Primer tiempo, segunda ola.

Las metáforas futbolísticas fueron habituales en el ex Presidente Mauricio Macri, incluso mientras ejerció el poder y casi podría decirse que formaban parte de su política exterior,
verbalizándolas risueñamente cuando se juntaba con otros líderes mundiales. Tal vez sea hija
esta actitud de la evidencia de que su trampolín a la política grande fue el Club Atlético Boca
Juniors. Cuando cundió la crisis, dijo que de esa no nos sacaba un Riquelme, expresando la
imposibilidad de salidas creativas. La economía y su tecnocracia, que nos empujó a pedir
prestado al FMI un enorme préstamo que no hizo más que acentuar la pendiente.
Primer tiempo se llama el libro del ex Presidente, abriendo la posibilidad en su enunciado de
una etapa complementaria. La utopía rosa del macrismo es el fin del populismo, al que
caracteriza como la demagogia de brindar acceso a derechos o cubrir necesidades inmediatas
hipotecando el futuro venturoso del país, y al que identifica con el despotismo de líderes
autoritarios y contrarios a la declamada sobriedad republicana del respeto a la Constitución y
las leyes que encarnaría Juntos por el Cambio.
En el 2019, María Esperanza Casullo publicó su libro ¿Por qué funciona el populismo?, obra que
recomiendo a los interesados en la política contemporánea o incluso un poco más atrás, ya
que describe prácticas de este tipo desde que la civilización es civilización y desde que la
política es política. Lo interesante del estudio es que plantea la existencia de populismos en un
amplio arco ideológico, de izquierda a derecha. Así, en el libro dedica el último capítulo a la
coyuntura de ese momento analizando el gobierno de Juntos por el Cambio. Y calificándolo de
populista de derecha. Creo que pocas cosas desagradarían más que decirle, al que busca
enterrar el populismo: señor, disculpe, pero usted también es populista. En la práctica
discursiva del mito populista, se eligen antagonistas, y el macrismo lo encontró en el
kirchnerismo. El nosotros republicano, el ellos autoritario. La honestidad y la corrupción. El
trabajo en equipo y el mesianismo. El libro da en el talón de Aquiles de un discurso político que
se quiere presentar huérfano de pasiones, estilizado con frases de autoayuda pero que
segmenta también la realidad y busca una identificación entre los propios frente a los ajenos,
el antagonismo constituyente de casi toda acción política.
Tomando el sentido histórico de larga data de este tipo de simplificaciones, de un lado y del
otro, podemos citar el siguiente pasaje de Jorge Abelardo Ramos, en su libro Las masas y las
lanzas: “…. La consideración oficial de la palabra ‘caudillo’ la ha relegado a una sinonimia
puramente injuriosa… Gauchos, caudillos y montoneros fueron degradados a la condición de
ladrones de ganado, de meros delincuentes armados, indignos de análisis…. Arengas
simplificadas hasta el hastío con fórmulas en las que todo el mundo ha dejado de creer:
barbarie o civilización; Mayo o Caseros; Organización Nacional o Anarquía; Libertad o
Despotismo”.
Desde añares que existen esos mitos populistas ordenadores en el devenir de nuestra propia
historia argentina. La grieta desde siempre, y las estrategias discursivas populistas, que es el
aporte del libro de Casullo, puede aplicarse a ambos lados de la grieta. Porque hasta el
discurso tecnocrático, presuntamente cargado de objetividad, también constituye un
imaginario traducido en el creer que la gestión del Estado y del país puede manejarse como
una empresa. La Ceocracia que hemos padecido, plagada tanto de resultados discutibles como
de una pronunciada insensibilidad social.

El lanzamiento del libro de Mauricio Macri parece repetir la estrategia de líderes políticos de
escribir libros para salir al ruedo en futuras campañas. El de Macri, el de Vidal. En su momento,
el de Cristina Fernández, que causó un mayor impacto político luego de instantes prolongados
de silencio y como forma de brindar una esperanza a sus seguidores, causando sorpresa e
incluso haciendo rebalsar la demanda en el mercado editorial. Ese impacto primigenio no se
parangona al actual, y aludiendo a la metáfora futbolística, cierta táctica cuando se repite deja
de causar sorpresa en el rival y no es el mismo el impacto en la arena pública.
Y bien, populismos de izquierda, de derecha y la necesidad de escribir libros para salir al ruedo
reperfilando o volviendo a elegir los mismos antagonismos. Lo bueno, lo malo medianamente
conocido. Lo que queda por conocer y es en verdad preocupante, es el impacto de la segunda
ola de la pandemia. Con Brasil, Paraguay, Chile, Bolivia sobrepasados por su intensidad, en una
arena donde vuelve a campear cierta incertidumbre. La dificultad de encarar otra etapa de
confinamiento, la limitación de vuelos, el control en fronteras demasiado porosas mientras el
número de contagios aumenta. Problemas de gestión de la pandemia que sigue golpeando, un
año después y que continúa enfrentándonos con desafíos desconocidos, de experimentar
límites y posibilidades de la acción del Estado y la sociedad para morigerar sus efectos. Una
segunda ola que se insinúa difícil y a la que habrá que resistir en un año de efervescencia
política, populista y electoral.

Por Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

Un legado innombrable

Murió Carlos Saúl Menem, el ex presidente por una década, la del 90. El hombre que nunca perdió una elección aunque luego se popularizara el “yo no lo voté”. Como el general Paz en el siglo XIX, nunca perdió una batalla, en este caso electoral. Muchos, la mitad del país más de una vez lo votó. Una cosa es en el 89 y otra en el 95. Porque en su candidatura inaugural a la Presidencia, aparecía con patillas a lo Facundo Quiroga, encarnando el interior profundo retratado en la figura del Tigre de los Llanos. No pasamos el primer párrafo y ya nombramos al general Paz y a Facundo Quiroga, dos enemigos en épocas de la primigenia organización nacional hecha a los tumbos, entre victorias y derrotas de federales y unitarios. Este riojano pretendió que ya no había razones para los enfrentamientos entre modelos antagónicos de país, lo que significaba por lo menos dos cosas: la dilución completa de la ideología política y la administración de la economía real al arbitrio de los monetaristas de la escuela de Chicago.
¿Por qué el menemismo no trascendió a la persona de Carlos Saúl Menem? Probablemente porque no postuló banderas dignas de levantarse, ideas de comunidad política organizada tras algún ideal trascendente, de alguna forma perdurable. Su figura encarnó el sometimiento alevoso de la política a los poderes económicos, llevando a Economía a los representantes de Bunge y Born. Ya no sería una negociación, un tira y afloje entre el poder político y los grupos económicos, tanto fue así que hasta Martínez de Hoz se sorprendería gratamente al constatar que este líder demócrata pudo avanzar todavía más que la nefasta dictadura militar en la reforma del Estado. La derrota y sumisión de la política conllevó a la existencia de una democracia con desigualdad social creciente y cristalizada. Usted me votó, jódase, tituló la inolvidable revista Humor. Encarnó el liderazgo de un PJ que aplicó el programa de la UCEDE, incorporando a su gobierno a los Alsogaray y a Adelina Dalesio de Viola. Más o menos, es como si hoy el Presidente Alberto Fernández hubiera aplicado el programa y sumado a su gobierno a Espert y Milei. Dejó de lado todo maridaje con la memoria del peronismo originario, el del Estado de bienestar, la intervención económica y la justicia social.
Una sociedad muy sufrida, que había vivido la incertidumbre de la hiperinflación alfonsinista lo votó y el hombre le dio una década de estabilidad económica. Pulverizó la inflación, hay que decirlo. De hecho, durante su gobierno no hubo paritarias porque se volvieron casi un sin sentido en ese acuerdo social congelado entre precios y salarios. Los salarios no subían, los precios tampoco. La estabilidad. Un peso, un dólar. Viajar a Miami y comprar la aspiradora importada en cuotas. La sombra terrible de la hiperinflación hacía que se barriera bajo la alfombra la situación de los nuevos excluidos de un modelo sostenido por el endeudamiento externo, con un tipo de cambio alto y apertura económica que conllevó a la caída industrial y el crecimiento del desempleo.
Un gobierno que vendió las joyas de la abuela, y mientras duró fue las tapas del ostentoso consumo y la frivolidad en las revistas Gente, Caras, la Ferrari tripulada por el jefe llegando en dos horas y media a Pinamar. Ley de Reforma del Estado que fue en realidad su enajenación casi completa. Entel, Somisa, YPF, Aerolíneas, SEGBA todo lo que se pudiera vender se vendió. Con un diputado trucho brindando quórum y todo, de cualquier forma. Los trabajadores despedidos, por lo general, se pusieron con la indemnización, kiosquitos u otros pequeños emprendimientos que se hicieron hasta competencia entre ellos y duraron poco en un mercado interno contraído y sin ningún estímulo a la demanda de productos nacionales.
Si hablabas contra la convertibilidad, no te votaba nadie ni en 1995 ni en 1999. La estabilidad no se toca, era el nombre del acuerdo social pendiendo de un hilo en su base material, una vez agotadas las reservas monetarias que habían dejado la enajenación de los bienes del Estado. Menem logró que sus partidarios y detractores no impugnaran el modelo económico. Las críticas se referían sobre todo a casos sonados de corrupción desfachatada, que ni siquiera se preocupaban de disimular sus protagonistas, formando parte de un sentido común que contribuyó a enajenar los valores sociales. Pero, por más que no fuera impugnado por casi nadie, el modelo económico terminó cayendo por su propio peso, aunque con el gobierno en manos de Fernando De La Rúa en 2001. Si bien el impacto de ese colapso estalló en las manos del Presidente radical, la erosión de la figura de Menem fue también visible. Como también la del padre de la criatura, Domingo Felipe Cavallo. El modelo nos había sacado de los saqueos de supermercado de la hiperinflación, de la anomia social del sálvese quien pueda para volver al mismo lugar doce años después, incluso peor. Con una devastación social mucho mayor y una impugnación de raíz de la sociedad a la clase política como casi nunca se había visto. Que se vayan todos, y nadie lo precisó en la consigna pero Menem aparecía en el lugar de los que debían irse. Presidencia de transición de Duhalde, Menem triunfando en la elección del 2003 con un escueto 24 por ciento de los votos pero con gran imagen negativa de cara a la segunda vuelta, como si la sociedad hubiera decidido votar a alguien nuevo, que no conociéramos al menos. El renovador del peronismo que le ganó a Cafiero la interna en 1988 perdería (por abandono) con la nueva cara del peronismo en el 2003, Néstor Kirchner.
Por el año 2002, participé en algunas reuniones de una agrupación peronista en un par de unidades básicas en los barrios de San Telmo y Congreso. El país se debatía en el modo de salir del atolladero de una situación social desmadrada por la caída de la economía y gran parte de la sociedad a la pobreza. Apoyadas contra la pared de la unidad básica se veían sillas y una sombrilla con una leyenda desteñida por el paso del tiempo: Menem 95. Uno de ahí comentó, risueñamente: “hay que hacerse cargo de que en el 95 llamamos a votar a Menem”. La mera existencia de esos objetos ahí funcionaban como una invitación casi inexcusable a la autocrítica.
¿Por qué ese legado incómodo y que a veces se quiere ocultar? ¿Qué hay de innombrable en esa herencia? La traición a los valores tradicionales del peronismo, entre otras cosas. Pueden encontrarse fotos de Menem con todos los cuadros orgánicos del peronismo que lo sucedieron desde ese espacio político, muchos de los cuales terminaron renegando de ese pasado o de sus políticas. Como una especie de objeto desacralizado y pagano, en cierto tiempo se popularizó que repetir el nombre del Presidente traía mala suerte. Que nombrarlo era yeta, con la dificultad adicional de que su apellido no podía decirse al revés. Innombrable e inevitable hasta para aprobar leyes de los gobiernos que lo sucedieron.
Como un acuerdo tácito, la Argentina decidió reelegir en 1995 a esa figura incómoda años después, para pagar la licuadora, para viajar a Miami, para comprar a veces una casa o por lo que fuera. Ya se había esfumado la promesa del salariazo y la revolución productiva de la primera campaña electoral. Motivaciones de índole individual, hedonista, de continuidad del congelamiento social de cada uno donde está. Eso también era la estabilidad. Siempre hubo pobres, dijo un día Menem. La política se divorciaba del objetivo de la justicia social de forma explícita. Con la democracia no siempre se come, no siempre se educa ni se cura.
Vendió las joyas de la abuela y el alma al diablo. Nos abrió al mundo entregando el mercado interno y la industria nacional. Abrirse de gambas económicamente y para las relaciones carnales, subordinación impuesta, deuda multiplicada. Signos de lo que se venía hubo algunos. Los piquetes de desocupados, el Perro Santillán y Norma Plá, la abanderada digna de los jubilados postergados. Trepándose al Congreso para que la pudiera ver la política de la frivolidad, que les había cerrado la puerta a muchos.
Pronto se advirtió que la dulce década de la convertibilidad no había sido gratis. Cuando aparecían esos emergentes incómodos, la gente explicaba: yo no lo voté. Como si hubiera habido un acuerdo social para votar lo malo conocido, pero inevitable. Un tiempo que muchos votaron en silencio, sin reivindicarlo, una elección casi resignada del ganador. Porque Menem no creó militantes sino un poder personal, con cierto carisma, chequera, pizza y champagne. El poder como disfrute, como goce, no como carga o responsabilidad. Se había caído el muro, Fukuyama había decretado el fin de la historia con el triunfo del capitalismo global y no valía la pena ya discutir de ideologías. Política y espectáculo. Pero para Menem, la política (o como la entendía) no tenía ya la capacidad de enamorar a las multitudes. En ese sentido, promovió figuras del deporte y la cultura como motonautas, cantantes, pilotos de fórmula uno que aparecían más atractivos que los insípidos cuadros políticos de lo previsible. Diez años, bajó la espuma de la cerveza, y puestos a hacer un balance, su herencia es casi vergonzante, ocultable, legado incómodo que nadie reconoce como propio aunque fuera parte indudable del país. Porque a Menem la sociedad lo tenía adentro como un objeto indeseable pero necesario. Incómodo. Innombrable.

Por Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

Maradona lo sabe

Ya han pasado varios días desde la muerte de Diego Armando Maradona. Ya las aguas se han calmado. Ya el nervio humano cedió para que llegue la reflexión. Son varias cosas las que se me vienen a la cabeza para escribir y seguro en el proceso de escritura, varias ideas quedarán por fuera de estas líneas; pero me parece necesario escribir.

Primero puedo decir que el que escribe estas líneas, nació en el año 92, en medio de los años maradonianos, dónde la épica, la gloria y el doping estaban a flor de piel. Soy de una generación que creció con un Diego retirándose, dando sus últimas zancadas hacia su ocaso como jugador activo. Recuerdo mi primer partido del que tengo recuerdo, es su retiro, en Octubre del 97, victoria de Boca, en cancha de River y un Palermo platinado. Ni sabía quién era Maradona, pero a mis cinco años, sabía que Maradona existía, que nadie me lo había contado. Maradona existía,. Como existe el sol, la luna, la noche y el día. Mis padres, tíos o abuelos, nunca me lo mencionaron. Maradona fue mi descubrimiento. Mi generación fue la de la reconstrucción de su mito, del mito viviente, y la primera que empezó a repasar su arte en video.

Tal vez a partir de este primer contexto, podemos decir que mi generación es la primer generación del archivo televisivo/ audiovisual. 

Hoy el deporte, y el fútbol en particular, está dotado de una maximización de contenido: hay partidos todos los días, en cualquier parte del mundo. En el período de 1976-1997 (años de actividad de Diego), aún con tantos adelantos tecnológicos, solo los que grababan a mansalva en VHS, podían llegar a tener acceso, a los que en esta generación actual tienen. Ni mencionar los de épocas anteriores a la mía, dónde la televisación de partidos sin la generosidad de los grandes, o la selección Argentina, no era posible todo el tiempo. El mito maradoneano empieza a gestarse en una etapa dónde tener una televisión era un poco más común, y ésta empieza a tomar un lugar esencial. 

Diego Maradona, nace en el Hospital Evita y vive en Villa Fiorito, en un circuito muy humilde del sur del Conurbano Bonaerense. Pasa hambre y necesidades, no así no llegan a ser extremas. La familia Maradona, Don Chitoro y Doña Tota, inunda su pequeña casa de valores y amor por sus hijos. Diego es la conjunción de una anatomía prodigiosa, y la mezcla de esos valores, que hacen que nazca y crezca el pequeño Pelusa, y vaya asomando su cabeza, ambiciosa y brillante, su creación más monumental: Maradona. Éste es el personaje principal que veremos evolucionar año a año, queriendo llevárselo todo puesto y dejándolo solo en la cima del mundo.

La historia de su prueba en Argentinos Juniors y su encuentro con Francis Cornejo, tienen correlato en las miles de anécdotas y relatos que se cuentan y perviven en sus amigos, rivales, compañeros, ect. Diego es un superdotado con la pelota, ya desde los diez años, deslumbra a todos. Él será una leyenda. Él lo sabe. Una entrevista a sus diez años, en 1970, habla de un Diego puro, de inmensa ternura, y un Maradona que empieza a declarar con capacidad de sabio: ” Mi primer sueño es jugar un Mundial..” . Maradona sabe que lo jugará. Maradona sabe que llegará a la Primera de Argentinos, tendrá su casa nueva sacará a su familia de la letrina de Fiorito y se mudarán a La Paternal. Lo sabe. Y eso es brillante. Allí empieza a reflejarse la pureza del ídolo: es el mejor de sus compañeros, el mejor hijo de sus padres, el mejor novio para Claudia, el mejor rival para los de otra casaca. Diego es así. Maradona empieza a ambicionar querer más.

Tal vez Maradona fue el gran meritócrata plebeyo, pero también el gran lobbysta futbolero. Con sus declaraciones su destino cambia a Boca, dejando una estela de fortuna a su Argentinos natal, dónde pronto crecerá el semillero del mundo. Maradona sigue apilando pergaminos, y despeja dudas de su capacidad futbolera, con el campeonato Metropolitano 81, ganado por Boca, con nombres que brillaron mucho más con él a su lado. Diego llora su exclusión del Mundial 78, Maradona jura taparle la boca a todos para despejar dudas de que la diez de la Selección tiene que ser suya. Llega el Juvenil 79 en Japón y nace Súper campeones. Hasta en eso Maradona es tremendamente influyente. La 10 ya es suya. 

Atrás quedan monstruos del fútbol, Bochini, Alonso, Houseman, todos se quedan mirando pasar al fenómeno, cuál cometa Halley. Todos se rinden a sus pies, aún sin un campeonato del mundo. Todos pelean su camiseta para cambiar o una foto con él. Diego es muy generoso.

Llega Europa, llega la hora de medirse a ver de qué está hecho y el pibe de oro no defrauda. Hay destellos de su magia por doquier. En Barcelona tiene 3 enemigos: la hepatitis, una patada vasca asesina, que le parte el tobillo de su zurda, y la cocaína. Ahí es cuando Maradona le empieza a torcer el brazo al Diego de Fiorito.  Maradona es un superhéroe que se reconstruye de cada golpe demoledor con la velocidad de un rayo, con la fortaleza de un toro, y deja ver un velo de oscuridad en su mirada. A Dieguito le sueltan la mano en Europa y no sabe como volverse a Fiorito. Pero igualmente, Maradona tiene memoria, mucha. Y siempre vuelve a Fiorito. Tal vez para recordarse que antes de ser superhombre, fue piso de tierra, mate cocido y letrina.

Hubo desamor en el Barcelona, y hubo locura en Nápoles. Diego Maradona es la estrella que bajó del cielo para iluminar a los napolitanos. Lo hizo. Vaya si lo hizo. Los altares del hombre de rulos minan hoy y por la eternidad las calles empedradas de ese pedazo de tierra, que a Diego le resultaba tan familiar. Y ahí surgen las jugadas épicas, la belleza única e irrepetible. Maradona en el fútbol es la belleza absoluta; su cuerpo se articulaba como bailarín, cada movimiento se prestaba para una imagen icónica. El mejor Maradona está dentro del campo: porque hay que decirlo, Maradona en el campo es invencible, no hay partidos malos de él, solo hay calidad en sus intervenciones; un hombre que cuando toca el campo se ilumina. Pero también es el Maradona más oscuro, el que desaparecia con Coppola días enteros, el que consume sin control hasta el miércoles y limpiaba su cuerpo hasta el domingo para jugar. El que le daba pánico que sus hijas lo vean consumido en su oscuridad, el pasaba horas y horas recluido bajo una manta, encerrado, dormido en sueños eternos.  Luz y oscuridad. Que difícil ser Maradona y vivir un The Truman Show eterno, desde los dieciseis años hasta tu muerte. No hay justificaciones, solo empatía.

Llega su hora más gloriosa. México 86, y el tipo sabe que será su mundial. Y es brillante. La mejor actuación individual en un juego colectivo. Cada segundo en México será marcado por la posteridad como hito. Actuaciones perfectas, donde nadie jamás volverá a repetirlas: Uruguay, Inglaterra, Bélgica y Alemania. La camiseta 10 en la espalda con la camiseta argentina comienza a convertirse en tatuaje eterno de una patria moderna. Inglaterra, pos Malvinas, y Maradona sabe que los va dejar pintados de alguna forma, porque todo lo que construyó lo hizo a partir de bronca, de su rabia; un dia fue darle una vida más digna a su familia en un mundo desigual, otro plantearse a Ferlaino por premios más justos, y un día fue venganse de los english, por los pibes de Malvinas, que no volvieron. Maradona encontró esa motivación ese 22 de Junio. 

Lo que seguro no sepa es que será mito; por el primer gol, alegoría del robo al ladrón y el segundo, belleza absoluta. En dos minutos, Diego Maradona hizo un pacto con Lucifer, y selló el gol para hacer justicia a cambio de ser un tramposo, para los moralistas de siempre. Y luego recibió la inspiración de alguien superior y dibujó la travesía perfecta, la humillación irrefutable. Se habían recuperado las Malvinas, por lo menos durante noventa minutos. Ahi Maradona pasó a ser un miembro del cielo argentino, eterno e incuestionable, junto a Perón, Evita, Gardel, San Martín, Belgrano y alguno más. El lo sabe. Sabe que construyó los días más felices de un país lleno de injusticias e infelicidades; que cerró grietas eternas con abrazos interminables y puños cerrados vitoreando el nombre de la Patria. Maradona pasa a ser parte de la patria, indivisible y eterno.

Maradona lo sabe, y siente el deseo de asumir sobre sus hombros, mientras viva, la alegría de un pueblo. Habla a las cámaras, y se dirige sin intermediarios a napolitanos y a argentinos con un nosotros inclusivo. El mensaje llega potente, porque sus receptores lo sienten como un semejante. Diego es el guerrero de su patria y de su ciudad. Lleva en cada campo de futbol, en cada mesa de discusión, las banderas que jura con su vida proteger. Sale a la cancha y se genera un fenómeno único: una multitud interminable sale con él, una muchedumbre eterna , de generaciones contemporáneas y venideras que se sentirán identificadas con su guerrero. Maradona y su manera de plantarse ante el poder, la manera que canta el himno y lo siente, genera el orgullo: el de ser argentino. El de ser napolitano.

Diego gana casi todo con su Napoli, el pobreton del sur de talia, y le pinta la cara a la Italia rascista. Muchos ya lo odian, más que admirarlo. Llega el Mundial del 90 y se acerca la hora señalada. Maradona, entrega su cuerpo a la patria una vez más cual guerrero espartano lo hace en la guerra, Interminables agujas, enormes tobillos, liderazgo sin par que conduce a jugadores sin grandes pergaminos a desafiar al destino. Italia en Nápoles, y todo un pueblo pone a su Dios por encima de su bandera, de su “patria”. Diego les gana, con manos salvadoras, con Bilardo y una selección de corajudos. Diego llora desconsolado una final que debería haber tenido otro desenlace. El pueblo argentino lo recibe y lo abraza. Lo ama cada vez más. 

Llega la venganza de algunos dioses celosos de Maradona y le plantan un dóping, que nunca había saltado, y lo quieren sumir en una oscuridad eterna, y renace, por primera vez. Sevilla y Newell´s son testigos de la resurrección de un Dios. Miles de fieles lo ven jugar, y aunque su brillo no es cegador, es mágico. Basile, director técnico de una selección bicampeona de América pide la ayuda de Maradona, presente en las gradas, después de comerse cinco con Colombia. El dios, el héroe, el eterno vuelve y cumple. No ha habido días de más esperanza en Argentina que esas dos fechas en Boston y Dallas. Solo el funeral de Perón, Evita y Gardel son comparables con el dóping en pleno Mundial. Yo sentí lo mismo el día que murió. Porque yo no sabía explicarlo pero lloraba. Yo sentí una esperanza única cuando fue el Mundial 2010 que él comandó: “Tenemos a Diego, no podemos perder”.

Después llega el Diego menos heroico, pero vivo. El mito que vive, y que vive con la mediatización de un mito viviente. Un ocaso de actividad profesional donde el brillo se iba a apagando, retiro silencioso. Drogas sin control, hijos por doquier, machismo por allí, misoginia por allá y una vida privada que se opacaba (a veces) con los momentos de felicidad colectiva que nos brindó desinteresadamente. Un tipo que expresaba la oscuridad de su vida porque estaba sufriendo. Un tipo que volvió de la muerte dos veces. Un tipo que amaba a los suyos, sea quienes sean. Un tipo que se hinchó las pelotas de que su vida sea una vidriera. Maradona se fue apagando, un hombre que decide cuando morirse, que puede detener todo en un instante, mientras los giles de siempre pasan de largo. Solo merece que lo llamen por lo que es: un dios.

Fabian Fazzini

Nos cortaron las piernas

El negro Fontanarrosa, uno de los más maravillosos escritores de esta tierra, vuelve una vez más en estos días oscuros y refleja el sentimiento colectivo “No importa qué hiciste con tu vida, sino lo que hiciste con las nuestras”. Yo no jugué con Diego, nunca me dijo nada, no salí de joda, no tengo una remera firmada, nunca lo vi jugar más que en videos, no puedo contar ningún tipo de anécdota con él. Pero como millones, sentimos que el mundo es un poco más feo, que un pedazo de vida se nos va y que nuestra vida fue atravesada por él.

I

Hace unos nueve años estaba más deprimido que de costumbre, y eso ya es mucho, al punto que como todo buen ciudadano fui a parar a un distinguido Psiquiatra, para rencauzar mi vida. Le conté de mis dolores, mis traumas, mis miedos, abrí mi corazón, para que me diera algo, como corresponde en esta era farmacológica.

Por supuesto que me dio un famoso antidepresivo. Tenía tarjeta de crédito, un trabajo de mierda y estaba medicado, ¿qué más se le podía pedir a la vida? Ya era todo un ciudadano de la era moderna. El doctor, luego de cierto tiempo me fue retirando poco a poco la cantidad que debía tomar. No sin antes advertirme que tenía que buscar la forma de reemplazar esa felicidad artificial: Salí a bailar, coge, viví la vida, no duermas, hace algo, casi me suplicaba el doctor, ¿Qué es lo que más felicidad te da en la vida? Me preguntó.  Le respondí que en ese momento, mi máxima felicidad eran los nueve minutos y veintitrés segundos de un video de Maradona jugando en el Napoli.

Míralo todos los días, recetó el doctor.

Durante un buen tiempo, ese video del Diego fue una especie de placebo para mí. No es sólo fútbol, Diego es arte y generaba en mi cerebro las mismas sustancias de felicidad que se necesitan para esta vida a la que llamamos normal.  Era estético: Sus controles de pelota, sus pases, su visión perimetral. No creo que haga falta, ¿pero por qué era el mejor? Alguien esbozó la respuesta y dijo que Maradona era un equipo dentro de un equipo. Nosotros admiramos a futbolistas que pueden llegar a tener una característica más organizadora de juego, relacionada con la visión periférica. Admiramos también, a gambeteadores fenomenales, que resuelven con instinto y talento situaciones de juego negadas para otros mortales futbolistas.

Maradona tenía las dos características. Además, tenía un liderazgo y un coraje que pocos pueden presumir. Fue un pedazo de sueño, convertido en futbolista.

Deje los antidepresivos.  Gracias a Diego. Prozac, la tenes adentro.

II

Mi viejo era de Argentinos Juniors ¿Cuál era el motivo? Lo vio jugar a Diego, en La Paternal. No había más fundamento que ese para romper tradición sanlorencista en la familia. Un amigo le dijo que había un pibe que la rompía. Fueron a verlo, se enamoró. Fue como tantos, un maradoniano. Mi viejo, como decía Galeano, era un mendigo del fútbol “Ando cancha por cancha mendigando una buena jugada, un caño, algo que me saque de la mediocridad de los partidos de todas las semanas”

Antes de que muriera, pude preguntarle cosas importantes: ¿cuáles eran los mejores jugadores de fútbol que había visto? Me respondió: Kempes y Houseman.  ¿Y Maradona?

No, Maradona no puede entrar en ninguna oración con otro futbolista.

Ese amor por Diego, esa admiración, es acercarme un poco a mi viejo. Recordarlo sonriendo ante algún chispazo mágico del diez.

Nos cortaron las piernas

El poder gusta de historias con héroes educados. El sueño americano que atraviesa nuestra cultura, quiere al héroe sistematizado, domesticado, compartiendo los valores de las clases dominantes. Hollywood ha hecho de esto una estética exitosa.

Pero este cabecita negra, fue un error en la matrix. Se metió con todos, con el Papa y su cúpula de oro; con los garcas de la FIFA; contra los yankis y apoyando a Cuba. Podría haber sido Pelé y rodearse de los dueños del mundo.  Pero no. Siempre estuvo de la vereda del pueblo. No sé cuántos podrán decir lo mismo.

Escribo para exorcizarme, siento que las palabras de María Elena Walsh sobre Eva son para Diego también, para todos nosotros “Y el pobrerío se quedó sin madre, llorando entre faroles sin crespones. Llorando en cueros, para siempre, solos” Se nos murió el héroe, el mito viviente, nos cortaron las piernas. Nos cortaron el alma y no hay prótesis que valga.

Carlo Magno