretcheana: https://revistamarfil.com/2018/10/09/la-falsificacion-como-politica-de-la-historia-arturo-jauretche/

“Somos todos culpables de la ruina del planeta”. Eduardo Galeano. 80 años.

El siguiente texto forma parte del libro de Eduardo Galeano “Úselo y tírelo.

La salud del mundo está hecha un asco. ‘Somos todos responsables’, claman las voces de la alarma universal, y la generalización absuelve: si somos todos responsables, nadie lo es.

Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente. Es la tasa de natalidad más alta del mundo: los expertos generan expertos y más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad. Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al ’sacrificio de todos’ en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales que nadie cumple.

Estas cataratas de palabras -inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero del ozono- no se desencadenan gratuitamente. El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo, a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y a las grandes empresas que le sacan el jugo.

Pero las estadísticas confiesan. Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el 20 por ciento de la humanidad comete el 80 por ciento de las agresiones contra la naturaleza, crimen que los asesinos llaman suicidio y es la humanidad entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra, la intoxicación del aire, el envenenamiento del agua, el enloquecimiento del clima y la dilapidación de los recursos naturales no renovables.

La señora Harlem Bruntland, quien encabeza el gobierno de Noruega, comprobó recientemente que si los 7 mil millones de pobladores del planeta consumieran lo mismo que los países desarrollados de Occidente, “harían falta 10 planetas como el nuestro para satisfacer todas sus necesidades”. Una experiencia imposible.

Pero los gobernantes de los países del Sur que prometen el ingreso al Primer Mundo, mágico pasaporte que nos hará a todos ricos y felices, no sólo deberían ser procesados por estafa. No sólo nos están tomando el pelo, no: además, esos gobernantes están cometiendo el delito de apología del crimen. Porque este sistema de vida que se ofrece como paraíso, fundado en la explotación del prójimo y en la aniquilación de la naturaleza, es el que nos está enfermando el cuerpo, nos está envenenando el alma y nos está dejando sin mundo.

Eduardo Galeano

Yo le pido a San Alvarado

Jauretche buscó durante su vida transmitir una nueva forma de pensar, no un simple pensamiento. Sus enseñanzas siguieron ese curso. El estudio de las problemáticas de su tiempo poniendo el foco en las particularidades de la realidad Argentina.

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Si no hay amor que no haya nada

En épocas de cuarentena sobra el tiempo y escasea libertad. Este ocio tan mentado con el correr de los días se comienza a transformar en tedio y todo lo daríamos por volver a tener la posibilidad de salir. Recorrer las calles, ver a los seres queridos, abrazarlos. Pero claro, eso significaría volver al trabajo. Aquella rutina que si bien permite salir de casa también resulta esclavizante. Salimos pero no somos libres.

Otro aspecto sensible del encierro es la relación con el otro. Con el conviviente. Aquel ser al que no podemos dejar de ver. Ante el fragor de la prohibición los vínculos se erosionan y las miserias rompen en hervor.

No es la intención empujar al abismo a las parejas sino que buscamos alguna mirada que vincule libertad y amor para sacar la cabeza del encierro y meterla en un análisis que, se aclara por las dudas, quizás no ayude a mejorar las cosas.

El Anarquismo de mediados del siglo XIX y principios del XX abordo seriamente el tema. Discutió la institución matrimonial como método de coercion hacia la mujer y propuso la unión libre, en donde dos seres que se aman pueden estar juntos sin la necesidad de arreglos legales ni religiosos. En eso andaba Rene Chaughi, un referente del anarquismo frances, cuando publico en 1908 La Inmoralidad del Matrimonio. Les dejamos el texto traducido para contribuir a la reflexión y ahuyentar aunque sea por un rato las ansiedades pandemicas.

La inmoralidad del matrimonio

Rene Chaughi

Dos seres, un hombre y una mujer, se aman. ¿Acaso pensamos que serán lo suficiente discretos para no pregonar de casa en casa el día y la hora en que…? Pensamos mal. Esta gente no parará hasta que hayan participado a todo el mundo sus propósitos: parientes, amigos, proveedores y vecinos recibirán la confidencia. Hasta entonces no creerán permitida la “cosa”. Y no hablo de los matrimonios de interés, en los que la inmoralidad es flagrante desde un principio; me ocupo del amor, y veo que, lejos de purificarlo y darle una sanción que no ha menester, el matrimonio lo rebaja y lo envilece.

El futuro esposo se dirige al padre y a la madre y les pide permiso para acostarse con su hija. Esto es ya de un gusto dudoso. ¿Qué responden los padres? Deseosos de asimilar su hija a esas damas tan necias, ridículas y distinguidas como ricas, quieren conocer el contenido de su portamonedas, su situación en el mundo, su porvenir; en una palabra, saber si es un tonto serio. No hay otra expresión mejor para calificar a este tratante.

Veamos a nuestro joven aceptado. No pensemos que la serie de inmoralidades está cerrada: no hace más que comenzar. Desde luego, cada uno va en busca de su notario, y tienen principio, entre las dos partes, largas y agrias discusiones de comerciante en las que cada uno quiere recibir mucho más de lo que da; dicho de otro modo: en las que cada uno trata de hacer su negocio. La poca inclinación que los dos jóvenes pueden sentir el uno por el otro, los padres parecen empeñarse en desvanecerla, emporcándola y ahogándola bajo sórdidas preocupaciones de lucro. Después vienen las amonestaciones en las que se hace saber, a son de trompetas, que en tal fecha el señor “X” fornicará, por primera vez, con la señorita “Y”.

Pensando en estas cosas, uno se pregunta cómo es posible que una muchacha reputada y púdica pueda soportar todo esto sin morirse de vergüenza. Pero es, sobre todo, el día de la boda, con sus ceremonias y costumbres absurdas, lo que encuentro profundamente inmoral y, digámoslo en una palabra, obsceno. Aparece la prometida arreglada –como los antiguos adornaban a las víctimas antes de inmolarlas sobre el altar– con vestimentas ridículas; esa ropa blanca y esas flores de azahar forman un símbolo completamente fuera de lugar: fijan la atención sobre el acto que se va a realizar y se hacen insistentes de una manera vergonzosa.

¿Hablaré de los invitados? ¿De su modo de vestir tan pretenciosamente abobado, sus arreos tan risibles como enfáticos, sus maneras pomposas y tontas, sus juegos de una fealdad extraordinaria? ¿Enumeraré todas estas gentes estiradas, empomadas, acicaladas, enfileradas, apretadas, rizadas, embutidas en sus vestimentas, los pies magullados en estrechas botinas, las manos comprimidas por los guantes, el cogote molido por el cuello postizo; todo este mundo preocupado de no ensuciarse, ansioso de engullir, “hambrones”, como les dice el poeta, venidos con la esperanza de procurarse una de esas comidas que forman época en la existencia de un hombre gorrón?

¿Cómo pueden dos jóvenes resolverse, sin repugnancia, a comenzar su dicha ante una decoración tan abominablemente grotesca, a realizar su amor entre estas máscaras y en medio de tan asquerosas caricaturas?

En la calle se corre para verlos: totalmente son cómicos; las comadres asoman a las puertas, los chiquillos gritan y corren. Cada uno procura ver a la desposada: los hombres con ojos de codicia, las mujeres con miradas denigrantes; y, por todo, se oyen soeces alusiones a la noche nupcial, frases de doble sentido que dejan entender –¡oh, tan discretamente!– que el esposo no pasará mal rato. Y ella, pobre muchacha, el dulce cordero, causa y fin de tan estúpidas bromas, cuyas tres cuartas partes llegan a sus oídos, sin duda alguna, ¿se esconde en un rincón del carruaje, tras la obesidad propicia de sus padres? ¡Oh, no! Ella, entronizada descaradamente en su carruaje, se asoma a la ventanilla sonriente para atraer la atención de la multitud. Y lo que la vuelve radiante de alegría, mucho más que el amor del prometido y la legítima satisfacción fisiológica, es considerarse mirada y envidiada; es poder eclipsar –aunque no sea más que por un día– a las peor vestidas, burlarse de sus antiguas amigas que permanecen solteras, crear en torno de sí celos y tristezas, en fin, ostentar esa ropa impúdica que la ofrece a las risas del público y debían llenarla de vergüenza. Bien considerado, todo esto es de un cinismo que subleva.

Después, en la alcaldía, donde oficia un señor cualquiera, sin otro prestigio que la ostentación de una banda azul, blanca y roja. Tras la desolante lectura de algunos artículos de un código idiota, humillante e insultante para la dignidad de los dos seres a quienes se aplican, el individuo de la banda patriótica pronuncia una elocución vulgar, pedestre, y todo está terminado. He ahí nuestros dos héroes unidos definitivamente. Sin esa algarabía preliminar, la fornicación de esta noche habría sido una cosa impropia y criminal; pero gracias, sin duda, a las palabras mágicas del hombre de la banda tricolor, ese mismo acto es una cosa sana y normal… ¡Qué digo!, un deber social. ¡Oh, misterio ante el cual aquello de la Trinidad no es más que un juego de niños!

Por mi parte hubiera creído todo lo contrarío. Me parece que un joven y una muchacha que por primera vez se deciden a ejecutar el acto sexual, antes hubieran procurado evitar la publicidad. El acto sexual, aun efectuado de incógnito, no deja de producir molestias; con mayor motivo ante testigos. Parece que esto es inmoral, y que lo moral, noble y delicado es ir a hacer confidencias a un cagatintas gracioso, obtener un permiso, hacerse inscribir y numerar en un registro, como los caballos de carrera cuya descendencia se vigila o el rebaño que se cruza sabiamente.

¿Cómo no ver que si el Estado requiere estas formalidades ultrajantes es sólo por propio interés, a fin de no perder de vista a sus contribuyentes, de conservarlos en el espíritu de obediencia y de poder echar mano fácilmente sobre los futuros vástagos? Es preciso estar inscrito en alguna parte; y si no es en la Alcaldía, será en la Prefectura de Policía. En lista, siempre en lista; no escapamos. El matrimonio es un medio de esclavizar más a los hombres. Defendedle, pues, como instrumento de dominación, como sostén del orden actual si queréis. Pero no habléis de moral.

El cortejo se forma para ir a la iglesia. La sanción que el matrimonio civil no ha podido otorgar a la unión de dos jóvenes, ¿la dará el matrimonio religioso? Sí, si ellos creen en un Dios y ven en el sacerdote su representante terrestre. En tal caso nada hay que decir. Esto admitido, puede admitirse encima todo cuanto se quiera, y es preciso no extrañarse de nada.

Pero no ocurre así la mayoría de las veces. Algunos no ponen los pies en ninguna iglesia después de la primera comunión. Y si entran hoy, es para hacer como los demás: por conveniencia y, sobre todo, para que la ceremonia sea más bella, la fiesta más completa; para ejecutar su ejercicio ante una luz más viva aún, más brillante.

Durante la misa, las damas murmuran, secretean, ordenando los pliegues de sus vestidos, procurando hacer valer sus gracias y salpicándose mutuamente, haciendo carantoñas bajo las miradas libidinosas de los hombres. Éstos, mirando de soslayo, lanzan frases gordas, sintiendo impaciencia por cargar con tales mujeres. Y mientras el cura con cara socarrona amonesta a los nuevos esposos, el sacristán ataca a los bolsillos de los asistentes.

Los jóvenes esposos han comenzado su unión mintiéndose a sí mismos y mintiendo a los demás, aceptando una fe que no es la suya, prestando el apoyo de su ejemplo a creencias que ellos juzgan quizá perjudiciales, seguramente erróneas y de las que se reirán entre bastidores. Este bonito debut de existencia en la mentira y la hipocresía parece ser la sanción definitiva de su unión, el sello misterioso que la proclama santa e irrevocable. Esta moral es para nosotros el colmo de la inmoralidad. Guardaos de ella.

Una vez hartos los invitados, toman de nuevo los coches, a fin de exhibirse por última vez ante el público: “Miren bien a la desposada vestida de blanco, señoras y caballeros; todavía es pura; pero esta noche dejará de serlo. Es aquel joven gallardo quien se encarga de ello. Séquense los ojos, que nada cuesta”. Por un momento se los invitará a palpar. Todos los viandantes se animan ante la vista de esta bestia curiosa… que sueñan poseer. ¿De cuánta inconsciencia debe estar dotada una muchacha para aguantar eso sin saltarle el corazón?

La jornada, tan bien comenzada, acaba aún mejor. Se preludia el ayuntamiento de cuerpos, por medio de una costumbre gráfica general. Algunos, en vista de la boda, ayunan muchos días. Se atiborran. El exceso de nutrición y de vinos hincha el rostro, inyecta los ojos, embrutece más los cerebros; los estómagos se congestionan y también los bajo vientres. En un acuerdo tácito, todos los pensamientos convergen hacia la obra de reproducción; las conversaciones se vuelven genitales. Con velada frase se reproduce la buena picardía de nuestros padres; toda la deliciosa pornografía que floreció bajo el sol de Francia triunfa de nuevo. Las risas se mezclan a los eructos de la digestión penosa. Y todos los ojos acechan ávidamente la sofocación creciente de las mejillas de la esposa. En vano. La casta muchacha de frente pura parece tan desahogada ante esta ignominia como un viejo senador en una casa de citas. No chista. Y gracias que a los postres no venga algún cuplé picaresco a excitar de nuevo el erotismo de los convidados y se haga necesario, en casa de la desposada, un simulacro de confusión. Parece como que se quiere envilecer, a los ojos de los nuevos esposos, la función por la cual se han unido; parece que quieren volverla más bestial de lo que ella es en sí, como si fuese necesario que su realización se acompañe de una indigestión, como si fuese indispensable que una tan delicada e importante revelación se inaugurase ante una asamblea de borrachos.

¡Ah! Mira, desgraciada, mira todas estas gentes honradas que devuelven por la boca el exceso de comida con que se atragantaron. Éstas son las personas virtuosas que profesan una moral rígida. Están casados también; sus juergas han recibido la sanción legal y el sello divino; también los monos deformes que ellos engendran son de una cualidad superior a la de los demás. Míralos: éste de aquí tiene toda una progenitura en la ciudad; el otro se hace fabricar sus herederos por el vecino de encima; el señor y la señora “X” se arañan diariamente; aquéllos están separados, éstos divorciados; este vejete compró a buen precio a esa hermosa muchacha; este joven se casó con esa vieja por su dinero; en cuanto a aquel matrimonio de allá, todos saben que prospera, a pesar de ser tenido por modelo, gracias a las escapadas de la esposa y a los ojos, complacientemente cerrados, del marido. Y es, quizás, el menos repugnante de todos, puesto que, al menos, esos dos se entienden perfectamente. Pero todas estas gentes son honradas; todas ellas se han hecho inscribir. Sus porquerías han recibido el visto bueno del hombre de la banda tricolor y del hombre de la sobrepelliz. Por eso son bien recibidos en todas partes, mientras que las puertas se cierran para aquellos que han cometido la torpeza de amarse lealmente, sin número de orden y sin ceremonia alguna. ¡La cámara nupcial…!

Teóricamente, la desposada nada sabe del misterio de los sexos; ignora el fin verdadero, único, del matrimonio. Si sabe alguna cosa, es fraudulentamente y en menosprecio de las indicaciones maternales. ¿Qué vale, pues, este “sí” que ha dado ante una demanda cuya entera significación desconoce? ¿Qué caso hacen, pues, de su personalidad en todo esto, disponiendo de su cuerpo sin su consentimiento, al dejarla, ángel de candor, flor de pureza, entre los brazos de un pimiento sobreexcitado e inconsciente? ¡Qué! ¿Ustedes le darán vuestra hija a un individuo cualquiera, que apenas los conoce, quizá plagado de vicios extraños, en el que la educación carnal, sexual, se ha hecho quién sabe dónde; ustedes la abandonarán para que hagan de ella su fantasía secreta, y eso sin prevenirla? ¡Pues esto es monstruosamente abominable! ¡Pues esto es una esclavitud peor que las otras, más infamante y más horrorosa que ninguna! ¿Qué puede haber más forzado para una mujer que ser poseída a pesar suyo? ¿El acto sexual no es, según que se consienta o no, la más grande alegría de las alegrías o la más grande de las humillaciones?

¡Ah, si la libertad está de acuerdo con la moral, debe existir en la cuestión del amor o en parte alguna! Este matrimonio no es más que una violencia pública preparada en una orgía.

Ignacio Calza