Sergio D`Angelo: “Me volví de Malvinas con un Hércules que no le cerraba la compuerta”

Sergio Gabriel D`Angelo es el dueño de la librería Tienda de Libros ubicada en Vicente López, provincia de Buenos Aires. A su vez, es egresado del Conservatorio Nacional de Artes Dramáticas. Ejerció como docente y es actor. Hace 37 años le tocó vivir un momento trascendental en su vida: La guerra de Malvinas.

Su participación se dio, principalmente, desde continente.

Hoy forma parte de la concertación TOAS, una agrupación que nuclea a todos aquellos que operaron desde el teatro de operaciones del Atlántico Sur. Esto es desde el Paralelo 42 hasta Tierra del fuego, la declarada zona de conflicto. En estos días estarán presentando en el Congreso un proyecto de ley para que su condición sea reconocida. La historia de todos ellos fue muy pocas veces contada. Esta entrevista de Revista Marfil busca abrir las puertas de esta discusión pendiente. Es parte de la memoria que debemos a nuestros héroes.

Revista Marfil: ¿Cómo arranca la historia que te termina haciendo participar de la guerra de Malvinas? Por ejemplo, el servicio militar.

Sergio D´Angelo: Me sortean para la colimba en noviembre del ´81, con 17 pirulos. En diciembre cumplí los 18. El 11 de enero me presento en el distrito de San Martín. Me toca en la 9na brigada de Comodoro. De San Martín al Palomar y de ahí a Comodoro. En un par de horas. La familia no sabía nada. Llegamos con nuestra ropa, chomba, pantalón y vaquero y durante siete días exactos nos sacaron el DNI y fuimos indocumentados, con lo que teníamos puesto. En esos días, te ablandan, ni te dan la ropa de ellos, ni la cédula militar. Durante siete días exactos no sos nadie. A la noche te lavás los calzones y esperás que se sequen debajo del colchón. No tenés nada más y estás a miles de kilómetros de tu casa. Venía del Colegio Nacional de Vicente López con un poco de actividad intelectual, con compañeros desaparecidos, con movimiento. Mis primos mayores ya habían pasado climas pesados dentro del colegio. Y caemos en la época de desgaste de la dictadura. Momento complicado. En esas brigadas de la fuerza aérea, y en las dependencias de otras fuerzas pasa lo mismo, son destinos retirados y suelen ser depósito de personal castigado. Es decir, la gente con la que uno se cruzaba tenía un historial particular dentro de la fuerza. Por algo fueron a parar ahí. Diversos motivos: desde pavadas hasta cosas más serias. La Novena Brigada incorporaba más o menos unos 350 colimbas por año. De la zona de Patagonia podían ser a lo sumo 20.

RM: La de Comodoro Rivadavia es una de las brigadas más grandes

Sergio D´Angelo: Es una brigada grande porque tiene aeropuerto, dos compañías, una militar y una de servicios, y un escuadrón técnico. Ahí se distribuyen labores con la meritocracia que corresponde según conocimiento. El que no sabía hacer nada iba de guardia todos los días. Yo llegué habiendo terminado un profesorado de inglés, cosa que me benefició y acopló a otras labores. Fui a laburar a una oficina. Eso fue el 11 de enero de 1982, dos meses después como estaba en una oficina de mando, empiezo a ver este barullo. A fines de marzo, me habían mandado a Buenos aires a hacer un trámite. Estando allá mandan un telegrama diciéndome que iba a tener que volver. Por el tema del inglés, el Brigadier Crespo, que después sería el comandante de la fuerza aérea sur, le había pedido al mayor que me mandara al escuadrón técnico. Muchísimos de los manuales de operación de mantenimiento de aeronaves estaban en inglés.

RM: Mantenimiento de las aeronaves que empezarían a operar.

SD: Sí, claro. Los suboficiales no tienen inglés en la carrera. Entonces en épocas de paz los esperaban a los pilotos para preguntarles, pero ahora los tipos estaban en otra. Cuando llegué me encontré con una biblioteca infernal de manuales. Me pusieron en un escritorio con una máquina de escribir. Me gustaba el tema aeronáutico. Estamos hablando del hangar mayor de la novena brigada que se llama grupo técnico 9. Ahí trasladaron toda la labor de la fuerza sur. Todo avión que tuviera que hacer mantenimiento, inclusive el escuadrón Hércules que era el de transporte de pasajeros y pertrechos. A mí me instalan ahí, en un vestuario que usaban los oficiales y suboficiales cuando llegaban. En una especie de ante baño, nos pusieron dos camas dobles que compartimos con otros dos colimbas. Teníamos que estar al pie del cañón. Por ahí tenias que cargar un avión para llevar cosas a Malvinas o Río Gallegos.

RM: ¿Cómo viven el 2 de Abril?

 SD: Después del desembarco, en la toma del 2 de abril y hasta el 1 de mayo el laburo era con orgullo y con alegría porque para nosotros era formar parte de una gesta. Los viajes eran llevarle correspondencia a los compañeros, encomiendas. Íbamos en un Boeing a llevar gente o correo y traíamos cartas de allá. Después del primero cambió la película absolutamente.

RM ¿Que se comentaba en el período del 2 de abril al 1 de mayo, hasta el momento que empiezan los combates?

SD: No había espíritu bélico. Teníamos cortada toda la comunicación. Vivíamos en una burbuja de información interna. El clima que había era sostener la situación y se compartía con las otras unidades: Rio Gallegos y San Julián. Luego se empezó a llevar cada vez más gente, eso llamó la atención. Se hizo una suplencia de personal. Todas las unidades tenían que quedar con suficiente personal y más. Había que exceder el normal. Si de la novena brigada se fueron 200 a instalar en las islas, vinieron 300 de Corrientes o Chaco, los famosos movilizados. Se implantó lo que se llamó el TOAS, el Teatro de Operaciones del Atlántico Sur. Del paralelo 42, que es aproximadamente Bahía Blanca, para abajo todas esas unidades eran pie de guerra.

RM: Toda la extensión en guerra, incluso en el continente.

SD: Exacto. A mí me tocó hacer un viaje. Nos dijeron que íbamos a ir a Mendoza y era mentira. Había  espías chilenos. En el litoral marítimo, Bahía Blanca, Viedma y toda la zona superior de la Patagonia tuvieron montones de situaciones. Inclusive hasta estadounidenses. Helicópteros que aparecían en la costa o baqueanos patagónicos que algunos serían chilenos y otros quizás no, pero había muchos. La mayoría de las ciudades grandes como Comodoro o Río Gallegos estaban con toque de queda y simulacros de bombardeo. Clima de guerra.

RM: ¿Pega rápido el comienzo de la guerra?

SD: El 1 de mayo tuvimos el primer bombardeo y un compañero de nuestra brigada murió en la carpa por la expansión de la bomba. Eso nos pegó inmediatamente. En el hangar donde estábamos teníamos buena comunicación con la isla y todos los pilotos. Empezaron los vuelos nocturnos, ciegos, sin instrumentos. Los vuelos a 5 metros del agua. Recién ahora se desclasificaron algunas misiones que eran secretas y van a condecorar al personal que intervino en esas operaciones. Eran los vuelos locos. Los tipos salían a desorientar radares para que las misiones de verdad hicieran lo que tenían que hacer. Salían con un Pucará, una ametralladora y una bomba improvisada. Se hizo muchísima labor de ingeniería argenta para los aviones. Instalar bombas donde no iban, de todo. Los aviones Hércules viajaban sin instrumentos, sin luces, sin armas y a 10 metros del agua. En la unidad nuestra que era transporte y carga llevábamos fundamentalmente armamentos y tropas. A la vuelta era traer heridos y nada más.

RM- ¿Vos ibas en esos viajes?

SD: Sí, a mí me tocaron 6 viajes específicos. Trajimos al único piloto prisionero británico: Jeff Glover. Lo trajimos a Comodoro, estuvo en la brigada unos días y después lo llevaron a alguna unidad del noroeste argentino, hasta que lo liberaron. Tuve algún dialogo con él. Estaba alojado en el casino de oficiales. Me acuerdo de la cara cuando vio a los pibes. No tenía claro como era nuestro régimen de servicio militar, nos preguntaba cuánto nos pagaban. El casino de oficiales o suboficiales es un edificio dentro de cada brigada donde hay alguna cantidad de habitaciones, un comedor, una lavandería. Hay ciertos colimbas que tienen asignados los roles para atender ese casino como si fuera un hotel. Se daban las charlas, él estaba bien. Había arrancado con el pie derecho, porque se cruzó con un médico que fue importante dentro de todo lo que pasó en cuanto a salud en Darwin. Se había eyectado del avión y cayó en el agua cerca de Darwin. Eso fue una historia también, porque el bote en el que lo rescataron era del ejército, pero él era piloto, entonces ¿de quién era prisionero? Corresponde que lo lleve su fuerza. El médico que lo atendió, después de la guerra le devolvió el cuchillo que le habían secuestrado. Es una camaradería que se gesta que quizás sea difícil de entender.

RM: ¿Cómo siguió el trabajo en la base?

SD: Vino una época de hecatombe, de sufrimiento pronunciado. El laburo comenzó a tornarse angustiante. De repente eran las dos de la mañana y decían: “vamos que sale un vuelo”,  y te ibas con un vuelvo. Llegabas a Malvinas y se dejaba el motor encendido porque en dos minutos había que rajar. Con bastante inconsciencia no sólo producto de la edad y de no comprender, sino también producto de entrar en tirabuzón, entrar al tobogán y fue… nosotros, el piberío, hicimos cosas que parecían normales pero eran un delirio. Yo me volví con un Hércules al que no le cerraba la compuerta. Tenía metro y medio vacío con la planchuela aceitada, que es la que se pone para carga pesada. El piloto manejaba amarrado.

RM: Los movilizados, los que van a empezar sus labores: ¿Qué funciones cumplían en la base y por qué con el tiempo pierden su reconocimiento como veteranos?

SD: En realidad el reconocimiento estuvo en la ley alfonsinista, el problema es que por razones políticas y económicas se transó en recortar la ley. Lo que empezó como una ley de veteranía de guerra se reemplazó por una ley de ex combatientes. Todo el concepto de veteranía de guerra desapareció. Esto fue cuando se tenía que ejecutar la ley y empezar a pagar. La otra cuestión es que se permitió que las fuerzas “dedocratizaran” a quién le tocaba y a quién no.

RM: Hay sectores que participaron del conflicto que incluso no quieren reconocerlos…

SD: Yo te digo con absoluta honestidad desde lo emocional y lo intelectual, yo los entiendo perfectamente. Me parecería lo mismo si estuviera en su lugar. No es culpa de ellos. Esto pasa por cómo se manejó la ley. Dentro de la Fuerza Aérea es bastante distintivo. Hay un reportaje que le hizo María Laura Santillán a un piloto que se salvó de puro pedo de una de estas misiones locas. A este hombre, sus superiores le piden que se tome el día luego de eso, no lo hace, y va a abrazar al mecánico en el Hangar. Tienen plena conciencia: “El tipo puso el pituto bien en el eyector y estaba dónde tenía que estar y pude saltar del avión. El paracaídas me lo hizo un colimba sino me lo doblaba bien me hacía torta”. Para la fuerza aérea la misión empieza con el llenado del tanque.

RM: ¿A quién nuclea esta concertación?

SD: Específicamente a todas las unidades que estuvieron en funcionamiento desde el paralelo 42 hasta Tierra del Fuego, incluyendo al litoral marítimo, ya sea porque tenían como destino esas bases o porque fueron movilizados hacía allí. Todo el período de conflicto por destino concreto o traslado. Esta movida la estamos haciendo los soldados conscriptos. Algunos de personal militar intentaron colgarse de este proyecto de Ley pero se les dijo que ellos lo tenían que hacer por su lado. Porque todos sabemos que parte de nuestro ninguneo social lamentablemente fue porque esto pasó en una dictadura militar. En este proyecto somos conscriptos.

RM: ¿Cuál es el número concreto de gente involucrada?

SD: Aproximadamente 10.000 si sumamos las tres fuerzas con el TOAS.

RM: ¿Cuáles son los puntos centrales de la ley?

SD: Que se cumpla la ley original. Suficiente. Por supuesto hay algunas falencias. Nosotros estudiamos, fuimos a los archivos de Ginebra, comparamos las leyes de veteranía de guerra. En la mayoría de los casos son escalonadas. Eso no se tuvo en cuenta. De haberse hecho se hubiera podido premiar al que estuvo en el frente. Resulta que al final ese tipo está peleado con los que quieren reconocimiento. El escalonamiento de la veteranía hubiera sido importante. No es lo mismo estar en una base, en un barco, volar sin luces, estar en el frente, sufrir una herida de guerra. Generalmente se hacen estos escalonamientos. Por lo menos el reconocimiento, la medalla del congreso, lo que corresponde. Yo tengo el diploma de la fuerza aérea, porque nos reconocieron, está ahí colgado. No tenemos el del Congreso de la Nación. Poner en vigencia eso sería entrar en un tema delicado, que es la controversia por las pensiones. Por ejemplo, yo estoy en contra de lo igualitario. Acá debería haberse establecido una ley de veteranía de guerra y debería haberse sobrevalorado al ex combatiente. Una pensión básica, una jubilación mínima, lo que fuera. Tendría que haber sido para veteranía de guerra y de ahí para arriba se tendría que haber premiado al ex combatiente. Ahora cagamos. Ya arrancamos por el piso cuando se debería haber empezado por arriba. Pero bueno, vamos a ver en qué termina. Este proyecto pide que se cumpla con lo que decía la ley. Si a lo mejor eso lleva a que en el Congreso se debata si corresponde o no y a que se revea otro tipo de jubilación, bueno. En lo personal te digo , en lo íntimo, me gustaría no estar jubilado como librero. Con eso ya está, estoy hecho.

IMG-20190402-WA0020

RM: Si uno lee la fundamentación del proyecto de ley está el tema de que ustedes abastecían y también está el tema de los muertos por distintas razones. Este tema es poco conocido ¿Están incluidos en la nómina de caídos?

SD: Nosotros por cercanía con algunos lugares tuvimos data de dos o tres casos. Un helicóptero que cayó en Comodoro, pasó algo parecido cerca de San Julián. Esto en fuerza aérea. Hay mucha más data que pertenece a La Marina. No tengo en claro si están en la nómina o si están algunos y otros no.

RM: La Marina tenía preparados varios puntos para defender una hipotética invasión. Playas minadas inclusive.

SD: Sí, nosotros justo estábamos en una brigada costera. Comodoro y Rio Gallegos comparten mar y tierra. Otras bases exclusivas de la Marina pueden tener otra información. Yo he ido a Comodoro después de la guerra un par de años después porque milité en una agrupación que se empezó a ocupar del tema de los ex veteranos. Otros compañeros tardaron más, pero suelen ir todos los dos de abril y en otras fechas por distintos motivos. El pueblo de Comodoro Rivadavia hoy en día lo vive como que estuvo en guerra. Ellos apagaban todas las luces a la noche, tocaban la sirena. Vivieron cotidianamente esos meses como lo que era.

RM: Cómo era un día allá después de mayo.

SD: A mí se me pasó volando. Era una cosa como de palo y palo. Era salir de las fichas a coordinar la preparación del avión. Morfábamos a cualquier hora. Nosotros, ese grupete que estábamos en el hangar, en el lugar de laburo lo vivimos de una manera distinta a aquellos que dormían en la tropa, en el edificio del escuadrón e iban a hacer sus labores. Para nosotros era todo el día igual. La noche, la mañana, las 24 horas estar a disponibilidad. Muy movilizador para nosotros. Les digo más, los dos compañeros con que yo compartí dormir ahí, no los volví a ver. Nunca más, no sé nada de ellos.

RM: ¿No forman parte de la concertación?

SD: No. Tengo un grupo de whatshap de 180 personas. No están, nunca más tuve noticias. Para nosotros fue una vivencia muy fuerte estar constantemente viviéndolo: la comunidad ciudadana, los pilotos que iban y venían y nos contaban, cómo se iban los aviones, cómo llegaba, los que no volvían. Todo esto en un clima como el de Comodoro. De repente te encontrabas con vientos de 100 km x hora. Veías gente en la pista que no podía quedarse parada. A los aviones Pucará había que atarlos, encadenarlos al piso porque te los movía. Era constantemente laburar. Y como bien dicen todos estos pilotos que suelen entrevistar, no se paga con nada, esa confianza no se paga con nada. Saber que cada avión que salía estaba revisado desde la punta hasta la cola. Cada clavito, cada alambrecito, cada cosa. Yo he admirado y admiro a cada uno de los pilotos que han hecho un laburo increíble. Después a uno le cae la ficha y tiene que saber también a dónde estaban parados.

RM: ¿En qué estado está la presentación del proyecto?

SD: Ahora está el diputado Bruge, creo que viene de la democracia cristiana. Es el tipo que movilizó más el proyecto en ambas cámaras. Y hay varios diputados y senadores con buena leche esperando que el proyecto sea tratado. Hay que seguir, hay que ir a los consejos municipales, a todos lados para que llegue al congreso con un plafón.

RM: Quienes lo presentan son aquellos que tenían la carpa en plaza de mayo

SD: Yo no estuve, pero sí. La organización prácticamente arrancó ahí. Se hizo visible.

RM: ¿Por qué se levanta la carpa? El gobierno actual renovó el piso de la plaza y cuando se volvió a abrir la carpa ya no estaba.

SD: Los rajaron. La verdad es que los rajaron. Quizás no se tuvo buena cintura, buena muñeca política o diplomacia en la relación con los ex combatientes y en la relación con la política. Y también me parece que se tiene que tener en cuenta, es un tema álgido, pero el anti militarismo del Kirchnerismo no ayudó. Porque cualquier uniforme fue mal visto y lamentablemente tiró para atrás. Pero bueno, entre los avatares que nos tocan, una de cal y una de arena.

RM: Se pone sobre relieve el tema de Malvinas, se logra un gran reconocimiento, pero te parece como que tiene cierta perspectiva de enmarcarlo con la dictadura militar. ¿Algo así?

Claro, claro. Un ejemplo claro es el museo Malvinas. Instalar el museo en la ex Esma me parece que es dejarlo pegado. Si se hubiera buscado un lugar neutral, se hubiera puesto veteranos a la cabeza del proyecto, no políticos. Una lástima. Yo he militado con Abelardo Ramos en su momento, vengo de un lugar del pensamiento nacional. Para mí la gesta fue muy importante. Esa es una espina. Por primera vez, ahora siento que esto como proyecto nacido por los colimbas, puede llegar a aportar para un pequeño cambio en la mirada.

RM: ¿Qué recepción está teniendo?

De todo. Los muchachos que están haciendo calle, que hacen campaña, van a los pueblos; extraordinario. En Capital y Gran Buenos Aires más o menos. Estamos en un año en que la gente tiene la cabeza en otra cosa, esto de dame una firma justo en un año político es difícil, te miran pensando: “para quién jugas”. Pero a la vez, políticamente es interesante porque los políticos están con la cabeza puesta en casos y en cosas. Eso puede ayudar a que el tema se instalé definitivamente. A que se debata de forma seria.

Acá en Vicente López, por ejemplo, producto de que en Malvinas se pudieron nombrar las tumbas sin nombre por el trabajo de los Antropólogos forenses, dos familias que tienen a sus hijos allá, y que eran NN, donaron las placas que dicen #soldado reconocido solo por dios”, las familias las donaron al consejo deliberante. Una especie de puntapié de presencia del tema.

RM: ¿El rechazo por parte de los ex combatientes se da en forma individual, casos particulares como venimos hablando o también corporativamente? ¿Qué recepción están teniendo en los centros?

SD: Hay también un rechazo dentro de algunos centros también. Nosotros, por ejemplo, tenemos contacto con algunos muchachos que nos apoyan fuertemente. Después hay una camaradería con el tema que decíamos, hay cosas que se viven o no se viven. Hay agrupaciones más ultra y otras más diplomáticas. Por internet encontrás movidas desde un par de páginas que buscan meterse y generar alguna controversia. A mí es probablemente lo que más me duele. Yo he llevado combatientes a la Isla, he trasportado, traído los heridos. He tenido un contacto muy fuerte en un momento tremendo. Que ahora exista algo que pueda separar la vivencia de esas dos personas es una cosa dolorosísima. Es donde estamos parados. Son muchos años, treinta y pico ya van.

RM: Eso es desconocimiento? O es un posicionamiento? Suponete algún compañero que le tocó el ejército y desconoce lo que fue la fuerza aérea. Quizás es falta de empatía pero puede ser producto de desconocimiento también.

SD: Puede ser. En muchos casos sí. También está el lugar que se le da socialmente a un evento durante un período tan largo. El ninguneo al tema de Malvinas en general. Inclusive hasta de los ex combatientes. Nosotros tuvimos la primera reunión grosa de ex compañeros luego de 15 años de aquello. Nos ha pasado tener a un flaco, combatiente, que volvió a la casa de baja y no tenía para el colectivo y cuando quiso subir el chofer no lo dejó subir. Le dijo: “ustedes son los boludos que perdieron la guerra”. A eso hay que sumarle el tiempo que pasó. Al tipo que tuvo un reconocimiento lo puso en ese lugar y ahora después de tanto siente que lo corren a otro. Más allá de la desinformación. También el abanico de gente que participó en el conflicto es como en la vida misma. Hay personas que intentan una aproximación histórica, una intelectual. Hay otros que no, que viven como quieren o como pueden.

RM: El tema de la reinserción social sigue teniendo aristas infinitas

SD: Tremendo. En la inmediatez de la guerra esta inserción social y laboral fue fatal. Una de las agrupaciones que se llamó “Ex soldados combatientes”, era de la línea de Abelardo Ramos, solamente del ejército. Yo era amigo de uno de los hijos de él, entonces terminé trabajando con ellos. Viajando por el país, buscando pibes para que tuvieran una atención psicológica. Encontrábamos pibes en medio del monte e íbamos a los años y tenían dos hijos. Un contexto tremendo. Y después volvía a Buenos Aires, veía muchachos que iban a buscar laburo y nada. Se deducía que podían estar piantados. Al no estar la contención política y social, atención sanitaria, diagnostico, pensión, lo que sea, el sujeto está a las buenas de la mirada del otro. Pasó en todas las guerras del mundo eso. A mí me golpeó y como me golpeó luego me comprometió mucho con este grupo, el hecho de sentir que Buenos Aires no había vivido la guerra. Y sin embargo, tenía esa actitud con los ex combatientes. Me pasó que al poquito tiempo, un mayor que tenía buena relación conmigo me mandó a Buenos Aires sin decir nada. Seguíamos incomunicados. Aún no se había hecho el intercambio de prisioneros y llegué a Puente Saavedra y estaba todo igual, como si nada. No lo podía creer. Venía con uniforme, se notaba era un colimba por edad, que no era un milico, venía con el luto; la gente estaba haciendo los mandados como siempre, te dabas cuenta que la vida había seguido. Ahora cuando ese mismo tipo iba a buscar laburo, todos se acordaban que había existido una guerra. Creo que toda la falla legislativo-política tuvo mucho que ver en eso. Si a los meses se hubiera empezado a regular la contención, la situación hubiera cambiado.

RM: Tu caso, cómo fue en ese sentido

SD: Mi realidad fue muy abrupta y luego me salvó el teatro. Volví de la colimba en noviembre del 82 y quedé un tiempo como personal de reserva. Volví y largué todo. Dejé los libros de ingeniería y me metí en el conservatorio. Había hecho teatro en el secundario y había empezado a estudiar cine. Me metí en el conservatorio de Artes Dramáticas y laburé una década en eso. Me empecé a dedicar a la docencia, al cine, a la escritura. Ahora hago algunos papelitos. El otro día laburé en una novela para la tele.

RM: ¿La librería cuándo apareció?

SD: Los libros siempre. Yo estudiaba en el conservatorio y tenía un puesto en Parque Rivadavia, con este veterano del ejército que les contaba. Tenía muchos amigos laburando en librerías, siempre fue una cosa presente. Después seguí en el Parque con otros socios y después tuve locales míos. Hace años estoy acá en Avenida Maipú.

RM: Para terminar, en Marfil siempre buscamos recomendar libros. Como librero, ¿Qué recomendás leer sobre el tema?

SD: Hay que leer el informe Rattenbach, es indispensable. Se desclasificó en 2015, algo importante. Dentro de la fuerza ya lo tenían. Un libro excelente son las memorias del almirante Woodward. Se llama “Los cien días”; y como narraciones dos: “No Picnic”, y “Dios y los Halcones”.

http://www.concertaciontoas.org/

 

Malvinas: Murió Fabian

El 2 de Abril de 1982 quedará en la memoria del pueblo por el resto de sus días. Soldados argentinos desembarcaron en las Islas Malvinas para reclamar un territorio que jamás debió ser negado a nuestro país. Fue el último intento de un gobierno nefasto de emparentarse con el pueblo. Despertó en la mayoría un absurdo sentimiento de patriotismo. Cada uno de nosotros tiene un recuerdo inolvidable de aquellos días. Los caídos son los mártires de una historia que se repetirá por siempre. Aquellos que volvieron con vida continuaron con el oficio adquirido en la contienda bélica, son sobrevivientes.

– Murió Fabián.

– ¿Cómo? ¿Qué le pasó?

– No sé. Dicen algunos que lo apuñalaron, otros que fue la droga y otros que fue una gripe.

– Pobre Fabi, loco.

Más o menos así fue el corto diálogo que mantuve con mi cuñado cuando me informó que había fallecido un viejo amigo de mi antiguo trabajo. Mi cuñado supo ser mi jefe y el amigo en cuestión era un personaje del barrio. Nosotros trabajábamos en un puesto de diarios y los personajes del barrio son habitúes de esa parada inevitable.

Durante mi estadía en aquél laburo tuve varios amigos que luego se fueron perdiendo por el transcurrir del tiempo. Recuerdo tres principalmente: Un policía, un empleado del Banco Nación y Fabián. El policía estudiaba una carrera de ingeniería; por aquél entonces había incursionado en el CBC y él me daba clases de matemáticas gratuitas ahí mismo, en el puesto de diarios, mientras vigilaba la esquina (allí estaba el Banco) y yo vendía revistas.  El empleado del Banco Nación venía a comprar el Página 12 todos los días y se quedaba a hablar conmigo durante largos ratos sobre política y cuestiones sociales; fue la persona que me hizo descubrir que el único diario que había que doblar para que entre en el estante también era el único que decía cosas distintas y en el que escribían plumas destacadas con un tipo de conciencia en ocasiones distinta a la dominante. Fabián venía todos los días, no faltaba Domingos ni feriados, y en esos se quedaba más tiempo para que quien estaba a cargo del puesto no quedará expuesto a la insegura soledad de la calle; siempre parado con su gigante estampa, sin poder quedarse quieto como si tuviera Parkinson, acompañaba con los mates aunque mucho no le gustaran amargos y si faltaba algún día era porque la merca le había pasado una factura fuerte en serio.

Al irme del puesto hacia otro rumbo laboral seguí enterándome de todo lo que sucedía por aquellos pagos por intermedio de mi cuñado. Supe que el policía dejó la facultad y que poco a poco empezó a agarrar cometas de los camiones que necesitaban parar cinco minutos en lugares prohibidos para descargar mercadería en los negocios; cometas pavas, un desodorante, un pollo, un vino, cometas pavas con las que el sistema poco a poco comenzó a corromperlo. Supe que el empleado del Banco Nación logró su ansiado traslado a una sucursal de un pueblo más tranquilo y allá se trasladó con su familia a vivir el ideal de una vida relajada. Supe también que Fabián siempre seguía en la misma.

A medida que inevitablemente el tiempo va transcurriendo, las personas vamos evolucionando en nuestras vidas. Nos planteamos objetivos y, logrados o no, esos nos conllevan a trazar otros nuevos. Estos pueden ser de corto, mediano o largo plazo, según nuestros anhelos, nuestra realidad o nuestra suerte. La meta a lograr se encuentra en algún punto de la edad adulta y si en nuestro destino está alcanzarla tendremos nuestra anhelada realización, el pico de nuestras vidas. De allí en adelante irreprensiblemente la cosa será un declive anecdotario de ese instante. Un declive que no se expresará como caída constante sino que se vislumbrará como una llanura impalpable. No habrá luego más objetivos, no habrá qué escalar. Ciertas profesiones logran ese punto más alto a edades muy tempranas. Es el ejemplo de los jugadores de fútbol que luego de una plenitud profesional se encuentran siendo jubilados con treinta y pico de años. Aquél policía que intentó ser ingeniero vio caer su objetivo y avanzó sobre otros, aquél empleado del Banco Nación logró su cometido, el cual espero le esté tocando disfrutar, y Fabián, sin embargo, continuó su vida en la meseta en que lo supe conocer. Su pico más alto había sido alcanzado veinte años atrás. No lo buscó, no fue su realización, por el contrario, fue su tragedia. Fabián no fue jugador de fútbol, fue combatiente en la Guerra de Malvinas.

Fabi era una persona que no pasaba desapercibida. Estar con él significaba que acapararía todas las miradas. Medía más de un metro ochenta, lo que se sumaba a que era muy robusto. Cuando llegaba una persona, los ojos de la misma se posaban sobre él y su mirada a veces esquiva e indisimulable jamás lo mantenía ajeno: sonreía y saludaba. Solía parecer de buen humor. Estaba atento a todo lo que uno necesitaba. Además de hacerme compañía y cuidarme en la soledad de la calle, también se ofrecía para mandados tales como ir a conseguir monedas para el vuelto o comprarme algo para comer. A veces le tocaba hacer de campana si yo necesitaba apurar alguna necesidad básica en algún improvisado papagayo. Sin dudas que era parte del paisaje del barrio, como lo era el Banco, el subte, La Farola, el cine; pero no era un paisaje inerte, su sola presencia te transmitía el cariño que te tenía. Era mutuo aunque mi presencia dudo que le haya transmitido lo mismo.

Admito que en ciertas ocasiones era jodido tenerlo cerca. A veces estaba re loco. Por si algún despistado  no lo entiende aclaro lo que ya puse: por la merca. Fabi era adicto. Consumía cada vez que el bolsillo se lo permitía y como todo adicto lo hacía también cuando el bolsillo no lo permitía. Estaba inmerso en un mundo alterno a mi realidad visible que lo hacía codearse con tranzas y cuanta lacra hubiera dando vueltas. Tipos que se aprovechan de la gente que necesita conseguir eso que en realidad no debería necesitar. Sin embargo lo necesita. Más que la comida. Las drogas son el flagelo de una sociedad que es un flagelo por sí misma. Como seres sociales somos causa y consecuencia de una realidad histórica que nos golpea de diferentes formas. Dicha realidad azota con mayor fuerza a quienes encuentra más vulnerables.

Fabián, como muchos otros, comenzó su adicción a los pocos años de volver de la guerra. Jamás pudo reinsertarse en la sociedad. Su psiquis ya no estaba lista para un trabajo cotidiano, para una rutina diaria. La rutina somete a cada uno de nosotros en distintos momentos y parece ser una cárcel de la cual es imposible fugarse. Para quienes los recuerdos trágicos son insuperables e imborrables no es posible el simple transcurrir de los días. Para los ex combatientes no sólo no existió el reconocimiento a su regreso e incluso existió el reproche por haber perdido la guerra, tampoco hubo un plan de inserción social. No estaban listos para la guerra, ni ellos ni el ejército al que representaban ni el país que luego los “esperaba”.

Fabián vivía de una pensión del estado. Creo incluso que eran dos. Eso le alcanza para cobrar más o menos lo que yo cobraba como empleado en un puesto de diarios. Mi sueldo me alcanzaba para vivir tranquilo en ese momento. No me hubiera servido para mantener una familia. No obstante tenía una muy buena realidad laboral . De mis amigos era el de mejor pasar aunque eso sólo se debiera a que trabajaba para una persona de mi familia. Sin más, podía tener una visión de futuro. Tenía veinte años.  Los chicos que volvieron de Malvinas se encontraron con esa pensión para que sobrevivir el resto de sus vidas, en definitiva eso era lo que mejor habían sabido hacer en el Atlántico Sur. Fueron tratados como jubilados dentro de una sociedad que ve a los jubilados como descarte. Una muestra de ellos es que se los “benefició” con la obra social de los mismos.

A medida que los chicos volvieron de la guerra, fueron sus familias las que tuvieron que cobijarlos. Ninguna de ellas estaba preparada para ello, aunque lógicamente unas lograron hacerlo mejor que otras. Asimismo no todos volvieron de la guerra en las mismas condiciones. Para la propaganda oficial y para lavar las culpas del resto de los ciudadanos siempre encontramos alguna historia de un ex combatiente que superó todo y triunfó en la vida: formó familia, tuvo hijos, trabajos exitosos y hasta carreras universitarias. Son las excepciones que alimentan la fantasía de un mundo que sigue adelante con su cruel modo de vida basado en el individualismo, la imagen y el consumo. De la guerra muchos soldados no volvieron, otros volvieron con discapacidades físicas y todos sufrieron del estrés postraumático. Los caídos en la guerra ascienden a 649 personas. Sin embargo, ese frío número jamás se actualizó en los años siguientes al conflicto. Desde Junio del 82 al día de hoy, cerca de 350 ex combatientes decidieron quitarse la vida. No existen estadísticas oficiales al respecto, ni siquiera los grupos de ex combatientes saben cuántos se suicidaron dado que muchos de estos episodios fueron caratulados policial o judicialmente como accidentes o asesinatos. El sistema se encubre a sí mismo.

Fabián pudo formar su familia aunque luego no pudo mantenerla con él. Mantuvo su relación con su ex mujer durante muchos años en los que vivieron como pudieron. Tuvieron hijos que luego se criaron con la familia de ella. Los abuelos se hicieron cargo de sus nietos debido a la incapacidad visible de sus padres. La mamá de los chicos también era adicta. Además, económicamente no podían asumir ni siquiera los gastos básicos. La pérdida de sus hijos era el puñal que lo mataba día tras día, te describía él cuando se abría. Nada de Malvinas, ni de ingleses. Sobre eso hablaba poco. Lo hacía cuando le surgía en el momento menos esperado.

Esta es una característica de toda persona que estuvo en una guerra y que dicha experiencia le hace estragos por dentro. Nunca hablaba y cuando lo hacía había que dejarlo. Supongo que los psicólogos aprobarían esa actitud que me surgía tomar cuando me tocaba ser su interlocutor. Lo dejaba porque inevitablemente quería saber los pormenores de su experiencia y también porque él tampoco me daba muchas opciones. Quizás había estado parado al lado mío en silencio durante horas. Esa característica alimentaba nuestra amistad dado que los tipos lectores necesitamos de soledad o a lo sumo de una compañía silenciosa. Mientras estaba parado estaba en constante movimiento. Nunca se quedaba quieto. Algunos decían que era la abstinencia y otros que era porque estaba drogado. Conmigo estaba sobrio y drogado y siempre se movía. Sea lo que fuere lo que lo movilizaba, el tipo era sin dudas una pila de nervios. Y mientras más se movía, más cercana estaba la ruptura del silencio. Y en esas rupturas híper movedizas a veces surgía alguna historia de la guerra.

Dado que Fabi era muy grande y fuerte, en la guerra era el encargado de llevar las PAM (creo que así se les decía), pistolas ametralladoras. Esas que se colocan sobre una base y ahí quietas disparan un sinfín de tiros por segundo. También era el encargado de dispararla. Mató a muchos ingleses, seguro. Gurkas me corregiría él en este momento, “para mí no vi un puto inglés” me dijo varias veces. En un enfrentamiento con la ametralladora su regimiento se fue retirando poco a poco y a él lo dejaron cubriendo la retirada. No sé si se lo dijeron, o si sabía lo que estaba haciendo. Me narró que él tiraba y los bajaba. Que algo explotó cerca y que al despertar tenía un Gurka al lado y que lo mató con algo cortante. No puedo especificar con qué porque para mí ya era en cierto modo traumático escuchar repentinamente una narración semejante luego de quizás haber estado comentando la belleza de la figura de alguna vecina. Después de matar al soldado oponente escuchó como el resto del batallón enemigo se acercaba y se tapó con el cuerpo de un compañero que tenía cerca y haciéndose el muerto vivió. A las horas volvió con su regimiento. Mientras escribo esto las historias se me mezclan y no sé si lo que narré era un episodio o varios juntos. Él las contaba así y uno las armaba. Eso recuerdos eran el fiel reflejo de que su cabeza era un quilombo. Esa vivencia inigualable surgía de la nada. Cualquiera diría que tenía que largarlo, que le servía. Dentro de él quedaba lo cotidiano de los días trágicos, de los irrepetibles. El frío, el hambre, los muertos. Un tipo que conocí con más de cien kilos, cuando yo estaba naciendo en 1982, había llegado a pesar cincuenta kilos, había temblado con sus medias mojadas en una trinchera helada a temperaturas bajo cero y, en ese contexto, había tenido que defender su vida y la de sus compañeros, con fusiles que en ocasiones ni siquiera funcionaban.

Así como narraba eso, explicaba el resto de las cosas. Si alguien venía al puesto de diarios a preguntar algo, sobre dónde es una calle, o dónde para tal colectivo, respondía con un lujo de detalles que cuando la persona se iba no tenía ni puta idea de cómo armar los detalles para conocer la respuesta. Todos se iban con cara de no haber entendido nada. Sin embargo, él tenía la amabilidad de contestar. Yo como buen diariero si la pregunta no estaba antecedida de un buen saludo decía que no sabía. Siempre que las personas seguían su rumbo, Fabi se cagaba de risa y decía cosas como “no entendió nada”, “se va a perder este nabo” o “no va a llegar un carajo” y nos matábamos de risa. Jamás le escuché un mal modo con alguien. Tampoco le escuché un reproche a la sociedad. Cada tanto se quejaba por la miserable pensión y por los trámites inagotables para acceder a otra. Pero en algún punto de su inconsciente le habían instalado eso de que había estado cumpliendo su deber. Para él era normal el hecho de que un colectivero estuviera manejando el colectivo, un médico recetando algo para un resfrío y unos pibes de veinte años, cuanto mucho, se estuvieran baleando contra un ejército profesional. Los ingleses vinieron en su mayoría con los mencionados Gurkas, tipos extranjeros que luchaban por un sueldo y la ciudadanía inglesa. Unos matones con hambre que darían todo por cumplir su misión porque no tenían nada que perder como los que te muestra Hollywood. Pero entrenados y apoyados con toda la maquinaria de un ejército con cientos de años de historia, de una historia que los supo tener como imperio dominador del mundo. Detrás de nuestros pibes, que estaban cumpliendo un servicio militar obligatorio, se encontraba un ejército que sólo había levantado las armas contra su propio pueblo.

Para los tipos como Fabián no alcanzan las conmemoraciones. Obviamente para los caídos en la guerra tampoco. Oficialmente tenemos un feriado el dos de Abril. El día del desembarco argentino en las islas. Día nefasto si se puede especificar uno. El día que se ejecuta la decisión de un borracho apañada por un pueblo ciego. El día que se conmemora lo de Malvinas suele olvidarse que en realidad es el día de los veteranos y caídos en la guerra. La verdadera conmemoración será el día en que como pueblo recordemos a los caídos dándole dignidad a los sobrevivientes. La velocidad y la inmediatez de lo cotidiano deberían detenerse y postergarse para que la vida de ellos no pase inadvertida delante de todo el resto. Mientras tanto siguen siendo sólo simples banderas en los balcones que como cortinas tapan la indiferencia. Indiferencia que tenemos más allá de que todos tuvimos o tenemos la experiencia de haber conocido alguna persona que estuvo en la infame guerra. Con poco más de sesenta años, el héroe con el que me tocó toparme, murió antes de tiempo para su naturaleza humana pero luego de vivir jubilado como la lógica social indica.

No fue una puñalada, no fue la droga, ni fue la gripe. Fabi enfermó de muerte en Malvinas y no le tuvimos lista ninguna medicina, ni siquiera para paliar un poco el sufrimiento.

 

Sergio Delbreil