Tengo un 24 de marzo grabado en mi memoria,

Tengo un 24 de marzo grabado en mi memoria, el de 1976 y eso que yo nací en el 84. Lo tengo grabado en la memoria y en el cuerpo y en el alma. Lo recuerdo, lo siento, lo huelo, lo sufro. Lo lloro. En mis primeras marchas, hace ya unos cuantos años, observaba en silencio a aquellas y aquellos, esas personas mayores que yo  que marchaban con semblante duro. Los miraba desde mi incertidumbre; sabía qué había pasado durante esos años infames, pero no podía saber lo que significaba haberlos vivido.

Nacida en democracia, complicada y siempre a punto de tumbar, pero democracia al fin, ciertas cosas me resultaban lejanas: historias escritas en libros, relatos oscuros de alguien, el “Nunca Más”. En mi casa no se hablaba mucho del tema, mis viejos siempre dijeron que ni siquiera se habían enterado de lo que sucedía, que ellos no molestaban y por eso estaban vivos (siempre lo dijeron como si por un lado fuese un alivio y, por otro, una culpa).

El colegio, algunos profes copados y la vida misma me fueron llevando a querer saber más de esa historia funesta de un país que era el mío, aunque lejano. Y también una compañera, la recuerdo perfectamente. En una clase de historia que estaba a cargo de un docente que años después me crucé en recitales y en bares, un barbudo que nos hacía debatir y reflexionar, ella dijo casi como si se le hubiese ocurrido en el momento, “algo habrán hecho”. Ese instante fue una bisagra en mi vida, tomé posición para siempre: el corazón me explotó, mi boca empezó a decir palabras que no salían de mi cabeza, era como si miles me guiaran, como algo externo e interno a la vez. Ese día tomé posición, para siempre.

Hoy, tengo ese 24 de marzo en la piel. No lo viví físicamente, pero lo vivo y lo viviré en el cuerpo y en la sangre de los 30.000 compañeros y compañeras secuestrados, torturados y desaparecidos. Y también en cada marcha y en cada garganta que grita: “a donde vayan los iremos a buscar”. Allí lo vivo; en las lágrimas y sonrisas que recuerdan a quién se llevaron en una noche oscura de botas; en el rostro de esos niños y niñas que en la marcha portan su inocencia; en las madres, mujeres inmensas que con su fortaleza se llevaron y se llevan puesta a la injusticia.

Tengo un 24 de marzo grabado en la memoria y en el cuerpo y en el alma. En una memoria, un cuerpo y un alma colectivos. Este año, como siempre, la plaza nos reunirá en una comunión extraña: miles y miles de cuerpos, almas y memorias recordando a quienes ya no están, repudiando a las bestias, exigiendo justicia. Miles de cuerpos, almas y memorias amando a la vida y a la libertad, amando a las madres y a las abuelas de la plaza y abrazándolas con el corazón. Amando y abrazando a esas mariposas que quizás vuelvan a visitarnos, como alguna vez hace no mucho tiempo. Miles de cuerpos, almas y memorias gritando, hoy más que nunca, “nunca más”.

 

Vera Suárez

Jorge Adur, capellán montonero.

A fines de la década del sesenta tras  las conclusiones de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano realizado en Medellín, un grupo de sacerdotes argentinos forman el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). Su objetivo principal fue llevar la Iglesia a los marginados, ayudar en villas y barrios obreros, hablar sobre lo que un buen cristiano debe hacer con el prójimo. Pero también escuchar las diversas inquietudes que los fieles tenían sobre el contexto social, político y religioso. Pese a que el ala más conservadora de la Iglesia rechazaba los métodos  de los sacerdotes tercermundistas, ellos optaron por los pobres.

Los últimos años del sacerdote Jorge Adur tal vez resuman un poco lo que fue la década de los setenta. Miembro del MSTM, se integro en la comunidad del barrio Manuelita en San Miguel, ahí la dictadura militar lo fue a buscar, ahí no lo pudieron encontrar pero si a dos seminaristas que fueron desaparecidos. La pregunta de porque la dictadura vio en Adur alguien quien debía ser callado, podría remitir a sus días como sacerdote y confesor de adolescentes que vieron en el cristianismo y el peronismo el medio para  poder luchar contra la violencia y proscripción iniciada en 1955. O tal vez cuando acepto la capellanía del Ejercito Montonero, pese a la oposición del obispado de Buenos Aires o quizás cuando fue parte de la misa para despedir los restos del joven Abal Medina, líder fundacional de Montoneros. Adur tenía la condena de muerte, por eso y, como tantos otros compatriotas, el exilio fue la única salida posible.

Los años en el exilio los utilizo para intentar ver al Papa para denunciar los hechos aberrantes que sucedían en el país. La audiencia con el Papa no fue posible, pero si la denuncia en diversos medios extranjeros. Mientras Montoneros se formaba y preparaba la fallida “Contraofensiva” Adur estuvo con ellos en Europa y Asia, siempre alimentando el espíritu de su comunidad. Su plan de poder llegar a Brasil para poder ver al Papa se ve truncado cuando la dictadura brasilera lo secuestra y tortura.  Adur muere luchando contra la opresión en Argentina y latinoamericana, no lo hizo con un fusil en mano, pese que apoyaba la lucha armada en un contexto dictatorial, sino a través de sus palabras, fortaleciendo el espíritu diezmado de un pueblo que no podía ver la luz entre tanta oscuridad.

A continuación se reproducen las palabras de Adur  brindadas en su “Carta al pueblo Argentino” explicando el porqué de su decisión de aceptar la capellanía del Ejercito Montonero: “En esta carta quiero hacerles partícipes de mi decisión de asumir, personal y públicamente, la Capellanía del Ejército Montonero y responder así al pedido expreso de su Comandancia”; ya que “antes que nada es el Evangelio el que me dice cuando alguien te pida hacer mil pasos con él, harás dos mil. Pero es también, y sobre todo, la Iglesia, que busca la justicia y la debe practicar, la que me lleva a mostrar a mi pueblo la voluntad irrenunciable de acompañar a aquellos que asumen integralmente la lucha por la liberación de nuestra querida patria”.

 

Diego Leonesi

Oh juremos con gloria callar! Osvaldo Soriano

La investigación para elaborar una nota es quizás el trabajo más rico. Revolver archivos, husmear en la memoria, retomar lecturas. En ese trajín nos nutrimos. En ocasiones, los textos abordados como fuente tienen tal riqueza que dejarlos en un papel secundario deja un sinsabor que la producción final propia no logra edulcorar. Eso sucedería si luego de la entrega sobre Juan José Castelli dejáramos de lado este hermoso e informativo texto de revisionismo histórico consultado para la ocasión.

Forma parte del libro “Cuentos de los Años Felices”, de Editorial Sudamericana.

Sin más, Osvaldo Soriano

Oh juremos con gloria callar

En los grabados de época los nueve miembros de la Primera Junta aparecen más tiesos y beatos que un puñado de frailes viejos. Son figuritas deste­ñidas y tediosas que ocultan la pasión de la libertad con dignidad y justicia.

Las sucesivas crónicas sobre Mayo tendieron a inter­pretar los acontecimientos según los intereses dominan­tes del momento en que fueron elaboradas. Casi toda esa escritura es rimbombante y adjetivada. San Martín es “genio y figura”. Belgrano, “abnegación y sacrificio”; Moreno, un “preclaro maestro”; Rivadavia, un “coloso de la modernidad”.

El relato más silenciado por la historiografía ha sido el Plan de Operaciones de Mariano Moreno, que lo revela como un furioso expropiador de fortunas coloniales. Sin ese texto escamoteado, el fulgurante secretario es, para muchos —sobre todo para el colegio—, un distinguido prócer liberal.

Casi todos los hombres de la Revolución pelearon contra los invasores ingleses; algunos, como Castelli, intentaron apoyarse en los británicos para librarse del Dominio español. Unos y otros se odiaron por diferencias políticas o por celos, pero hicieron una parte del camino juntos. Rodríguez Peña, Vieytes y Belgrano eran partida­rios de Adam Smith y casi todos —también San Martín— de establecer una monarquía constitucional. Castelli, Belgrano y Moreno conocían bien la dolorosa secuencia de la Revolución Francesa que concluyó con el golpe de Termidor.

El 15 de julio de 1810, el muy católico Manuel Belgrano presentó a pedido de los nueve miembros de la Primera Junta el proyecto de un plan que “rigiese por un orden político las operaciones de la grande obra de nuestra libertad”. El documento describe la situación heredada del Virreinato: “Inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, los hombres de talento y mérito desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios”.

Belgrano traza en nueve puntos la línea que debe seguir la Junta para la “consolidación del sistema de nuestra causa”. Su objetivo es comprometer a todos los sublevados en la fundación de un Estado que además de independentista sea revolucionario.

El 17 de julio los nueve miembros, “a pluralidad de votos” aprueban el pedido de Belgrano. Tanta es la urgencia que al día siguiente deciden confiar en “los vastos conocimientos y talentos” del vocal Mariano Moreno para la confección del plan. Moreno debía traba­jar en condición de “comisionado” y no de miembro de la Junta, “participándole al mismo tiempo que quedaba exento de la penuria de contribuir al desempeño de las funciones de dicho tribunal (…) con el pretexto de alguna indisposición corporal”.

Ese mismo día, en la sala de acuerdos de la Real Fortaleza, Moreno comparece y jura “desempeñar la dicha comisión con que se me honra guardando eternamente secreto de todas las circunstancias de dicho encargo”.

El 30 de agosto, Moreno lee un terrible documento que iba a permanecer oculto a los argentinos durante más de ochenta años. La desaparición de ese texto repudiado hasta por quienes lo aprobaron causó no pocos equívo­cos.

El primer manuscrito de Moreno se perdió, pero una copia de su propia mano, que llevaba en los baúles del exilio cuando el capitán del barco inglés “le suministró un emético” mortal, fue a parar a manos de la infanta Carlota que lo transmitió en 1815 a Fernando VII de España.

Recién en 1893 el ingeniero de puertos Eduardo Madero, que investigaba en el Archivo de Indias de Sevilla, encontró una copia y se la mandó a Bartolomé Mitre. Ecuánime, tal vez sorprendido u horrorizado, el historiador lo ofreció al Ateneo de Buenos Aires para que Norberto Piñero lo incluyera en una edición crítica de los Escritos de Moreno. Naturalmente, el documento se extra­vió y Piñero tuvo que pedir otra copia a Sevilla.

Paul Groussac encabezó el vendaval de indignadas críticas que produjo la publicación del plan. Para entonces Moreno era el alma del régimen liberal. Ya tenía monumentos, nombres de calles y colegios y era impo­sible destronarlo. Para colmo Belgrano, el inspirador, había sido incorporado a la iconografía del Ejército y sus huesos eran custodiados por la Iglesia. Sólo Juan José Castelli, comisario político y primer ejecutor del Plan, había sido cubierto por un pudoroso olvido oficial. En las “Instrucciones” para la campaña al Alto Perú, Moreno le escribía a Castelli: “La Junta aprueba el sistema de sangre y rigor que V.E. propone contra los enemigos y espera tendrá particular cuidado de no dar un paso adelante sin dexar los de atrás en perfecta seguridad”.

Castelli y French fusilaron a Liniers en la llanura cordobesa de Cabeza de Tigre y frenaron la contraofensiva española. French, el que en las estampitas todavía reparte escarapelas, le escribe al secretario Moreno: “De mi propia mano le he dado el tiro de gracia”.

Castelli seguirá su utópica y sangrienta marcha asistido por el joven Bernardo Monteagudo, hasta que en plena contrarrevolución la gente de Saavedra consigue detenerlo y mandarlo a juicio. Mariscales españoles, curas y notables del Virreinato han sido pasados por las armas sin contemplaciones en cumplimiento del plan redactado por Moreno. En Cochabamba y Potosí Castelli subleva a los indios y fusila a quienes los fusilaban en los socavones de las minas.

Tan temible es la fama de esa revolución que duran­te décadas el grandilocuente Himno compuesto por Parera y López en 1813 será entonado por los esclavos de todo el continente como grito de rebelión.

Al regresar de su campaña al Paraguay, Belgrano se entera de que el plan ha entrado en sigilosa vigencia y lo aplica con un rigor que lo convertirá en el más duro de los generales improvisados. Monteagudo, que parte con San Martín a Chile y Perú, debe de haber recibido instrucciones muy precisas para tomarse la libertad de fusilar a los hermanos Carrera en ausencia de su jefe. Después, en Lima, el discípulo de Castelli ganará la celebridad de un Saint Just tardío y sudamericano.

Hay indicios de que la metodología despiadada del plan fue aplicada con autoridad por lo menos hasta la caída de Castelli, aunque sus ecos retumban más allá de la Asamblea de 1813. En su Memoria, Saavedra lo evoca sin nombrarlo y lo atribuye a la veleidad enfermiza de Moreno que, según cuenta el presidente, se tomaba por el Robespierre de América.

Sin embargo el plan es demasiado rico, contradicto­rio y complejo como para abandonarlo a los murmullos espantados de quienes todavía esconden su existencia. Son las ideas sobre un Estado libre, soberano y próspero las que todavía lo hacen innombrable.

Carlos Thays y la idea de una ciudad verde.

Cuando en el marco del confinamiento por la crisis del coronavirus, con los casos en aumento, el jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires habilitó las salidas para realizar actividad física al aire libre en determinados horarios, dejó al descubierto una de las tantas falencias que sufren los porteños: la escases de espacios verdes públicos.

Los medios de comunicación dieron cuenta de los pocos parques y plazas abarrotados de gente. La Ciudad más densamente poblada de la Argentina, autodenominada Ciudad Verde, no tiene una planificación para aumentar sus espacios verdes y ese es un problema sanitario importante.

Por el contrario, se encuentra sumida en la especulación inmobiliaria, lo que el abogado ambientalista Enrique Viale denomina “extractivismo urbano”. La ciudad entrega su espacio público a los intereses de las grandes corporaciones especulativas y por eso se encuentra en el segundo lugar entre las que menos metros cuadrados verdes por habitante tienen.

En su columna del programa Segurola y Habana, de la radio Futurock, Viale explica que “la ciudad, en el mejor de los casos tiene seis metros cuadrados de espacio verde público por habitante, cuando lo que se toma como estándar internacional son quince metros cuadros. Pero en ese cálculo se suman las plazas secas, los jardines de la Avenida General Paz, que no se pueden usar y que fueron achicados, suman los polideportivos concesionados que no son de libre acceso y hasta los canteros. Si le sacamos eso, el cálculo da 4,8 metros cuadrados por habitante y muy mal distribuido. Por ejemplo, Almagro tiene 0,2 y Palermo casi 14.”

Sin embargo, a principios del siglo XX la Ciudad contaba con siete metros cuadrados, más que muchas ciudades europeas de la época y eso se lo debíamos a Carlos Thays, un parisino que llegó a Buenos Aires en 1889, y que después de trabajar en la construcción del Parque Sarmiento de la Ciudad de Córdoba, asumió como director de Parques y Paseos de Buenos Aires.

Es a él a quien le debemos la sombra y el aire que nos dan, aun hoy, muchos de los árboles con los que convivimos a diario. Durante su gestión, que duró hasta 1914, planificó una ciudad que acrecentaba su patrimonio verde al ritmo en que el país crecía recibiendo inmigrantes por millones y que llegó a tener más parques y plazas que otras capitales europeas.
Durante estos años dio forma y remodeló muchos de los paseos públicos más importantes de la ciudad: Parque Centenario, Barrancas de Belgrano, Parque Patricios, Parque Colón, Parque Pereyra, Parque Avellaneda y la Plaza de Mayo, Constitución y Congreso.
Entre los proyectos más significativos encarados por Thays se encuentran los lagos de Palermo, una gran extensión de terreno de veinticinco hectáreas que convirtió en el pulmón de la ciudad al estilo del Bois de Boulogne francés, y el Jardín Botánico, que lleva su nombre, donde vivió en una pequeña casa junto a su familia y en el que reunió en sus siete hectáreas más de 5500 especies vegetales de distintos países, pero con predominio de especies autóctonas.
Mientras estuvo a cargo de los parques y las plazas porteñas pasaron once intendentes y cinco presidentes. Concretó y remodeló el 80% de los espacios verdes públicos de la ciudad y, atento a las etapas de floración de cada grupo para que siempre hubiera árboles floridos, plantó 150 mil a lo largo de calles y avenidas, para lo que utilizó especies autóctonas como el jacarandá, la tipa, el palo borracho, el ceibo y el lapacho.

Con 120 años, esta arboleda aún sigue en pie y, como explica el paisajista Flavio Marqués, “de no haber tenido una generación de profesionales que viene desde Thays en adelante durante los primeros años del siglo veinte, hoy prácticamente no tendríamos árboles”.
Si bien en sus obras predomina el estilo francés, una característica de Buenos Aires que había comenzado a perfilarse algunos años antes con el gobierno de Torcuato de Alvear y el nombramiento de otro paisajista francés llamado Eugène Courtois, también se puede apreciar la influencia de los estilos inglés y romano.
Thays llegó a ser un personaje reconocido, hasta su muerte en 1934, cuando su féretro fue acompañado hasta su sepultura por una multitud de porteños agradecidos, como deberíamos estarlo todos aquellos que esperamos ansiosos la postpandemia para salir a tomar mate a la sombra de alguno de sus árboles.

Sebastián Pujol.

Los planes quinquenales de Juan Domingo Perón

Las medidas sociales que había impulsado Juan Perón desde la Secretaría de trabajo y previsión (1943-45) tales como las mejoras salariales ; el pago de aguinaldo ; el Estatuto que reglamentaba las condiciones de trabajo en el ámbito , así como la creación de los Tribunales de trabajo y el reconocimiento de las asociaciones profesionales , por citar algunos ejemplos , constituyeron un factor determinante para consolidar la base de apoyo que sostuvo su triunfo electoral. En febrero de 1946 Juan Domingo Perón triunfa en las elecciones nacionales con un 52,8 %.
En su libro”Como hicimos el 17 de Octubre” Ángel Perelman  sostenía:

“En nuestro trabajo sindical advertimos a partir de 1944 cosas increíbles: que se hacían cumplir leyes sociales incumplidas hasta entonces; que no había necesidad de recurrir a la justicia para el otorgamiento de vacaciones; otras disposiciones laborales, tales como el reconocimiento de los delegados en las fábricas, garantías de que no serían despedidos, etc., tenían una vigencia inmediata y rigurosa. Las relaciones internas entre la patronal y el personal, en las fábricas habían cambiado por completo de naturaleza. La democratización interna que imprimimos al sindicato metalúrgico, hacía que el delegado de fábrica constituyese el eje de toda la organización y la expresión directa de la voluntad de los trabajadores en cada establecimiento. Los patrones estaban tan desconcertados como asombrados y alegres los trabajadores. La Secretaría de Trabajo y Previsión se había convertido en un factor de organización, desenvolvimiento y apoyo para la clase obrera. No funcionaba como una regulación estatal por encima de las clases en el orden sindical: actuaba como un aliado estatal de la clase trabajadora”.

Uno de sus colaboradores más estrechos en la Secretaria de Trabajo y previsión fue el barcelonés José Figuerola, que llevaba algunos años viviendo el país. Como señala el historiador Raanan Rein (1998):
“Figuerola, poseedor de una vasta capacitación en las áreas de administración, estadística y legislación social y laboral, conquistó muy rápidamente la confianza de Perón”
Además, el mencionado autor sostiene que fueron los datos demográficos que exhibió el funcionario barcelonés los que convencieron a Perón de que “La clase obrera urbana tenía un poder político latente y por lo tanto era la clave para el éxito en el futuro”.
Como secretario técnico Figuerola formuló numerosas leyes y redactó varios discursos importantes de Perón. Como sostiene Rein (1998) :
“es considerado el arquitecto del plan quinquenal para el desarrollo y la modernización nacional que se publicó en 1947”

¿En que consistieron los planes quinquenales?

Por aquel entonces Perón sostenía: “La obra de arte no está en hacer un plan; la obra está en ejecutar” y advertía:
“Todo plan representa el modo de solucionar un problema desarrollado hasta en sus detalles, incluyendo la forma de repartir las tareas, por cuya razón todo plan constituye una forma de organizada de realizar un trabajo, un camino para ejecutar la solución encontrada”
El Plan quinquenal constaba de tres grandes áreas: la gobernación del Estado; la Economía y la Defensa Nacional.

En primer lugar la gobernación del Estado se centraba en seis aspectos de importancia: La Política, la Salud Pública, la Educación, la Cultura, la Justicia y la Política Exterior.
En lo referente a la Defensa Nacional el plan se concentró en dos aspectos: defender la soberanía y el patrimonio Nacional.
En el aspecto económico se concentraba en seis aspectos fundamentales: Problemas Demográficos, Obra Social, Energía, Trabajos Públicos y Transportes, Producción, Comercio y lo relativo a temas de Hacienda.

Para entender la relevancia que tuvo el primer Plan Quinquenal:
⦁ Entre 1947 y 1951 se construyeron 217.000 viviendas destinadas a familias obreras.
⦁ Se inauguraron 8.000 escuelas
⦁ se levantaron 4.300 Centros de Salud
⦁ Los Salarios aumentaron el 40%, el PBI creció un 8% anual y el consumo un 11%.

Favaline y Dalbosco (2018) reconocen al plan como la primera experiencia argentina de planificación integral .
El gran director de cine Leonardo Favio se encargó de documentar la dimensión de tal transformación:
https://www.youtube.com/watch?v=jVbNVMUw6A8

Fuentes consultadas:
⦁ Dalbosco, Hugo Luis (2018) El Estado peronista: Los planes quinquenales del peronismo:la primera experiencia argentina de planificación integral ,EDUNPAZ
⦁ Partido Peronista(1954) Manual del Peronista
⦁ Rein, Raanan(1998) Peronismo,populismo y política Argentina 1943-1955,Editorial de Belgrano

Juan Granero

Osvaldo Ardiles: El sueño de Ossie.

Pocos casos debe haber en el futbol como el de Osvaldo Ardiles: una carrera profesional marcada por un conflicto bélico y una confrontación histórica. Si tuviéramos ánimo de resumir, se podría decir que es la historia de un pibe cordobés que jugó el Mundial 78 y fue vendido al Tottenham de Inglaterra, donde se recibió de ídolo hasta que estalló la Guerra de Malvinas y que a pesar de ser argentino sigue siendo recordado en Londres como una leyenda.

Pero no tenemos ánimo de resumir.

Lo que queremos contar comienza en 1974, cuando César Luis Menotti, que venía de ser campeón con Huracán, asume la dirección técnica de la Selección Argentina de futbol y presenta un proyecto que contado al día de hoy parece de ficción. El seleccionado arrastraba una larga seguidilla de fracasos. En palabras de Jorge Valdano para el libro 78. Historia oral del mundial, lo que hizo Menotti fue “la dignificación de la selección. Hasta que llegó el Flaco no estaba claro si la selección prestigiaba o desprestigiaba”.

Dentro del plan del técnico, con la mirada puesta en la Copa del Mundo que se disputaría en Argentina en 1978, estaba trabajar con cuatro selecciones distintas: una selección juvenil, una metropolitana, una de Santa Fe y una del interior del país. En total serían ochenta jugadores, que decantarían en dos planteles de dieciséis hombres para el año 1976.

Osvaldo Ardiles, que jugaba en Instituto de Córdoba y estudiaba abogacía como su padre, integró la Selección del interior formada en parte por jugadores amateurs. Si bien al principio fue resistido por el periodismo y los hinchas, que preferían a J.J. López o al Beto Alonso, se ganó un puesto en la selección y fue titular en seis de los siete partidos del Mundial.

Después de la Copa del Mundo de 1978 empezó a correr el rumor de que los principales referentes de la selección serían transferidos a equipos europeos. Según cuenta el historiador Klaus Gallo en su libro Las invasiones argentinas, nuestros futbolistas en Inglaterra, llegaron al país dos representantes del futbol británico: uno del Sheffield United y otro del Tottenhan Hotspurs.

El hombre del Sheffield estaba interesado en contratar a “Diego Maradona, que apenas tenía diecisiete años, jugaba en Argentinos Juniors y había sido excluido por César Luis Menotti de la lista final de la Selección Argentina que se presentó al Mundial”. Maradona, dolido por no haber participado de la competencia, había dicho que quería irse a jugar afuera. Su representante, Jorge Cyterspiler, le puso un precio más alto a Diego del que el equipo inglés estaba dispuesto a pagar y la operación no se realizó.

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El Tottenhan, que acababa de volver a la primera división, se llevó a Osvaldo Ardiles y a Ricardo Villa, volante ofensivo que jugaba en Racing. Junto con ellos, otros dos argentinos se fueron ese año a Inglaterra: Alejandro Sabella y Alberto Tarantini.

1978 es conocido como el año en que el futbol inglés se abrió al mundo. La mutual de jugadores local expresó su preocupación por la cantidad de extranjeros que invadían el futbol de la isla, pero la recepción de los hinchas fue positiva.

“Ossie”, como se apodó a Ardiles, y “Ricky”, como bautizaron a Villa, generaron enormes expectativas en el público del equipo del norte de Londres. En el primer partido que jugaron en el White Hart Lane, estadio del Tottenham, el público los recibió con papel picado, como se acostumbra en Argentina.

Durante las dos primeras temporadas de Ardiles en el Tottenham el equipo no pudo encontrar regularidad. Sin embargo, en su segundo año le tocó definir la cuarta ronda de la FA Cup, el torneo más antiguo del mundo y en el que compiten equipos de todas las categorías del futbol inglés, frente al Manchester United. Tras empatar de locales, fueron de visitantes al Old Trafford. Ardiles convirtió el gol de la victoria por 1 a 0 que le dio el pase de ronda a su equipo y se ganó la fama de verdugo del United. Ese día, cuenta Osvaldo, comenzó el idilio del jugador cordobés y el público de los Spurs, nombre con el que es conocido por sus hinchas el equipo londinense.

Entre 1980 y 1982 la dupla argentina ganó jugando para el Tottenham dos FA Cup, fue finalista en la League Cup, semifinalista en la Recopa de Europa y salió cuarto en la liga inglesa, que todavía no era conocida como Premier League.

Ardiles se volvió tan popular que llegó a estar quinto en los rankings musicales ingleses y a participar en el programa musical Top of the pops, de la BBC. Antes de jugar la final de la primera de las dos FA Cup que ganó el Tottenham, y en la que Villa terminó marcando dos goles, el club convocó al dúo Chas and Dave, muy famoso en ese momento, para que grabara una canción conmemorativa. El título del tema fue Ossie´s dream, Spurs are on their way to Wembley” (El sueño de Ossie, los Spurs en su camino hacia Wembley).

Sin embargo, Ardiles no solo estaba en camino a Wembley. También se encaminaba a Hollywood. Junto a Pelé y a Bobby Moore actuó en Victory. película basada en un hecho real durante la Segunda Guerra Mundial, dirigida por John Houston y en la que Sylvester Stallone hace el papel de prisionero de un campo de concentración nazi que ataja contra un equipo de jugadores alemanes.

En un documental realizado por el programa Informe Robinson, emitido por el Canal+ de España, cuenta: “Yo pensaba que todo era demasiado fácil, demasiado bueno, demasiada felicidad. Todo venía tan bien, que pensaba que no podía durar tanto”.

El viernes dos de abril de 1982 los argentinos amanecen con la noticia de que un desembarco de tropas de su país se había producidos en el sitio que los británicos llamaban Port Stanley, capital de las Islas Malvinas, y lo habían rebautizado como Puerto Argentino. Argentina intentaba recuperar por la fuerza un territorio que las Naciones Unidas consideraban en disputa. La respuesta británica no se haría esperar.

El tres de abril el Tottenham debía enfrentarse al Leicester en la semifinal de la FA Cup. “A Ricardo y a mí nunca nos habían abucheado”, cuenta. Ese día, los hinchas del Leicester los chiflaron. La hinchada de los Spurs, que respondía a los silbidos con aplausos, colgó una bandera que decía: “Argentina puede quedarse con las Falklands, nosotros nos quedamos con Ossie”.

Villa decidió no jugar esa final, mientras que Ardiles había sido convocado por Menotti para jugar la Copa del Mundo de 1982, en España.

Durante los setenta y cuatro días que duró la guerra, estuvo concentrado en Argentina y luego en España preparándose para el Mundial.

El periodista argentino Andrés Burgo para su libro El partido. Argentna – Inglaterra 1986, rescata una entrevista realizada a Ardiles en 2011 para el diario El País, que relata cuál era la temperatura del ambiente durante el Mundial al que Argentina viajó para retener el título: “Una mañana convencí a Maradona de hacer una escapada turística y visitar una iglesia cerca de Villajoyosa, en Alicante. Cuando los guardias de la concentración se dieron cuenta de que faltábamos, se activaron las alarmas. Había rumores sobre una posible acción armada o un secuestro por parte de las SAS -fuerzas especiales del ejército británico- contra la selección. Diego estaba en misa, conmigo, viendo un montón de niños hacer la primera comunión, cuando de repente entraron tipos vestidos de traje y anteojos oscuros suspirando porque nos habían encontrado”.

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Patricio Hernández, uno de los jugadores argentinos del plantel que disputó el Mundial, recuerda que en los entrenamientos “nos poníamos a cantar el que no salta es un inglés y saltábamos y bailábamos todos y Osvaldo estaba realmente preocupado”.

Ardiles, cuenta el periodista Andrés Burgo, no supo hasta que terminó su participación en el Mundial tras perder ante Brasil por 3 a 1 en el estadio de Sarriá, en Barcelona, que un primo suyo, perteneciente a la Fuerza Aérea argentina, llamado José Leónidas Ardiles había sido el primer piloto fallecido durante la Guerra de Malvinas.

Después del Mundial, decidió no volver a Inglaterra. Creía que las condiciones no estaban dadas para su regreso y arregló con el club que sería cedido a préstamo al Paris Saint-Germain.

“No puedo jugar en un país que está en guerra con el mío”, decía Ossie, “En este momento estamos en guerra y yo no lo puedo creer”.

Después de haber jugado, según sus propias palabras, el peor futbol de su vida, regresó seis meses más tarde a los Spurs con la excusa de que no se había podido adaptar al fútbol francés, de mucha menos calidad que el inglés en aquel momento. En 1984 levantó la Copa UEFA.

El club le realizó en 1986 un partido homenaje, aunque todavía no se había retirado del futbol. El rival elegido fue el Inter de Milán y Diego Armando Maradona viajó hasta Londres para participar del encuentro vistiendo la camiseta de los Spurs un mes antes de ser campeón en México, mundial en el cual Ardiles fue comentarista de los partidos de Argentina para la televisión inglesa.

Sin llegar a recuperarse de una lesión, dejó el futbol en 1989. Fue técnico de varios equipos, entre ellos Huracán, Racing e inclusive el Tottenham Hotspurs.

 

Mientras dirigía al Swindon, un equipo del suroeste de Inglaterra, tuvo que dar una charla técnica enérgica tras un mal primer tiempo de su equipo. Al terminar, dice que un asistente le comentó. “Suena muy bien, pero sería mejor que hablara en inglés”. Recién en ese momento se dio cuenta de que en el calor del discurso motivacional se había equivocado de idioma.

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En 2014, como parte de un documental para ESPN, Villa y Ardiles viajaron a la Islas Malvinas. Cuando volvían del cementerio de Darwin donde están sepultados los soldados argentinos muertos en combate, el auto que manejaba Osvaldo y en el que también viajaba Villa, volcó en una curva del camino. Parece demasiado simbólico para ser real, pero lo es. Osvaldo sufrió un corte en la cabeza del que se recuperó sin mayores inconvenientes.

En 2011 el dúo de argentinos entró en el Museo de la Fama del Tottenham Hotspur. Osvaldo Ardiles nunca dejó de vivir en Londres y es actualmente embajador del club, porque no siempre los finales felices son exclusividad del cine hollywoodense. No, ahí está ese volante cordobés flaco y de baja estatura, de clase media, al que le faltan todavía algunas materias para recibirse de abogado, aficionado al ajedrez, que se abrió camino a pesar de guerras absurdas, de las ambiciones de tipos detestables y del colonialismo.

Sin embargo, para que esta historia tenga su merecido final feliz, el país natal de Ossie debería recuperar pacífica y definitivamente aquello que le corresponde. Por el momento ese final es abierto.

 

Sebastián Pujol.

La historia detrás de la foto

El 24 de marzo de 1976 no es una fecha más en la Argentina, las Fuerzas Armadas protagonizaron un nuevo golpe de Estado. El mandato de María Estela  Martínez de Perón fue interrumpido, faltando poco más de seis meses para una nueva elección presidencial. La Junta de comandantes integrada por el General Jorge Rafael Videla (Ejército), el Almirante Emilio  Eduardo Massera (Marina) y el Brigadier Orlando Ramón Agosti (Aeronáutica) , se erigió como máxima autoridad del Estado, atribuyéndose el poder de fijar las directrices generales del gobierno. Ese mismo día, la dictadura estableció el Estado de sitio; Instaló la pena de muerte para delitos de orden público; removió los poderes ejecutivos y legislativos, nacionales y provinciales; suspendió la actividad de los partidos políticos; cercenó el derecho a huelga e impuso un férreo  control de los medios de comunicación, entre otras tantas medidas restrictivas.

El autodenominado “Proceso de reorganización nacional”  puso en funcionamiento plan sistemático represivo que estableció la división del territorio en zonas y sub zonas, en donde funcionaron, entre 1976 y 1982, alrededor de 340 centros clandestinos de detención (presentes en 11 de las 23 provincias argentinas). Por donde pasaron miles de personas, que en un 90 % de los casos fueron asesinadas. En el primer aniversario del golpe, el periodista Rodolfo Walsh, en su célebre Carta abierta a la Junta denunciaba que en aquellos centros clandestinos, donde no entraba ningún juez, abogado, periodista, u observador internacional, convertía  a la mayoría de las detenciones en secuestros, que permitían la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio .

En ese contexto de ocultamiento, los familiares de las victimas peregrinaban por hospitales; cárceles; Iglesias; morgues judiciales en busca de respuestas sobre el paradero de sus seres queridos detenidos-desaparecidos. Un grupo de Madres, que se encontraban reunidas en la Iglesia Stella Maris, oyó la voz de Azucena Villaflor dirigiéndose al resto de las madres reunidas, Hebe de Bonafini  presente aquel día, la  recuerda diciendo:

Qué ya basta, que no se podía más estar ahí, que ya no conseguíamos nada, que por qué no íbamos a la Plaza ( de Mayo) y hacíamos una carta para pedir una audiencia, y que nos dijeran qué había pasado con nuestros hijos

De este modo nacía, en abril de 1977, la agrupación  de las Madres de Plaza de Mayo, que desde aquel día lucharan por la visibilización y el esclarecimiento de los crímenes cometidos por la dictadura militar argentina.

 

Una imagen recorre el mundo

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El 5 de octubre de 1982 Marcelo Ranea, autor de la fotografía de este artículo, se encontraba cubriendo la ´Marcha de la Vida´ convocada por las Madres de Plaza de Mayo. Por aquel entonces la notoriedad mediática del reclamo de los familiares era aún incipiente (recordemos que uno de los pocos registros fílmicos de la ronda de las Madres fue registrado por la televisión holandesa).  El fotógrafo recuerda que aquel 5 de octubre  los manifestantes avanzaban  por la calle Belgrano, y al llegar  a la calle Paseo Colón la policía cerró  toda la esquina con la caballería deteniendo la marcha. Ranea relata que luego  se le oyó decir a  un miembro de la policía:

“Las que van a pasar al otro lado de la valla policial son solamente las madres que estén con pañuelos”. Cruzamos y se produce esta escena de tensión entre  Susana De Legía y el oficial Gallone (cuyo nombre yo ignoraba en ese momento).”

El fotógrafo relata el momento en que Susana De Legía se encuentra con el policía :

estaba totalmente sacada, muy enojada, y el tipo (policía) encontró que tenía dos posibilidades para pararla: o le daba un cachetazo o la abrazaba. Se jugó a la del abrazo

El abrazo duró fracciones de segundos. El autor dirá que tuvo “la suerte de estar parado en el lugar exacto, en el momento preciso” E inmediatamente pensó “la foto yo ya la tengo”. Y partió hacia la redacción.

Para la historiadora María Penhos cada foto se convierte “en un hecho plasmado, en un dato congelado . Barthes  sostenía que la fotografía nos permite el acceso a un “infra-saber” que nos proporciona una colección de objetos parciales . Por su parte, Díaz Barrado  advierte que en la  inmediatez  de la imagen se encierra su fuerza y su peligro. Algo semejante sostiene Peter Burke al señalar que la fotografía presenta dos limitaciones: una es la “fragmentación”, es decir, la necesaria selección de una parte de un todo mayor queda desgajada de su contexto- y la otra, es la “congelación”, derivada de la transformación del movimiento en inmovilidad”.

A la redacción del diario llegaron todas fotos de Marcelo Ranea, desplegadas conformaban la secuencia completa, en donde se podía ver la tensión reinante entre el grupo de Madres de Plaza de Mayo, en especial Susana De Legía y Nora de Cortiñas (que aparece en el plano izquierdo) y aquel oficial de policía.  Sin embargo, el matutino eligió  para la portada aquel instante en que el oficial abraza a De Legía. El 7 de octubre el Diario Clarín editorializó en base a  la fotografía de Ranea, la misma   llevó como título “Más allá de las palabras”, en ella sostenía:

“La foto que este diario publicó ayer en su primera plana, que muestra a una de las ‘madres de Plaza de Mayo’ abrazándose, acongojada, a uno de los oficiales de policía que le impedían proseguir la llamada ‘marcha de la vida’ , y al oficial sosteniéndola contra su corazón, en un acto de servicio y actitud humanitaria, tiene  tal vez más elocuencia que muchas de las palabras que hasta ahora hayan podido escribirse para demostrar que el problema de los desaparecidos y presos sin proceso es una de los más serios que afronta la comunidad argentina”  (Blaustein,Zubieta,1998 p.508)

En su  ensayo “La fotografía como documento social” Giséle  Freund  sostiene con razón, que pocos son los fotógrafos que tienen la posibilidad de imponer su punto de vista, advirtiendo además que:

bastan a menudo muy pocas cosas para dar a las fotos un sentido diametralmente opuesto a lo que pretendía el reportero

Advirtiendo además:

“El uso de la imagen fotográfica llega a ser un problema ético desde el momento en que puede servir deliberadamente para falsificar los hechos”

22 años después de aquella fotografía se registró Carlos Enrique Gallone fue citado a comparecer a la justicia acusado de crímenes de lesa humanidad.  En medio de su declaración testimonial expresó:

Yo tengo buena relación con los organismos de derechos humanos. Soy el que aparece en la foto con una madre de Plaza de Mayo.”

Su estrategia no prosperó: la justicia lo procesó como partícipe de la Masacre de Fátima en agosto de 1976.

La circulación de  imágenes fotográficas  a través de  los grandes Medios de Comunicación quedó sujeta a los designios  de la censura, y así como también, en muchos casos  a la autocensura. En este contexto, la pretendida ecuación fotografía verdad (Penhos,) se ha  puesto en tela de juicio. Como sostiene Freund:

la objetividad de la imagen no es más que una ilusión. Los textos que la comentan pueden alterar su significado de cabo a rabo

Sin embargo, ese deseo de querer “arrebatar algunas imágenes a esa realidad”, que estuvo presente durante el genocidio nazi volvió movilizar a muchos reporteros gráficos argentinos, que más allá de las líneas editoriales de los Medios masivos de comunicación de aquel entonces, dejaron registrado el atropello a las garantías individuales, así como también la decidida postura de aquellos que resistieron. Como sostiene Ranea:

Creo  que lo más importante que tiene esta foto es que fue tapa del Diario más importante del mundo de habla hispana: Clarín. Fue tapa del Excélsior, el New York Times y 8 o 9 diarios del mundo (…) 5.000.000 de tipos a largo y ancho del mundo ese día hablaron del tema de los desaparecidos en la Argentina[1]

Y concluye:

En cierta forma me siento responsable, junto a la camada de los que salimos a arriesgar el cuero en esa época, de que hoy estemos viviendo en democracia”

Juan Granero

 

Fuentes consultadas

“Historia de una foto: el abrazo partido” (S.F.) recuperado de https://viapais.com.ar/documentos/314364-el-abrazo-partido-por-marcelo-ranea/

 

“Fotos. Retratos de un país” (S.F. ) Recuperado de http://encuentro.gob.ar/programas/serie/8265/7559?start=

 

 

Día de la Soberanía Nacional. Campaña arqueológica en Vuelta de Obligado.

Tuve la suerte de participar en algunas de las excavaciones del sitio histórico donde aconteció la batalla de Vuelta de Obligado. En los primeros años de la carrera de Antropología conocí al director de campaña, el DR. Mariano Ramos. Él y su equipo realizan excavaciones hace casi veinte años en la zona.

El campamento se instala frente a un paisaje increíble, en las costas del río Paraná. Se arman las carpas, se almuerza y se preparan todos los materiales para el trabajo de campo. Por la noche del primer día, llega la Cacique Qom Clara para celebrar el ritual que permite a todo el equipo trabajar y excavar la tierra con respeto.

Durante aproximadamente dos semanas, se trabaja mañana y tarde haciendo excavaciones, prospectando, tomando medidas,  haciendo entrevistas en el pueblo y en ocasiones haciendo arqueología subacuática.

Sobre un costado del río Paraná se encontró el emplazamiento de una de las cuatro baterías, un conjunto de cañones usado para la defensa en batalla. Fue allí el lugar en el cual más se trabajó. Dentro de los objetos que recuerdo haber encontrado con el equipo se cuentan: clavos de época, maderas quemadas, pedazos de cerámicas, botones y trozos de botellas de licor. Por supuesto, los restos armamentísticos más grandes y significativos fueron retirados luego de la batalla. Hoy en día se los puede ver en casa de algunos de los vecinos del lugar, aunque la mayoría se encuentra en el museo de Vuelta de Obligado.

Haciendo memoria sobre la batalla

Tres gruesas cadenas  amuradas a veinticuatro barcazas, cuatro baterías montadas sobre la pronunciada curva del Paraná y unos cuantos hombres precariamente armados, pero con mucho valor, fueron los protagonistas de aquella batalla de vuelta de obligado en la cual se les dio a entender a los poderosos del norte que esta nación era independiente y, por sobre todo, tenía coraje.

La mañana del 20 de noviembre de 1845 se desarrolló el enfrentamiento entre las fuerzas anglo-francesas y la resistencia nacional. Las potencias europeas contaban con una tecnología naval y militar notoriamente más avanzada que la nacional: buques de gran tamaño impulsados a vapor y una artillería de gran calibre. Por otra parte, las fuerzas nacionales, a cargo del general Lucio Mansilla, hicieron uso de la astucia y la estrategia. Sobre las barrancas del río Paraná, en la curva que obliga a maniobrar hacia la izquierda a toda embarcación que navega, instalaron cuatro baterías y varios cañones dispuestos hacia el centro del río. Atravesando a lo ancho del río tres cadenas y unas dos decenas de barcazas, algunas con explosivos, para evitar la navegación.

Se estima que el combate se extendió durante unas intensas ocho horas en las cuales la resistencia nacional combatió con agallas y firmeza, aunque no pudo lograr su cometido. La flota anglo-francesas quebró las cadenas y prosiguió su rumbo hacia el norte.

Esta fue una victoria parcial, ya que el combate se siguió desarrollando en distintos puntos del río Paraná y, luego de un año, la flota extranjera retornó su rumbo hacia el viejo continente.

El 20 de noviembre de 1845 fue el día en que la resistencia argentina, con valor y astucia, se atrevió a enfrentar y a ponerle límites a las potencias europeas y mantener su autonomía. Por eso, este día se recuerda como el “Día de la Soberanía Nacional”

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Tomás Kraenzlein.

Martín Fierro o el espejismo del ser nacional

Durante el mes de mayo de 1913 el escritor Leopoldo Lugones dictó en el Teatro Odeón una serie de conferencias frente a la élite porteña que tres años después quedarían registradas en el libro El payador. En estas conferencias, Lugones instauró al gaucho como el arquetipo del ser nacional y al Martín Fierro, de José Hernández, como el poema épico nacional. Desde su publicación el Martín Fierro fue un escrito político, tanto su primera parte: El gaucho Martín Fierro, publicada en 1872, como La Vuelta, de 1879. Es necesario hacer un breve repaso de algunas de las operaciones políticas que giraron en torno al poema, desde su publicación hasta su instauración como poema épico nacional en 1813.

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EL GAUCHO MARTÍN FIERRO Y LA VUELTA

En 1872 se publicó El gaucho Martín Fierro, José Hernández, su autor, fue opositor del gobierno de Domingo F. Sarmiento, influenciado por Juan Bautista Alberdi, entre otras cosas, se pronunció en contra del servicio de fronteras.

Un año antes, en 1871, Hernández había participado en la rebelión federal dirigida por Ricardo López Jordán en Entre Ríos, y tras la derrota se exilió en Brasil. Hernández se oponía a la idea sarmientina de prescindir de los gauchos y exterminarlos, no estaba de acuerdo con la idea de incluirlos dentro de lo que Sarmiento denominaba “barbarie”. En 1872, con la condición de no ejercer el periodismo, José Hernández retornó al país y ese año publicó El Martín Fierro.

El filósofo y escritor José Pablo Feinmann opina que El gaucho Martín Fierro no es el poema de la rebelión gauchesca como se cree (afirma que paradójicamente el Facundo, de Sarmiento, es el poema de la rebelión gauchesca), sino que relata la “pena de los gauchos”, que el gaucho Martín Fierro comienza narrando su pena extraordinaria: la de haber sido reclutado para ir a pelear a la frontera contra los indios y haber sufrido el arrebato de sus propiedades, su mujer y sus hijos. Concordando con esta idea de Feinmann, podemos agregar que además el poema narra los sufrimientos y las injusticias por las que debe pasar el gaucho en el servicio en la frontera, a la vez que destaca el valor del gaucho. Todo esto no es ingenuo, tiene un claro objetivo: demostrar que los gauchos no deben ser enviado a la frontera a morir en la lucha con los indios, sino que deben ser incluidos (como mano de obra) en el sistema productivo, que nadie mejor que ellos para trabajar las tierras y las estancias.

Hernández se opone también a la idea de Sarmiento de poblar el país con inmigrantes norteamericanos y europeos, porque “los gringos no saben ni montar un pingo”, tal como lo manifiesta en el poema, es por ello que Hernández ridiculiza en el poema a los inmigrantes que Sarmiento defiende. Claro que ambos coinciden en ubicar del lado de la “barbarie” a los indios y a los negros.

La intención de Hernández con este poema era la de concientizar a las clases dominantes, a los intelectuales de su época, de que el gaucho era mucho más productivo trabajando en las estancias que muriendo en la frontera; de hecho, escribe el poema pensando en lectores cultos, creyendo que su obra la leerían los intelectuales y los políticos de su época, sin embargo el Martín Fierro circulo entre los gauchos y tuvo un gran arraigo: estos se veían identificados en cierto punto con el héroe del poema y era recitado en las pulperías. Es preciso señalar que la literatura gauchesca siempre fue escrita por autores “doctos”, desde los Cielitos patrióticos de Bartolomé Hidalgo, pasando por Hilario Ascasubi, Luis Pérez, el Padre Castañeda, Estanislao del Campo. Todos ellos, sin ser gauchos, hablaron en primera persona tratando de imitar el habla gaucha y pensando como destinatario al gaucho. Desde sus orígenes la literatura gauchesca fue una herramienta de las clases dominantes para hablarle a las masas. En El género gauchesco, un tratado sobre la Patria, Josefina Ludmer aborda esta cuestión, que también Jorge Luis Borges había señalado en sus escritos sobre críticos sobre El Martín Fierro: la paradoja de que los cultos escribían en gauchesca y los gauchos imitaban el lenguaje gauchesco de los libros. Este aparato de la literatura gauchesca heredó José Hernández que quiso llamar la atención de los intelectuales más que la de los gauchos, aunque ocurrió lo contrario.

La Vuelta del Martín Fierro se publicó en 1879, para ese entonces José Hernández era diputado por el Partido Autonomista y adhería a las ideas del presidente Nicolás Avellaneda (ya en 1875 se había pronunciado por su candidatura y en contra de la de Bartolomé Mitre). Por ello, en La Vuelta hay un giro ideológico importante. En el año de publicación de la segunda parte del poema, el gaucho había sido incorporado al sistema productivo como mano de obra barata en las estancias y la familia Hernández era una familia de estancieros, es por eso que La vuelta del Martín Fierro es el poema de los consejos. Fierro encuentra a su hijo y al hijo de Cruz y les da una serie de consejos que distan bastante de la acción de aquel gaucho desertor y corajudo de la ida. Algunos de los consejos son: “hacete amigo del juez”, “debe trabajar el hombre para ganarse su pan”, el afamado y nunca bien utilizado “los hermanos sean unidos/ porque esa es la ley primera/ porque si entre ellos pelean/ los devoran los de ajuera.”, o anticipándose a las épocas más tristes de nuestro país, el consejo final: “sepan que olvidar lo malo/ también es tener memoria”.

Recordemos que en la publicación de 1872, Hernández había escrito pensando en lectores “cultos” y que tuvo una gran recepción entre los gauchos, en 1879 el escritor sabía que su público (no lectores, porque pocos gauchos sabían leer, el poema se transmitía de manera oral en fogones) era el de los gauchos, gauchos que no existían en la forma que habían sido descripto Sarmiento en su Facundo:  los gauchos ahora eran peones de estancia, por lo que Hernández escribió esta serie de consejos moralistas a los peones de estancia.

EL MITO FUNDACIONAL Y EL HÉROE GAUCHO

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Durante los años anteriores al centenario de la República (1916), las campañas de alfabetización y la escolarización por medio de la ley de educación 1420, de 1884, habían generado un campo más fértil para un público lector, pero el poema El gaucho Martín Fierro era leído como un texto más, no era “el poema épico nacional”, ni tenía la importancia que tuvo luego de 1913.

Los llamados intelectuales del centenario -entre los que estaban Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas- se enfrentaban a un “problema”  que los liberales positivistas del ’80 no habían previsto: el fomento de la inmigración hizo que arribarán al país miles de inmigrantes europeos que escapaban de las guerras, la pobreza y las persecuciones políticas en Europa. Lejos de ir “a poblar el desierto”, tal como era el plan original, muchos de ellos se instalaron en la ciudad. Estos inmigrantes no eran los que los gobernantes esperaban con las puertas abiertas, con muchos de ellos llegaron a nuestro país las reivindicaciones obreras y las ideas socialistas y anarquistas, sin dudas, este tipo de inmigración fue un “error de cálculo” de los liberales.

Por ello, para los intelectuales del centenario el desafío fue crear una “identidad nacional”. Influenciados por las ideas arielistas que emanaban de la novela Ariel, del escritor uruguayo Enrique Rodó, en la que aparece la idea de un hombre latinoamericano opuesto al cosmopolitismo estadounidense ; las ideas nacionalistas que estaban en auge en toda Europa y en las ideas hispanistas que pregonaba un retorno a la “Madre Patria España” que había sido desdeñada por sus antecesores; los intelectuales del centenario comenzaron a bogar por encontrar la esencia del “ser nacional”, tal como lo señalan Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano en su ensayo La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos. Rojas, proveniente de la burguesía de Santiago del Estero, y Lugones fueron las figuras más destacadas de este proceso que los tiene como protagonistas en varios de sus hitos. Cuando se funda en la Universidad de Buenos Aires la carrera de Letras, Ricardo Rojas es su director y es este quien publica la primera “Historia de la Literatura Argentina”, además de escribir otros libros como Eurindia o El país de la selva, en los que proclama que en el llamado interior de nuestro país debemos buscar la “esencia del ser nacional”, pues su pureza no está contaminada por el cosmopolitismo porteño (léase: por las ideas subversivas de los inmigrantes anarquistas, socialistas y comunistas). En este contexto, Leopoldo Lugones aparece como el gran operador para el enaltecimiento del poema Martín Fierro como el poema épico nacional.

En 1913, Lugones frente a la élite porteña y la clase dirigente dicta una serie de conferencias en las que determina qué es ser argentino y qué no. Es entonces, cuando elige como figura central al gaucho y por consiguiente como héroe nacional al Martín Fierro, es este gaucho quien simbólicamente viene a combatir contra esos inmigrantes indeseados. Toda su fundamentación con la que instaura al Martín Fierro como poema épico nacional surge de esas conferencias, que se publicarían en 1916 en su libro El payador.

Es en ese entonces y tras esa operación política por la que el poema de Hernández toma la dimensión épica que hoy le conocemos. Solo por citar algunos ejemplos, en ese libro se manifiesta que “El gaucho fue el único civilizador de la Pampa”, asimismo trata de describir “el modo en que empezó a formarse la sub-raza de transición tipificada por el gaucho” y narra las proezas del gaucho en la guerra de la independencia y en la guerra civil: “La guerra de la independencia que nos emancipó; la guerra civil que nos constituyó; la guerra con los indios que suprimió la barbarie en la totalidad del territorio…”.

Leopoldo Lugones situa al gaucho como hijo del español y de la pampa (el negro y el indio siempre quedan fuera de la construcción del ser nacional, siguen siendo la barbarie) y defiende la idea de que el gaucho murió peleando por la libertad y la civilización, por lo tanto el país le debe un reconocimiento al gaucho extinto, ese reconocimiento es transformarlo en el arquetipo del “ser nacional” que estaba buscando, es en él donde hay que encontrar nuestra esencia y por ello, el Martín Fierro (del que además ensalza sus virtudes literarias comparándolo con los poemas homéricos y otras épicas universales) es nuestro héroe nacional, es el que viene a limpiarnos, a combatir “espiritualmente” contra la contaminación que produjo la inmigración.

En la conformación de la identidad nacional era necesario encontrar un héroe que resuma el espíritu del ser nacional, alguien que no sea un peligro real. Si antes la barbarie eran los gauchos y la civilización llegaría con la inmigración, ahora que el gaucho como tal dejó de existir y ya no es un peligro resulta que se le debe la tarea civilizadora, cambiando la configuración “civilización/barbarie”: ahora los bárbaros son los inmigrantes y, principalmente, sus ideas. El valor está puesto ahora en la “pureza” de la gente de campo, pureza que, como citamos, fundó la Patria y esta le debe un homenaje: instaurarlo como arquetipo nacional y que además combata contra la impureza del inmigrante.

Leopoldo Lugones supo encontrar – ¿inventar? – ese héroe que fundamente el mito fundacional de identidad argentina en el Martín Fierro y en el poema de José Hernández, nuestro “poema épico nacional”.

Pablo Piris

Los viajes de Colón: el oro de América y una travesía hacia la codicia.

Cuando el siglo XV se encontraba cerca de llegar a su final, Cristóbal Colón le presentó una propuesta muy particular a los reyes de España, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla. Los moros y los judíos habían sido definitivamente expulsados del territorio y los españoles vivían una etapa marcada por el triunfalismo patriótico y religioso. Los largos años de guerra, por otra parte, habían agotado las riquezas de la realeza.

La idea de Colón era comerciar con Asia y en lugar de hacerlo por Oriente, proyecta navegar por occidente a través del Océano Atlántico.

Alejo Carpentier en la novela El arpa y la sombra, lo sitúa a Cristóbal Colón presentándose ante varias cortes europeas y otros posibles financistas para ofrecerles su proyecto, buscando inversionistas:

Armaba mi teatro ante duques y altezas, financistas, frailes y ricoshombres, clérigos y banqueros, grandes de aquí, grandes de allá, alzaba una cortina de palabras, y al punto aparecía, en deslumbrante desfile, el gran antruejo del Oro, el Diamante, las Perlas, y, sobre todo, de las Especias. Doña Canela, Doña Moscada, Doña Pimienta y Doña Cardamoma entraban del brazo de Don Zafiro, Don Topacio, Doña Esmeralda y Doña Toda Plata seguidos de Don Gengibre y Don Clavo del Clamero a compás de un himno color de azafrán y aromas, malabares donde resonaban con musicales armonías los nombres de Cipango, Catay, las Colquidas de Oro y las Indias todas.

Colón era un lector ávido de los viajes del mercader veneciano Marco Polo, quien contaba con lujo de detalles en sus libros las riquezas que se hallaban en las Indias:

Se encuentra oro en enorme abundancia y las minas donde se encuentra no se agotan jamás… También hay perlas del más puro oriente en gran cantidad. Son rosadas, redondas y de gran tamaño y sobrepasan en valor a las perlas blancas.”

La corona española necesitaba más que nunca esas nuevas riquezas y conseguir un acceso directo, sin intermediarios, a las riquezas del oriente. Además, los estimulaba la posibilidad de, con dichas riquezas, extender a otros territorios la guerra contra la herejía.

Una vez llegado Cristobal Colón a lo que él suponía eran las Indias (murió sin saber que había llegado a América) fue descubriendo que esa abundancia de riquezas no era tal. Desde el momento en que pisa tierra firme y ve pequeñas cantidades de oro en poder de los indios, no hace otra cosa que buscar a este preciado metal. Las deudas contraídas con sus financistas lo acicateaban.

En los diarios de Colón, compilado y resumido por Barolomé de las Casas, escribe lo siguiente:

Y yo estaba atento y trabaja de saber si había oro, y vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al sur o volviendo la isla por el sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho. Trabajé que fuesen allá, y después vide que no entendían en la idea. Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde y después partir para el sudeste, (…) a buscar el oro y piedras preciosas.”

La palabra más escrita, la que le da unidad a los diarios de viaje de Colón, es “oro”. Alejo Carpentier, en el libro antes mencionado, hace un recuento: la palabra “oro” aparece más de doscientas veces, mientras que las menciones a Dios son solo catorce. El 24 de diciembre, en lugar de pensar en “el milagro de la Navidad”, escribe la palabra “oro” cinco veces en diez líneas. Hasta llega a escribir: “Nuestro Señor habría de mostrarme donde nace el oro

Eduardo Galeano, en el libro Las venas abiertas de América Latina, escribe:

La epopeya de los españoles y los portugueses en América combinó la propagación de la fe cristiana con la usurpación y el saqueo de las riquezas nativas”.

Según la profesora de literatura Beatriz Pastor “Colón construyó América como un botín. Este objeto que nunca se encuentra, que siempre está en otro lugar, el que da unidad a los viajes, es el oro”.

Cuando Colón regresa al país no trae consigo demasiado de este metal precioso, o por lo menos no lo que la corona española esperaba que trajera. En los viajes sucesivos, reemplaza el preciado metal por otros posibles botines: la belleza de la naturaleza, las almas de los salvajes para la evangelización, la esclavitud de los indios.

Si bien las creencias religiosas antagónicas siempre existieron y fueron históricamente motivo de guerras e invasiones, detrás late en todo momento un afán de apoderamiento económico. Esto es demasiado evidente en las palabras pronunciadas en el diario de Cristobal Colón que nos llegan a través del sumario que realizó Bartolomé de las Casas sobre los cuatro viajes del almirante.

Los diarios de este navegante genovés relatan y son testimonio del comienzo del saqueo de todo un continente. Dicha depredación continúa, en cierto modo, hasta el día de hoy, aunque ahora vienen por el oro negro.

Sebastián Pujol