Perro que ladra y muerde

La antipolítica crece a medida que la política fracasa y ayer tuvo su día más glorioso. La decisión del ministro de salud de tener una vacunación paralela priorizando a sus amigos, funcionarios y algunos empresarios es la bomba perfecta de corrupción, amiguismos, en el área más sensible de la pandemia: las vacunas.

El privilegio y el poder

Mis whatsapps con mi madre:

-¿Cómo estás, ma?

-Ansiosa, espero el mensaje para la vacunación como si fuera una nena.

-Esperemos que sea pronto.

-Espero!

Imaginemos esta charla :

-Hola, Gines? qué haces amigo, che tengo ganas de vacunarme ¿Donde puedo ir?

-Vení para el ministerio que tenemos la Rusa. Te cuento un chisme ¿Viste Aranda el de Clarín? También me llamó pero quiere esperar a la Inglesa.

-jaja qué cipayo.

-jaja sisi. Bueno venite a las 9 que te doy una.

-Genial , gracias amigo.

Mientras las familias de los mayores de 65 años y las unidades básicas asesoran a los más humildes para acceder a un turno y que le den la vacuna que les permita abrazar a sus hijos sin miedo el Ministro de Salud ofrecía a sus amigotes un bien escaso en el mundo.

El perro y la sarna del privilegio

El privilegio de acceder a gente con poder para algunos es tan natural que con el tiempo se hace parte constitutiva de una persona, hasta el grado de justificar el acto más inmoral y corrupto que se puede tener en un tiempo de muerte y enfermedad. Lo que sobrevuela es la justificación el “ me corresponde” y ni siquiera lo hace dudar en una entrevista. Quedó claro en el relato de Horacio Verbitsky que él cree que le corresponde esa vacuna antes que a nuestras madres y que el llamado a un ministro y pedirle un favor es algo natural en gente que posee la agenda correcta. El solo hecho de tener esa agenda a H.V le permite acceder a lo que se le antoje pero nunca tener que esperar porque eso es para el ciudadano común y los privilegiados no lo son.

El privilegiado no espera, no hace filas, no busca trabajo, la precarización laboral o bien nunca la tuvo o es parte del pasado, la burocracia no es para él porque el privilegiado cree que lo merece por algo tiene lo que tiene. Con su agenda de amigos poderosos gestiona su vida y con su cintura elige cuándo y a quién llamar: con más de 50 mil muertos y con muy pocas vacunas H.V decidió llamar a su amigo y arrebatarle el turno a alguien menos poderoso. Porque puede.Lo cuenta en una radio porque se acostumbró, porque es natural.

El peligro de la antipolítica

La construcción de un sentido común que genere las condiciones para los Bolsonaros o los Trump se arman , entre otras cosas, con los actos que constituyen a los políticos como personas que solo intentan mantener sus privilegios  y acumular dinero para sí mismos. De ahí se construyen los discursos para eliminar un estado regulador. El acto de corrupción -no fue un “error”- que cometió el ministro tiene todos los condimentos que necesitan los discursos más radicalizados de la antipolítica para fomentar su sentido común y desde ahí atraer votantes construyendo un sentido. No solo erosiona (todavía no sabemos su alcance) la aplicación de las vacunas sino que fundamentalmente resquebraja el sistema democrático argentino y a través de esas grietas ingresa el discurso ya instalado en países poderosos como: EEUU, Brasil, Francia, España etc, desde esas grietas no vienen solo discursos anti estado , principalmente lo acompañan ideologías: de odio, misóginas, racistas, anti inmigrantes y excluyentes.

El daño ya está generado solo esperemos que haya un control de daño y que el sistema democratico no se desmorone con sus propias grietas.

Romero Juan José

Rodolfo Walsh, producto de su tiempo

Para que una semilla germine se requieren una serie de condiciones básicas. La mayoría de las plantas precisan agua y oxígeno. Pero para crecer altas y fuertes necesitan sobre todo de una tierra fértil. Si se conjugan esos tres requisitos la vida se abre paso. Simplemente es cuestión de que la semilla esté en el lugar justo.

Cuando se estudia lo sucedido en la Argentina desde el golpe militar de 1955 hasta la última dictadura militar en 1976 es posible llegar a la conclusión de que era el momento adecuado para que aparezca, como levantándose desde el barro de la historia, un personaje como Rodolfo Walsh, alguien que con su coherencia marcara un camino y cuya propia vida represente el drama de todo un país.

Una frase muy extendida cuando se estudia a un personaje de este calibre es: “Fue un producto de su tiempo”.

Sin embargo, hay una pregunta cuya respuesta nos abre un camino interesante de reflexión: ¿Rodolfo Walsh era un héroe, alguien sobrehumano, o simplemente una persona a la altura de las consecuencias de su tiempo?

Este interrogante nos dirige, cuál si estuviéramos poniendo en práctica la mayéutica de Aristóteles, a otro cuestionamiento, a indagar en nuestro momento histórico:

¿Cuál debería ser el producto de esta etapa que no toca vivir?.

El público de hoy al consumir medios de comunicación se encuentra más interesado en reafirmar sus prejuicios que en informarse. Necesitamos que alguien diga lo que queremos escuchar. La veracidad de la información es secundaria. Consumimos y creemos, solo lo que queremos consumir y creer.

En este contexto histórico, donde además tiene cada vez más aceptación la teoría del fin de las ideologías y en el que muchos compran el discurso de que ya todo está perdido, el compromiso con la verdad debe ser más férreo que nunca, aunque esa verdad contradiga nuestras opiniones.

Arturo Jauretche, en su libro Los profetas del odio y la yapa, dice lo siguiente: “Si todo es según el color del cristal con que se mira, conviene saber qué anteojos y anteojeras nos han puesto”.

Hay que desprenderse de los prejuicios, como si estuviésemos quitándonos esas anteojeras, para mirar con franqueza y transformarnos como sociedad.

Porque si bien las condiciones quizás no estén dadas para que maduremos, para que nos juguemos por cambiar en un momento en que nos dicen que no vale la pena, podemos todavía practicar la libertad aun dentro de las relaciones de poder.

Porque aunque las plantas para germinar necesitan agua, oxígeno y tierra fértil, hay otras que crecen aun en las peores condiciones, mutando si hace falta, abiertas a cualquier cambio que las haga desarrollarse.

Hoy quedó obsoleto el estereotipo de héroe tradicional que se jugaba entero por una causa y representaba a toda una generación. Por eso es importante mirarnos más de cerca y darnos cuenta que tenemos una responsabilidad con nuestro tiempo.

 

Sebastián Pujol

Que sea ley. La interrupción voluntaria del embarazo, una lectura histórica.

De casi todo puede hacerse una lectura histórica. Las cosas no nacen de un repollo y a los bebés no los trae la cigüeña. El debate de la interrupción voluntaria del embarazo reedita el que tuvo lugar en 2018 y se vislumbran tal vez mayores probabilidades de éxito. La votación en el Senado definirá la cuestión, como todos sabemos. Daniel Filmus ya dijo en 2018 que sólo se estaba discutiendo el cuándo se aprobaría la ley, que se terminaría imponiendo en ese momento o más adelante decantando tras el sentir de los nuevos valores sociales. ¿Será en 2020? Está por verse, sería una forma de terminar el año cristalizando un derecho importante en un devenir tomado por la tragedia del coronavirus y la recesión económica.
2020 no hubiera existido sin 2018. El politólogo Andrés Malamud apuntó que Macri calentó la pava y Alberto Fernández se terminará sirviendo el mate. En 2018, el gobierno habilitó la discusión pero no fogoneó la aprobación del proyecto. La gestión actual acompañó más, con presencia de ministros incluso en la Cámara de Diputados. Con una actitud receptiva, limando el proyecto para lograr adhesiones, incorporando cuestiones clave como la objeción de conciencia. Evitando en general actitudes de apropiación del proyecto y favoreciendo la transversalidad del voto. Si bien la mayoría, cercana al 80 por ciento, del bloque de Juntos por el Cambio se opuso a la iniciativa, la jornada legislativa regaló la curiosa situación del inefable Fernando Iglesias votando lo mismo que Máximo Kirchner. La transversalidad de la que hablaba Néstor Kirchner en sus tiempos inaugurales permitió sumar los necesarios apoyos.
Retomando el recorrido histórico, en 2015 tuvieron lugar las primeras manifestaciones del colectivo Ni una menos, que exteriorizó el problema de la violencia de género no sólo a nivel familiar, microsocial sino discutiendo, interpelando la desigualdad que tenía postergada a las mujeres en numerosos ámbitos de la vida social.
Remontándonos un poco más en el tiempo, la sanción del matrimonio igualitario en 2010. Las sociedades evolucionan, cambian los paradigmas, los valores que configuran el sentido común y la cultura. Hoy casi nadie pone en discusión aquélla ley, lo que evidencia que interpretó los valores de la sociedad, con una disposición inclusiva de las distintas formas de diversidad sexual y tomando cuenta de la complejización de las organizaciones familiares.
Podemos recordar también en 1987, la ley de divorcio vincular durante el gobierno de Alfonsín. El hombre podía separar lo que Dios había unido en matrimonio. En 1947, el voto femenino acaudillado por Eva Perón. Radicalismo, peronismo, la ampliación e incorporación de nuevos derechos que reflejan los cambios sociales e incorporan nuevos valores hacia una sociedad más inclusiva y democrática. El periodista Mario Wainfeld se ocupa a veces de rescatar que incluso en el menemismo, tuvo lugar la buena nueva del fin del servicio militar obligatorio.
Lo central es que, en los sucesos reseñados y en el actual debate de la interrupción voluntaria del embarazo, la sociedad empujó, movilizó a la política a hacerse cargo de esa agenda. Un proyecto que nació de abajo hacia arriba, con la movilización social ampliada, con la marea verde y que encontró tal vez en el actual peronismo el ariete que lo empuje a la concreción. Pero la conquista es social, no hay que perderlo de vista.
Una demostración de esto es que, históricamente, la reivindicación del aborto fue casi exclusiva propiedad de partidos de izquierda acompañados en general de sectores menores de la población. Bregaron por ese derecho de la mujer desde hace muchísimos años, y justo es reconocerlo cuando alcanzó la propuesta aceptación en sectores mucho más vastos de la población. Predicaron en el desierto, y con la evolución de la sociedad, el páramo seco se volvió verde. Los partidos mayoritarios, con posibilidades concretas de gestionar el Estado o encarar la principal oposición, tomaron tradicionalmente posiciones conservadoras o directamente evitaron pronunciarse sobre el tema ante una sociedad en que los valores conservadores del catolicismo seguían constituyendo una parte importante de la cultura o del sentido común. Encarnaron una actitud parecida a la de Cornelio Saavedra respecto al jacobino Mariano Moreno antes de los sucesos del 25 de mayo de 1810. El jefe de los Patricios decía que había que dejar “que las brevas maduren” para la revolución, sin apurarse. En el caso de nuestra coyuntura, esperar que la sociedad estuviera preparada para dar la discusión.
En 2018, se animaron a mandarlo al Congreso, y en 2020 ya la situación se encuentra más madura. Resta la votación en el Senado, no está dicha la última palabra. Queda pendiente la sanción del derecho normativo, la batalla cultural se insinúa mayormente inclinada del lado verde. Verde que te quiero verde. Pero no es una disputa con los celestes, porque para superar el conflicto hay que apostar a una idea de convivencia, tolerancia, transversalidad. En ese sentido, es importante la figura de la objeción de conciencia de parte del médico, para que nadie se encuentre obligado a hacer lo que no quiera respetando sus creencias y principios. Pero resguardando el derecho de la mujer gestante de decidir sobre su cuerpo y su deseo de maternidad en forma segura, dejando atrás la situación de extrema vulnerabilidad subjetiva y sanitaria a que la condenaba una sociedad hipócrita. Una cuestión de ampliación de derechos y de salud pública que ensancha la democracia y la secularización de la sociedad y el Estado, en un país donde hasta los nacimientos y defunciones los anotaba la Iglesia en los tiempos fundacionales. Donde había una plaza y, en su derredor, la casa de gobierno y la Iglesia en cada pueblo. Una secularización progresiva para que aceptemos que las creencias son un derecho completamente respetable pero no deben imponerse como dogma, obligación, sometimiento a todos los otros y otras. Avanzando hacia una sociedad más democrática, con ampliación de derechos y cuidado del otro. Y que sea ley.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

La trinchera subjetiva

Cada año que pasa resulta más claro que la vida pública y privada se definen a partir de la dimensión virtual. La globalización ha creado una integración absoluta y es en las telarañas de la red cibernética en donde se desarrolla la mayor parte de la subjetividad del ser. No estaríamos descubriendo nada si decimos que quien controla las pantallas, controla al humano. Lo que hay que quitarle para someterlo es la conciencia. En función a este objeto, el sistema ha ido construyendo sus dispositivos mediáticos, que con el transcurrir del tiempo se  transformaron en monopolios que capturan los razonamientos a través de distintos formatos.

A pesar de la desigualdad en las condiciones de lucha, en cada una de estas versiones mediáticas existen resistencias que combaten las hegemonías. En este sentido, la batalla cinematográfica si bien se presenta de manera elegante y sutil tiene una densidad que envidiaría cualquier Stallone. A fin de brindar un ejemplo, tomaremos la obra Riff Raff del director ingles Ken Loach. Esta película narra la realidad de un grupo de obreros londinenses que en 1990 viven las consecuencias de las políticas neoliberales del thatcherismo. Un momento en el cual existe una tendencia que desintegra los tejidos sociales a través de los ajustes propuestos por los gurúes de la economía de mercado.

Este tipo de obras adquieren un considerable protagonismo al contraponer a la espectacularidad hollywoodense de marcianos, amores imposibles y terroristas en la sopa, una visión social de las clases bajas y sus dramas en el seno de la civilización europea, no en la periferia más extrema, sino en la Inglaterra actual.

Hay una escena central que expresa el compromiso. En un momento, a la mitad de la jornada laboral, un obrero se encuentra frustrado por su vida miserable y decide ir al departamento de muestra que tiene la construcción a tomar una ducha. En el medio del baño, aparece una vendedora acompañada por dos potenciales compradoras musulmanas, que a juzgar por la vestimenta aparentan ser de las ramas más ortodoxas.  El trato hacia ellas de parte de la empresaria es sumamente cordial. No hay rasgos de desprecio, miedo ni sorpresa. Al contrario, se disculpa efusivamente por el comportamiento de un compatriota. Una posible interpretación podría ser que si existe temor es hacia la pobreza. Hacia los musulmanes pobres. Los musulmanes ricos son bienvenidos y bien atendidos. Esta escena es un verdadero acto de “terrorismo”. Desnuda una retórica construida para homogeneizar un discurso muy alejado de la realidad. Un misil de cinta dirigido hacia los popes del poder mediático occidental que llenan las pantallas grandes con mareas de películas antiterroristas, construyendo un estereotipo musulmán fundamentalista y suicida.

En estos tiempos en donde lo virtual ha cobrado una fuerza arrolladora, el cine es una carta que todos quisieran dominar, ver es más importante que creer. No es una mera parte de la vida cotidiana, sino la vida cotidiana misma. El cine social tiene una ardua lucha por delante.

Entiendo que esta reflexión es pesimista pero no tengo elementos para pensar de una manera diferente. Ahora, ¿Qué busca el poder mediático con su inagotable voracidad de poder? Estoy lejos de creer que las cuestiones sociales se puedan definir por una única causa, sino que el matiz es central en todo análisis. Pero hay fenómenos que son más sustanciales que otros. En este caso, se podría suponer que el principal objetivo es el continuo relleno de contenido. El sujeto resulta ser un recipiente que debe llenarse hasta agotar cualquier razonamiento. El sujeto receptor, imposibilitado de cualquier tipo de constitución de ideas originales.  De esta forma,  se aseguran la chance de construir el entramado del sentido común que les será imprescindible para sostener un sistema de valores. Así podrán imponer políticas funcionales a sus privilegios y la resistencia será escasa o prácticamente nula.

El poder mediático no es único factor, pero está claro que es determinante. Thatcher utilizo a los medios como herramienta central en el ataque al movimiento sindical. El resultado fue un desmoronamiento letal para cualquier organización social. En el plano local día a día vemos un desaforado ataque a los dirigentes sindicales por parte del gobierno de cambiemos, según ellos la causa de todos los males. Desde los metrodelegados hasta aerolíneas. Desde las organizaciones sociales hasta camioneros. Tapas y tapas de diarios que construyen el colchón argumentativo en donde el discurso gubernamental descansa y el sentido común nace.

En el mundo de hoy este sentido funciona como paradigma. Para ser un sabio solo hace falta conocer las respuestas a preguntas previamente configuradas. El saber esta cuestionado y se impone una universidad del sentido común. ¿Por qué no enseñar todas las respuestas a las preguntas que se van a ir presentando en cada etapa de la vida, y que ya sabemos de antemano? El poder con sus garras intenta homogenizar el sentido y diseñarlo, cubriéndolo de una capa impermeable al razonamiento propio.

La reflexión nos lleva de esta manera a una categoría en construcción contemporánea, la posverdad. Miente, repite, acribilla de contenidos que algo quedara. Pero la cuestión resulta más compleja. Porque las personas se están convenciendo de algo que saben que no es real y aquí radica uno de los principales triunfos del sistema. No solo quitó la duda, sino que también, ante la certeza de que un hecho no es cierto, el ser esta eligiendo creerlo si se adapta a la configuración de su sentido. El paroxismo del sentido común.

No es que no haya esperanzas, la batalla cultural aún se está dando y mientras que existan detractores la colonización pedagógica seguirá incompleta. Pero no podemos negar que en la correlación de fuerzas hay una clara ventaja para aquellos sectores de los eternos privilegios. No queda otra que seguir fomentando las obras y sectores que lleven los estandartes sociales como bandera. Aquellos espacios que brindan la posibilidad de visualizar las penurias de los de abajo, que otorgan un lugar de expresión a los que siempre han estado en silencio y que habilitan la zona de reflexión. No es ni será fácil, pero como canta uno de los tangos más hermosos que tenemos: “Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias. Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina.”

Ignacio Calza

La pausa son cinco minutos.

La nueva anormalidad parece consistir en ubicarnos en la cifra de decenas de mil de casos diarios del coronavirus. La encrespada cuesta hacia arriba, durísima, anodina y aterradora. La sensación que se hace presente de que, hicieras lo que hicieras, la hecatombe llegaría igual. Signos de saturación en el sistema de salud y en la primera línea de fuego del personal sanitario que expone y muchas veces dejan sus vidas en el flagelo. La cuarentena temprana que permitió reforzar el sistema de salud, sumar camas y la sensación de que igualmente nada alcanza, que viene la creciente brava del río y no importa que hayas puesto la casa arriba de unos pilotes. Pero peor era no haber tomado las prevenciones, por supuesto. Pero llega el momento en que nada parece alcanzar. Y ¿entonces? La bifurcación que se insinúa en el camino de los tres oradores que definían en cada período las características de la cuarentena. Fricciones y desacuerdos que habían tenido lugar, las más resonantes acerca de la reforma judicial y un primer intento de vuelta a las escuelas de la Ciudad de Buenos Aires cuyo protocolo fue rechazado por el gobierno nacional.

Un conurbano que parece desmadrarse en el número de casos siendo sin dudas uno de los factores la mayor vulnerabilidad social en general de su gente y la mayor densidad de población. La Ciudad de Buenos Aires que insinúa un amesetamiento pero cada semana en un escalón más alto. Y entonces, se materializa cierta separación tanto en las políticas de flexibilización encaradas como en la forma de exposición del mensaje entre los amesetados y los que tienen una escarpada evolución del número de casos. También puede leerse la disolución del triunvirato anunciante de la próxima fase de la cuarentena como el deseo de no quedar vinculado al desastre ni ser el padre de la derrota. Nadie quiere ser el J.J López descendiendo en el Monumental pese a haber hecho una buena cantidad de puntos, arrastrado por las campañas de los anteriores DT que en esos momentos aparecían esfumados en la percepción de la gente.

Habla solo el Presidente. En cinta de video, sin interlocución. Tal vez, porque hay más preguntas que respuestas. Porque las certezas se encuentran naufragando, pendientes casi psicóticamente de ese momento fatídico diario en que el país se toma la fiebre recontando los números de infectados, fallecidos y los recuperados consignados al final, casi como una apostilla. El momento del parte vespertino, del que hablara en un relato publicado en revista Marfil Juan José Romero. No hay distracciones de eso, y las que se intentaron vuelven a hacer aparecer la grieta a veces de forma furibunda: la reforma judicial, el último evento. Sin distracciones sociales en general  en el país, con las escuelas y los clubes cerrados. Sin fútbol. Todas las miradas se conducen sobre la pandemia definitivamente haciéndose carne en la Argentina, con su peligro de desborde consiguiente. Legislar o hablar de otra cosa conlleva el riesgo de aparecer completamente ajeno al sentir de la gente. La coyuntura apremiante, exasperada envuelve todo y planificar el mediano plazo aparece como el lujo de los que no fueron arrastrados por la debacle ni tocados por el virus.

Cinco minutos habló el Presidente, sin laderos. Probablemente, sin armas tampoco desde que las políticas sociales encontraron bastante pronto su límite en una situación económica que también aprieta. El mensaje editado repitió el mensaje de que estamos lejos de superar el problema y una insinuación de la mejora relativa de la situación del AMBA, incluyendo subrepticiamente un reconocimiento a la postura de la Ciudad de Buenos Aires de avanzar en flexibilizaciones amparadas en los valores relativos de impacto de la enfermedad. También habló de la lamentable federalización del impacto de la pandemia en el país, con las situaciones preocupantes de Jujuy, Mendoza y Córdoba, entre otras provincias. Una mancha roja que se expande y cubre el mapa del país, y no es el comunismo como dicen algunos alucinados. En cinco minutos se intentó llevar un mensaje de balance de una situación epidemiológica preocupante pero amparándose en los números relativos de otros países. Estamos mal, pero no tan mal, como diría Guido Kaczka. Si a veces la excesiva extensión de la conferencias de prensa despertaba críticas, esta vez fueron cinco minutos. El mismo día del anuncio, el Presidente Alberto Fernández viajó a Santa Fe y anunció sobre el río Paraná la federalización del corredor fluvial. A sus espaldas, corrían las aguas amarronadas del río surcadas de camalotes pero desiertas de barcos. La política también es el ejercicio de creatividad de pensar en el mediano plazo, aún a riesgo de parecer ridículo. Es imaginar el tiempo en que los barcos vuelvan a surcar las aguas y recomponer las deterioradas líneas ferroviarias que conecten los puertos con el interior profundo del país. Es hacer coincidir los protocolos sanitarios de la coyuntura apremiante con una mirada un poco más allá. Desafío complejísimo, en una coyuntura excepcional. Es ponerse a discutir y analizar políticas sin verse arrastrado y obligado por la coyuntura. No ir detrás de los acontecimientos, sino crearlos. Saber hacer una pausa, en medio del dolor y la tragedia. La pausa son cinco minutos.

Por Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

La prensa se repite

A lo largo de la cuarentena fue creciendo el furor por una serie de la que mucho hablamos y poco entendemos: Dark. Si bien seria difícil de definir lo cierto es que nos pone a pensar en el tiempo y la influencia del pasado sobre el futuro, el presente y viceversa. Una especie de circuito que se retroalimenta en donde nunca sabemos cual es el principio y cual el final. Podría pensarse tranquilamente desde la comodidad artística del cine, pero como dice aquella vieja publicidad del canal isat, a veces la realidad supera a la ficción.

Esta ultima semana el periodismo volvió a estar en la escena por su verborragia de espada debido a algunos intercambios con funcionarios de primera línea que con alguna equivocación provocaron el desenvaine de la libertad de expresión con pretensiones de argumentos inaugurales. Lejos quedaron los tiempos en que la discusión entre dos figuras representativas de sectores de poder podía ejercitarse sin el temor de que una diferencia se transformara en argumento que busca desangrar al contrincante.

Con esa pretensión inaugural este estilo de periodismo interviene en el pasado borrándolo por completo. Quizás por completa ignorancia. Quizás por buscar arropar sus intereses. Pero el pasado existió y está documentado.

Juan Bautista Alberdi fue uno de los mas grandes pensadores argentinos. El otro fue Sarmiento. Dos líneas que se cruzaron en fuertes polémicas cuyo contenido intelectual no podría adaptarse al formato de panel. De todas maneras, forzando la comparación y para demostrar que nuestros periodistas de hoy, muy a pesar de sus brillantes luces, no son mas que degradaciones de un debate que desconocen y los excede, apuntaremos la linterna a un momento histórico para llegar a un pasado que se pretende diluido pero que no deja de intervenir.

Alberdi luego de Caseros en 1852, en apoyo a Urquiza, le escribe a Sarmiento que, si bien había apoyado al Caudillo en su lucha contra Rosas, unos meses después desde sus publicaciones de prensa lo destroza por no seguir sus consejos. Es decir, la política aplicada no era congruente con sus propios intereses. Veamos que le dice Don Juan Bautista en sus cartas quillotanas desde Chile:

La prensa que subleva a las poblaciones argentinas contra su autoridad, haciéndoles creer que es posible acabar en un día con esa entidad indefinible y pretende que con solo destruir a este o aquel jefe es posible realizar la republica representativa desde el día de su caída, es una prensa de mentira, de ignorancia y de mala fe; prensa de vandalaje y de desquicio, a pesar de sus colores y sus nombres de civilización.

Sigue Alberdi:

Destruir es fácil, no requiere estudio; todo el mundo sabe destruir en política como en arquitectura. Edificar es obra de arte, que requiere aprendizaje. En política, en legislación, en administración no se puede edificar sin poseer estas ciencias y estas ciencias no se aprenden escribiendo periódicos, ni son infusas.

Mucha capacidad del prócer olvidado para explicar desde el pasado la situación del periodismo presente. Quizás la misma que ha mantenido a lo largo de su historia. Una sed de destrucción cuando su ego se ve herido por un argumento que lo contradice. Una falta de talento para construir cualquier cosa que escape a los metros cuadrados del estudio de televisión. Una brutalidad intelectual que si bien se explica por la defensa del interés, resultaría escaso para analizar un discurso de paquete que carcome el pasado, el presente y el futuro.

Que pena no tener una cueva para arrojarnos a las napas de la historia y traer al presente aquellas mentes que supieron esclarecer cuestiones de suma complejidad. Quizás podríamos cambiar el curso del tiempo. Quizás el periodismo dejara de llorar y pudiera enseñorear la profesión dándole la espesura que alguna vez supo tener.

Ignacio Calza

Vicentín: las formas y el fondo

La puja de poderes cobra cuerpo en Vicentin y la ensaladera ya se parece demasiado a una bolsa de gatos. El Ejecutivo planteando la intención inicial de expropiar y decretando la intervención. Una manera poco republicana, las formas a veces son importantes para llegar a buen puerto. Reacción de los intereses afectados, se abroquela la oposición en contra del proyecto, el juez degrada al interventor estatal designándolo veedor. Casi un concurrente sin voz ni voto, un observador sin funciones ejecutivas. Partido, puja en desarrollo. Cacerolazos, banderazos, editoriales periodísticos opositores esgrimiendo la discutida constitucionalidad de la medida. Todos los caminos parecen conducir a suavizar la intervención estatal, aflojarle el filo a la cuchilla de la decisión del Ejecutivo para que no pudiera ir a fondo. Pero en pocos debates se planteó la cuestión estratégica, lindante con la soberanía. ¿Qué intervención debe tener el Estado en la exportación de cereales? Sector con un indudable poder de generación de divisas y de influencia en el mercado de cambios y la valoración (o desvalorización) de la moneda. El debate se detuvo en la debilidad de las formas escogidas (poco republicanismo e incluso el amparo en una ley de Videla) tapando completamente la cuestión de fondo de si Vicentin debe ser o no estatal, o cuál es el papel que debería cumplir el Estado en la regulación del sector.

Habló Perotti de una alternativa a la expropiación, palabra esta última que se cuida de volver a pronunciar como intuyendo el peligro de que lo excomulguen de su tierra. Habló a favor de la expropiación en un principio, y retrocedió inmediatamente cuando se armó el tole tole. En Santa Fé gobierna un peronismo de buenos modales, y el Frente de Todos incluye ideologías progresistas  pero también de centro. A los centristas se los necesitó para ganar, y el desafío de la gestión se constituye un galimatías gigantesco en que una decisión tomada por el Ejecutivo no puede tropezar con las formas ni aparecer como invasiva de otro poder del Estado o incluso una gobernación.

A esta altura con los medios de desinformación a pleno ya no se ve con claridad qué puede pasar, pero el golpe a la estrategia expropiadora inicial fue importante. La intervención estatal probablemente perderá intensidad (de interventor a veedor) y todo pareciera seguir su curso hacia un desenlace más afín a los sectores del poder. Hecho que confirma la dificultad creciente de impulsar medidas que afecten a intereses concentrados fallando en las formas y no habiendo anticipado un acuerdo interno que permita sostener la decisión luego de los cacerolazos, banderazos y el bombardeo de medios de comunicación influyentes. Como decía el gran Arturo Jauretche, si algo le gustaba o le disgustaba a La Nación, antes de ver de qué se trataba por las dudas se paraba en la vereda de enfrente.  

La Argentina parece dividirse en tres tercios. Un tercio kirchnerista duro, un tercio macrista y otro tercio de centro que se balancea hacia un lado o hacia el otro de acuerdo a la situación. En las elecciones, el Frente de Todos supo atraer una parte significativa de ese centro con la entronización de Alberto Fernández en el primer término de la fórmula presidencial y la incorporación de Sergio Massa. El macrismo se mantuvo en su tercio, no pudiendo ampliar demasiado el atractivo de su propuesta a otros sectores sociales. Y bien, a la hora de gobernar, tenés en tu equipo a los apurados y a los retardatarios, como decía Perón. Los que quieren cambiar cosas rápido y los conservadores de las formas y los procesos institucionales. Una delicada alquimia que requerirá no fallar en las formas para conseguir los objetivos de fondo. Una sintonía fina muy delicada, que requerirá para conjugarse que los apurados se hagan más observadores de las formas republicanas y los conservadores un poco más sensibles a una agenda progresista. 

Hace poco, se conmemoró el aniversario de la Revolución de Mayo, un hecho exitoso y que tuvo entre sus participantes al jacobino Moreno y el conservador Saavedra. La unión para ganar, integrando las diferencias. El final, en este 2020 entre tanto lío e informaciones cruzadas, está abierto, porque interactúan actores dinámicos, con poderes distintos, pesos y contrapesos.  Negro o rojo, la pelotita rebotando en la ruleta. También, puede ser vista como la puja entre las formas conservadoras y el fondo de una medida que quiere ser progresista. Y cualquier cosa puede pasar. Difícil que triunfe alguna de las tendencias y actores en puja en estado puro: el Estado, la empresa, la sociedad dividida. Porque la pelotita en la ruleta indescifrable puede caer en rojo o negro. Pero también en verde, el cero.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

Vicentin, o patear el hormiguero

El anuncio de la expropiación de Vicentin sorprendió a todos. El gobierno parecía hacer la plancha o estar subsumido detrás de las lineamientos conservadores de los infectólogos. Y, de repente, un cambio de frente, hacia el lateral izquierdo. La política se despertó del encierro de la cuarentena demasiado prolongada. Y se revolvió todo, muchos se pusieron a criticar la medida, otros a elogiarla, y algunos yendo por la avenida del medio. El gobierno se resolvió a patear el hormiguero, y claro, te van a picar las hormigas (las negras, y las coloradas también).

Banderazo en la empresa y cacerolazo en varias ciudades del país, la medida no fue bien recibida por un sector significativo de la población acompañada por algunos medios de comunicación. La crítica rancia de los sectores de la derecha política apuntó una palabra fuerte: tragedia. Les parece un motivo para ponerse de luto que el Estado expropie una empresa, que el ente público se ponga a jugar en el mercado como un actor más, si no el preponderante. Los pretendidos herederos de Adam Smith y economistas de variado pelaje pero indudable formación, apuntan a que nos convertiremos en Venezuela y que el intervencionismo lleva a la pobreza, a la falta de confianza de los presuntos inversores que nunca pero nunca llegan, ni cuando tuvieron un gobierno presumiblemente más afín en el interregno 2015-2019. La lluvia de inversiones nunca llegó en esos tiempos, teniendo lugar en realidad una precipitación al revés, desde el país hacia paraísos fiscales destino de la fuga de divisas. Otros aliados de este sector son los leguleyos y los defensores del republicanismo, que hablaron de la Constitución Nacional y sus artículos 17 y 14 (del 14 bis nunca se acuerdan). Y el gobierno que, curiosamente, se ampara en una ley de Videla, madre de Dios. Es que todo se conjuga para volver la expropiación una ensalada, una arena movediza que hace difícil avanzar. Complicado casi como cuando se ensayaron las retenciones móviles tibiamente progresistas en el 2008 y el proyecto perdió en tiempo suplementario y por penales con el voto sorpresivo de Julio Cobos. Hay que reconocer que en la Argentina es muy difícil ser progresista, intentar tocar algún interés sin que se arme kilombo.

Y bien, también hay críticas desde sectores progresistas o de izquierda, que tienen que ver con el hecho de que el Estado se haría cargo de la deuda de la empresa y “todos contentos”, en particular algunos acreedores y bancos. La observación es atinente, pero es preciso apuntar que la banca pública era una acreedora de importancia en el concurso, al igual que las cooperativas de productores que entregaron el producto de su trabajo recibiendo papelitos de colores. Sería una nueva estatízación de la deuda, pero con la sustancial diferencia de que el Estado gestionaría la empresa. Si atendiéramos a que sólo es un problema de no acumular deudas o pasivos, tendríamos que concluir que las privatizaciones de los años 90 estuvieron bien hechas porque las empresas públicas eran deficitarias. Pero es necesario apuntar que es deseable que el Estado tenga una intervención y ser un jugador importante en el mercado, más allá de los costos económicos que pudiera implicar. Cuando a Perón lo criticaban con argumentos similares cuando nacionalizó los ferrocarriles, Sclalabrini Ortiz lo defendió diciendo: con los ferrocarriles, comprás soberanía. O sea, hay que tener en cuenta (pero en un nivel secundario) las ganancias o las pérdidas inmediatas, pero mucho más importante es que el Estado sea un actor de peso, en el caso de esta empresa, en la exportación de cereales. Poner el pie en el fango de un sector que a veces retiene las exportaciones a la espera de devaluaciones, acumulando los cereales en los silos y timbeando con el valor de la moneda en los mercados de divisas. 

Un bien estratégico, y en este sentido cobra sentido que el Estado lo gestione. Otros impugnadores de la medida dicen: no pagan 500 millones de dólares a los bonistas y se ponen a gastar más de 1000 millones en Vicentin. Es que de eso se trata. De que el Estado tenga autonomía para hacer con los recursos públicos lo que más convenga a un proyecto estratégico. Postergar (parcialmente, sin hacer locuras) a los buitres y tenedores de papeles de deuda y ponerse a inventar un Estado empresario de la nada, en la cornisa del default. Sin ser revolucionario ni mucho menos, el gobierno gestiona, en este caso, de una forma independiente a lo que la ortodoxia piensa, volviéndola loca y sacándola de las casillas. Una semana en que la política se despertó, emergió por detrás de los infectólogos para tomar el centro del escenario. Con todos sus bemoles, marchas, contramarchas y contradicciones, bienvenida sea. Estas arenas movedizas son mucho más estimulantes que la pasividad o el ocuparse sólo de la urgencia que se arrastraba, inercia de la necesidad de la cuarentena.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

 

Tal vez una nueva era

Parecemos transitando una historia ni siquiera imaginada por Isaac Asimov, Ray Bradbury o Julio Verne. No hizo falta llegar a Marte para sorprendernos con lo desconocido. Y es todo lo contrario a ensayar una vuelta al mundo en 80 días. ¿Cuarentena de cuántos días? ¿Quién sabe ya de cuánto tiempo? Durará lo que tenga que durar, dijo el Presidente Alberto Fernández.

Los relatos de ciencia ficción necesitaban el afuera, lo desconocido, la imaginación buscando trascender la realidad de lo material, de lo táctil, lo cognoscible que teníamos a mano. Pero casi nadie habrá escrito la historia de quedarse en casa. 

¿Qué estás haciendo, mirando el techo?, suele ser el comentario despectivo cotidiano hacia las personas poco propensas a deambular, transitar, emprender. Que el capitalismo se hizo recorriendo el mundo, conquistando América, sojuzgando a los “buenos salvajes” que había imaginado Rousseau. Quedarse en casa emula casi a un volver a la Edad Media, donde todo quedaba más cerca. El campo, el señor, los siervos de la gleba, el ganado, la artesanía. Los negocios de proximidad, diríamos ahora. Del pueblo a casa y de casa al pueblo. Quedate en casa, o por lo menos en el barrio como se dice en la provincia de Buenos Aires, donde la cuarentena se pone más peliaguda para los que menos tienen. Mercado local, el artesano, los nobles, el rey, el señor. Y la Iglesia. A la globalización y el capitalismo desencarnado se le cayó el maquillaje dijo el Papa Francisco un mes atrás en una Roma desierta, conmovida, devastada por la enfermedad.

Lo que no pudo la Inquisición con sus feroces métodos ¿lo puede hoy un bichito? ¿Hacer retroceder a la Humanidad casi 500 años? Un microorganismo que ni con microscopio casi podés ver, un ser irracional que vino a poner en jaque a la Razón, con mayúsculas. A la globalización, a la ciencia, que casi que termina apelando a las cuarentenas del Medioevo. A la Ilustración, a los derechos sociales que vino a entronizar la revolución francesa: la libertad, la igualdad, la fraternidad. Libertad de quedarte en casa a resguardarte o a morir si ya no hay donde internarse. La igualdad, que la peste toma a pobres, a ricos, pero se ensaña con los viejos y los más vulnerables por el hacinamiento que cristaliza la deuda social a la que nadie había prestado demasiada atención. La fraternidad del miedo común a perder la vida y buscar el resguardo en el Estado Moderno, que se impone a la Globalización. Casi que volver a la Edad Media, a la antiglobalización para retornar a lo local, al Estado, lo que nos queda cerca. Y la economía que tambalea. La amenaza se cierne casi como una sentencia que se insinúa: los que sobrevivan, serán más pobres. 

La burguesía, esa clase emprendedora que dominó el mundo, se aburguesa, se apolilla en cuarentena. Una maquinaria que producía riqueza e injusticia social en el mismo movimiento, se queda de repente quieta, funcionando a media potencia. Y ¿qué seguridad dejó? ¿De dónde agarrarse ahora? ¿Y qué hacer, si todo funciona en ese engranaje sistémico, donde todo se relaciona con todo: las compras, las ventas, la producción, la ganancia, la plusvalía, el salario? ¿Cómo independizar al trabajador del capital, si fue primeramente desposeído de todo? ¿Cuál es el valor de una fuerza de trabajo encerrada en la casa y el de un comercio con las puertas cerradas? 

Se quedó sin energía eléctrica la maquinaria capitalista, que funciona a duras penas con el grupo electrógeno de la virtualidad del home-office. Se recuperó la capa de ozono, y se demoró por un tiempo el progresivo calentamiento global. Se enfrió, tal vez demasiado, el mundo. El futuro sólo depara interrogantes. Porque la sensación (que en el transcurso del tiempo se impone como una certeza) es que el día después de la pandemia no será igual al momento cero en que el coronavirus se inició en Wuhan. Olvídense de la normalidad, dijo Axel Kicillof a las cámaras y causó revuelo. Subleva, indigna no poder volver a cierta estabilidad, previsión, seguridad. Las certezas naufragaron y para colmo pareciera que empezamos a transitar la espiral ascendente de la multiplicación de contagios en Argentina. La sensación es que el coronavirus no abrió un paréntesis que se cerrará el día en que se dome la bendita curva, o el mundo entero vuelva a quitarse el barbijo para salir de la casa. No parece un paréntesis, sino un punto y aparte. Un cambio de hoja, un nuevo capítulo. Tal vez una nueva era, que no sabemos ni siquiera de qué estará hecha.

Sebastián Giménez. Escritor y trabajador social.

 

Apaga la tele

Si decimos que la televisión es una basura no estaríamos descubriendo nada nuevo. Salvo algunas excepciones, en la historia del aire hemos visto un cumulo de tristezas grasientas que elevan el colesterol cerebral tapando las arterias del pensamiento. Ficciones barretas en donde un pobre y un rico se enamoran, pero no pueden consumar porque siempre hay un personaje oculto escuchando tras la puerta alguna conversación clave. Un periodismo googleador cuyo recorrido en la investigación tiene la distancia que puede abarcar el cable del mouse y programas de debate sobre la realidad con un panel de intelectuales de los gritos.

Sin ir más lejos, con solo nombrar a las tres figuras femeninas mas reconocidas de la argentina, las divas, nos damos cuenta del nivel que tiene nuestro cubo mágico: Mirtha Legrand, haciendo el mismo programa durante 50 años, un almuerzo con invitados, la alquimia de la creatividad. Susana Giménez, la eterna vuelta esplendorosa que queda en la nada dos programas después y Moria Casan, una persona que se cree superior por poder hilvanar una frase pero que ha visto crecer su fama a través del teatro de revista. Si, teatro de revista. Dejaremos el análisis de dicho genero paupérrimo que carece de cualquier tipo de talento para otra ocasión.

Todo esto se encuentra normalizado. Estamos acostumbrados a que los productores y toda la tele en general abaraten costos y escondan su falta de talento bajo el falaz argumento de lo popular. En realidad, insultan a las clases populares con sus contenidos. La gente no los ve porque es lo que eligen sino porque es lo único que les ofrecen. El canal encuentro fue una ruptura y tuvo audiencias masivas, en su mayoría de las clases populares. Pero no, nuestros popes de la tele sostienen la brutalidad más abyecta y continúan con su lógica.

Hasta ahí, por mas que nos pese, la normalidad. Pero en tiempos de pandemia la cosa se reconfigura. El virus ilumina no solo la falta de talento sino también la miseria del aire. El sábado a la noche se veía a muchos famosos sentados en una mesa comiendo sin ninguna protección y a menos de un metro de distancia. Ninguno era esencial ni transmitía un conocimiento infectologico. Los productores invitan y los invitados asisten. Son parte de lo mismo. Una bolsa que junta idiotas y miserables. Ver el domingo el programa del imbécil de Marley revolcándose por el piso con su invitada fue desolador. Y digo imbécil porque así construyo la carrera, siendo un imbécil. No creo que lo sea, mas bien es un endemoniado sanguinario que haría cualquier cosa por fama y dinero. Incluso reírse de un país entero que sufre por no poder reunirse con familiares. Incluso burlarse de los más de trescientos muertos y de sus seres queridos que no pudieron acudir a la despedida por el virus.

Nuestra televisión siempre fue un nido de ratas, se trate del genero que se trate. Pero hoy esas ratas están mas hambrientas que nunca y se comen a los muertos. La solución esta en el control remoto. Como aquel capitulo de los simpsons en donde se mata a las publicidades al no prestarles atención. Deberíamos apagar la tele para contribuir a que estos irresponsables dejen de poner en riesgo la vida de toda la población.

Ignacio Calza